Josefa Mulata del México: LA ESCLAVA cuyo hijo fue vendido como castigo

Año 1761, hacienda de San Miguel de Las Palmas, cerca de Jalapa, Nueva España. El aire sabía a café verde y humedad, a tierra roja removida después de la lluvia que había mojado los jacales durante toda la noche. Josefa, mulata libre de oficio, pero esclava de hecho, pisaba descalza el lodo del patio mientras cargaba un canasto de mazorcas hacia la cocina grande.
Y nadie en aquel lugar sabía que llevaba 18 meses ocultando el mayor pecado que una mujer de su casta podía cometer. Había cambiado de cuna a su hijo recién nacido por el hijo muerto del amo. El secreto le quemaba las entrañas como brasa escondida bajo ceniza. Josefa había llegado a la Hacienda 12 años atrás, vendida por un comerciante de Veracruz, que la había comprado siendo niña a una viuda de Puebla.
Tenía entonces 13 años y ya sabía leer tres palabras: Dios, Virgen, cruz. Un fraile dominico le había enseñado en el beaterio donde su madre, también mulata, había trabajado lavando ornamentos hasta morir de fiebres. La piel de Josefa era del color del piloncillo claro, sus ojos grandes y negros, su pelo ensortijado, pero suave.
Don Cristóbal de Montemayor, dueño de San Miguel de Las Palmas, la había puesto a trabajar primero en el campo de tabaco, luego en la casa grande, cuando notó que no robaba y sabía contar hasta 100. Durante años, Josefa vivió en la servidumbre sin mayor dolor que el común. Las manos ásperas, la espalda adolorida, el hambre silenciosa que nunca se saciaba del todo.
Dormía en un cuarto del jacal de las criadas junto a María Candelaria, india otomí y Petrona, negra criolla, que cantaba canciones de Guinea mientras tejía petates. Conocía cada rincón de la hacienda, el trapiche donde molían la caña en diciembre, el gallinero detrás de la capilla, el establo que olía a estiércol dulce y paja, el camino de piedras que llevaba al río donde lavaban la ropa los miércoles.
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Josefa estaba sola en la cocina terminando de limpiar las ollas de cobre cuando él entró tambaleándose con la camisa abierta y los ojos vidriosos. Lo que pasó aquella noche quedó grabado en el cuerpo de Josefa como marca de fierro. Don Rafael la tomó contra la mesa donde amasaban el pan, sin preguntar, sin esperar, como quien toma un jarro de agua.
Ella no gritó porque sabía que nadie vendría y porque gritar era inútil cuando una mulata enfrentaba a un criollo. Mes en noviembre, Josefa parió un varón en el jacal. Asistida por Petrona y por la partera del pueblo, una mestiza tuerta que cobraba dos reales. El niño nació con la piel clara, casi blanca, los ojos grises y el pelo lacio.
Petrona lo miró y negó con la cabeza. Este niño no es de tu color, hermana”, murmuró mientras lo limpiaba con un trapo. Josefa lo supo al instante. El niño tenía la sangre de don Rafael y si alguien se daba cuenta, el escándalo destruiría la paz frágil de la hacienda. La mandarían azotar, la venderían a otra hacienda más cruel o peor aún, la entregarían a las autoridades para que la marcaran como ladrona de honra.
Pero la suerte o la desgracia tejió su red de otra manera. Esa misma noche en la casa grande, doña Inés, esposa de don Rafael, parió también. El parto fue largo y sangriento, atendido por el médico de Jalapa y por dos monjas del convento de Santa Clara. El niño nació muerto, azul y flácido, envuelto en el cordón que lo había estrangulado.
Los gritos de doña Inés desgarraron la oscuridad como cuchillos y don Rafael salió de la habitación con el rostro desencajado. Necesitaban enterrar al niño antes del amanecer, antes de que los sirvientes empezaran a murmurar, antes de que la noticia llegara a oídos de don Cristóbal. Josefa escuchó todo desde el jacal. Petrona le acarició la cabeza y le dijo, “No pienses locuras, hermana.
Ese dolor no es nuestro.” Pero Josefa ya estaba pensando. Su hijo de piel clara podría pasar por español. El hijo de doña Inés estaba muerto. Entre la oscuridad de la noche y el silencio de la madrugada había una grieta por donde podía colar su redención o su perdición. esperó hasta que Petrona se durmió, envolvió a su hijo en un rebozo y salió descalza hacia la casa grande.
La puerta de la cocina estaba entreabierta como siempre. Subió por la escalera de servicio que rechinaba con cada peldaño. Conocía cada gemido de aquella madera porque la había trapeado mil veces. Llegó al pasillo donde estaba la habitación de doña Inés. La puerta estaba cerrada, pero escuchó soyosos apagados del otro lado.
Junto a la puerta había una mesita donde las monjas habían dejado la cuna con el niño muerto envuelto en lino blanco, listo para el entierro. Josefa no pensó. Actuó con la velocidad de quien salta al río sin saber nadar. Tomó al niño muerto, lo envolvió en su reboso y colocó a su hijo vivo en la cuna. El niño movió los labios buscando el pecho, pero no lloró.
