Guanajuato, 1931: LA MACABRA relación secreta entre tía y sobrino

En el verano de 1931, cuando las minas de plata de Guanajuato apenas sostenían las fortunas que un siglo antes habían sido legendarias, la casa de los murrietas se alzaba en la calle del campanero como un recordatorio obstinado de tiempos mejores. La fachada de cantera rosa conservaba su dignidad entre balcones de hierro forjado, aunque las ventanas del segundo piso permanecían cerradas desde que Don Eusebio había muerto, dejando deudas que su viuda, doña refugio, pagaba mes a mes vendiendo terrenos en las afueras. La

mujer había enviudado a los 43 años sin hijos propios, pero con la responsabilidad de un patrimonio que se desmoronaba, y la compañía de su sobrina Amparo, quien llegó de Silao tras quedar huérfana a los 17 años. Amparo Murrieta tenía entonces 26 años, una edad que en aquel Guanajuato de calles empinadas y campanas constantes comenzaba a ser considerada peligrosa para una mujer soltera.

 Su rostro oval enmarcado por cabello negro que recogía en un moño bajo. Sus manos hábiles con la aguja y su voz suave en las misas del templo de San Diego la habían convertido en una presencia discreta, pero admirada. Los domingos, cuando bajaba por la cuesta hacia el jardín de la Unión, algunos comerciantes la saludaban con respeto excesivo, conscientes de que la sobrina de doña Refugio no era cualquier mujer sin fortuna.

 Suscríbete y comenta tu ciudad. Lo apoyo mantiene vivas estas historias que el tiempo intenta borrar. Fue en marzo de ese año cuando llegó Roberto, el hijo menor de la hermana difunta de don Eusebio, expulsado del seminario de Morelia por razones que nunca se explicaron con claridad. Tenía 22 años, una palidez que delataba meses de encierro entre libros y sotanas y una mirada inquieta que doña Refugio interpretó como el resultado natural de haber abandonado una vocación.

 La mujer lo recibió porque era su deber cristiano y porque necesitaba quien administrara las rentas de las pocas propiedades que aún generaban ingresos. Roberto aceptó con gratitud humilde, instalándose en una habitación pequeña del tercer piso, que daba a un patio interior donde Amparo cultivaba geranios y albahaaca.

Los primeros días transcurrieron en un silencio pesado. Roberto bajaba temprano al despacho que había sido de don Eusebio. Revisaba libros de cuentas con dedos manchados de tinta y subía antes del Ángelus sin cruzar más que frases corteses. Amparo lo observaba desde el corredor cuando él atravesaba el patio, notando como sus pasos eran siempre apresurados, como si temiera que alguien lo detuviera para hacer preguntas.

En la mesa del comedor, los tres comían en orden. Doña Refugio presidía, Roberto a su derecha, Amparo a su izquierda. El sonido de los cubiertos contra la loa era el único acompañamiento de oraciones murmuradas y comentarios sobre el clima o las noticias del periódico. Guanajuato en 1931 era una ciudad que vivía entre dos épocas.

 La revolución había terminado oficialmente, pero sus heridas aún sangraban en forma de capillas saqueadas, familias divididas entre cristeros y federales y un anticlericalismo oficial que hacía peligroso mostrar demasiada devoción. Las minas seguían operando, pero con menos trabajadores y salarios que apenas alcanzaban para frijoles y tortillas.

 En las tardes, los hombres se reunían en el jardín de la Unión. a discutir sobre Plutarco Elías Calles, sobre los sindicatos, sobre el precio de la plata. Las mujeres, mientras tanto, circulaban noticias más íntimas. ¿Quién había perdido tierras en Irapuato? ¿Qué familia había casado a su hija con un comerciante de león? ¿Cuál joven había regresado del norte con dólares y sin explicaciones? Fue doña Candelaria, la cocinera que llevaba 30 años con los Murrieta. quien primero notó el cambio.

Una mañana de abril, mientras molía Chile en el Metate, comentó con voz casual que don Roberto había pedido prestado un libro de poesía del anaquel de la sala. Poesía, repitió con énfasis que no necesitaba traducción. Amparo, que remendaba manteles junto a la ventana de la cocina, sintió que sus manos se detenían sin razón.

 No dijo nada. Doña Candelaria tampoco insistió, pero el comentario quedó flotando en el aire caliente que subía del comal. El libro era un volumen de amado nervo que había pertenecido a don Eusebio, quien a pesar de su pragmatismo minero, había tenido debilidad por los versos. Roberto lo leyó en las noches, sentado junto a la ventana de su habitación con una vela que proyectaba sombras irregulares en las paredes.

Amparo lo supo porque desde su propia ventana en el piso de abajo podía ver el resplandor amarillento que se filtraba entre las rendijas de los postigos de madera. A veces, cuando el insomnio la mantenía despierta después de las campanas de las 11, contaba los minutos que aquella luz permanecía encendida.

 90 minutos una noche, 120 otra. Una tarde, Amparo subió al tercer piso con elpretexto de regar las plantas del patio interior. Roberto estaba en el despacho, pero había dejado la puerta de su habitación entreabierta. El libro descansaba sobre la mesita de noche, abierto en una página marcada con una cinta morada.

 Amparo vaciló en el umbral. La habitación olía a cera de vela, a papel viejo, a jabón de Castilla. Avanzó tres pasos suficientes para leer los versos expuestos. Amada, el aura dice tu nombre en el silencio, que las rosas en la tarde suspiran tu partida. No siguió leyendo. Regresó al corredor con una sensación extraña en el pecho, como si hubiera profanado algo sagrado, aunque no sabía exactamente qué.

