GUANAJUATO, 1918: LA MACABRA COSTUMBRE FAMILIAR QUE SE VOLVIÓ SECRETO

La noche en que don Eusebio Montoya cerró las puertas de su cazona en la calle de Alonso, el aire de Guanajuato olía a cal húmeda y tierra removida. Era octubre de 1918 y las campanas de la basílica repicaban por los muertos de la influenza que ya había cobrado 200 almas en tres semanas. Dentro de la casa, bajo el resplandor amarillento de los quinqués, la familia completa se había reunido alrededor de la mesa del comedor principal.
No era una cena, nadie había preparado alimentos. Sobre el mantel bordado descansaba un cofre de madera oscura con incrustaciones de nácar y junto a él una pequeña navaja de plata que brillaba con un fulgor perturbador bajo la luz temblorosa. Si te cautiva esta historia, suscríbete al canal y comenta de qué país o ciudad nos escuchas.
Tu apoyo mantiene vivas estas memorias olvidadas. Don Eusebio, patriarca de 62 años con bigote canoso y manos venosas, miró uno por uno los rostros congregados, su esposa doña Soledad, sus cuatro hijos adultos, las dos nueras, el yerno y los tres nietos mayores que ya habían cumplido 14 años. Nadie hablaba, el silencio pesaba como lápida.
Afuera, en las calles empinadas del barrio, los vecinos habían cerrado también sus ventanas, no solo por el frío de montaña que bajaba de la bufa, sino porque corrían rumores extraños sobre la familia Montoya. Susurros que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta, pero que todos repetían en las tiendas y en los atrios después de misa. La casona de los Montoya había pertenecido a la familia desde los tiempos virreinales, cuando el bisabuelo amasó fortuna en las minas de plata de la valenciana.
Generaciones enteras habían nacido y muerto entre esos muros de cantera rosa, bajo los techos de viga tallada que olían acopal y tiempo. Pero la fortuna minera se había diluido con las décadas y aunque conservaban la propiedad y cierto prestigio antiguo, los Montoya de 1918 ya no figuraban entre los poderosos.
Don Eusebio administraba con esfuerzo una hacienda pequeña en las afueras, donde cultivaban maíz y frijol para subsistir. Su hermano menor, don Cipriano, era escribano en el juzgado municipal. La familia mantenía las apariencias. Vestían de negro riguroso los domingos. ocupaban el mismo banco de roble en la basílica desde 1847 y jamás faltaban a ningún funeral importante.
Lo que nadie fuera de la casa sabía era que los Montoya guardaban una costumbre heredada que se transmitía de boca cerrada, de generación en generación, sin que jamás quedara escrito en papel o pronunciada ante extraños. Era un ritual familiar que se cumplía cada vez que uno de los suyos fallecía, un acto que ellos consideraban sagrado y necesario para preservar la unión del linaje.
Aquella noche de octubre, con la influenza matando a Mansalva y el miedo instalado en cada esquina de la ciudad, la costumbre volvería a cumplirse, pero esta vez algo saldría terriblemente mal. Dos semanas antes, el hijo menor de don Eusebio Rubén Montoya había muerto de la gripe española. Tenía 28 años. Era soltero, vivía aún en la casona familiar y trabajaba como auxiliar en la notaría de su tío Cipriano.
La enfermedad lo consumió en curo días. Primero la fiebre altísima, luego la tos sanguinolenta. Finalmente la asfixia lenta mientras su piel se tornaba azulada. Lo velaron en la sala principal con sirios bendictos y el Cristo de Marfil que había presidido todos los velorios familiares. El padre Anselmo vino a dar la extrema unción.
Las vecinas trajeron tamales y atole. Todo transcurrió según la costumbre pública de Guanajuato, donde la muerte se honraba con dignidad y lágrimas contenidas. Pero después del entierro en el panteón de Santa Paula, cuando la familia regresó a la casona y cerró las puertas, cumplieron el otro ritual, el secreto. Esa noche, antes de que el cuerpo de Rubén fuera sepultado definitivamente, don Eusebio y sus hijos mayores se habían quedado solos junto al ataúd.