Josefa lo miró una última vez, grabó su rostro en su memoria como quien memoriza una oración y bajó las escaleras con el bulto pesado contra su pecho. Regresó al jacal antes de que nadie la viera. Enterró al niño muerto en el corral de las cabras bajo el naranjo viejo, y volvió a acostarse junto a Petrona. Al amanecer, las campanas de la capilla repicaron con alegría.
Doña Inés había tenido un varón sano y fuerte, de ojos grises y piel blanca. Don Rafael salió al patio dando órdenes para la fiesta. Matarían un cerdo, prepararían mole, servirían pulque y aguardiente. El médico revisó al niño y declaró que era un milagro, que había estado al borde de la muerte, pero había revivido por voluntad divina.
Las monjas rezaron un rosario de agradecimiento. Don Cristóbal llegó de México tres días después y cargó a su nieto con orgullo, anunciando que el niño se llamaría José Cristóbal de Montemayor y Figueroa, heredero de la hacienda. Josefa observaba todo desde la cocina. Su cuerpo aún sangraba del parto. Sus pechos se hinchaban de leche que no podía dar a nadie.
Petrona le preguntó una sola vez, “¿Dónde está tu hijo?” Josefa respondió, “Se lo llevó Dios, nació muerto.” Petrona la miró con ojos que sabían demasiado, pero no dijo nada más. El silencio entre ellas se convirtió en un pacto no hablado. Los meses pasaron como pasan en las haciendas, con trabajo, rezos, fiestas de santos, cosechas.
Josefa seguía sirviendo en la casa grande, ahora con una tarea nueva, ayudar a cuidar al niño José Cristóbal. Doña Inés estaba débil después del parto y necesitaba que alguien meciera la cuna, cambiara los paños, cantara nanas. Josefa cumplía sin chistar. Cada vez que tocaba al niño, sentía un dolor que no podía nombrar.
Era su hijo, nacido de sus entrañas, amamantado con la leche que ahora se secaba en su pecho, pero sus manos solo podían tocarlo como criada, nunca como madre. El niño creció robusto. En los se meses gateaba. Al año caminaba. A los dos años decía palabras en español e imitaba los gestos de su supuesto padre. Don Rafael lo trataba con orgullo distante, como tratan los criollos a sus herederos.
Doña Inés lo vestía con ropas de seda traídas de España, lo llevaba a misa en brazos, lo presentaba ante las familias distinguidas de Jalapa. Josefa lo veía todo desde el margen, siempre presente pero invisible como las paredes. Pero en 1761, 3 años después del intercambio, las cosas comenzaron a torcerse. Don Cristóbal murió de una apoplejía después de cenar enchiladas muy picantes.
Don Rafael heredó la hacienda y con ella las deudas que su padre había ocultado. Préstamos del consulado de comerciantes, deudas con la iglesia, impuestos atrasados a la corona. Un administrador nuevo llegó desde la Ciudad de México, enviado por los acreedores para revisar las cuentas. Se llamaba don Ignacio Villalobos y era un hombre flaco de rostro aguileno y ojos que no perdonaban errores.
Don Ignacio revisó cada rincón de San Miguel de Las Palmas con meticulosidad de inquisidor. Contó las cabezas de ganado, midió los sacos de maíz, pesó la producción de tabaco, interrogó a los mayordomos sobre las pérdidas del último año. Una tarde, mientras revisaba los libros de bautismos en la capilla, notó algo extraño.
Josefa no sabía leer bien, pero Petrona, que había escuchado la conversación de las monjas, le contó. El niño José Cristóbal había sido bautizado dos días después de nacer, pero el libro de defunciones no registraba ningún niño muerto en esa fecha. ¿Dónde estaba el cuerpo del hijo muerto de doña Inés? Don Ignacio empezó a hacer preguntas.
Llamó al médico de Jalapa, quien farfuyó explicaciones confusas sobre milagros y resurrecciones. Interrogó a las monjas, quienes insistieron en que el niño había estado moribundo, pero no muerto. Habló con don Rafael, quien se puso furioso y amenazó con echarlo de la hacienda. Pero don Ignacio no se intimidaba fácilmente. Era un burócrata de la nueva administración borbónica, formado en Madrid, convencido de que la Nueva España necesitaba orden y verdad en lugar de milagros y mentiras criollas.
Una noche, don Ignacio bajó a los jacales. Nunca antes un español de su rango había pisado aquellos lugares. Josefa estaba moliendo maíz en el metate cuando él entró, seguido por un escribano. “Necesito hacerte unas preguntas”, dijo con voz seca. Josefa sintió que el piso se abría bajo sus pies.
“Tuviste un hijo en noviembre de 1759. Ella asintió. ¿Dónde está ese niño? Ella bajó la mirada. Murió, señor. Nació muerto. Don Ignacio la observó con frialdad. Eso no está registrado en el libro de Defunciones. Todas las muertes deben registrarse, incluso las de mulatos y negros. ¿Dónde enterraste al niño? Josefa titubeó.