 Los días de abril se alargaron con una lentitud que parecía deliberada. La rutina de la casa continuaba inmutable en apariencia. Pero pequeños gestos comenzaron a acumularse como gotas de agua que forman un río sin que nadie note el momento exacto en que el cauce se llena. Roberto empezó a bajar más temprano al desayuno, justo cuando Amparo preparaba el café.

 Se ofrecía a cargar la olla del agua, a alcanzar las tazas del estante alto, a probar el pan recién horneado para verificar si tenía suficiente sal. Eran ayudas innecesarias. que ella no había solicitado, pero que tampoco rechazaba. Una mañana, mientras Amparo cortaba naranjas para el jugo, el cuchillo resbaló y le hizo un corte superficial en el pulgar.

 La sangre brotó en una línea roja delgada. Roberto, que leía el periódico en la mesa, se levantó de inmediato, tomó su mano con cuidado, examinó la herida con una atención que excedía la gravedad del corte y la condujo al lavadero para limpiarla con agua fría. Sus dedos permanecieron alrededor de su muñeca varios segundos después de que el sangrado se detuviera.

Amparo sintió el pulso de él contra su piel rápido y fuerte. Cuando levantó la vista, Roberto la estaba mirando con una intensidad que hizo que el aire entre ambos se volviera denso. Doña Candelaria entró en ese momento con una canasta de huevos y ambos se separaron con movimientos bruscos. Como niños sorprendidos en una travesura.

Mayo llegó con calores prematuros que hacían insoportables las tardes en el interior de la casa. Doña Refugio comenzó a quejarse de jaquecas que la obligaban a recluirse en su habitación con las cortinas cerradas y paños de agua fría sobre la frente. Fue entonces cuando la convivencia entre Amparo y Roberto se volvió inevitable.

 Él terminaba su trabajo en el despacho y encontraba a su tía política en el corredor, doblando ropa recién lavada o descascarando cacahuates para hacer dulce. Las conversaciones comenzaron con timidez. Un comentario sobre el clima, una pregunta sobre si doña refugio había cenado, una observación sobre el precio del azúcar en el mercado Hidalgo.

Pero pronto las palabras se multiplicaron. Roberto preguntó por los geranios y Amparo explicó que los rojos necesitaban menos agua que los blancos. Amparo preguntó por el seminario y Roberto, tras un silencio largo, contó que había abandonado porque descubrió que su vocación era más un refugio que un llamado.

 Hablaba con frases cuidadosas, como si cada palabra fuera una piedra que debía colocar con precisión. Amparo escuchaba sin interrumpir, consciente de que aquel hombre joven tenía una herida que no mostraba, pero que sangraba por dentro. Una tarde de mediados de mayo, mientras doña refugio dormía su siesta, Amparo estaba en la sala abordando una sábana de la Juar que había comenzado años atrás y nunca había terminado.

 Roberto entró buscando un documento en el escritorio. Trabajó en silencio durante varios minutos, consciente de la presencia de ella al otro lado de la habitación. Cuando terminó, en lugar de salir, se acercó a observar su trabajo. Preguntó qué representaban las flores que bordaba. Ella explicó que eran a sus cenas símbolo de pureza, aunque ya no recordaba para quién las había comenzado.

 Roberto comentó que le parecían hermosas. Amparo sintió que sus mejillas se calentaban sin razón aparente. Él se sentó en el sillón frente a ella. Comenzaron a hablar de cosas sin importancia. de cómo en Morelia los veranos eran menos calurosos, de cómo en Silao las tormentas llegaban más temprano en la temporada.

 Pero bajo las palabras triviales circulaba otra conversación hecha de miradas que duraban medio segundo más de lo necesario, de sonrisas que aparecían sin motivo evidente, de pausas que se llenaban con el sonido de la respiración del otro. Cuando las campanas de las cinco marcaron la hora del ángelus, ambos se sobresaltaron como si hubieran sido descubiertos haciendo algo prohibido, aunque no habían hecho más que conversar.

Esa noche Amparo no pudo dormir. Se levantó cerca de las 2 de la madrugada y bajó a la cocina por un vaso de agua. La casa estaba en silencio absoluto, ese silencio denso de las construcciones antiguas que parece contener todos los susurros de quienes las han habitado.Cuando regresaba por el corredor, vio luz bajo la puerta del despacho.

 Se acercó sin hacer ruido y escuchó movimiento. Roberto también estaba despierto. estuvo a punto de tocar la puerta, pero en el último momento su mano se detuvo a medio camino. ¿Qué le diría? ¿Qué excusa daría para buscarlo a esa hora? Volvió a su habitación con el corazón latiendo fuerte, consciente de que algo estaba cambiando entre ellos, algo que no tenía nombre, pero que ya no podía ignorar.

 Los días siguientes fueron una tortura refinada. Cada encuentro casual en el corredor se volvía cargado de electricidad. Cuando se cruzaban en las escaleras, sus cuerpos se rozaban inevitablemente en el espacio estrecho y ambos murmuraban disculpas innecesarias. En la mesa, Roberto le pasaba la sal antes de que ella la pidiera.

 Amparo servía su café con la cantidad exacta de azúcar que él prefería, aunque nunca se lo había preguntado. Doña Refugio, absorta en sus jaquecas y sus problemas económicos, no notaba nada o fingía no notar. Una noche de junio, después de que las campanas de la basílica de Nuestra Señora de Guanajuato marcaran las 10, Roberto bajó al patio a fumar un cigarrillo.

