ELA ERA LA VIUDA MÁS INTOCABLE… HASTA QUE SU ESPOSO APARECIÓ VIVO FRENTE A TODOS

En el verano de 1934 en el pequeño pueblo de San Andrés, Cholula, en el estado de Puebla, ocurrió algo que los habitantes más ancianos todavía recuerdan con un escalofrío que les recorre la espalda. No fue un terremoto, aunque la tierra tembló bajo sus pies, no fue una inundación, aunque muchos sintieron que se ahogaban, fue algo peor.

 Fue el regreso de un hombre que llevaba 3 años enterrado en el campo santo del pueblo. Su nombre era Aurelio Mendoza Castañeda. Tenía 42 años cuando supuestamente falleció y 45 cuando apareció caminando por la calle principal de San Andrés, Cholula, un domingo de agosto, justo cuando las campanas de la parroquia de San Andrés llamaban a misa de 12.

 Los testigos que lo vieron aquel día describieron la escena de maneras diferentes. Algunos dijeron que caminaba con normalidad, como si nunca se hubiera ido. Otros aseguraron que arrastraba los pies, que tenía la mirada perdida, que olía a tierra húmeda y a algo más que no supieron identificar. Lo que todos coincidieron en señalar fue la reacción de su esposa, Esperanza Villareal de Mendoza, quien en ese momento salía de la iglesia vestida de negro riguroso, como había vestido cada día desde el funeral de su marido. Esperanza era

conocida en todo San Andrés Cholula como la viuda más devota y respetada del pueblo. Durante tres años había mantenido luto cerrado. había asistido a misa diaria. Había encendido velas en la tumba de su esposo cada semana sin falta. Los vecinos la admiraban por su dignidad en el dolor, por la forma en que había criado sola a sus dos hijos, por cómo había mantenido la casa y las tierras que Aurelio le había dejado.

Nadie en el pueblo hablaba mal de esperanza. Nadie. Pero cuando Aurelio apareció frente a la iglesia aquel domingo, cuando sus ojos se encontraron con los de la mujer que había sido su esposa durante 19 años, algo cambió en el rostro de esperanza. Los testigos describieron después lo que vieron.

 No fue sorpresa, no fue alegría, no fue siquiera miedo, fue algo que ninguno supo nombrar. Un vecino llamado Porfirio Guzmán, zapatero de oficio, declaró años después ante las autoridades que el rostro de esperanza se volvió como de piedra, pero una piedra que sabe algo terrible. Otro testigo, la comadrona Soledad Ramírez, dijo que Esperanza se llevó la mano al pecho y murmuró algo que sonó como, “No puede ser.

” o tal vez no debería ser, aunque nunca se pudo confirmar cuál de las dos frases pronunció. Lo que siguió a continuación ha sido objeto de debate durante décadas. Según algunos relatos, Esperanza se desmayó en el atrio de la iglesia. Según otros, simplemente dio media vuelta y caminó hacia su casa sin decir una palabra, dejando a sus hijos y a todo el pueblo, mirando al hombre que supuestamente había muerto 3 años antes.

Lo que si consta en los registros municipales de San Andrés, Cholula, es que ese mismo día el presidente municipal, Sebastián Orozco, ordenó una investigación para determinar la identidad del hombre, que decía ser Aurelio Mendoza. Para entender lo que ocurrió después, es necesario retroceder en el tiempo.

 Es necesario conocer quiénes eran Aurelio y Esperanza antes de que la muerte o lo que todos creyeron que era la muerte lo separara. Aurelio Mendoza Castañeda nació en 1892 en una familia de pequeños agricultores de San Andrés, Cholula. Su padre, Crescencio Mendoza, poseía unas pocas hectáreas de tierra.

 donde cultivaba maíz y frijol, apenas lo suficiente para mantener a su esposa y sus cinco hijos. Aurelio era el tercero de esos hijos y desde pequeño mostró una ambición que lo distinguía de sus hermanos. Mientras ellos se conformaban con trabajar la tierra familiar, Aurelio soñaba con algo más.

 A los 18 años, en 1910, cuando la Revolución Mexicana comenzaba a sacudir el país, Aurelio tomó una decisión que cambiaría su vida. Se unió a las fuerzas de Emiliano Zapata. Los registros de su participación en la revolución son escasos, pero existen algunos documentos que mencionan a un soldado llamado Aurelio Mendoza, que luchó en varias batallas en los estados de Puebla y Morelos. entre 1910 y 1917.

Lo que hizo durante esos años, lo que vio, lo que quizás tuvo que hacer, nunca lo contó a nadie. Su hermano menor, Eustaquio Mendoza, declaró en 1951 ante un periodista del diario de Puebla, que Aurelio regresó de la guerra cambiado, como si una parte de él se hubiera quedado en algún campo de batalla. Eustaquio recordaba que su hermano tenía pesadillas frecuentes, que a veces gritaba nombres que nadie conocía, que había desarrollado el hábito de revisar todas las puertas y ventanas de la casa antes de dormir.

En 1919, 2 años después de regresar de la guerra, Aurelio conoció a Esperanza Villareal en una fiesta patronal en el pueblo vecino de San Pedro Cholula. Esperanza tenía entonces 16 años y era hija de un comerciante moderadamente próspero quevendía telas y mercería. Era conocida por su belleza discreta y por su carácter reservado.

 Los vecinos, que la conocieron de joven, la describían como una muchacha callada, observadora, que parecía siempre estar pensando en algo que no compartía con nadie. El noviazgo entre Aurelio y Esperanza duró casi dos años, lo cual era inusualmente largo para la época. Algunos vecinos murmuraban que el Padre de Esperanza no aprobaba la unión, que consideraba a Aurelio un hombre peligroso marcado por la guerra.

 Otros decían que era Esperanza quien tardaba en decidirse, que había algo en Aurelio que la inquietaba. Sea como fuere, la boda finalmente se celebró en abril de 1921 en la parroquia de San Andrés con una ceremonia modesta pero digna. Durante los primeros años de matrimonio, Aurelio y Esperanza parecían una pareja normal. Tuvieron dos hijos, Fernando, nacido en 1922, y Catalina, nacida en 1924.

