EL ESCUADRÓN MEXICANO QUE ENFRENTÓ A LOS ZEROS JAPONESES Y SOBREVIVIÓ

La brisa del mar acariciaba el puerto de Tampico. Aquella mañana del 13 de mayo de 1942. El petrolero potrero del Llano se alejaba de la costa mexicana con su carga de oro negro, siguiendo la ruta comercial hacia los Estados Unidos. Ninguno de los 35 tripulantes podía imaginar que sus nombres estaban a punto de quedar inscritos en la historia, ni que la tragedia que se avecinaba cambiaría para siempre el destino de su nación.

En las profundidades, acechante como un depredador invisible, el submarino alemán U564 rastreaba su presa. México mantenía su neutralidad en la conflagración mundial, pero el petróleo mexicano alimentaba la maquinaria de guerra aliada y para el Reich eso era suficiente provocación. El torpedo cortó el agua con precisión mortal.

El impacto sacudió el potrero del llano como si fuera una cáscara de nuez, el fuego, el caos y finalmente las tinieblas. 14 mexicanos perdieron la vida en aquellas aguas. La noticia sacudió a la nación entera. El presidente Manuel Ávila Camacho, firme pero mesurado, envió una nota diplomática de protesta exigiendo una disculpa y reparaciones.

La respuesta alemana fue fulminante. Una semana después, otro buque mexicano, el faja de Oro, era enviado al fondo del mar. El mensaje era claro. No habría disculpas, no habría paz. El 28 de mayo, México declaraba la guerra a las potencias del eje, una nación que había vivido aún con las heridas abiertas de su revolución.

 Ahora se enfrentaba al mayor conflicto bélico de la historia moderna. Pero, ¿cómo participar efectivamente en una guerra mundial? La respuesta tomaría forma gradualmente. Mientras miles de trabajadores agrícolas cruzaban la frontera como parte del programa brasero para sustituir la mano de obra estadounidense que había marchado al frente, un grupo especial de mexicanos se prepararía para llevar la bandera nacional hasta el campo de batalla.

 Dos años después, el 8 de mayo de 1944, el presidente Ávila Camacho anunciaba la creación de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana. El escuadrón 2011 nacía oficialmente. Las águilas aztecas, como serían conocidos, llevarían el verde, blanco y rojo hasta el corazón del conflicto en el Pacífico. En la Ciudad de México, en bases militares y escuelas de aviación de todo el país, los jóvenes pilotos escucharon el llamado.

 Entre ellos estaba el capitán Radamés Gaxiola Andrade, un piloto experimentado de 30 años. que se convertiría en el comandante operativo del escuadrón. También respondieron los tenientes Carlos Garduño Núñez y Reinaldo Pérez Gallardo, junto con otros jóvenes aviadores que apenas pasaban de los 25 años, muchos con experiencia limitada, pero con una pasión que compensaba cualquier deficiencia técnica.

 ¿Por qué te enlistaste?, le preguntó un periodista a Pérez Gallardo durante la ceremonia de abanderamiento. Porque cuando la patria llama, un mexicano responde, contestó con la seriedad que caracterizaba a aquella primera generación de pilotos de combate mexicanos. No fue solo una selección de pilotos. México enviaría una unidad completa, autosuficiente, junto a los 30 aviadores que tripularían los aparatos, otros 270 hombres completaron la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana.

 mecánicos, operadores de radio, armeros, médicos y personal de apoyo logístico. Todos voluntarios, todos dispuestos a cruzar el océano para enfrentarse a un enemigo desconocido en tierras lejanas. El coronel Antonio Cárdenas Rodríguez fue nombrado comandante general de la FAM, veterano, respetado y con la firmeza necesaria para guiar a aquellos jóvenes en la prueba más difícil de sus vidas.

Nos han encomendado no solo representar a nuestras fuerzas armadas, sino el honor de México entero, les dijo durante la ceremonia de abanderamiento. Regresaremos con esta bandera limpia. O no regresaremos. El entrenamiento comenzó de inmediato. No bastaba con ser buenos pilotos. Debían convertirse en guerreros del aire capaces de manejar las complejas máquinas que definían la guerra moderna.

En julio de 1944, el grupo de perfeccionamiento aeronáutico, como se le conocía entonces, partió hacia los Estados Unidos. Las bases de Randolfeld y Major Field en Texas, Pocatello en Idaho y más tarde Greenville recibieron a los mexicanos. El choque cultural fue inmediato. Muchos nunca habían salido de México.

 El idioma, las costumbres, el clima y la comida eran diferentes. Pero había algo más difícil de superar, la mirada de algunos que los veían con escepticismo, como si aquellos mexicanos no fueran capaces de dominar las máquinas de guerra más avanzadas. Nos miraban como si fuéramos indios con plumas. recordaría años después uno de los mecánicos hasta que vieron cómo trabajábamos.

Entonces comenzaron a respetarnos. El entrenamiento era brutal. De los tímidos PT19 que utilizaban para la instrucción básica pasaron a los AT6 Texan para perfeccionar maniobras de combate y finalmente al legendario P47Thunderbolt, un monstruo de 7 toneladas con un motor de 2000 caballos de fuerza y ocho ametralladoras calibre50 que escupían muerte a 100 disparos por minuto.