Amparo estaba sentada en una banca de hierro bajo el naranjo, cosiendo a la luz de una lámpara de aceite. Él le pidió permiso para sentarse. Ella asintió. Durante varios minutos no hablaron. El humo del tabaco subía en espirales lentas. Las estrellas apenas se veían entre las paredes altas de las casas vecinas.

 Roberto dijo de pronto que Guanajuato le parecía una ciudad construida para encerrar secretos. Las calles subterráneas, los callejones sin salida, las casas con patios interiores, donde todo sucedía lejos de los ojos del mundo. Amparo respondió que tal vez por eso la gente chismorreaba tanto para compensar lo que no podía ver. Reron.

 Fue una risa breve, casi ahogada, pero suficiente para cambiar algo entre ellos. Roberto preguntó por qué no se había casado. Amparo tardó en responder. Finalmente dijo que había tenido un pretendiente en Silao, un empleado de Hacienda que murió de Tifoidea 3 meses antes de la boda. Después llegó la revolución.

 Su padre fue asesinado por zapatistas que buscaban dinero y ella quedó bajo la tutela de doña refugio. A los 26 años añadió con voz serena, “Una es invisible para los hombres jóvenes y demasiado joven para los viudos”. Roberto no dijo nada, pero su silencio tuvo una cualidad diferente como de protesta muda. Se quedaron en el patio hasta pasada la medianoche.

Hablaron de muchas cosas, de sus infancias, de sus miedos, de sus decepciones. Roberto confesó que en el seminario había descubierto que su fe era más miedo al mundo que amor a Dios. Amparo admitió que a veces se sentía como un mueble de la casa. Útil, pero sin vida propia. Cuando finalmente subieron cada uno a su habitación, ambos sabían que habían cruzado una frontera invisible.

 Ya no eran solo parientes políticos que compartían techo. Eran dos personas que se habían reconocido mutuamente, que habían visto en el otro algo que respondía a su propia soledad. Los días siguientes, Roberto comenzó a leer en voz alta para ella. Empezó casi por accidente cuando Amparo comentó que nunca había terminado de leer el libro de Nervo porque la letra impresa era muy pequeña y le cansaba la vista.

 Él se ofreció a leerle algunos poemas. Se sentaron en el patio, ella con su costura, él con el libro abierto. Su voz era profunda y clara, acostumbrada a las lecturas litúrgicas del seminario. Los versos fluían entre ellos como un tercer elemento, creando una intimidad que no podían construir con sus propias palabras.

 En paz, leyó Roberto una tarde. Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida. Amparo levantó la vista de su bordado. Había algo en la manera en que él leía esos versos con una mezcla de melancolía y anhelo que la conmovió profundamente. Cuando terminó el poema, sus ojos se encontraron.

 Roberto cerró el libro lentamente. Durante largos segundos ninguno habló. Luego, doña Candelaria apareció con una pregunta sobre la cena y el momento se rompió. Pero aquella misma noche, cuando Amparo estaba sola en su habitación, descubrió que no podía dejar de pensar en Roberto. No era solo atracción física, aunque también había de eso.

 Era algo más complejo, el reconocimiento de un alma gemela, de alguien que entendía su soledad sin que ella tuviera que explicarla. Se preguntó si lo que sentía era amor o simplemente la desesperación de una mujer que veía como los años pasaban sin que nada cambiara en su vida. No encontró respuesta, solo una certeza inquietante.

 Fuera lo que fuera, ya no podía detenerlo. Roberto también luchaba con sus propios demonios. Una tarde, mientras revisaba cuentas en el despacho, se descubrió escribiendo el nombre de Amparo en el margen de un libro de contabilidad.Lo tachó inmediatamente, avergonzado, pero la evidencia quedó allí.

 Su letra revelaba una obsesión que ya no podía negar. Se preguntó si estaba pecando solo con desearla, si los sentimientos no correspondidos eran tan culpables como los actos consumados. Recordó las enseñanzas del seminario sobre la concupiscencia, sobre cómo hasta los pensamientos impuros condenaban el alma. Pero aquello que sentía por amparo no le parecía impuro.

 Era doloroso, sí, imposible, ciertamente, pero sucio. No podía aceptarlo. En julio, Guanajuato hervía. Las tardes eran tan sofocantes que doña Refugio decidió que cenarían más tarde después de las 9, cuando el aire se volvía apenas tolerable. Esas dos horas adicionales antes de la cena se convirtieron en un espacio ambiguo. Roberto y Amparo compartían ese tiempo en el patio, en leyendo, ella cosiendo, ambos conscientes de que aquellos momentos eran un robo al orden establecido, pequeñas transgresiones que aún no eran pecado, pero que se

acercaban peligrosamente a hacerlo. Una noche, mientras Roberto leía un poema sobre la imposibilidad del amor, su voz se quebró ligeramente en un verso que decía, “Y te amé sin saberlo y te busqué en mis sueños.” Cerró el libro bruscamente. Amparo notó que sus manos temblaban. Preguntó si se sentía bien.

 Roberto respondió que sí, que solo era el calor. Pero cuando levantó la vista, había lágrimas en sus ojos. Amparo dejó su costura y se acercó. Quiso decir algo reconfortante, pero las palabras se le atascaron en la garganta. En su lugar hizo algo que la sorprendió a sí misma. Extendió la mano y tocó suavemente su mejilla.

 Fue un gesto maternal, casi caso. Pero la reacción de Roberto fue inmediata. cubrió la mano de ella con la suya, la mantuvo contra su rostro, cerró los ojos. Permanecieron así durante segundos que parecieron suspendidos fuera del tiempo. Luego Amparo retiró la mano con suavidad, murmuró algo sobre la hora de preparar la cena y se fue.