En el corral, Señor, bajo el naranjo. Don Ignacio ordenó que excavaran. Al día siguiente, con palas y picos, dos peones cavaron junto al naranjo. Encontraron huesos pequeños envueltos en tela podrida. Don Ignacio llamó al médico para que examinara los restos. El médico confirmó, “Era un niño recién nacido, pero llevaba muerto más de 2 años.
¿Y este niño era tuyo?”, preguntó don Ignacio. Josefa asintió con lágrimas que no pudo contener. Entonces, el registro está incompleto, pero hay algo más que no me cuadra. Don Ignacio dejó pasar unos días, luego convocó a todos en el patio de la hacienda. Don Rafael, doña Inés, Josefa, Petrona, el médico, las monjas, los capataces.
Era un domingo después de misa. El sol caía vertical sobre las cabezas descubiertas. He investigado los acontecimientos de noviembre de 1759, comenzó don Ignacio con voz clara. Y he encontrado inconsistencias que deben aclararse. El niño José Cristóbal fue bautizado como hijo de don Rafael y doña Inés.
Pero no hay registro de que el primer hijo de doña Inés, quien supuestamente nació muerto, haya sido enterrado en el cementerio de la capilla ni en el panteón familiar. Doña Inés palideció. Don Rafael dio un paso adelante. ¿Qué insinúa usted, don Ignacio? Continuó imperturbable. Insinúo que algo irregular ocurrió aquella noche y necesito que alguien diga la verdad.
El silencio cayó como piedra en pozo hondo. Josefa sintió que todos los ojos se clavaban en ella, aunque nadie la miraba directamente. Era el momento. Podía seguir callada y dejar que la investigación siguiera su curso o podía confesar y enfrentar las consecuencias. Pero antes de que Josefa pudiera abrir la boca, Petrona habló.
Su voz ronca cortó el aire como machete. Yo sé lo que pasó aquella noche. Todas las cabezas giraron hacia ella. Petrona, negra criolla de 60 años, esclava desde que tenía memoria, se adelantó un paso. La niña Josefa tuvo un hijo que nació muerto. Yo ayudé en el parto. El niño no respiró nunca. Lo enterramos bajo el naranjo porque no teníamos dinero para pagar al cura.
Eso es todo lo que pasó. Don Ignacio la miró con desconfianza. Y el hijo de doña Inés. Petrona no parpadeó. Nació vivo, señor. Yo no estuve presente en ese parto, pero las monjas y el médico pueden confirmarlo. Don Ignacio no estaba satisfecho, pero tampoco tenía pruebas concretas. Las irregularidades eran sospechosas, pero no había testigos directos ni confesiones claras.
Después de otra semana de investigaciones, escribió un informe para los acreedores, concluyendo que los registros de la hacienda eran deficientes, pero que no había evidencia de fraude mayor. Se fue de San Miguel de Las Palmas con su escribano, dejando atrás una nube de dudas y miradas incómodas. Josefa esperó a que cayera la noche y fue a buscar a Petrona.
La encontró en el jacal tejiendo un petate a la luz de una vela. ¿Por qué mentiste por mí? Preguntó Josefa. Petrona siguió tejiendo sin levantar la vista. Porque sé lo que es perder un hijo, hermana. Mi primer hijo me lo vendieron cuando tenía 5 años. Mi segundo hijo murió de viruela. Mi tercer hijo se escapó y nunca supe si llegó al monte o si lo mataron.
Tú cambiaste a tu hijo para darle una vida mejor. Yo no te voy a quitar eso. Josefa se arrodilló junto a ella y lloró por primera vez desde aquella noche de intercambio. Pero él no es mío, nunca podrá ser mío. Petrona le acarició el pelo. Es tuyo en la sangre, eso nadie te lo puede quitar.
Pero los dioses de la hacienda no habían terminado con Josefa. Un mes después, en julio de 1761, llegó un visitador eclesiástico desde Puebla. El obispo había ordenado revisar todas las capillas de la región para asegurarse de que los bautismos y matrimonios se celebraran según las normas del concilio de Trento. El visitador era un fraile franciscano bajito y regordete llamado Freay Bartolomé, con ojos bondadosos pero mente aguda.
revisó los libros parroquiales y notó la misma anomalía que don Ignacio, un niño bautizado sin que constara la muerte previa de otro niño. Fray Bartolomé no era tan severo como don Ignacio, pero tenía otra arma, la confesión. Durante la misa del domingo siguiente anunció que todos los habitantes de la hacienda debían confesarse antes del próximo mes. Só pena descomunión.
Josefa sabía que tarde o temprano tendría que arrodillarse frente a él en el confesionario. Había confesado muchos pecados en su vida, envidia, ira, pensamientos impuros, pero nunca había confesado el intercambio. ¿Cómo se confiesa algo así? ¿Cómo se ponen palabras a un acto que nació del amor desesperado y del miedo? Josefa pasó semanas posponiendo la confesión.
fingía enfermedades, inventaba tareas urgentes, se escondía cuando Fray Bartolomé llegaba, pero el fraile era paciente. Una tarde, mientras Josefa lavaba ropa en el río, él apareció caminando por la orilla, se sentó en una piedra y le dijo, “Hija mía, no tengas miedo. Dios perdona todo si hay arrepentimiento verdadero.