Aurelio trabajaba las tierras que había heredado de su padre, fallecido durante la epidemia de gripe española de 1918 y poco a poco fue expandiendo sus propiedades. Para 1930, los Mendoza eran considerados una de las familias más prósperas de San Andrés Cholula. Aurelio había comprado varias hectáreas adicionales y había diversificado sus cultivos.

 agregando trigo y cebada al maíz tradicional. También había adquirido una casa más grande en el centro del pueblo, a pocas cuadras de la plaza principal, pero debajo de esa prosperidad aparente había grietas que solo unos pocos podían ver. La empleada doméstica de la familia, una mujer llamada Perpetua González, trabajó para los Mendoza desde 1925 hasta 1933.

Años después, en 1947, cuando ya era una anciana que vivía en el pueblo de Tonanzintla, perpetua, accedió a contar lo que había visto en aquella casa. Su testimonio, recogido por un investigador privado contratado por un familiar lejano de los Mendoza, revela una imagen muy diferente de la que el pueblo conocía.

 Según Perpetua, Aurelio y Esperanza casi nunca hablaban entre ellos cuando estaban solos. En presencia de otros, actuaban como una pareja normal, pero cuando las puertas se cerraban, el silencio se apoderaba de la casa. Perpetua recordaba noches enteras en las que el único sonido era el tic tac del reloj del comedor y el crujir de las tablas del piso cuando alguien se movía.

 También recordaba que Aurelio desaparecía durante días sin explicación y que cuando regresaba Esperanza nunca le preguntaba dónde había estado. Era como si hubieran llegado a un acuerdo tácito dijo Perpetua, un pacto de no preguntar y no contar. Había algo más que Perpetua recordaba con especial claridad. En el sótano de la casa había una habitación que siempre estaba cerrada con llave.

Aurelio era el único que tenía la llave y Perpetua nunca vio lo que había dentro. Una vez, en 1929, Perpetua escuchó sonidos que venían de esa habitación. No eran gritos ni golpes, sino algo más difícil de describir. Era como un gemido bajo, constante, que duraba horas. Cuando le preguntó a Esperanza sobre esos sonidos, la señora de la casa la miró fijamente y le dijo, “Hay cosas que es mejor no saber, Perpetua, por tu bien y por el de todos.

” Perpetua nunca volvió a preguntar, pero a partir de ese día empezó a notar pequeños detalles que antes le habían pasado desapercibidos. Notó que Esperanza revisaba el correo antes que nadie y que a veces guardaba cartas en un lugar secreto sin que Aurelio lo supiera. Notó que los hijos de la pareja Fernando y Catalina evitaban a su padre, que lo miraban con algo que no era exactamente miedo, pero que se le parecía mucho.

 Notó que en las noches de luna llena Aurelio salía de la casa después de medianoche y no regresaba hasta el amanecer. con las botas manchadas de tierra. En julio de 1931, Aurelio Mendoza enfermó. El médico del pueblo, el Dr. Heriberto Sánchez, diagnosticó una fiebre tifoidea severa. Durante semanas, Aurelio estuvo postrado en cama, delirando por la fiebre, murmurando cosas que nadie entendía.

 El doctor Sánchez visitaba la casa todos los días y cada día salía con el rostro más sombrío. En agosto de ese año, el doctor informó a Esperanza que su esposo probablemente no sobreviviría, pero Aurelio sobrevivió. Contra todo pronóstico, la fiebre se dio y poco a poco fue recuperando las fuerzas.

 Sin embargo, según el testimonio de Perpetua, el hombre que se levantó de esa cama no era el mismo que se había acostado. Aurelio había perdido peso, por supuesto, pero había algo más. Su mirada había cambiado. Antes de la enfermedad, Aurelio tenía ojos duros, penetrantes, los ojos de un hombre que había visto la guerra.

 Después de la enfermedad, sus ojos parecían vacíos. como si miraran a través de las personas en lugar de mirarlas a ellas. Los meses siguientes fueron tensos. Aurelio apenas salía de la casa, apenas hablaba con nadie, pasaba horas encerrado en su despacho o en la habitación del sótano,esa habitación que nadie más podía abrir.

 Esperanza, por su parte, empezó a salir más, a visitar a vecinas, a participar en actividades de la parroquia. Era como si los roles se hubieran invertido, como si ella estuviera escapando de algo mientras él se hundía cada vez más en la oscuridad de la casa. En marzo de 1932, algo ocurrió que cambiaría todo. Perpetua nunca supo exactamente qué fue, pero recordaba la fecha con precisión porque era el día de su cumpleaños.

Esa noche escuchó una discusión entre Aurelio y Esperanza. Era la primera vez que los escuchaba gritar. No pudo entender las palabras, pero sí reconoció el tono. Era rabia pura de ambos lados. La discusión terminó con un portazo y al día siguiente Aurelio anunció que se iba de viaje de negocios a la Ciudad de México.

 Aurelio estuvo ausente durante tres semanas. Cuando regresó, traía consigo un baúl grande que hizo llevar directamente al sótano. Nadie supo qué contenía ese baúl. Lo que sí notaron fue que a partir de ese momento, Aurelio cambió de nuevo. Se volvió más amable, más presente, más parecido al hombre que había sido antes de la enfermedad. Empezó a pasar tiempo con sus hijos, a conversar con los vecinos, a sonreír de vez en cuando.

 Esperanza, sin embargo, no pareció alegrarse con el cambio. Si acaso se volvió más distante, más callada, más encerrada en sí misma. El 20 de agosto de 1931, exactamente un año después de que Aurelio se recuperara de la fiebre tifoidea, el hombre que todos conocían como Aurelio Mendoza Castañeda fue encontrado sin vida en su cama.

 El doctor Sánchez certificó la defunción y atribuyó el deceso a complicaciones tardías de la fiebre tifoidea, una secuela que, según explicó, no era inusual. El funeral se celebró dos días después con una misa solemne en la parroquia de San Andrés y un entierro en el campo santo del pueblo. Esperanza lloró durante toda la ceremonia.

 Los vecinos comentaron después que nunca habían visto un duelo tan sincero, tan desgarrador. Durante los tres años siguientes, Esperanza Villareal de Mendoza se convirtió en el ejemplo perfecto de la viuda devota. Vestía de negro de pies a cabeza. Asistía a misa todos los días. visitaba la tumba de su esposo cada semana. Educó a sus hijos con mano firme, pero amorosa.