 Roberto se quedó solo en el patio con el libro cerrado sobre sus piernas y la sensación de que algo irreversible acababa de suceder. Doña Candelaria lo había visto todo desde la ventana de la cocina. No dijo nada esa noche ni la siguiente, pero comenzó a vigilar. Sus ojos lo seguían cuando cruzaban el patio. Sus oídos captaban las conversaciones susurradas.

 Una tarde, mientras Amparo ayudaba a picar cebollas, la cocinera comentó con tono casual que don Roberto se veía muy flaco, que debían cuidarlo mejor, que tanta tristeza en un hombre joven no era natural. Luego, con pausa calculada, añadió que los hombres a esa edad necesitaban casarse, encontrar una mujer de bien que los asentara.

 Amparo sintió que sus manos temblaban mientras pelaba papas. Doña Candelaria continuó, “Lástima que en esta casa solo estamos nosotras, todas mayores o familia. Sería pecado grave que un hombre pensara en una tía como mujer. Pecado que Dios no perdona. El comentario quedó flotando en el aire caliente de la cocina como una maldición.

Amparo no respondió, pero su silencio fue elocuente. Esa noche, en lugar de bajar al patio, se quedó en su habitación. Roberto la esperó durante una hora antes de comprender que no vendría. subió las escaleras con pasos pesados, consciente de que la advertencia implícita de doña Candelaria había llegado a oídos de amparo.

Durante los siguientes días evitaron encontrarse a solas. Amparo se refugió en tareas que la mantenían ocupada en las habitaciones del primer piso. Roberto comenzó a salir más, visitando propiedades, reuniéndose con inquilinos, caminando sin rumbo por las calles empinadas del centro. Pero la separación forzada solo intensificó lo que sentían.

 Cada ausencia se volvía más dolorosa que la anterior. Cada encuentro casual en el corredor, cada mirada robada durante la cena, cada palabra cortés intercambiada en presencia de doña refugio, todo se cargaba de un significado que los consumía por dentro. En agosto llegaron las primeras lluvias, tormentas eléctricas que estallaban por las tardes, inundaban las calles empedradas y dejaban el aire con olor a tierra mojada y hierro oxidado.

Una noche, un trueno tan violento que hizo temblar los vidrios de las ventanas despertó a toda la casa. Amparo bajó a la cocina para preparar té de tila, esperando que la ayudara a volver a dormir. Cuando llegó, encontró a Roberto junto al fogón con una taza de café entre las manos. Ambos se sobresaltaron. Él comenzó a disculparse, pero ella lo interrumpió diciendo que no era necesario. Preparó su té en silencio.

 Se sentaron a la mesa, uno frente al otro. La lluvia golpeaba el techo de Teja con ritmo constante. Durante largos minutos ninguno habló. El silencio entre ellos era denso, cargado de todo lo que no se habían atrevido a decir. Finalmente, Roberto susurró, “No puedo seguir así.” Amparo levantó la vista.

 Sus ojos estaban húmedos. Preguntó a qué serefería. Él respondió, “A fingir que no siento lo que siento, a actuar como si fuéramos extraños cuando estamos en la misma habitación, a dormir cada noche, sabiendo que estás a pocos metros y que nunca podré”, se detuvo. No hacía falta terminar la frase.

 Amparo sintió que algo se quebraba dentro de su pecho. Durante años había vivido en una especie de letargo emocional, cumpliendo con sus deberes, rezando sus oraciones, esperando una vida que nunca llegaba. Roberto había despertado algo que creía muerto, el deseo de ser vista, de ser querida, de ser importante para alguien. Pero también sabía que lo que sentían era imposible, no solo por los nombres que los unían, tía y sobrino políticos, sino por todo lo que esos nombres significaban en una ciudad como Guanajuato.

Reputación, honor familiar, posición social. Cuando finalmente habló, su voz era apenas audible. Yo tampoco puedo. Roberto extendió la mano a través de la mesa. Ella la tomó. Sus dedos se entrelazaron con una urgencia que contradecía la quietud de sus cuerpos. Permanecieron así, mirándose en la penumbra de la cocina iluminada solo por una vela sobre la mesa, conscientes de que estaban cruzando una línea que no debían cruzar, pero que ya no tenían fuerzas para evitar.

 Roberto se levantó lentamente, sin soltar su mano, la condujo hacia él. Amparo se puso de pie también. con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Quedaron de pie, separados apenas por centímetros, sus respiraciones mezclándose en el aire. Roberto levantó la mano libre y rozó su mejilla con el dorso de los dedos, un gesto de ternura tan pura que amparo sintió lágrimas correr por su rostro.

Entonces él se inclinó y la besó. Fue un beso lento, casi irreverente, como si temiera que ella fuera a desvanecerse. Amparo respondió con una intensidad que la sorprendió a sí misma, con años de soledad y deseo reprimido, fluyendo a través de ese único punto de contacto. Cuando se separaron, ambos temblaban.

Roberto susurró, “Esto está mal.” Amparo asintió. Lo sé. Pero ninguno se apartó. Se besaron de nuevo, esta vez con más urgencia, con las manos buscando lugares para posarse. Su espalda, su cintura, su cuello, su cabello. No subieron a ninguna habitación esa noche. El miedo a ser descubiertos era demasiado grande y además ambos sabían que consumar físicamente lo que sentían los condenaría sin remedio. en su lugar.

Permanecieron en la cocina besándose con desesperación contenida, tocándose por encima de la ropa, susurrando palabras fragmentadas que eran promesas y lamentos a la vez. Cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, se separaron con una mezcla de alivio y desolación. Subieron las escaleras en silencio, cada uno a su habitación, conscientes de que habían traicionado las leyes no escritas de su mundo, pero incapaces de arrepentirse.