 Jarro, le llamaban cariñosamente los mexicanos, adoptando la traducción del apodo que los estadounidenses le habían puesto. The Jag. La primera vez que volé el P47 sentí como si estuviera montando un relámpago, contaría después el teniente Mario López Portillo. Era una máquina brutal, pero hermosa. Sentías su poder en cada movimiento, como si un dios antiguo te hubiera prestado sus alas.

 No todos lograron dominar aquellas bestias mecánicas. En enero de 1945, durante un ejercicio de entrenamiento en Avilén, Texas, el capitán Pablo Rivas Martínez perdió el control de su aparato y se estrelló. fue el primer mexicano que entregó su vida en la preparación para el conflicto. Dos meses después, en marzo, el teniente José Espinoza Fuentes también fallecería durante un vuelo de entrenamiento cerca de Harlingen.

 Estos sacrificios solo reforzaron la determinación del resto. sabían que se enfrentarían a pilotos japoneses experimentados, veteranos de años de guerra, y no podían permitirse el menor error. Cada día de entrenamiento podía significar la diferencia entre regresar a casa o perderse en las aguas del Pacífico.

 El 23 de febrero de 1945, en una ceremonia solemne en Majors Field, Texas, el grupo de perfeccionamiento aeronáutico se transformó oficialmente en el escuadrón aéreo de pelea 2011 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana. Recibieron su estandarte de combate y adoptaron oficialmente el nombre de guerra que los inmortalizaría, las águilas aztecas.

Un mes más tarde, el 27 de marzo de 1945, los 300 integrantes del escuadrón abordaron el buque de transporte Fairisle en el puerto de San Francisco, California. El destino, la isla de Luzón en Filipinas, donde las fuerzas aliadas bajo el mando del general Douglas Macarthur luchaban por expulsar a los japoneses que se aferraban desesperadamente a su conquista.

 Durante el viaje, los mexicanos continuaron su preparación. Los pilotos estudiaban mapas, tácticas de combate, reconocimiento de siluetas de aviones enemigos. Debían aprender a diferenciar en fracciones de segundo un cero japonés de un P38 Lightning aliado o arriesgarse a disparar contra los suyos. Los mecánicos repasaban cada componente del P47, preparándose para mantener los operativos en las condiciones adversas que encontrarían.

El personal médico estudiaba las enfermedades tropicales que podrían enfrentar en la selva filipina. El teniente Amadeo Castro Almanza, mirando las estrellas desde la cubierta del Fairisle, escribió en su diario, “Esta noche, a miles de kilómetros de México, siento más que nunca el peso de la responsabilidad.

No vamos solo como soldados, sino como embajadores de un pueblo entero. Lo que hagamos en los cielos de Filipinas escribirá un capítulo en la historia de nuestra patria. El fairis le atracó en Manila el 30 de abril de 1945. La ciudad, una vez conocida como la perla de oriente, era ahora un paisaje de ruinas.

 La batalla por liberarla había sido feroz y aunque los japoneses habían sido expulsados, habían dejado tras de sí una estela de destrucción. Aquí las similitudes culturales sorprendieron a los mexicanos. Filipinas había sido colonia española durante siglos y el idioma, la arquitectura y muchas costumbres tenían ecos familiares. Los filipinos recibieron a los mexicanos con entusiasmo.

 Para ellos, la llegada de pilotos de otro país que había vivido bajo el dominio español era un símbolo poderoso. “Ustedes nos entienden,” les decían. saben lo que es luchar por la libertad contra un invasor. El escuadrón 2011 fue asignado al 58 grupo de casa de la quinta fuerza aérea de los Estados Unidos con base en el complejo de Clarkfield en Porak, provincia de Pampanga.

 Su área de operaciones sería principalmente el norte de Luzón, donde unidades japonesas bien atrincheradas seguían resistiendo, y más allá la isla de Formosa, actual Taiwán, desde donde las fuerzas niponas lanzaban contraataques. Los siguientes días fueron de adaptación. El calor húmedo de la selva filipina, las lluvias torrenciales, los insectos y el constante peligro de enfermedades tropicales pusieron a prueba a los mexicanos.

Además, sus aviones aún no habían llegado. “Venimos a combatir, no a tomar el sol”, se quejó el teniente Roberto Legorreta al comandante Gaxiola después de una semana de inactividad. “Paciencia, teniente”, respondió Gaxiola. La guerra es 90% espera y 10% terror puro. El 17 de mayo, cansados de esperar, el escuadrón comenzó a volar misiones de entrenamiento con P47 prestados por los estadounidenses.

Los 25 Thunderbolts asignados al Escuadrón 2011 llegarían eventualmente en julio pintados con los colores de la FAEM y adornados con un personaje que se había convertido en su mascota no oficial, Pancho Pistolas, un gallocaricaturizado del filme de Disney Los Tres Caballeros, representando el espíritu combativo mexicano.