 Administró las propiedades familiares con una competencia que sorprendió a muchos y se ganó el respeto y la admiración de todo San Andrés Cholula. Nadie hablaba mal de esperanza, nadie sospechaba nada. Y entonces, en agosto de 1934, Aurelio Mendoza apareció caminando por la calle principal del pueblo, vivo, respirando, con los ojos tancíos como los tenía el día que se levantó de la cama después de la fiebre.

 La investigación que ordenó el presidente municipal, Sebastián Orozco, comenzó ese mismo domingo por la tarde. El primer paso fue verificar la identidad del hombre. que decía ser Aurelio Mendoza. Para ello se convocó a varios vecinos que habían conocido a Aurelio antes de su supuesta muerte. Todos coincidieron.

El hombre era Aurelio Mendoza, sin ninguna duda. Tenía la misma cicatriz en la mejilla izquierda, resultado de una herida de guerra. Tenía el mismo lunar en el cuello. Hablaba con la misma voz. Caminaba de la misma manera. Conocía detalles íntimos que solo Aurelio podría conocer.

 Pero si el hombre que estaba frente a ellos era Aurelio Mendoza, entonces, ¿quién estaba enterrado en la tumba del Campo santo? La exhumación se realizó el martes siguiente bajo la supervisión del presidente municipal, el párroco del pueblo y el Dr. Sánchez. Lo que encontraron dentro del ataúd generó más preguntas que respuestas.

 Había un cuerpo, sí, pero estaba en un estado de descomposición que no correspondía con tres años de entierro. El Dr. Sánchez, con una experiencia de más de 30 años, declaró que el cuerpo parecía haber estado enterrado mucho más tiempo, quizás 10 o 15 años. Además, había anomalías anatómicas que no coincidían con lo que él recordaba del cuerpo de Aurelio.

 La estatura era diferente, la estructura ósea era diferente. Quien quiera que estuviera en esa tumba no era Aurelio Mendoza. Las sospechas recayeron inmediatamente sobre esperanza. fue interrogada ese mismo día en las oficinas municipales en presencia del presidente municipal, del párroco y de dos testigos. El interrogatorio duró más de 4 horas, pero Esperanza no confesó nada. Mantuvo su versión de los hechos.

Su esposo había muerto en 1931. Ella lo había velado y enterrado y no sabía cómo explicar su aparición ni el contenido de la tumba. Cuando le preguntaron si había matado a alguien, respondió con calma, “Yo no he matado a nadie.” Cuando le preguntaron si sabía quién estaba enterrado en lugar de su esposo, respondió, “Solo sé que enterré a mi esposo.

 Lo que haya pasado después, no lo sé.” Mientras tanto, Aurelio fue interrogado por separado. Su testimonio fue igualmente desconcertante.Según declaró, él no recordaba nada de los últimos 3 años. Lo último que recordaba era haberse acostado a dormir una noche de agosto de 1931 y lo siguiente que sabía era despertar en una cabaña abandonada en las faldas del volcán Popocatepetl, sin saber cómo había llegado allí ni cuánto tiempo había pasado.

 dijo que había caminado durante días hasta encontrar un pueblo donde le dijeron la fecha y él se dio cuenta de que habían pasado 3 años. Desde entonces había caminado de regreso a San Andrés Cholula, tardando casi dos semanas en llegar. Su historia era imposible de verificar, pero también era imposible de refutar.

 No había testigos de lo que le había ocurrido durante esos 3 años, ni había pruebas de que estuviera mintiendo. Lo que sí había era una tumba con un cuerpo que no era suyo, una esposa que había celebrado su funeral y guardado luto durante 3 años y un pueblo entero que no sabía qué pensar. En las semanas siguientes, la investigación se estancó.

 No había evidencia suficiente para acusar a nadie de ningún delito. El cuerpo de la tumba fue analizado por un médico forense de la ciudad de Puebla, quien determinó que la causa de la muerte no podía establecerse debido al avanzado estado de descomposición, pero que no había signos evidentes de violencia. La identidad del cuerpo nunca se estableció, aunque se rumoreaba que podría tratarse de algún indigente o viajero desconocido que había muerto cerca del pueblo años antes de 1931.

Esperanza fue liberada por falta de pruebas, pero su vida nunca volvió a ser la misma. Los vecinos que antes la admiraban, ahora la miraban con desconfianza. Dejó de asistir a misa diaria. dejó de visitar la tumba que ahora todos sabían que estaba vacía de su supuesto ocupante original.

 se encerró en su casa saliendo solo para lo estrictamente necesario. Aurelio, por su parte, no intentó retomar su vida anterior. No volvió a vivir en la casa familiar, sino que se instaló en una pequeña habitación que alquiló en las afueras del pueblo. No volvió a trabajar las tierras que quedaron en manos de esperanza y eventualmente de su hijo Fernando.

 No volvió a hablar con sus hijos ni con su esposa, al menos no en público. Algunos vecinos reportaron haberlo visto merodeando cerca de la casa familiar de noche, pero nadie se atrevió a confrontarlo. El misterio de lo que realmente había ocurrido en la familia Mendoza se convirtió en uno de esos secretos que todos conocían pero nadie mencionaba.

Los años pasaron, la vida continuó y poco a poco el caso fue quedando en el olvido. Pero había personas que no olvidaron, personas que siguieron buscando respuestas. Una de esas personas fue el periodista Ernesto Villanueva del diario de Puebla, quien en 1947 publicó una serie de artículos sobre el caso bajo el título El hombre que regresó de la tumba.

 Villanueva pasó meses investigando, entrevistando a vecinos, revisando documentos, tratando de reconstruir lo que había sucedido. Fue él quien localizó a Perpetua González en Tonzintla y obtuvo su testimonio. Fue él quien descubrió que el Dr. Heriberto Sánchez había fallecido en circunstancias extrañas en 1939, aparentemente de un ataque al corazón mientras dormía.

 Fue él quien encontró una carta que el doctor había escrito a un colega en la Ciudad de México, fechada en 1935, en la que expresaba profundas dudas sobre el certificado de defunción que había firmado en 1931. La carta del Dr. Sánchez es uno de los documentos más reveladores del caso, aunque también uno de los más enigmáticos.