Con la navaja de plata que guardaban en el cofre de Nácar, cortaron un mechón de cabello del difunto, un trozo pequeño de tela de su camisa mortuoria y recogieron un poco de tierra del ataúd. Estos objetos fueron depositados en el cofre junto a los mechones, telas y tierras de todos los montoa muertos desde hacía cuatro generaciones.
Era su forma de mantener unidos a los vivos con los muertos. de asegurar que el linaje jamás se rompiera, de garantizar que ningún miembro de la familia quedara olvidado o desamparado en el más allá. Nadie sabía exactamente cuándo había comenzado esta práctica. Don Eusebio recordaba que su padre la cumplía y su abuelo antes que él.
Decían que venía de tiempos de la colonia cuando las familias adineradas temían que sus muertos fueran profanados por ladrones de tumbas, o que las almas quedaran errantes sin un vínculo material que las atara a la tierra bendita. El cofre era el corazón invisible de la familia y cada miembro juraba al cumplir 15 años que jamásrevelaría su existencia ni su propósito.
Pero Rubén había cometido un error fatal. Días antes de enfermarse había mencionado algo del cofre a Hortensia Villalobos, una joven modista de 22 años con quien sostenía un romance clandestino. Hortensia era hija de un zapatero de la calle de Cantarranas, sin fortuna ni apellido, y los Montoya jamás habrían consentido un noviazgo formal.
Rubén la visitaba escondidas por las tardes cuando el padre de ella estaba en el mercado. Le había confiado en un arrebato de intimidad que su familia conservaba algo muy antiguo, algo que los unía a todos los muertos. Un secreto que ningún extraño podía conocer. No dio detalles precisos, pero hortensia, curiosa y un poco asustada, había comentado la extrañeza con su prima Leonor, quien trabajaba como la bandera en varias casas del barrio.
Leonor no sabía guardar secretos. En el lavadero público de San Roque, mientras restregaba sábanas contra las piedras, había mencionado a otras mujeres que los Montoya tenían una costumbre rara con sus muertos. No sabía qué era exactamente, pero sonaba macabro, casi pecaminoso. Las palabras viajaron de boca en boca, distorsionándose con cada repetición.
Algunas decían que los montoes enterraban a sus difuntos para llevarlos de vuelta a casa. Otras murmuraban que guardaban huesos en cajas. Las más fantasiosas aseguraban que practicaban algún rito indígena prohibido, heredado de tiempos prehispánicos, mezclando sangre con tierra en ceremonias nocturnas. Cuando don Eusebio y doña Soledad comenzaron a escuchar los rumores en la plaza, en las tiendas, en las miradas esquivas después de misa, supieron que la costumbre familiar había sido violada.
Alguien había hablado y aunque no tenían pruebas, sospechaban que Rubén había sido el culpable. La vergüenza y el miedo se instalaron en la casona como una niebla fría. Los Montoya eran católicos devotos, temerosos de Dios y de la Iglesia. Si el padre Anselmo o el párroco de la basílica llegaban a enterarse de que conservaban reliquias no autorizadas de sus difuntos, podrían ser acusados de superstición pagana, de falta de fe en la resurrección, incluso de profanación.
podrían ser expulsados de la comunión, excluidos de los sacramentos, marcados como herejes. Por eso, aquella noche, dos semanas después del entierro de Rubén, don Eusebio había convocado a toda la familia, era necesario decidir qué hacer con el cofre. Destruirlo sería traicionar a cuatro generaciones de muertos.