” Josefa siguió tallando la ropa contra las piedras. No puedo confesarme, padre. ¿Por qué no? Porque si lo hago, destruiré vidas. Fray Bartolomé asintió lentamente. A veces el silencio es también un pecado. Esa noche Josefa no pudo dormir. Se levantó antes del alba y fue caminando hasta el pueblo.
Una hora de camino por el sendero de Tierra Roja. Llegó a la iglesia cuando Freay Bartolomé estaba preparando la misa de la mañana. Se arrodilló en el confesionario y esperó. El fraile se sentó del otro lado de la rejilla. Te escucho, hija mía. Josefa respiró hondo y comenzó a hablar. le contó todo. La violación de don Rafael, el parto, la muerte del hijo de doña Inés, el intercambio nocturno, los 3 años de silencio, el amor imposible por un hijo que nunca podría reclamar.
Cuando terminó, Fray Bartolomé guardó un largo silencio. Josefa escuchaba su respiración al otro lado de la rejilla. Finalmente, el fraile habló con voz suave. Lo que hiciste fue un pecado grave, hija mía. Cambiaste la identidad de dos niños, engañaste a una familia, violaste el orden que Dios ha establecido, pero también comprendo que actuaste movida por el amor y el miedo.
¿Te arrepientes? Josefa titubeó. Se arrepentía. Si pudiera volver atrás, dejaría que su hijo creciera como esclavo, marcado por su condición de mulato bastardo, o volvería a cambiarlo para darle una vida de amo. No sé si me arrepiento, padre, solo sé que sufro. Fre Bartolomé le dio una penitencia extraña.
Debía confesar la verdad a alguien que pudiera guardar el secreto y que compartiera su dolor moral. Busca a alguien que también haya pecado para proteger a un hijo”, le dijo, y cuéntale tu historia. Luego reza 50 ave Marías y pide perdón a Dios. Si lo haces con corazón sincero, Dios te perdonará. Pero debes vivir con las consecuencias de lo que hiciste. Esa es tu cruz.
Josefa salió del confesionario sintiéndose más perdida que antes. ¿A quién podía confesar? Pensó en Petrona, pero Petrona ya sabía. Pensó en María Candelaria, pero la India era tan inocente que no comprendería. Entonces recordó a alguien, doña Inés, la señora de la hacienda, la mujer que creía que José Cristóbal era su hijo.
Habría algo en ella que compartiera el dolor de Josefa. Durante semanas, Josefa observó a doña Inés con nuevos ojos. La vio en misa. en el patio, en la cocina dando órdenes. Era una mujer joven, no más de 25 años, con rostro pálido y ojos cansados. Había parido cuatro veces después de José Cristóbal, dos niñas que vivían y dos niños que murieron de fiebres.
Don Rafael la trataba con cortesía distante, pero sin amor. Los rumores decían que él visitaba una mestiza en Jalapa. que tenía otra familia allá. Doña Inés vivía encerrada en su soledad de señora respetable. Una tarde, Josefa encontró a doña Inés llorando en la capilla. Era raro verla sola sin esclavas ni compañía. Josefa se acercó despacio.
¿Necesita algo, señora? Doña Inés levantó la vista sorprendida. Josefa, no, gracias. solo estaba rezando, pero sus ojos estaban rojos y su voz quebrada. Josefa se sentó en el banco de atrás violando todas las reglas de distancia social. Perdone, señora, pero parece muy triste. Doña Inés la miró con una mezcla de sorpresa y alivio.
Es que a veces pienso que Dios me está castigando. Josefa sintió un escalofrío. Castigando. ¿Por qué, señora? Doña Inés bajó la voz. Mi primer hijo nació muerto. O eso me dijeron. Yo estaba desmayada por las fiebres y cuando desperté me pusieron en brazos a José Cristóbal, vivo y sano. Me dijeron que era un milagro, pero yo yo a veces sueño con aquel primer niño.
En mis sueños lo veo azul y frío. Y me pregunto si realmente lo vi o si fue la fiebre. Y me pregunto por qué Dios me dio ese dolor antes de darme la alegría. ¿Qué sentido tiene? Era el momento. Josefa podía decir la verdad o podía guardar silencio para siempre. Fray Bartolomé le había ordenado confesar a alguien que compartiera su dolor moral.
Doña Inés, sin saberlo, compartía el mismo fantasma, el hijo muerto que perseguía sus sueños. Josefa respiró hondo y habló. Señora, hay algo que debo decirle, pero si lo digo, su vida cambiará para siempre. ¿Está dispuesta a escuchar? Doña Inés la miró con ojos asustados. ¿Qué quieres decir? Josefa cerró los ojos.