Los días siguientes fueron una agonía refinada. Durante el día actuaban con normalidad forzada. Roberto trabajaba en el despacho. Amparo cumplía con sus tareas domésticas. Ambos intercambiaban frases cortes en la mesa. Pero por las noches, cuando doña Refugio dormía y doña Candelaria se retiraba a su cuarto en la azotea, se encontraban en diferentes rincones de la casa.

 A veces era en la sala oscura, otras en el patio bajo el naranjo, una vez incluso en el cuarto de lavado entre sábanas húmedas que olían a jabón. Nunca llegaron a la consumación completa. Algún vestigio de contención los mantenía en el umbral del pecado mortal. Pero lo que hacían era suficiente para condenarlos ante los ojos de Dios y de la sociedad.

Fue durante una de esas noches cuando Roberto le contó la verdadera razón de su expulsión del seminario. No había sido por dudas teológicas, como había dicho, sino porque lo habían descubierto con cartas de amor escritas a una novicia del convento vecino. Las cartas nunca se entregaron, pero su existencia fue suficiente para considerarlo moralmente inadecuado para el sacerdocio.

 Ni siquiera la conocía, confesó con voz amarga. Solo había visto su rostro una vez durante una procesión, pero inventé todo un amor en mi cabeza. Escribí docenas de cartas que nunca envié. El rector las encontró en mi celda. Amparo lo abrazó, comprendiendo que aquel hombre joven llevaba el peso de una sensibilidad que el mundo consideraba debilidad.

 A su vez, ella le contó cosas que nunca había revelado a nadie. Le habló de cómo su prometido de Silao, el que había muerto de tifoidea, en realidad nunca le había importado. Era un matrimonio arreglado, conveniente para ambas familias. Cuando él murió, sintió más alivio que tristeza, y esa falta de dolor la había hecho sentirse monstruosa.

Le habló de los años bajo la tutela de doña Refugio, años de gratitud sincera, mezclada con resentimiento secreto por una vida que no era realmente suya. Le habló de las noches de insomnio en quese preguntaba si moriría siendo virgen, si nunca conocería el amor que leía en las novelas que doña Refugio consideraba inapropiadas, pero que ella leía escondidas.

Estas confesiones nocturnas crearon entre ellos una intimidad que iba más allá de lo físico. Se conocían mutuamente de maneras que ninguno había conocido a otra persona. Compartían no solo deseo, sino comprensión, complicidad, la sensación de ser dos náufragos en el mismo mar tormentoso. Roberto le dijo una noche que si hubiera podido elegir libremente, habría buscado una mujer exactamente como ella.

 Amparo respondió que si hubiera nacido en otro tiempo, en otro lugar, con otros nombres, habrían podido amarse sin esconderse. Ambos lloraron por ese amor imposible que los había encontrado en las circunstancias más adversas. En septiembre, doña Refugio anunció que viajaría a León para consultar a un médico sobre sus jaquecas persistentes.

Estaría fuera tres días. Doña Candelaria iría con ella como acompañante. La noticia cayó en la casa como una piedra en un estanque. Amparo sintió que debía ofrecer acompañarlas, pero doña Refugio rechazó la idea con firmeza. Alguien debía quedarse para supervisar la casa y atender a Roberto.

 La mirada que la mujer le dirigió tuvo una cualidad evaluativa que Amparo no supo interpretar. Era desconfianza, era una prueba. No hubo tiempo para averiguarlo. La mañana que partieron, la casa quedó en un silencio extraordinario. Amparo se mantuvo ocupada limpiando habitaciones que no necesitaban limpieza, reorganizando a las cenas ya organizadas.

Roberto permaneció en el despacho hasta la hora de comer. Se sentaron a la mesa, uno frente al otro, con dos puestos vacíos que se sentían enormes. Comieron en silencio. Después, Roberto dijo que saldría a revisar unas cuentas con un inquilino. Amparo asintió con alivio. Ambos sabían que estaban huyendo de la tentación que representaba estar completamente solos.

 Pero la ciudad de Guanajuato conspiraba contra ellos. La tarde se volvió húmeda y pesada, presagiando tormenta. Roberto regresó empapado de una lluvia súbita que había estallado mientras caminaba por las calles. Amparo le preparó café, le ofreció una toalla, lo instó a cambiarse de ropa antes de que enfermara. Cuando él bajó de nuevo con ropa seca, pero el cabello aún húmedo, la tormenta había empeorado.

 Los truenos sacudían las ventanas. La lluvia era tan violenta que parecía que el cielo se derramaba sobre la ciudad. Se sentaron en la sala, cada uno fingiendo estar absorto en actividades inofensivas. Él revisaba documentos, ella cosía, pero la tensión entre ellos era palpable. Cada trueno lo sobresaltaba, cada relámpago iluminaba brevemente la sala y revelaba sus miradas fijas el uno en el otro.

 Cuando las campanas marcaron las 8 de la noche, Roberto dejó sus papeles y preguntó si tenía miedo. Amparo respondió que no del clima, pero dejó la frase inconclusa. No hacía falta terminarla. cenaron en silencio, cada uno consciente de que después de la cena no habría más excusas para mantener la distancia. Los platos fueron lavados con lentitud deliberada.

Las luces fueron apagadas una por una. Finalmente quedaron de pie en el corredor del primer piso frente a la puerta de la habitación de Amparo. Ninguno se movía. La lluvia continuaba golpeando el techo con furia. Roberto dijo con voz apenas audible, “¿Puedo subir a mi cuarto?” Amparo no respondió de inmediato.