Conservarlo era arriesgarse a la exposición pública y el escándalo. La tensión en el comedor era insoportable. Doña Soledad, mujer menuda de manos siempre ocupadas en el rosario, miraba el cofre con ojos llorosos. Los hijos mayores, Gonzalo y Emilio, intercambiaban miradas tensas. Las nueras guardaban silencio asustadas. Los nietos, confundidos, no comprendían del todo la gravedad, pero sentían el peso del secreto que acababan de heredar.
Fue don Cipriano, el hermano escribano, quien habló primero. Era un hombre delgado, de lentes redondos y voz pausada, acostumbrado a los documentos y las leyes. Propuso enterrar el cofre en algún lugar de la hacienda, bajo tierra profunda, donde nadie pudiera encontrarlo, pero donde la familia supiera que estaba a salvo.
Así decía, la costumbre no se rompería del todo, solo quedaría suspendida. guardada hasta tiempos más seguros. Pero Gonzalo, el hijo mayor, un hombre robusto, de carácter impulsivo, lo contradijo con vehemencia. argumentaba que enterrar el cofre era cobardía, que la familia no debía avergonzarse de una tradición que cumplía con respeto y amor.
Según él, debían enfrentar los rumores, desmentirlos públicamente y, si era necesario, buscar la bendición del párroco para que el cofre fuera reconocido como reliquia familiar legítima. Don Eusebio escuchaba en silencio, con la mandíbula apretada. Sabía que ambas opciones eran arriesgadas.
Enterrar el cofre podía ser visto como admisión de culpa. Exponerlo públicamente podía desatar un escándalo irreparable. Y mientras la familia debatía en voz baja afuera en las calles de Guanajuato, los rumores seguían creciendo. La ciudad de Guanajuato en 1918 era un laberinto de callejones empinados y fachadas coloniales donde todos se conocían y todos vigilaban.
La revolución había dejado cicatrices profundas, la ocupación villista, los fusilamientos, las requisas, el hambre. Aunque Carranza había tomado el poder y la violencia militar había disminuido, la ciudad vivía en un estado de nerviosismo constante. La influenza española sumaba terror cotidiano. Las familias marcaban sus puertas con cruces de cal para ahuyentar el contagio.
Los entierros se sucedían uno tras otro y el párroco de la basílica, el padre ildefonso Carranza, un hombre severo de 60 años que había sobrevivido a la persecución religiosa, pronunciaba sermones cada domingo sobre la necesidad de la fe pura, sin contaminaciones,sin desviaciones, sin supersticiones heredadas de tiempos oscuros.
El padre de Fonso era conocido por su celo doctrinal. Había denunciado públicamente a familias que conservaban amuletos prehispánicos, a mujeres que consultaban curanderas, a comerciantes que mezclaban oraciones católicas con rezos indígenas. Para él, Guanajuato debía ser ejemplo de ortodoxia en tiempos de caos y los rumores sobre los Montoya no tardaron en llegar a sus oídos.
Fue don Amadeo Solís, comerciante de telas y presidente de la cofradía del santísimo sacramento, quien mencionó al padre ilde fonso que circulaban habladurías inquietantes sobre la familia Montoya. No dio detalles precisos porque tampoco lo sabía, pero sugirió que el párroco indagara, que vigilara, que se asegurara de que ninguna práctica impropia manchara la reputación de las familias católicas prominentes.
El padre Ilde Fonso decidió actuar. Una tarde de noviembre, cuando el sol ya declinaba tras las montañas y las sombras alargadas cubrían las calles, tocó la puerta de la cazona de los Montoya. Doña Soledad lo recibió con cortesía nerviosa, ofreciéndole chocolate caliente y bizcochos en la sala de visitas.
El párroco rechazó los alimentos con un gesto seco y fue directo al asunto. Había escuchado rumores perturbadores sobre costumbres familiares que podrían no estar en armonía con la doctrina de la iglesia. Necesitaba saber si había algo de verdad en ello, porque su deber pastoral era velar por la salud espiritual de sus feligres. Doña Soledad, mujer de fe sincera, pero también de lealtad familiar inquebrantable, negó todo con voz temblorosa.