José Cristóbal no es su hijo, es el mío. El silencio que siguió fue absoluto. Doña Inés se quedó inmóvil como estatua de sal. Luego su rostro se descompuso pasando del shock a la incredulidad, de la incredulidad a la furia. se levantó tambaleándose. ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves? Josefa siguió hablando con voz firme.
Su hijo nació muerto aquella noche de noviembre. Yo parí al mismo tiempo en el Jacal. Mi hijo nació vivo con piel clara porque su padre es don Rafael. Yo cambié a los niños mientras todos dormían. Enterré a su hijo bajo el naranjo. José Cristóbal es mi hijo de sangre. Doña Inés retrocedió como si le hubieran pegado. No, no puede ser.
Don Rafael nunca. Josefa la interrumpió. Don Rafael me forzó una noche de febrero de 1759. Yo no tuve opción y cuando mi hijo nació parecido a él, supe que no podría criarlo como mulato. Lo cambié para salvarlo, para darle la vida que yo nunca podría darle. Doña Inés. se dejó caer en el banco con las manos en el rostro.
Lloró durante largos minutos mientras Josefa esperaba de pie, preparada para cualquier cosa, gritos, golpes, llamados a los guardias. Pero doña Inés no hizo nada de eso. Cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban rojos, pero su voz era extrañamente calmada. He criado a ese niño durante 3 años. Lo he amamantado con leche de nodriza.
Lo he vestido, lo he mecido cuando tenía fiebres, le he enseñado a rezar. Es mi hijo en todo, excepto en la sangre. Josefa asintió. Lo sé, señora. Por eso nunca dije nada. Usted es su madre. Yo solo fui el cuerpo que lo parió. Doña Inés la miró fijamente. ¿Por qué me lo dices ahora? Porque un fraile me ordenó confesar.
Y porque usted es la única persona que puede comprender mi dolor. Doña Inés se levantó despacio. Si esto se supiera, la familia quedaría destruida. Don Rafael perdería su honor. José Cristóbal perdería su herencia. Yo perdería todo. Josefa asintió. Lo sé. ¿Hay alguien más que lo sepa? Petrona sospecha, pero nunca ha preguntado directamente.
El fraile lo sabe por confesión, pero tiene secreto sacramental. Doña Inés caminó hasta el altar, se arrodilló ante la Virgen y rezó en voz baja. Luego regresó a donde estaba Josefa. Nunca volveremos a hablar de esto. José Cristóbal es mi hijo. Tú seguirás sirviendo en esta casa como hasta ahora, pero quiero que me hagas una promesa. Josefa esperó.
Nunca le dirás a José Cristóbal quién eres. Nunca reclamarás derechos sobre él. Y cuando yo muera, te asegurarás de que él sepa que fue amado. Josefa sintió lágrimas calientes en sus mejillas. Se lo prometo, señora. Doña Inés le puso una mano en el hombro, un gesto imposible entre una señora criolla y una mulata.
Y yo te prometo que mientras yo viva, nadie te separará de él. Podrás seguir viéndolo crecer, aunque sea desde lejos. Las dos mujeres se miraron con un entendimiento que iba más allá de las palabras. eran madres del mismo hijo, pero de maneras irreconciliables, una por sangre, otra por crianza, una por parto, otra por amor cotidiano.
En aquel momento, en la penumbra de la capilla, sellaron un pacto que las unía en secreto contra el mundo exterior, pero los pactos entre mujeres no podían proteger contra la avaricia de los hombres. En septiembre de 1761, don Rafael recibió una visita inesperada. Su hermano menor, don Augusto, que vivía en Veracruz, dedicado al comercio de esclavos.
Don Augusto llegó con malas noticias. La hacienda estaba al borde de la quiebra. Las deudas heredadas de don Cristóbal las malas cosechas de los últimos años habían dejado a San Miguel de Las Palmas en situación crítica. Necesitaban liquidar bienes para pagar a los acreedores. “Hay que vender esclavos”, dijo don Augusto mientras bebían brandy en la biblioteca.
“Tenéis demasiada servidumbre para una hacienda de este tamaño. Yo puedo llevar una docena a Veracruz y venderlos en el mercado. Con eso podréis pagar al menos la mitad de las deudas.” Don Rafael asintió sin entusiasmo. Odiaba vender esclavos porque eso significaba admitir públicamente su fracaso económico, pero no tenía alternativa.
Durante los siguientes días, don Augusto recorrió la hacienda seleccionando a los esclavos más vendibles, hombres jóvenes y fuertes, mujeres sin hijos, algunos niños huérfanos. Hizo una lista de 15 personas. Josefa no estaba en la lista inicial porque era útil en la casa grande y porque su piel mulata la hacía menos valiosa en el mercado.
Pero entonces ocurrió algo que cambió todo. José Cristóbal, de 3 años se enfermó de fiebres. Doña Inés llamó al médico, rezó novenas, aplicó paños fríos, nada funcionaba. El niño toscía sangre y deliraba. Josefa pasaba las noches junto a su cuna cantándole nanas que aprendió de su madre, limpiándole el sudor, susurrándole promesas al oído.