 En ella el doctor escribe, “He cometido un error que me perseguirá hasta la tumba. Firmé un documento que no debería haber firmado. Certifiqué algo que no estaba seguro de haber verificado correctamente. En ese momento me pareció lo más prudente, lo más conveniente para todos los involucrados. Ahora sé que estaba equivocado, pero ya es demasiado tarde para corregirlo.

 El daño está hecho y debo vivir con las consecuencias de mi cobardía. El doctor no especificaba a qué documento se refería ni qué era exactamente lo que había certificado incorrectamente. Pero dado el contexto, Villanueva concluyó que se trataba del certificado de defunción de Aurelio Mendoza. La pregunta era, ¿por qué el doctor había firmado un certificado de defunción para un hombre que no estaba muerto? Y más importante aún, ¿quién lo había convencido o presionado para hacerlo? La investigación de Villanueva no llegó a ninguna conclusión

definitiva. Su serie de artículos generó cierto interés en la ciudad de Puebla, pero no fue suficiente para reabrir el caso. Las autoridades consideraron que sin nuevas pruebas no había motivo para continuar investigando un asunto que ya tenía más de 15 años de antigüedad. El caso fue archivado oficialmente en 1948, pero Villanueva no se rindió.

 Continuó investigando por su cuenta durante años, recopilando testimonios, documentos,fotografías. En 1953 logró entrevistar a Fernando Mendoza, el hijo mayor de Aurelio y Esperanza, quien para entonces tenía 31 años y vivía en la Ciudad de México, donde trabajaba como contador. Fernando había cortado todo contacto con su familia desde 1936, cuando cumplió 14 años y se fue a vivir con unos tíos en la capital.

 El testimonio de Fernando es largo y detallado y ocupa más de 20 páginas en los archivos de Villanueva que actualmente se conservan en la biblioteca municipal de Puebla. Fernando habló de su infancia en la casa de San Andrés, Cholula, de la atmósfera opresiva que reinaba entre sus padres, del miedo constante que sentía sin saber exactamente a qué le tenía miedo.

 Habló del sótano, de la habitación cerrada, de los sonidos que a veces escuchaba de noche. habló de su madre, de cómo había cambiado después de la supuesta muerte de su padre, de cómo se había vuelto más fuerte, pero también más fría, más distante. Pero lo más revelador del testimonio de Fernando fue lo que contó sobre la noche del 19 de agosto de 1931, la noche antes de que su padre fuera encontrado muerto.

 Fernando tenía 9 años en ese entonces y normalmente dormía profundamente toda la noche. Pero esa noche algo lo despertó, un sonido. No sabía qué era exactamente, pero lo describió como un golpe sordo, seguido de un silencio largo, seguido de pasos. Los pasos venían del sótano y subían por la escalera. Fernando se quedó paralizado en su cama, sin atreverse a moverse.

 Los pasos pasaron frente a su puerta y continuaron hacia la habitación de sus padres. Después, silencio. Fernando durmió el resto de la noche. A la mañana siguiente, su padre estaba muerto. Fernando nunca le contó a nadie lo que había escuchado esa noche, ni siquiera a su hermana Catalina, con quien había sido muy cercano de niño. Guardó el secreto durante más de 20 años hasta que Villanueva lo encontró y le hizo las preguntas correctas.

 Cuando le preguntaron por qué había guardado silencio durante tanto tiempo, Fernando respondió, “Porque tenía miedo. Miedo de lo que podría significar, miedo de lo que podría descubrir si empezaba a preguntar. Era más fácil no saber, era más fácil huir.” Fernando también reveló otro detalle que nunca había compartido con nadie.

 Unos meses después de la supuesta muerte de su padre, encontró una carta escondida en el de un abrigo viejo de su madre. La carta estaba dirigida a Esperanza y estaba firmada con una sola inicial. R. Fernando recordaba el contenido exacto de la carta, pero sí recordaba una frase que lo había perturbado profundamente. Hiciste lo que tenías que hacer.

 Ahora debemos asegurarnos de que nadie descubra la verdad. Fernando nunca supo quién era R. Nunca le preguntó a su madre sobre la carta. La devolvió al abrigo donde la había encontrado y trató de olvidarla, pero no pudo. Esa carta, junto con los sonidos de aquella noche lo persiguieron durante toda su vida. Fueron la razón por la que se fue de San Andrés Cholula, a los 14 años.

 fueron la razón por la que nunca regresó. Villanueva intentó encontrar esa carta, pero cuando visitó la casa de San Andrés Cholula en 1954, el abrigo ya no estaba. Esperanza había fallecido 2 años antes, en 1952, y sus pertenencias habían sido distribuidas entre familiares y vendidas. La carta, si alguna vez existió, se había perdido para siempre.

La identidad de R quedó como uno de los muchos misterios sin resolver del caso. Villanueva especuló que podría tratarse de Ricardo Fuentes, un comerciante de la ciudad de Puebla con quien esperanza supuestamente había tenido tratos comerciales a lo largo de los años, pero no había pruebas que conectaran a fuentes con ningún crimen.

 Y el hombre había fallecido en 1943 sin dejar ningún documento que esclareciera la situación. Había otra posibilidad que Villanueva consideró, pero nunca pudo verificar. En los registros parroquiales de San Andrés, Cholula, encontró una anotación curiosa fechada en 1929, 2 años antes de la supuesta muerte de Aurelio.

 La anotación decía simplemente: “Bautismo privado, padrino RM, no se registra nombre del bautizado por petición de la madre. La anotación estaba firmada por el párroco de la época, el padre juventino Robles, quien había fallecido en 1937. Villanueva nunca pudo determinar quién era el niño bautizado, ni por qué la madre había pedido que no se registrara su nombre.

 Tampoco pudo identificar quién era RM, pero la coincidencia de las iniciales con la firma de la carta encontrada por Fernando le pareció significativa. Quizás R no era Ricardo Fuentes. Quizás R era alguien más cercano, alguien cuya identidad se había ocultado deliberadamente. En 1955, Villanueva publicó su último artículo sobre el caso.