Aseguró que los Montoya eran católicos devotos, que cumplían con todos los sacramentos que jamás habían faltado a misa, que respetaban las enseñanzas de la Iglesia con riguroso apego. El padre il de Fonso la observó con ojos penetrantes, sin pronunciar palabra durante largos segundos. Finalmente dejó caer una advertencia. Si llegaba a descubrir que la familia ocultaba prácticas contrarias a la fe, tendría que tomar medidas severas.
La excomunión, dijo, era una medicina amarga, pero necesaria para sanar el cuerpo de Cristo. Cuando el párroco se marchó, doña Soledad se derrumbó en una silla temblando. Esa noche, cuando don Eusebio regresó de la hacienda, ella le contó todo. El patriarca comprendió que el tiempo se agotaba.
La presión externa se sumaba a la tensión interna. Algunos miembros de la familia querían preservar la costumbre a cualquier precio. Otros, especialmente las nueras más jóvenes, comenzaban a verla como una carga peligrosa, un lastre del pasado que amenazaba su futuro. Las semanas siguientes fueron de agonía silenciosa. Los Montoya seguían asistiendo a misa ocupando su banco de roble, pero ahora sentían las miradas de los demás feligreses como aguijones.
Algunos vecinos los saludaban con frialdad calculada, otros desviaban la vista. En el mercado, las vendedoras atendían a Doña Soledad con rapidez incómoda, sin la charla habitual. El aislamiento social en una ciudad pequeña como Guanajuato era una forma de muerte lenta. Fue entonces cuando ocurrió el incidente que convertiría los rumores en escándalo público.
A mediados de noviembre, la ciudad celebraba la feria anual de Sandimas, patrono de los mineros. Era una tradición que sobrevivía incluso en tiempos difíciles, puestos de comida, músicos ambulantes, danzas de matachines, juegos pirotécnicos. La plaza principal se llenaba de familias y durante tres días la vida parecía recuperar algo de alegría.
Los Montoya, intentando demostrar normalidad, asistieron a la feria. Don Eusebio caminaba con su esposa, seguidos por sus hijos y nietos. Compraron buñuelos, observaron las danzas, saludaron a conocidos con educación forzada. Pero en un momento cerca del atardecer, cuando la multitud se agolpaba frente a un castillo de pólvora que estaba por encenderse, ocurrió algo inesperado.
Una anciana que vendía veladoras, doña Casilda Ruiz, conocida en el barrio por sus visiones y profecías, se acercó tambaleándose a don Eusebio. tenía los ojos desorbitados y hablaba con voz ronca, casi en trance, delante de docenas de testigos señaló al patriarca con un dedo nudoso y pronunció palabras que helaron la sangre de todos los presentes.
Ustedes guardan a los muertos en su casa, los tienen encadenados con su pecado, por eso la enfermedad no los suelta. Por eso el pueblo sufre. Mientras no los liberen, la muerte seguirá visitando Guanajuato. El silencio que siguió fue absoluto. Incluso los músicos dejaron de tocar. Todos los ojos se volvieron hacia don Eusebio, cuyo rostro se había tornado ceniciento.
Doña Soledad intentó llevarse a su marido de allí, pero la multitud los rodeaba, murmurando, señalando, repitiendo las palabras de la anciana. Algunos se santiguaban, otros retrocedían con miedo, como si los Montoya llevaran la peste. Gonzalo, el hijo mayor, intentó defender a su padregritando que la vieja estaba loca, que eran calumnias, pero su voz se perdió en el tumulto creciente.
Don Amadeo Solís, el comerciante de telas, aprovechó el momento para intervenir. Con voz alta y tono solemne declaró que si había verdad en las acusaciones, la familia Montoya debía responder ante la autoridad eclesiástica. Propuso que el padre il defonso visitara la casona, que inspeccionara, que aclarara las dudas, porque la salud espiritual de la comunidad no podía quedar comprometida por prácticas oscuras.