 Cuando finalmente habló, sus palabras fueron un susurro. “O puedes quedarte. Lo que sucedió esa noche en la habitación de Amparo nunca se expresó con palabras claras. No hubo consumación completa, porque incluso en su transgresión ambos mantenían una línea que no cruzarían, un último vestigio de contención que los protegía del pecado mortal, según las definiciones precisas de la Iglesia.

Pero hubo intimidad, hubo desnudez parcial, hubo caricias que exploraron territorios prohibidos. Hubo lágrimas también, porque ambos sabían que aquello no podría repetirse, que era un robo al destino, una noche fuera del tiempo que pagarían con años de remordimiento. Cuando el amanecer llegó, Roberto se vistió en silencio y subió a su habitación.

 Amparo permaneció en la cama mirando el techo, sintiendo su cuerpo diferente marcado por manos que nunca debieron tocarlo. No se arrepentía exactamente, pero sabía que aquella noche había alterado algo fundamental en su alma. Ya no era la mujer que había sido. Ya no podría fingir que no conocía el amor, incluso si ese amor estaba condenado desde su nacimiento.

 Doña Refugio regresó al mediodía del tercer día con un diagnóstico vago sobre sus jaquecas y una bolsa de medicinas de la farmacia de León. Encontró la casa impecablemente ordenada. Amparo la recibió con compostura perfecta, ofreciendo té, preguntando por el viaje, comentando sobre el clima. Doña Candelaria, en cambio, miró a la jovencon ojos entrecerrados, como si buscara algo que no lograba identificar.

Roberto llegó del despacho justo antes de la cena, saludó con cortesía formal y comió en silencio. Durante las siguientes semanas, Amparo y Roberto no volvieron a quedarse a solas. Evitaban cruzarse en los corredores. En la mesa no levantaban la vista de sus platos. En la iglesia se sentaban en extremos opuestos de la banca familiar.

Pero algo había cambiado en ellos que cualquier ojo observador podría detectar. Sus movimientos eran demasiado cuidadosos, sus palabras demasiado medidas, sus silencios demasiado elocuentes. Los rumores comenzaron a circular a finales de septiembre. Nadie sabía exactamente cómo, pero así funcionaban los chismes en Guanajuato.

 Se filtraban por las rendijas de las puertas, viajaban en las palabras de las lavanderas en el río, se multiplicaban en los portales del mercado. Primero fue una pregunta inocente de la vecina del número 12. Y el sobrinito de doña Refugio no se ha comprometido todavía. Luego una observación de la dueña de la panadería.

 Qué raro que siendo familia vivan los tres solos en esa casa tan grande. Después una insinuación más directa de la beata de San Roque. Pobrecita doña Refugio. Con esos dos jóvenes bajo el mismo techo, ¿qué pensarán los vecinos? Amparo escuchó los comentarios velados primero, más directos después. En el mercado, las vendedoras bajaban la voz cuando ella pasaba.

 En la iglesia, algunas mujeres la saludaban con frialdad que antes no existía. Una tarde, la esposa del farmacéutico la detuvo en la calle con gesto de preocupación fingida. Amparo, hija, ten cuidado. La gente habla. En estos tiempos una mujer debe cuidar más que nunca su reputación. No especificó de qué debía cuidarse, pero la mirada que le dirigió fue inequívoca.

 Roberto también sintió el cambio. En el casino de León, donde a veces iba a tomar café con otros administradores de propiedades, las conversaciones se detenían cuando él llegaba. Una tarde un conocido le hizo una broma sobre los peligros de vivir con mujeres bonitas. Reron todos menos Roberto. Otra noche, un empleado de banco le comentó con tono ambiguo que debía tener cuidado, que las apariencias lo eran todo en una ciudad como Guanajuato, donde todos se conocían desde hacía siglos.

Octubre trajo la fiesta del Cristo del Cubilete, la celebración religiosa más importante de la región. Miles de peregrinos subían al cerro para venerar la imagen y Guanajuato se llenaba de vendedores, músicos, predicadores. Doña Refugio decidió que la familia haría la peregrinación como cada año. Saldrían temprano, asistirían a la misa campal, regresarían por la tarde.

 Era una tradición que no se podía romper. El día de la peregrinación amaneció despejado. Cientos de personas subían el cerro en procesión, cantando himnos, rezando rosarios, llevando exvotos y flores. La familia Murrieta caminó en silencio entre la multitud. Doña Refugio iba adelante, apoyada en un bastón. Roberto y Amparo caminaban varios pasos atrás, separados por una distancia prudente, pero insuficiente, para callar los rumores.

 Durante todo el ascenso, Amparo sintió miradas clavadas en su espalda. Escuchó susurros. Alguien rió. Otro murmuró algo ininteligible, pero claramente malintencionado. En la cima, durante la misa, el sacerdote pronunció un sermón sobre la pureza, el deber cristiano de evitar el escándalo, como incluso las apariencias de pecado eran pecado.

 Sus palabras parecían dirigidas directamente a Amparo, aunque ella sabía que era imposible. Cuando levantó la vista, encontró que varias mujeres la miraban, no con odio, sino con algo peor, con lástima mezclada con desdén. Sintió que el mundo se cerraba sobre ella. Al descender del cerro, escuchó con claridad lo que antes había sido solo murmullos.

 Dos mujeres caminaban cerca, hablando lo suficientemente alto para ser escuchadas. Yo me lo contó Candelaria. Los encuentra juntos en la madrugada. Qué vergüenza para doña refugio la otra respondió, debería echarlos a los dos, pero ¿qué va a hacer la pobre? ¿Y si está sola y enferma? Amparo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

 Cuando llegó a la casa, subió directamente a su habitación sin cenar. Esa noche, doña Refugio llamó a Roberto al despacho. La conversación duró más de una hora. Amparo, en su habitación no pudo escuchar palabras específicas, pero sí el tono, acusaciones veladas, defensas débiles, silencios largos. Cuando Roberto salió, subió las escaleras con pasos pesados.