 Él resumía todo lo que había descubierto a lo largo de 8 años de investigación y admitía que probablemente nunca se conocería la verdad completa.Pero en el último párrafo hacía una afirmación que resonó en muchos lectores. El caso Mendoza no es simplemente la historia de un hombre que regresó de la tumba.

 Es la historia de una familia destruida por secretos, de una comunidad que prefirió no ver lo que tenía delante, de una verdad que quedó enterrada junto con el cuerpo de un desconocido. Quizás algún día alguien encuentre las piezas que faltan de este rompecabezas. Mientras tanto, solo nos queda la certeza de que en San Andrés Cholula, en 1934 algo terrible salió a la luz y nadie tuvo el valor de enfrentarlo.

 Después de 1955, el caso Mendoza cayó en el olvido. Villanueva falleció en 1961 sin haber encontrado nunca las respuestas que buscaba. Sus archivos fueron donados a la biblioteca municipal de Puebla, donde permanecieron sin consultar durante décadas. Aurelio Mendoza, el hombre que había regresado de la tumba, murió en 1947.

Según el certificado de defunción, la causa fue debilidad general y fallo cardíaco. Tenía 55 años. Fue enterrado en el mismo campo santo de San Andrés, Cholula. A pocas tumbas de distancia del lugar donde una vez había estado enterrado el cuerpo, que todos creyeron que era suyo. Nadie asistió a su funeral, excepto el sepulturero y el párroco.

 Esperanza Villareal de Mendoza murió en 1952, 5 años después de Aurelio. La causa oficial fue neumonía, aunque algunos vecinos comentaron que llevaba meses sin salir de su casa, que se había dejado morir. Fue enterrada en un cementerio diferente en la ciudad de Puebla, lejos de San Andrés Cholula, lejos de la tumba que una vez había visitado cada semana, fingiendo llorar a un esposo que no estaba ahí.

Catalina Mendoza, la hija menor, nunca se casó. Vivió toda su vida en San Andrés, Cholula, en la misma casa donde había crecido, rodeada de los fantasmas de su familia. Murió en 1967 a los 43 años de causas que nunca se especificaron en los registros. Antes de morir, entregó a un sobrino lejano una caja de documentos que, según dijo, contenían la verdad sobre nuestra familia.

El sobrino, cuyo nombre no consta en ningún registro, nunca abrió la caja. Según una entrevista que dio a un periódico local en 1982, prefirió quemarla sin mirar su contenido. “Algunas verdades es mejor que queden enterradas”, dijo. “Mi familia ya sufrió bastante y así el misterio de los Mendoza quedó sepultado para siempre.

Pero en San Andrés Cholula, entre los más ancianos del pueblo, todavía se cuenta la historia del hombre que regresó de la tumba. Se cuenta en voz baja, generalmente de noche, generalmente después de unas copas de mezcal. Se cuenta como una advertencia, como un recordatorio de que hay secretos que nunca deberían salir a la luz.

 Pero hay otra versión de la historia que casi nadie conoce. Una versión que solo se cuenta en ciertos círculos entre personas que tienen acceso a documentos que nunca se hicieron públicos. Esta versión surgió en 1963 cuando un archivero del Registro Civil de Puebla encontró un expediente olvidado en un sótano lleno de documentos antiguos.

 El expediente estaba marcado como confidencial y llevaba el sello del gobierno estatal de 1935. El contenido del expediente nunca se divulgó oficialmente. Sin embargo, según testimonios de personas que afirman haberlo visto, el expediente contenía un informe de investigación realizado por un agente del gobierno estatal en los meses posteriores a la aparición de Aurelio Mendoza.

 El informe concluía que había evidencia circunstancial significativa de que Esperanza Villareal había conspirado con al menos otras dos personas para simular la muerte de su esposo, sustituir su cuerpo por el de un indigente fallecido y mantener a Aurelio Cautivo en un lugar desconocido durante 3 años.

 El motivo, según el informe, era económico. Esperanza habría descubierto que Aurelio tenía una segunda familia en la Ciudad de México con otra mujer y otros hijos, a quienes mantenía con dinero de las propiedades familiares. Al simular su muerte, Esperanza se aseguraba el control total de las propiedades y eliminaba la amenaza de que Aurelio la abandonara o dividiera la herencia.

 Pero el plan había fallado. Aurelio había logrado escapar de su cautiverio y había regresado a San Andrés Cholula para reclamar lo que era suyo. Sin embargo, para entonces ya era demasiado tarde. No había pruebas suficientes para acusar a Esperanza de ningún delito. Y Aurelio, debilitado por 3 años de encierro, no tenía la fuerza ni los recursos para luchar.

 El informe también mencionaba a los dos cómplices de esperanza. Uno era identificado solo por sus iniciales, RM. El otro no se identificaba en absoluto, pero el informe sugería que podría tratarse de alguien con conocimientos médicos, posiblemente el mismo Dr. Sánchez. El informe concluía recomendando que el caso se cerrara sin cargos debido a la falta de pruebas concretas y a las implicaciones políticas que podría tenerun escándalo de esa magnitud.

 El gobernador de Puebla en ese momento, cuyo nombre no se mencionaba en el informe, pero que era conocido por sus vínculos con familias prominentes de la región, supuestamente había ordenado personalmente que el expediente fuera clasificado como confidencial. Esta versión de la historia explicaría muchas de las preguntas que quedaron sin respuesta.

 explicaría por qué Esperanza nunca fue acusada formalmente de ningún crimen. Explicaría por qué el Dr. Sánchez firmó un certificado de defunción para un hombre que no estaba muerto. Explicaría por qué Aurelio regresó tan cambiado, tan vacío, después de 3 años de ausencia. Explicaría la carta firmada por R. que Fernando encontró en el abrigo de su madre, pero también plantearía nuevas preguntas.

 Si Esperanza mantuvo cautivo a Aurelio durante 3 años, ¿dónde lo tuvo? ¿Quién era RM? ¿Y qué papel jugó exactamente en la conspiración? ¿Por qué Aurelio después de escapar nunca intentó buscar justicia? Nunca denunció a su esposa, nunca contó lo que le había sucedido. Y quizás la pregunta más perturbadora de todas, ¿qué pasó durante esos 3 años de cautiverio que dejó a Aurelio tan destruido, tan vacío, que prefirió vivir el resto de su vida como un fantasma en lugar de luchar por recuperar lo que le habían quitado? El expediente de 1935,

si realmente existe, nunca ha sido encontrado. El archivero, que supuestamente lo descubrió en 1963, falleció poco después en un accidente de tránsito y nadie más ha confirmado haberlo visto. Es posible que el expediente sea simplemente una leyenda, una invención de quienes no pueden aceptar que algunas historias no tienen explicación.