La turba murmuró aprobación. Don Eusebio, acorralado, sin opciones, asintió con dignidad quebrada. Aceptó que el párroco visitara su casa, que revisara lo que fuera necesario con tal de limpiar el nombre de su familia, pero en su interior sabía que acababan de firmar su sentencia. La visita se programó para el siguiente lunes después de misa.
El padre Hilde Fonso llegaría acompañado por don Amadeo Solís y por el síndico municipal, don Jacinto Herrera, hombre de leyes que debía asegurar que todo transcurriera en orden. Durante los días previos, la casona de los Montoya se convirtió en fortaleza sitiada. La familia debatía sin cesar. Algunos proponían esconder el cofre en algún lugar imposible de encontrar.
Otros sugerían quemarlo de inmediato y negar todo. Don Cipriano, el escribano, argumentaba que mentir ante el párroco sería peor, que si los descubrían en falso testimonio, la condena sería doble. Finalmente, fue doña Soledad quien tomó una decisión inesperada. Con voz serena que ninguno de sus hijos le había escuchado jamás, declaró que mostrarían el cofre, que confesarían la costumbre.
que explicarían su origen, su significado, su inocencia, que demostrarían que no había nada diabólico en conservar con amor los recuerdos de los muertos, que apelarían a la misericordia del padre Hilde Fonso, a su comprensión, a su corazón pastoral. Don Eusebio la miró con ojos húmedos. Era un riesgo enorme, pero quizás el único camino, porque si los descubrían mintiendo, si encontraban el cofre después de que ellos hubieran negado su existencia, entonces sí que no habría redención posible.
El lunes amaneció gris con nubes bajas que rozaban las cúpulas de las iglesias. A las 10 de la mañana, el padre Hilde Fonso llegó a la casona acompañado por don Amadeo y don Jacinto. Los recibieron en la sala principal, donde habían colocado sillas en semicírculo. El párroco, con su sotana negra impecable y su rostro severo, comenzó interrogando a don Eusebio sobre los rumores.
El patriarca, con voz que intentaba mantenerse firme, confesó que la familia conservaba una costumbre heredada de generaciones anteriores, que no era brujería ni herejía, sino una forma de honrar la memoria de sus muertos, de mantener unida la familia a través del tiempo. El padre ildefonso pidió ver de qué se trataba. Don Eusebio trajo el cofre y lo colocó sobre la mesa. Con manos temblorosas lo abrió.
Adentro, ordenados en pequeños sobres de tela, estaban los mechones de cabello, los trozos de mortaja, las porciones de tierra. Cada sobre llevaba escrito en tinta desbaída el nombre de un difunto. Silvestre Montoya, 1847, Gertrudis Montoya, 1869, Anastasio Montoya, 1891 y así hasta el más reciente Rubén Montoya, 1918.
El padre il defonso observó el contenido en silencio. Su rostro no revelaba emoción, pero sus labios apretados delataban desaprobación. Don Amadeo se persignó varias veces. Don Jacinto tomaba notas en una libreta pequeña. El párroco finalmente habló con voz que resonaba como sentencia. Esto es superstición, es apego material inadecuado.
La Iglesia enseña que los muertos descansan en Dios, no en cajas de madera. Conservar estos objetos revela falta de fe en la resurrección y en la providencia divina. Es una costumbre pagana, probablemente heredada de prácticas indígenas mal cristianizadas. Debe terminar ahora. Don Eusebio intentó defenderse. Explicó que sus antepasados eran españoles, que no había nada indígena en su linaje, que la costumbre venía de la devoción católica, del amor cristiano a la familia.
Pero el padre ildefonso lo interrumpió con gesto tajante. La intención, dijo, no purificaba el acto. Muchas herejías habían nacido de buenas intenciones mal encaminadas. Y esta costumbre, por más antigua que fuera, debía ser erradicada. Ordenó que el cofre y su contenido fueran entregados a la iglesia para ser incinerados bajo supervisión eclesiástica.