Amparo esperó que tocara a su puerta. No lo hizo. A la mañana siguiente, durante el desayuno, doña Refugio anunció que Roberto viajaría a Monterrey para explorar oportunidades de trabajo. Era hora de que hiciera su vida. Roberto no levantó la vista de su café. Amparo sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

 En noviembre las lluvias se volvieron constantes. Guanajuato sesumió en una humedad que hacía brotar mo en las paredes y volvía resbaladizas las calles empedradas. Roberto preparó su partida con eficiencia silenciosa. Vendió algunos libros, empacó ropa en un baúl de cuero, escribió cartas a conocidos en el norte. Amparo lo veía pasar por los corredores sin atreverse a hablarle.

 Doña Refugio supervisaba todo con mirada vigilante, asegurándose de que nunca quedaran solos. La noche antes de su partida, Roberto bajó al patio cuando todos dormían. Amparo, que no había podido dormir, lo escuchó. Esperó 10 minutos y bajó. También lo encontró sentado en la banca de hierro con la cabeza entre las manos. No se sorprendió al verla, quizá la había estado esperando.

 Se miraron en la oscuridad. Él dijo que no quería irse. Ella respondió que no tenía opción. Él preguntó si lo que sentían era realmente pecado o simplemente algo que la sociedad llamaba pecado porque no tenía otro nombre. Ella no supo qué responder. Se abrazaron. Fue un abrazo desesperado, consciente de su carácter definitivo.

Roberto susurró que la amaba. Amparo no respondió, pero sus lágrimas dijeron lo que sus palabras no podían. Permanecieron así hasta que las campanas de las 4 de la madrugada lo separaron. Entonces él le entregó algo, una carta doblada en un sobre. No la leas ahora. dijo, “Léela cuando yo ya no esté.” Subieron las escaleras en silencio, cada uno a su habitación.

 No volvieron a estar a solas. Roberto partió al amanecer en una carroza que lo llevaría a la estación de ferrocarril en Silao. Doña Refugio se despidió de él en el saguán con un abrazo breve y palabras formales sobre cuidarse y escribir. Amparo observó desde la ventana de su habitación oculta tras las cortinas. vio como él subía al vehículo, cómo se volvía para mirar la casa una última vez, como finalmente el cochero asusó los caballos y la carroza se perdió en la cuesta.

 Solo entonces Amparo se permitió llorar. La carta que Roberto le había dejado estaba escrita en una caligrafía cuidadosa que delataba horas de trabajo. Decía cosas que nunca se habían atrevido a pronunciar en voz alta. Hablaba de amor y culpa, de deseo y pecado, de cómo dos personas podían destruirse mutuamente sin quererlo. Terminaba con una frase que Amparo memorizó sin proponérselo.

Viviré el resto de mi vida sabiendo que la única mujer que he amado será siempre inalcanzable, no por distancia, sino por nombres, tía y sobrino, palabras que pesan más que continentes. Los meses siguientes transcurrieron en una bruma gris. Amparo cumplía sus tareas con automatismo, cocía, rezaba, iba al mercado, ayudaba en la cocina.

Doña Refugio la trataba con una mezcla de dureza y compasión que era casi insoportable. Nunca mencionó lo sucedido directamente, pero sus silencios eran elocuentes. Los rumores comenzaron a disminuir cuando Roberto dejó la ciudad, pero no desaparecieron por completo. En Guanajuato, como en toda ciudad pequeña, el pasado nunca moría del todo.

Se convertía en leyenda, en advertencia, en historia que las madres contaban a sus hijas. Diciembre llegó con frío inusual. Una mañana, doña Candelaria encontró a Amparo llorando en la cocina. La cocinera, que en octubre había sido instrumento de los rumores, ahora sentía algo parecido a remordimiento.

 Se sentó junto a la joven y le tomó la mano. “Mi niña”, dijo con voz suave, “El mundo es cruel con las mujeres. Siempre lo ha sido, pero tú no hiciste nada que mil mujeres no hayan sentido. La diferencia es que las otras tuvieron la suerte de que nadie se enterara. En enero de 1932, Amparo recibió una carta de Roberto desde Monterrey.

 Hablaba de su nuevo trabajo en una empresa de importación, de los planes de mudarse pronto a la Ciudad de México, de cómo el norte era tan diferente de Guanajuato que parecía otro país. No mencionó sentimientos, no preguntó por ella directamente, terminaba con saludos formales para doña refugio.

 Amparo leyó la carta tres veces y luego la guardó junto con la otra en el fondo de un baúl donde nadie la encontraría. Los meses se convirtieron en años. Roberto no volvió a Guanajuato. Las cartas se hicieron menos frecuentes hasta que dejaron de llegar. Amparo supo por comentarios indirectos de doña Refugio que él se había casado con una joven de familia acaudalada en la capital, que trabajaba en un banco, que su vida era respetable y ordenada.

 La noticia le dolió menos de lo que esperaba. Era como si aquellos meses de 1931 hubieran ocurrido en otra vida a otras personas en otra ciudad. Amparo nunca se casó. A los 30 años ya era definitivamente una solterona, título que aceptó con dignidad serena. Cuando doña Refugio murió en 1938, le dejó la casa de la calle del campanero.