Una noche, cuando todos dormían, Josefa se arrodilló y le rezó a la Virgen. Llévame a mí, pero no te lo lleves a él. Don Rafael, desesperado y furioso por la enfermedad de su hijo, buscaba culpables. Una tarde, después de beber demasiado pulque, entró a la habitación del niño y encontró a Josefa sentada junto a la cuna.
Algo en su manera de mirar al niño le resultó extraño. La forma en que le acariciaba el pelo, el tono de su voz al cantarle. “¿Por qué le tienes tanto cariño a este niño? preguntó con suspicacia. Josefa bajó la mirada. Solo cumplo con mi deber, señor. Pero don Rafael no era tonto. Su cerebro embotado por el alcohol empezó a hacer conexiones. Josefa había parido en la misma fecha que doña Inés.
Su hijo supuestamente había nacido muerto. José Cristóbal tenía la piel clara, pero no tanto como debería. Y luego estaba aquella noche de febrero de 1759, que él apenas recordaba una mancha borrosa de alcohol y carne. “Dime la verdad”, dijo agarrándola del brazo. “Ese niño es tuyo.” Josefa podría haber mentido, podría haber negado todo, pero estaba cansada de mentiras.
“Sí”, dijo simplemente, “es mío.” Don Rafael la soltó como si quemara. Salió de la habitación dando traspiés. Durante días no dijo nada, pero Josefa supo que la tormenta estaba por llegar. El niño se recuperó lentamente, las fiebres bajaron, la tos mejoró, volvió a comer. Doña Inés lo atribuyó a la intervención divina, pero don Rafael estaba consumido por la furia y la vergüenza.
Había sido engañado por una mulata. Su hijo heredero llevaba sangre esclava. El escándalo, si se descubría, lo destruiría socialmente. Tenía que actuar. Una mañana, don Augusto estaba terminando sus preparativos para llevar a los esclavos a Veracruz cuando don Rafael le hizo un agregado a la lista. Llévate también a Josefa.
Don Augusto frunció el seño. La mulata de la casa. Creí que doña Inés la necesitaba para cuidar al niño. Ya no dijo don Rafael con voz dura. Véndela en Veracruz y asegúrate de que vaya lejos a una hacienda de azúcar en el sur, o mejor aún, a una mina. Doña Inés se enteró aquella misma tarde. Corrió a la biblioteca donde don Rafael revisaba papeles. No puedes vender a Josefa.
La necesito. José Cristóbal la necesita. Don Rafael la miró con frialdad. Josefa se va mañana. Ya está decidido. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho? Eso no te importa. Es mi decisión y punto final. Doña Inés sintió que el piso se abría bajo ella. Sabía perfectamente por qué don Rafael quería vender a Josefa. Había descubierto la verdad.
Esa noche, doña Inés fue al jacal de Josefa. Era la primera vez que entraba a ese lugar sucio y oscuro donde dormían las esclavas. Josefa estaba empacando sus pocas pertenencias en un morral de yute, un rebozo viejo, un rosario de cuentas de madera, una imagen de la Virgen. “Lo siento”, dijo doña Inés con lágrimas en los ojos.
“Intenté convencerlo, pero no hay manera.” Josefa asintió con calma, resignada. Siempre supe que este día llegaría, señora. No se culpe. ¿A dónde te llevan? No lo sé. Don Augusto vende esclavos en Veracruz. Supongo que terminaré en alguna plantación de caña. Doña Inés le tomó las manos. Si hubiera algo que yo pudiera hacer. Josefa la interrumpió con suavidad.
Hay algo que puede hacer, señora. Cumpla su promesa. Críe a José Cristóbal como un buen hombre. Enséñele a tratar con bondad a los que tienen menos y cuando sea mayor, cuéntele que hubo una mulata llamada Josefa, que lo amó más que a su propia vida. Al amanecer del día siguiente, 15 esclavos fueron reunidos en el patio de la hacienda.
Los encadenaron de dos en dos por los tobillos. Don Augusto los revisó como quien inspecciona ganado, dientes, músculos, piel. Josefa estaba al final de la fila, encadenada a un hombre joven que no conocía. Llevaba el morral al hombro y el reboso sobre la cabeza. Petrona le había dado un abrazo silencioso antes del amanecer. María Candelaria había llorado.
Nadie más se despidió. Don Rafael observaba desde el porche de la casa grande con expresión impasible. Doña Inés estaba en su habitación con las cortinas cerradas. José Cristóbal dormía en su cuna ajeno al drama que se desarrollaba abajo. Cuando los esclavos empezaron a caminar hacia el camino que llevaba a Jalapa, Josefa volteó una última vez.
Vio la casa grande con su techo de tejas rojas. la capilla con su campanario blanco, el jacal donde había vivido 12 años, el naranjo bajo el cual había enterrado al hijo muerto de doña Inés. Vio toda su vida contenida en ese espacio pequeño que ahora dejaba atrás para siempre. La caravana caminó durante 5co días hasta Veracruz.