Además, impuso a la familia una penitencia pública. Debían asistir a misa diaria durante un mes, comulgar cada domingo bajo la mirada de toda la comunidad. Y don Eusebio debía leer un acto de contrición desde el púlpito el siguiente domingo, admitiendo su error y pidiendo perdón a Dios y a los fieles. La humillación era total.
Don Eusebio aceptó con la cabeza gacha. No había alternativa. Rechazar las órdenes del párroco significaría excomunión inmediata y eso era peor que lavergüenza pública. Cuando el padre Hilde Fonso se llevó el cofre bajo el brazo, envuelto en un paño negro como si fuera algo contaminado, doña Soledad se desplomó llorando.
Toda la vida familiar, todas las generaciones de muertos cuidadosamente preservados se marchaban para siempre. El domingo siguiente la basílica estaba abarrotada. Corrían noticias del escándalo de los Montoya y medio Guanajuato había acudido para presenciar el acto de contrición. Don Eusebio, vestido de riguroso negro, subió al púlpito con pasos de condenado.
Desde allí, con voz quebrada, leyó el texto que el padre Hilde Fonso había redactado para él. confesaba que su familia había mantenido una costumbre supersticiosa contraria a la fe católica y que ahora reconocía su error. Pedía perdón a Dios, a la Iglesia y a la comunidad. Prometía que la familia Montoya volvería al camino recto de la ortodoxia, sin desviaciones, sin apegos materiales indebidos.
Mientras hablaba, podía sentir las miradas de todos clavadas en él. Algunas eran de satisfacción moral, de quienes siempre habían envidiado el prestigio antiguo de los Montoya y ahora disfrutaban su caída. Otras eran de lástima incómoda, de quienes comprendían que cualquier familia podía ser la siguiente. Y unas pocas, muy pocas, eran de comprensión silenciosa, de quienes quizás guardaban también secretos familiares que nunca podrían confesar.
Después de misa, el padre il defonso procedió a quemar el cofre y su contenido en el atrio de la basílica delante de testigos. El humo negro subió hacia el cielo gris, llevándose consigo cuatro generaciones de memoria cuidadosamente guardada. Los Montoya observaban desde lejos, sin atreverse a acercarse.
Doña Soledad lloraba en silencio, sostenida por sus hijas. Don Eusebio permanecía inmóvil con los puños apretados, sintiendo que algo más profundo que el cofre se había quemado ese día. Las semanas siguientes fueron de aislamiento social casi completo. Los Montoya cumplieron con la penitencia impuesta, asistiendo a misa diaria, pero nadie les dirigía la palabra.
En el mercado, las vendedoras los atendían sin mirarlos a los ojos. Los antiguos amigos cruzaban la calle para evitar el saludo. En las reuniones de cofradía, don Amadeo Solís aseguraba con voz grave que el escándalo de los Montoya era advertencia para todos. Las costumbres antiguas, si no estaban sancionadas por la Iglesia, debían abandonarse sin excepción.
Pero el verdadero daño no era el social, sino el interno. La familia se fracturó. Gonzalo, el hijo mayor, no perdonó a su padre por haber cedido ante el párroco. Argumentaba que debieron resistir, defender la costumbre, incluso aceptar la escomunión antes que traicionar a los muertos.
Emilio, el segundo hijo, por el contrario, sentía alivio secreto. Siempre había considerado la costumbre como carga supersticiosa y su destrucción le parecía liberación. Las nueras tomaban partido según sus maridos. Los nietos, confundidos, comenzaban a avergonzarse de su apellido. Don Cipriano, el escribano, dejó de visitar la casona, no por rechazo a su hermano, sino porque la presión social en el juzgado era insoportable.