Pero también es posible que la verdad esté ahí afuera, en algún sótano olvidado, en alguna caja de documentos que nadie se ha molestado en abrir. Es posible que alguien algún día encuentre las piezas que faltan y finalmente pueda contar la historia completa de lo que ocurrió en San Andrés, Cholula, hace casi un siglo.

 Mientras tanto, la casa de los Mendoza sigue en pie. ha cambiado de manos varias veces a lo largo de los años y actualmente es propiedad de una familia que no tiene ninguna conexión con los Mendoza originales. Los nuevos propietarios dicen que la casa es perfectamente normal, que no hay nada extraño en ella, pero también dicen que hay una habitación en el sótano que siempre está más fría que el resto de la casa, sin importar la época del año, y que a veces en las noches muy silenciosas se escuchan sonidos que vienen de abajo. No son gritos ni

golpes. Es algo más difícil de describir. Es como un gemido bajo, constante, que dura horas. Los vecinos más antiguos de San Andrés Cholula, saben lo que significan esos sonidos, pero nunca hablan de ello. Hay cosas que es mejor no saber por el bien de todos. En 1958, 3 años después de que Villanueva publicara su último artículo sobre el caso, un joven estudiante de historia de la Universidad de Puebla decidió retomar la investigación.

 Su nombre era Ignacio Reyes Montero y había leído los artículos de Villanueva con fascinación desde su adolescencia. Ignacio creía que había pistas que Villanueva había pasado por alto, conexiones que no había explorado. La primera pista que siguió Ignacio fue la del bautismo misterioso de 1929. A diferencia de Villanueva, Ignacio tenía acceso a archivos parroquiales que habían sido reorganizados recientemente y logró encontrar documentos adicionales que su predecesor no había visto.

 Entre ellos había una nota manuscrita del padre juventino Robles fechada el mismo día del bautismo, en la que el párroco expresaba sus reservas morales sobre lo que acababa de hacer. La nota decía, “Hoy he bautizado a una criatura cuya existencia debería haber permanecido en secreto. La madre me suplicó que no registrara el nombre y accedí por compasión.

 Pero ahora me pregunto si he cometido un pecado al ocultar lo que Dios ha creado.” El niño es inocente de las circunstancias de su nacimiento. Sin embargo, su existencia amenaza con destruir a una familia entera. RM. ha prometido que se hará cargo de todo, que nadie sufrirá. Quiera Dios que tenga razón.

 La nota no especificaba quién era la madre ni quién era RM, pero Ignacio notó algo que Villanueva había pasado por alto. La fecha del bautismo era exactamente 9 meses después del viaje que Aurelio había hecho a la ciudad de México en marzo de 1929. El mismo viaje durante el cual había traído el baúl misterioso al sótano. Ignacio comenzó a buscar conexiones entre Aurelio Mendoza y cualquier persona con las iniciales RM época.

 Después de meses de investigación, encontró un nombre, Ramón Mendoza, primo hermano de Aurelio. Ramón Mendoza había nacido en 1889 en San Andrés Cholula, 3 años antes que Aurelio. Había emigrado a la Ciudad de México en 1915 durante los años más turbulentos de la revolución y se había establecido comocomerciante.

 Según los registros disponibles, Ramón había prosperado en la capital llegando a poseer una tienda de telas en el centro de la ciudad. Pero lo más interesante era que Ramón había muerto en 1933, un año antes de que Aurelio reapareciera en San Andrés, Cholula. Ignacio viajó a la Ciudad de México para investigar más sobre Ramón.

 En los registros del registro civil encontró que Ramón nunca se había casado oficialmente, pero que había tenido una compañera de muchos años llamada Dolores Vega. También encontró que Ramón había sido padrino de un niño bautizado en la parroquia de la Santa Cruz en 1930, un año después del bautismo misterioso en San Andrés Cholula.

El nombre del niño era Rafael Mendoza Vega. La conexión era clara pero incompleta. Si Ramón había sido el RM mencionado en los documentos y si había sido padrino de un niño en la Ciudad de México. Entonces, ¿quién era el niño bautizado en San Andrés Cholula en 1929? ¿Y qué relación tenía todo esto con la supuesta muerte y reaparición de Aurelio? Ignacio logró localizar a Dolores Vega, quien para entonces tenía más de 60 años y vivía en una vecindad en el barrio de Tepito.

 Dolores accedió a hablar con él, aunque al principio se mostró reticente. Lo que contó durante esa conversación, que Ignacio grabó en una cinta magnetofónica que ahora se conserva en los archivos de la biblioteca municipal de Puebla, arrojó luz sobre aspectos del caso que nadie había imaginado. Según Dolores, Ramón había estado involucrado en los asuntos de su primo Aurelio desde hacía muchos años.

 Ramón sabía que Aurelio tenía una relación con una mujer en la Ciudad de México, una relación que había comenzado durante los años de la revolución y que había continuado después de que Aurelio se casara con esperanza. La mujer se llamaba Consuelo Paredes y había tenido un hijo con Aurelio en 1929. Ese hijo era el niño del bautismo misterioso en San Andrés, Cholula.

 Pero la historia se complicaba más. Según Dolores, Esperanza había descubierto la infidelidad de Aurelio poco después del nacimiento del niño. Había encontrado cartas, había seguido pistas y finalmente había confrontado a Aurelio. Lo que ocurrió después de esa confrontación, Dolores no lo sabía con certeza, pero había oído rumores.

Rumores de que Esperanza había llegado a un acuerdo con Ramón. Rumores de que el niño había sido entregado a Ramón para que lo criara lejos de San Andrés Cholula. Rumores de que Consuelo Paredes había desaparecido poco después y nadie sabía qué había sido de ella. Dolores también habló de la muerte de Ramón en 1933.