Comían tortillas duras y frijoles fríos. Dormían en el suelo. Bebían agua de los ríos. Las cadenas les desollaban los tobillos dejando heridas abiertas que se llenaban de moscas. Un viejo murió en el camino y lo dejaron tirado bajo un árbol. Nadie rezó por él. Cuando llegaron a Veracruz, el puerto olía a pescado podrido, a sal, a humanidad asinada.
Don Augusto los metió en un almacén cerca del muelle, donde los compradores venían a inspeccionar la mercancía. Josefa vendida al tercer día. El comprador era un asendado de Córdoba que necesitaba trabajadores para su ingenio de azúcar. Pagó 120 pesos por ella, un precio bajo para una mulata de su edad y capacidad.
Don Augusto aceptó sin regatear. Quería deshacerse de ella rápido, cumpliendo las órdenes de su hermano. El asendado se llamaba don Esteban Quiroga. Un hombre gordo de barba gris y manos manchadas de tinta. Tenía fama de ser menos cruel que otros amos, pero el trabajo en los ingenios era infernal. De cualquier manera, Josefa llegó a la Hacienda San José de Córdoba en octubre de 1761, junto con otros 20 esclavos comprados ese mes.
Los pusieron a trabajar inmediatamente, cortar caña desde el amanecer, moler en el trapiche, hervir el guarapo en las pailas, dormir 4 horas y volver a empezar. Josefa trabajó como autómata durante meses. El dolor físico era constante, pero soportable. El dolor del alma era otro asunto. Cada noche, antes de dormir, pensaba en José Cristóbal.
Habría preguntado por ella, la habría olvidado. Ya tenía 3 años cuando ella se fue. Pronto sería un recuerdo borroso, una sombra que cantaba nanas, un rostro sin nombre. Pero la historia no terminó ahí. En 1765, 4 años después de que Josefa fuera vendida, llegaron noticias a Córdoba. La hacienda San Miguel de Las Palmas había sido embargada por los acreedores.
Don Rafael había muerto en una riña en Jalapa, apuñalado por el hermano de la mestiza, que era su amante. Doña Inés y sus hijos habían sido enviados a vivir con parientes en Puebla. La hacienda había sido subastada y comprada por un comerciante de la ciudad de México. Josefa escuchó las noticias en el patio del ingenio contadas por un arriero que traía pulque desde Jalapa.
Sintió un vacío en el pecho. Don Rafael muerto, doña Inés desplazada. Y José Cristóbal, su hijo, ahora de 7 años, viviendo en Puebla como heredero de una fortuna que ya no existía. Se preguntó si doña Inés había cumplido su promesa, si le había contado al niño sobre Josefa. En 1767, cuando Josefa tenía 31 años, ocurrió algo inesperado.
El rey Carlos emitió nuevas ordenanzas sobre el trato a los esclavos en las colonias. La presión de las ideas ilustradas llegaba incluso a Nueva España. Don Estebán, siguiendo las nuevas normativas, reunió a sus esclavos y les ofreció un trato. Quien quisiera comprar su libertad podía hacerlo trabajando horas extra y ahorrando.
El precio era alto, 300 pesos para una mujer de la edad de Josefa, pero al menos era posible. Josefa empezó a trabajar doble jornada. Cortaba caña de día, lavaba ropa de noche, tejía petates en las pocas horas libres, ahorraba cada peso, cada medio real, cada moneda de cobre. Le tomó 5 años, pero en 1772, cuando tenía 36, finalmente juntó los 300 pesos.
Don Esteban le extendió una carta de libertad firmada ante Escribano. Josefa era libre, no sabía a dónde ir. Pensó en regresar a Jalapa, pero para qué. Ya no había nada allí que la atara. Pensó en buscar a José Cristóbal en Puebla, pero con qué derecho. Ella había prometido no reclamarlo nunca. Entonces escuchó sobre un pueblito en las montañas de Oaxaca, donde vivían negros y mulatos libertos que habían fundado su propia comunidad.
Se llamaba Yanganga en honor al líder cimarrón que había negociado la libertad de su pueblo un siglo atrás. Josefa viajó hacia el sur con una caravana de comerciantes. Llegó a Yanganga en la época de lluvias de 1773. Era un lugar pequeño, casas de adobe y techos de palma, pero la gente caminaba con la cabeza alta.
No había amos, no había látigos, solo familias trabajando sus milpas, criando sus animales, viviendo en la dignidad que les había sido negada durante generaciones. Josefa se estableció allí. Aprendió a cultivar maíz y frijol, a criar gallinas, a hacer tortillas para vender en el mercado del pueblo vecino. Se casó con un hombre libre, un negro criollo que había comprado su libertad años atrás. No tuvieron hijos.
Josefa ya era mayor y su cuerpo estaba gastado por el trabajo, pero vivían en paz y eso era suficiente. En 1785, cuando Josefa tenía 49 años, llegó a Yanganga un joven que preguntaba por ella. Era un criollo de unos 27 años, alto y delgado, con ojos grises y pelo castaño. Preguntó en el mercado, “¿Cono a una mujer llamada Josefa, Mulata Libre, que llegó aquí hace unos 12 años?” Una vendedora de chiles le señaló la casa.