 Amparo vivió allí hasta su propia muerte en 1967, convertida en una anciana respetada que ayudaba a las familias pobres de la parroquia y bordaba manteles para el altar de San Diego. Las mujeres jóvenesla visitaban para pedirle consejos sobre asuntos domésticos. Los niños del barrio le tenían cariño porque les regalaba dulces de calabaza.

 Nadie hablaba ya de los rumores de 1931. El tiempo había borrado los detalles, transformando la historia en algo vago y nebuloso. Algunos ancianos recordaban que algo había pasado con el sobrino de doña Refugio, pero nadie sabía exactamente qué. La casa seguía siendo la casa de los Murrieta. y Amparo, su última habitante, un fantasma silencioso de un mundo que ya no existía.

Durante los años 40 y 50, Guanajuato cambió lentamente. Las minas cerraron una tras otra. Las grandes familias vendieron sus propiedades. La ciudad se llenó de estudiantes cuando la universidad creció. Amparo observó estos cambios desde su ventana, cosciendo siempre, rezando sus rosarios, manteniendo viva una rutina que era su único ancla a la cordura.

 Doña Candelaria murió en 1945, llevándose a la tumba los secretos que nunca había revelado completamente. Amparo asistió a su funeral y lloró con sinceridad, porque aquella mujer había sido testigo de su única historia de amor, aunque también su juez más severo. En los años 60, cuando Amparo ya tenía casi 60 años, una joven del barrio llamada Soledad comenzó a visitarla con frecuencia.

 La muchacha había quedado embarazada de un hombre casado y la familia la había repudiado. Buscó refugio en la casa de la calle del campanero porque sabía que Amparo nunca juzgaba. Las dos mujeres, separadas por décadas, pero unidas por el peso del escándalo, desarrollaron una amistad silenciosa. Amparo ayudó a Soledad durante el embarazo, le dio dinero para el parto.

Nunca preguntó detalles que la joven no quisiera compartir. Una tarde de 1966, mientras tomaban té en la sala, Soledad preguntó por qué Amparo nunca se había casado. La anciana tardó en responder. Finalmente dijo con voz tan baja que apenas se escuchaba: “Amé a alguien que no debía amar.

 Fue hace mucho tiempo, pero uno no deja de amar solo porque el tiempo pase.” Soledad preguntó qué había sucedido. Amparo sonrió con tristeza. Nada. y todo. No consumamos el pecado, pero lo vivimos en el corazón. Y eso, hija mía, fue suficiente para condenarnos. Roberto murió en la Ciudad de México en 1965, de un infarto súbito a los 56 años.

Amparo se enteró por una nota breve en el periódico de Guanajuato que mencionaba a los hijos del difunto licenciado Roberto Murrieta. Leyó la noticia tres veces. buscando entre las líneas alguna mención a ella, sabiendo que no la encontraría. Esa noche bajó al patio, se sentó en la misma banca de hierro, donde décadas atrás habían compartido versos de nervo, y lloró por el hombre que había sido su amor imposible, su pecado secreto, su única pasión verdadera.

Amparo murió en marzo de 1967 durante su sueño sin dolor aparente. Tenía 62 años. El funeral fue modesto, pero bien concurrido. Las familias a las que había ayudado durante décadas llenaron la iglesia de San Diego. El párroco habló de ella como una mujer de fe inquebrantable, de caridad generosa, de virtud ejemplar.

 Nadie mencionó su soledad, ni preguntó por qué una mujer tan buena había vivido siempre sola. Cuando murió, dejó instrucciones precisas en su testamento. La casa debía venderse y el dinero entregarse a la iglesia para reparar el órgano de San Diego. Entre sus pertenencias, las religiosas que prepararon el cuerpo encontraron un baúl cerrado con llave.

Dentro había dos cartas amarillentas. dobladas con cuidado, un libro de poesía de amado nervo con una cinta morada como separador. Nadie leyó las cartas. Las religiosas las quemaron junto con otros papeles personales, siguiendo la costumbre de la época. El libro fue donado a la biblioteca parroquial, donde aún permanece en un estante polvoriento.

Entre sus páginas, marcado por la cinta morada, está el poema que Roberto leyó aquella tarde de julio cuando su voz se quebró. Y te amé sin saberlo y te busqué en mis sueños. En el margen, con tinta descolorida, pero aún legible, hay dos iniciales entrelazadas, una A y una R, dibujadas con mano temblorosa.

 Los turistas que visitan Guanajuato pasan por la calle del campanero sin saber que detrás de la fachada de cantera rosa se escribió una historia de amor prohibido que consumió dos vidas sin llegar nunca a consumarse del todo. La casa cambió de dueños varias veces. Se convirtió en hotel boutique.

 Ahora es un museo pequeño dedicado a la vida cotidiana del Guanajuato colonial. En una vitrina del segundo piso, entre objetos donados por familias antiguas de la ciudad, hay un dedal de plata con las iniciales AM grabadas que perteneció a Amparo Murrieta. La placa explicativa dice solo de Dal de costura, circa 1930, familia Murrieta.

 Nadie recuerda ya la historia completa. Solo quedan fragmentos, rumores convertidos en leyenda, leyendas diluidas en folclore, nombres sin rostros en los archivos parroquiales.Pero en las noches de verano, cuando las campanas de las iglesias resuenan entre las calles empinadas y el aire huele a cantera mojada, algunos ancianos del barrio todavía comentan que la casa de la calle del campanero guarda secretos.

No saben cuáles, no pueden explicarlos, pero sienten su peso en el silencio de las habitaciones vacías, en el eco de pasos que ya no caminan, en el susurro de palabras que nunca se pronunciaron, pero que aún flotan en el aire esperando ser escuchadas.