Según la versión oficial, Ramón había muerto de una enfermedad pulmonar, pero Dolores siempre había sospechado que había algo más. En los días previos a su muerte, Ramón había estado nervioso, asustado. Le había dicho a Dolores que sabía demasiado y que alguien quería silenciarlo. No especificó quién ni sobre qué.

 Ignacio nunca pudo verificar las afirmaciones de Dolores. Consuelo Paredes no aparecía en ningún registro después de 1930. El niño del bautismo misterioso nunca fue identificado con certeza. Y Rafael Mendoza Vega, el aijado de Ramón, había emigrado a Estados Unidos en 1945 y había perdido todo contacto con su familia en México.

 La investigación de Ignacio quedó inconclusa. En 1961 abandonó el proyecto para concentrarse en su carrera académica. Sus notas y grabaciones fueron donadas a la biblioteca municipal de Puebla después de su muerte en 1989. Pero antes de abandonar la investigación, Ignacio hizo un último viaje a San Andrés Cholula. Quería ver la casa de los Mendoza, caminar por las calles donde todo había ocurrido, sentir la atmósfera del lugar.

Lo que encontró lo dejó profundamente perturbado. La casa de los Mendoza estaba habitada por una familia de apellido Contreras que la había comprado en 1955. El señor Contreras, un hombre de unos 50 años, accedió a mostrarle la casa a Ignacio cuando este le explicó que estaba investigando la historia de los antiguos propietarios.

 La casa había sido modificada a lo largo de los años, pero la estructura básica permanecía igual. Ignacio pudo ver el comedor donde Perpetua González había escuchado el tic tac del reloj y el silencio opresivo. Pudo ver la escalera por donde Fernando Mendoza había escuchado subir los pasos aquella noche de 1931 y pudo ver la puerta del sótano, que ahora estaba siempre abierta y daba a un espacio utilizado como almacén.

Pero cuando Ignacio bajó al sótano, notó algo extraño. El espacio era más pequeño de lo que debería ser según los planos de la casa que había obtenido en el archivo municipal. Había una diferencia de aproximadamente 4 m entre las dimensiones del sótano y las dimensiones que aparecían en los planos originales.

El señor Contreras no tenía explicación para esta discrepancia. dijo que cuandocompraron la casa, el sótano ya estaba tal como lo veía Ignacio. Nunca habían hecho modificaciones. Ignacio examinó las paredes del sótano con cuidado. Una de ellas, la que correspondía a la zona donde faltaban los 4 metros, era diferente al resto.

 El ladrillo era más nuevo, el mortero más claro. Alguien en algún momento había construido una pared adicional, reduciendo el tamaño del sótano y ocultando un espacio detrás de ella. Ignacio le preguntó al señor Contreras si podía derribar esa pared para ver qué había detrás. El señor Contreras se negó rotundamente. Dijo que no quería problemas, que no quería saber qué había detrás de esa pared, que prefería dejar las cosas como estaban.

 Su esposa, que había estado escuchando desde la escalera, bajó en ese momento y añadió, “Haga caso, joven. Hay cosas que es mejor dejar enterradas por el bien de todos.” Ignacio se fue de San Andrés Cholula esa misma tarde. Nunca regresó. En sus notas finales sobre el caso escribió, “He llegado a la conclusión de que nunca sabremos la verdad completa sobre lo que ocurrió en la casa de los Mendoza.

 Hay demasiados secretos enterrados, demasiadas personas que prefieren el silencio a la verdad. Pero de algo estoy seguro. Detrás de esa pared en el sótano hay algo. Algo que alguien no quiere que se encuentre, algo que quizás explique todo lo que pasó. La supuesta muerte de Aurelio, su reaparición tres años después, el cuerpo desconocido en la tumba, la carta de RM, el bautismo misterioso.

 Quizás algún día alguien tenga el valor de derribar esa pared y descubrir lo que oculta. Yo no lo tuve. Han pasado más de 60 años desde que Ignacio Reyes Montero escribió esas palabras. La casa de los Mendoza ha cambiado de manos varias más veces. La pared del sótano sigue en pie. Nadie ha tenido el valor de derribarla. En el campo santo de San Andrés Cholula, las tumbas de Aurelio Mendoza y la tumba vacía, donde una vez estuvo el cuerpo de un desconocido, siguen una al lado de la otra.

 Las inscripciones se han borrado con el tiempo y ya casi nadie recuerda quiénes fueron. ni qué ocurrió. Pero de vez en cuando algún visitante curioso se detiene frente a esas tumbas y siente un escalofrío que no puede explicar. En 1964, un año antes del límite temporal que establece la verosimilitud de este relato, ocurrió un último evento relacionado con el caso Mendoza.

 Un trabajador municipal que estaba realizando labores de mantenimiento en el campo santo de San Andrés, Cholula, descubrió algo extraño mientras cababa cerca de la tumba de Aurelio Mendoza. El trabajador, cuyo nombre era Epifanio Soto, encontró una caja metálica enterrada a poca profundidad, a menos de medio metro de la superficie.

 La caja estaba oxidada, pero intacta, y contenía varios objetos. un reloj de bolsillo con las iniciales A, M, C grabadas en la tapa, un anillo de matrimonio de oro, una fotografía deteriorada de una mujer joven que nadie pudo identificar y un cuaderno de notas con la cubierta de cuero.

 El cuaderno contenía anotaciones manuscritas fechadas entre 1931 y 1934. La letra era difícil de leer debido al deterioro, pero los investigadores que examinaron el cuaderno pudieron descifrar fragmentos. Las anotaciones parecían ser una especie de diario escrito por alguien que estaba siendo mantenido en cautiverio. Las primeras entradas describían confusión, desorientación, oscuridad.

 El autor no sabía dónde estaba ni cuánto tiempo llevaba ahí. mencionaba paredes de piedra, humedad constante, el sonido de pasos sobre su cabeza mencionaba hambre, sed, desesperación. Las entradas posteriores eran más coherentes, pero también más perturbadoras. El autor escribía sobre visitas ocasionales de alguien que le traía comida y agua.

 Nunca veía el rostro de esta persona, solo escuchaba su voz, una voz de mujer. La mujer le hablaba a veces, le contaba cosas del mundo exterior, le decía que todos lo creían muerto, que su funeral había sido hermoso, que su esposa había llorado mucho. El autor escribía, “Dice que me ama. Dice que hace esto porque me ama.