Josefa estaba moliendo maíz cuando escuchó que tocaban a la puerta. abrió y se encontró frente a un hombre que le resultaba familiar y extraño a la vez. “¿Eres Josefa?”, preguntó él con voz insegura. Ella asintió. “Me llamo José Cristóbal. Creo que tú creo que necesitamos hablar.” Josefa sintió que el mundo se detenía. Invitó al joven a pasar.
Le ofreció agua, tortillas, un lugar donde sentarse. Luego esperó a que él hablara. José Cristóbal empezó despacio. Mi madre, doña Inés, murió hace dos meses. Antes de morir me llamó y me contó una historia. Me dijo que yo no era su hijo de sangre, que mi verdadera madre era una mulata llamada Josefa, que había sido vendida cuando yo tenía 3 años.
Me dijo que tú me habías dado la vida dos veces, una al parirme y otra al cambiarme de cuna. Josefa escuchaba con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. José Cristóbal continuó, “No sé si esto es verdad. No sé si importa. Durante 25 años he sido José Cristóbal de Montemayor. Ahora soy solo José, un hombre sin fortuna y sin apellido ilustre.
Perdimos todo. Pero antes de que mi madre muriera, me hizo prometer que te buscaría, que te diría que cumplió su palabra, que me crió como un buen hombre y que nunca olvidó tu sacrificio. Josefa no podía hablar. José se levantó y se acercó a ella. No sé cómo llamarte. Eres mi madre. Eres una extraña. Solo sé que doña Inés me pidió que te encontrara y que te dijera gracias.
Entonces hizo algo inesperado. Se arrodilló frente a Josefa y le pidió su bendición, como se la pide un hijo a su madre. Josefa le puso las manos en la cabeza. Sintió el pelo suave bajo sus dedos, el mismo pelo que había acariciado cuando él era un bebé de días. Que Dios te bendiga, hijo mío”, murmuró.
“Que te dé una vida larga y buena. Que conozcas la libertad que yo nunca tuve y que nunca olvides de dónde vienes.” José se quedó en Yanganga tres días. Josefa le contó toda la historia desde el principio. La violación, el parto, el intercambio, la promesa, la venta. Él escuchó sin juzgar tratando de entender las decisiones imposibles que una mujer esclava había tenido que tomar para proteger a su hijo.
Antes de irse, José le dio un abrazo largo. Volveré a visitarte, prometió. No sé cuándo, pero volveré. y cumplió. Durante los siguientes años, José visitó a Josefa cada vez que sus viajes lo llevaban cerca de Oaxaca. Se había convertido en escribano público trabajando en Puebla. Se casó con una mestiza. Tuvieron tres hijos.
José le contó a sus hijos sobre su abuela Josefa, la mujer valiente que había sacrificado todo por amor. Los niños crecieron conociendo dos abuelas. Una que los crió en la fe y el respeto, otra que les dio la sangre y la vida. Josefa murió en 1798, a los 62 años, rodeada de su esposo, de José y de sus nietos.
Fue enterrada en el cementerio de Yanga, bajo un árbol de seiva. En su lápida José hizo grabar: “Josefa mulata libre, madre de corazón invencible.” La historia de Josefa se convirtió en leyenda en Yanganga. Se contaba en las noches de luna llena, cuando los viejos se reunían a beber pulque y recordar. Se decía que su espíritu protegía a todas las madres que habían perdido a sus hijos, que su bendición ayudaba a las familias separadas a reencontrarse.
Algunos decían haberla visto caminando junto al río cantando nanas antiguas. Otros juraban escuchar su voz en el viento cuando soplaba desde las montañas. José Cristóbal vivió hasta 1831 sobreviviendo a las guerras de independencia, al imperio de Iturbide, a los primeros años de la República. En su testamento dejó escrito, “Soy hijo de dos madres y dos mundos.
Una me dio la sangre y el cuerpo, otra me dio el amor y el hogar. A ambas les debo todo lo que soy. Sus descendientes guardaron esa historia como tesoro familiar, transmitiéndola de generación en generación, recordando que la sangre no hace la familia, sino el amor y el sacrificio. En los archivos de la parroquia de Jalapa aún se puede encontrar el acta de bautismo de José Cristóbal de Montemayor y Figueroa.
Fechada en noviembre de 1759, hijo legítimo de don Rafael de Montemayor y doña Inés Figueroa. No hay mención de Josefa, no hay registro del intercambio. La historia oficial borró su nombre, como borró los nombres de miles de esclavos y mulatos que construyeron Nueva España con su trabajo y su sangre.
Pero en Yanganga, en las montañas de Oaxaca, su nombre nunca se olvidó. Y cada año, el día de todos santos, las familias de origen afromexicano encienden una vela por Josefa, la mujer que desafió el orden colonial para dar a su hijo una oportunidad de vida mejor. Su historia es un testimonio de amor maternal más fuerte que las cadenas, de valentía más grande que el miedo, de sacrificio más profundo que la muerte.
Maravilloso.
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