Sus colegas lo miraban con sospecha, preguntándose qué otras rarezas guardaría una familia capaz de conservar reliquias de muertos en cajas de Nácar. Su reputación profesional, construida durante 30 años de servicio impecable, quedaba manchada por asociación y doña Soledad, que había sido el corazón silencioso de la familia, comenzó a marchitarse no por vergüenza social, sino por dolor espiritual profundo.
Para ella, la costumbre no había sido superstición, sino expresión tangible de amor. Cada mechón de cabello, cada trozo de tela, representaba una vida amada, un rostro querido, una voz que ya no sonaba, pero que seguía presente en la memoria familiar. La destrucción del cofre había sido en cierto modo una segunda muerte de todos esos seres y esa pérdida la consumía lentamente.
Pasaron los meses, llegó la Navidad de 1918, luego el año nuevo de 1919. La influenza española comenzó a retroceder y Guanajuato respiró con alivio. Las calles recuperaron algo de vida. Los comercios reabrieron, las campanas volvieron a repicar para celebraciones y no solo para funerales. Pero en la Casona de los Montoya el silencio persistía como niebla permanente.
Fue en abril de 1919 cuando doña Soledad murió. No de enfermedad identificable, sino de esa tristeza honda que los médicos no saben nombrar. Simplemente se fue apagando, perdiendo peso, perdiendo voz, perdiendo ganas, hasta que una mañana no despertó. Don Eusebio la encontró fría en la cama, con las manos cruzadas sobre el pecho y el rosario entre los dedos, como si hubiera elegido marcharse en paz mientras dormía.
El velorio fue discreto, pocas personas asistieron y las que lo hicieron fue más por cumplir con la formalidad cristiana que por afecto verdadero. El padre Ilde Fonsocelebró el funeral con frialdad profesional, sin las palabras cálidas que se dedican a los difuntos queridos. Cuando bajaron el ataúd de doña Soledad al nicho en Santa Paula, don Eusebio sintió que enterraban también la última pieza de lo que alguna vez había sido su familia.
Esa noche, después del entierro, don Eusebio se encerró en su cuarto y allí, en un rincón oscuro del armario, donde nadie había buscado, extrajo un pequeño paquete envuelto en tela blanca. Lo abrió con manos temblorosas. Adentro había un mechón de cabello de doña Soledad cortado en secreto la noche del velorio, mientras todos dormían y él había permanecido solo junto al ataúd.
También había allí un trozo pequeño de su vestido de mortaja y un puñado de tierra que había guardado en el bolsillo durante el entierro. No había podido resistirse, no había podido dejar que la costumbre muriera del todo. Aunque el cofre había sido destruido, aunque el padre il de Fonso había incinerado las reliquias de cuatro generaciones, don Eusebio había guardado al menos esta pequeña parte de su esposa, no para desafiar a la iglesia, no para continuar una práctica condenada, sino porque su corazón de viudo no soportaba la idea de dejarla ir
completamente. Conservó ese paquete oculto durante años. Nunca se lo mostró a nadie. Cuando Gonzalo se marchó a la Ciudad de México en 1920, disgustado con su padre y con Guanajuato, don Eusebio no lo detuvo. Cuando Emilio vendió su parte de la hacienda y se mudó a Celaya con su familia, el patriarca aceptó la separación sin reproches.
Cuando don Cipriano murió en 1923 de un infarto repentino, don Eusebio asistió al funeral, pero no cortó mechón alguno del cadáver de su hermano. La costumbre había terminado oficialmente y él no reavivaría el escándalo. En 1925, don Eusebio murió también a los 69 años. Lo encontraron en su cama con el paquete blanco apretado contra el pecho.
Los hijos que aún vivían en Guanajuato, al descubrirlo comprendieron inmediatamente qué contenía. Emilio quiso quemarlo de inmediato, asustado de que el escándalo resucitara. Pero Gonzalo, que había regresado para el funeral, lo detuvo. Sin decir palabra, tomó el paquete, lo guardó en su bolsillo y se lo llevó de vuelta a la Ciudad de México.