 No entiendo qué clase de amor es este. Las últimas entradas del cuaderno eran casi ilegibles, tanto por el deterioro del papel como por la aparente desintegración mental del autor. Había frases repetidas obsesivamente, dibujos que parecían representar paredes y puertas, números que podrían haber sido conteos de días. La última entrada legible estaba fechada en julio de 1934, un mes antes de que Aurelio Mendoza reapareciera en San Andrés Cholula.

Decía simplemente, “He encontrado la manera de salir, pero no sé si quiero hacerlo. Afuera no hay nada para mí. Ella se ha asegurado de eso. El cuaderno fue entregado a las autoridades municipales que lo enviaron a la capital del estado para su análisis, pero antes de que los expertos pudieran completar su estudio, el cuaderno desapareció.

Según los registros oficiales, fueextraviado durante un traslado entre dependencias. Nunca se encontró. Epifanio Soto, el trabajador que había encontrado la caja, fue interrogado brevemente y luego dejado en libertad. Le dijeron que olvidara lo que había encontrado, que no hablara de ello con nadie.

 Epifanio obedeció durante muchos años, pero en 1983, poco antes de morir, le contó a su nieto lo que había ocurrido. El nieto grabó la conversación en una cinta de cassete que todavía se conserva. En la grabación, Epifanio describe el momento en que abrió la caja y vio el cuaderno por primera vez. Dice que sintió un frío repentino, como si alguien hubiera abierto una puerta a un lugar helado.

 Dice que escuchó un sonido muy bajo, muy lejano, como un gemido. Dice que tuvo la certeza absoluta de que estaba sosteniendo algo que no debería existir, algo que alguien había querido enterrar para siempre. Pero lo más perturbador de la grabación es lo que Epifanio cuenta al final. Dice que mientras ojeaba el cuaderno buscando alguna pista sobre su origen, encontró una página diferente a las demás.

 Era más gruesa, como si hubiera algo pegado detrás. Epifanio despegó cuidadosamente el papel y encontró una fotografía oculta. La fotografía mostraba a dos personas, un hombre y una mujer, de pie frente a una casa que Epifanio reconoció inmediatamente como la casa de los Mendoza. El hombre era claramente Aurelio Mendoza.

 La mujer era Esperanza Villareal, pero había algo extraño en la imagen. Esperanza sostenía algo en sus brazos, algo envuelto en una manta. Parecía ser un bebé. En el reverso de la fotografía había una fecha escrita a mano. 15 de diciembre de 1929. Y debajo de la fecha, una sola palabra, Rafael. Epifanio no entregó la fotografía a las autoridades junto con el resto del contenido de la caja.

 No supo explicar por qué. Simplemente la guardó, la escondió y la mantuvo oculta durante casi 20 años. En la grabación le dice a su nieto dónde la escondió, pero esa parte de la cinta está dañada y las palabras no se pueden distinguir. El nieto de Epifanio, cuyo nombre se desconoce para proteger su privacidad, buscó la fotografía después de la muerte de su abuelo. Nunca la encontró.

 Y así termina la historia documentada del caso Mendoza. No hay más registros, no hay más testimonios, no hay más pistas, solo preguntas sin respuesta y una verdad que sigue enterrada quizás literalmente en algún lugar de San Andrés Cholula, quién era el bebé de la fotografía. ¿Por qué llevaba el nombre Rafael, el mismo nombre del aijado de Ramón Mendoza? ¿Qué relación tenía con el bautismo misterioso de 1929? Y sobre todo, ¿qué pasó con él? Algunas historias no tienen final.

 Algunas verdades permanecen ocultas para siempre y algunas preguntas es mejor no hacerlas porque las respuestas podrían ser peores que la incertidumbre. En San Andrés, Cholula, cuando el viento sopla desde el volcán Popocatepetl en las noches de invierno, los más ancianos dicen que pueden escuchar algo. No son palabras exactamente, ni tampoco gritos.

Es algo más sutil, más profundo. como el eco de un secreto que nunca se contó, de un dolor que nunca se expresó, de una verdad que quedó sepultada bajo capas y capas de silencio, y en la casa que una vez perteneció a los Mendoza, detrás de esa pared en el sótano que nadie se ha atrevido a derribar, quizás todavía queda algo, algo que espera, algo que recuerda, algo que un día, cuando el tiempo haya borrado todos los nombres, y todas las historias, finalmente podrá descansar, pero ese día todavía no ha llegado y

quizás nunca llegue. Hay quienes dicen que el verdadero horror no está en lo que se descubre, sino en lo que permanece oculto, en las preguntas que nunca se hacen, en las puertas que nunca se abren, en las verdades que todos prefieren ignorar. El caso Mendoza es un recordatorio de esa verdad. A veces lo más aterrador no es el monstruo que acecha en la oscuridad, sino la certeza de que ese monstruo podría estar mucho más cerca de lo que imaginamos en nuestra propia casa, en nuestra propia familia, en nuestro propio corazón.

La viuda más amada de San Andrés Cholula, guardó sus secretos hasta la tumba y aunque su esposo regresó de entre los muertos para exponerla, la verdad completa murió con ella. Lo que queda son fragmentos, indicios, susurros que se desvanecen con cada generación que pasa. Pero hay algo que no se desvanece.

 Hay algo que permanece obstinado, inquebrantable en la memoria colectiva de ese pequeño pueblo en las faldas del popo Catepetel. Es la certeza de que bajo la superficie de las vidas aparentemente normales, bajo las sonrisas y los saludos cordiales, bajo los lutos prolongados y las misas diarias, hay capas de oscuridad que la mayoría preferimos no ver.

Esperanza Villareal de Mendoza era la viuda más amada del pueblo hasta que su esposo apareció vivo frente a todos. Y en ese momento, por un instante fugaz,todos vieron algo en su rostro que nunca pudieron olvidar. No fue miedo, no fue sorpresa, fue algo más. Algo que sugería que ella sabía exactamente lo que estaba pasando, algo que decía, sin palabras que el verdadero horror no era que Aurelio hubiera regresado de la tumba.

El verdadero horror era que nunca debería haber salido de ella. M.