Nadie supo qué hizo con él. Algunos familiares creyeron que lo había destruido en privado. Otros pensaron que quizás lo había guardado, perpetuando en secreto la costumbre condenada. Pero nadie se atrevió a preguntar. y Gonzalo jamás habló del asunto. La casona de los Montoya en la calle de Alonso quedó deshabitada.
Los herederos la vendieron en 1927 a una familia de comerciantes recién llegados de León, que no sabían nada de la historia ni del escándalo. Con el paso de las décadas, la memoria del incidente se fue difuminando. Las generaciones nuevas de Guanajuato no recordaban a los Montoya ni su costumbre macabra.
La casa cambió de dueños varias veces, fue subdividida en departamentos, remozada, pintada, modernizada. Pero en el barrio antiguo, entre las personas mayores que aún conservaban memoria larga, se seguía comentando en voz baja sobre aquella familia que guardaba a sus muertos en cajas de nácar, que los mantenía prisioneros con mechones y telas, y que fue castigada por su soberbia de querer controlar lo que solo Dios debe gobernar.
La historia se mezclaba con otras leyendas urbanas de Guanajuato, con los fantasmas del callejón del Beso, con las momias del museo, con los túneles mineros donde decían que erraban almas en pena. Y entre todos esos relatos semiolvidados, semiinventados, la verdad de los Montoya quedó enterrada como sus propios muertos, fragmentada, distorsionada, convertida en moraleja sobre los peligros del apego, sobre el precio de guardar secretos, sobre la fragilidad de las costumbres cuando chocan con el poder institucional.
En 1985, durante una renovación de la casona que ahora albergaba una pequeña pensión, los obreros que demolían un muro interior encontraron oculto entre los ladrillos un sobre de tela muy antiguo, amarillento y quebradizo. Adentro había un mechón de cabello oscuro, un trozo de tela blanca y un poco de tierra seca.
No había nombre, no había fecha, no había explicación. El capataz de la obra lo mostró a la dueña de la pensión, una mujer práctica que no creía en supersticiones. Ella lo examinó con curiosidad, preguntándose si sería algún antiguo amuleto o reliquia familiar olvidada. Consultó a un historiador local, quien sugirió que podría relacionarse con costumbres funerarias del siglo XIX.
cuando algunas familias conservaban objetos de sus difuntos por razones sentimentales o supersticiosas, pero sin contexto, sin nombres, sin historia documentada, el sobre y su contenido no significaban nada. La dueña lo guardó en una caja con otros objetos antiguos encontrados durante las renovaciones, monedas birreinales, rosarios rotos,fotografías sin identificar.
Era solo un fragmento más del pasado indescifrable de Guanajuato, ciudad construida sobre capas y capas de historia, donde cada casa guardaba secretos que ya nadie recordaba. El sobre permanece allí todavía, en el cuarto de cachibaches de la pensión de la calle de Alonso. La dueña actual, nieta de aquella mujer práctica, lo ha visto alguna vez, pero no le presta atención.
Para ella es basura vieja, polvo de otros tiempos, irrelevante para el presente. Pero en algún lugar, quizás en la Ciudad de México o en alguna ciudad de provincia donde migraron los descendientes de Gonzalo Montoya, es posible que exista aún otro paquete similar guardado en el fondo de un cajón, en el armario de alguna casa anónima.
Un mechón de cabello de doña Soledad envuelto en tela blanca, conservado durante un siglo por manos que quizás ya ni siquiera saben por qué lo guardan, que heredaron el objeto sin la historia, que perpetúan sin saberlo, una costumbre condenada por macabra, por pagana, por peligrosa.
Y ese paquete, si es que existe, sigue vinculando en silencio a los vivos con los muertos de la familia Montoya, cumpliendo todavía, en la clandestinidad del olvido, con el propósito secreto que cuatro generaciones se transmitieron de boca cerrada, hasta que la vergüenza pública los obligó a destruir lo que amaban.
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