 La primera misión de combate real llegó el 4 de junio de 1945. 4P47 del Escuadrón 2011, pilotados por los capitanes Gaxiola y Crescencio Jardines, junto con los tenientes Héctor Espinoza Galván y Roberto Legorreta, despegaron al amanecer con la misión de atacar concentraciones de tropas japonesas en el valle de Cagayán.

 La tensión en la cabina era palpable. estaban a punto de convertirse en los primeros mexicanos en entrar en combate fuera del continente americano. Volaban a baja altura, siguiendo el contorno del terreno para evitar la detección temprana, la selva pasando como una mancha verde bajo sus alas. Al llegar al objetivo, una posición fortificada japonesa iniciaron el ataque.

 Las bombas de 500 libras se desprendieron de las alas de los Thunderbolt, encontrando su objetivo con precisión devastadora. Después, bajando aún más, ametrallaron las posiciones enemigas con las 8.50 50 de cada avión, convirtiendo el campamento en un infierno de tierra y fuego. El teniente Legorreta fue el primero en avistar el peligro.

 Dos casas japoneses Mitsubishi A6M0 aproximándose a gran velocidad. Bandidos a las 6″, gritó por la radio. Los cero más ligeros y maniobrables tenían ventaja en un combate cerrado, pero el P47 era más rápido en picada, mejor armado y con blindaje superior. Los mexicanos implementaron la táctica que habían practicado incansablemente, evitar el doc, aprovechar la velocidad y potencia de fuego.

 Axiola lideró a su formación en una maniobra evasiva, ganando altura rápidamente. Uno de los ceros lo siguió, cometiendo el error que los pilotos japoneses frecuentemente pagaban con sus vidas, subestimar al Thunderbolt. Cuando el cero estaba casi a rango de tiro, Gaxiola ejecutó un medio tonel y entró en picada, invirtiendo las posiciones.

 Ahora era el mexicano quien tenía al japonés en su mira. Las ocho ametralladoras del P47 rugieron al unísono. El cero, acbillado por docenas de impactos, explotó en una bola de fuego. Mientras tanto, Espinoza Galván y Legorreta mantenían a raya al segundo cero, hasta que una ráfaga certera de Espinoa alcanzó el motor del casa enemigo.

 Humeando y perdiendo altura, el piloto japonés optó por la retirada. Regresamos a base, muchachos. ordenó Gaxiola. Misión cumplida. Los 4 P47 regresaron a Clarkfield con daños menores. El primer combate aire aire del Escuadrón 2011 había terminado con una victoria. La noticia se extendió rápidamente entre las fuerzas aliadas en Filipinas.

 Los mexicanos no solo sabían volar, sabían combatir. En las semanas siguientes, las misiones se intensificaron. El Escuadrón 2011 realizó ataques contra posiciones enemigas en el norte de Luzón, apoyando a las tropas terrestres de la veípica división de infantería estadounidense y a las guerrillas filipinas. bombardearon depósitos de municiones, centros de comunicaciones, concentraciones de tropas y puentes.

Después de cada bombardeo, bajaban a ametrallar, volando tan bajo que a veces podían ver las caras de los soldados japoneses. Es extraño, comentó el teniente Miguel Moreno a Reola después de una misión. Desde arriba no puedes ver el miedo en sus ojos, solo figuras diminutas corriendo.

 Es como si no fueran reales, pero lo son. Todos somos reales en esta  guerra. El escuadrón 2011 perfeccionó lo que los estadounidenses llamaban cab rank o fila de taxis, mantenerse en vuelo sobre un área determinada esperando que las tropas terrestres solicitaran apoyo inmediato. Cuando llegaba el llamado, los P47 descendían como águilas sobre su presa, liberando su carga letal con precisión quirúrgica.

La eficacia de los mexicanos no pasó desapercibida. El general George Kenny, comandante de las fuerzas aéreas aliadas en el Pacífico Suroeste, comentó tras revisar los informes de misión: “Los muchachos de México están haciendo un trabajo excepcional. Su precisión en el bombardeo en picado es impresionante, incluso para pilotos veteranos.

 Pero la guerra en el aire cobra su precio. El 1 de junio de 1945, menos de un mes después de su llegada a Filipinas, el Escuadrón 2011 sufrió su primera baja en combate. El subteniente Fausto Vega Santander, de apenas 22 años, participaba en una misión de bombardeo sobre posiciones japonesas en el norte de Luzón.

 Después de lanzar sus bombas, su P47 fue alcanzado por fuego antiaéreo. Con el motor en llamas, Vega Santander luchó por mantener el control de su aeronave el tiempo suficiente para alejarse de la zona poblada. No tuvo tiempo de saltar. El Thunderbolt se estrelló contra la jungla en una bola de fuego.

 La pérdida golpeó duramente al escuadrón. Esa noche en las barracas el silencio era ensordecedor. El capellán de la unidad, teniente José Luis Arellano, organizó un servicio improvisado. Fausto ha ofrecido su vida no solo por México, sino por la libertad de todos los pueblos. Dijo, “Susacrificio no será en vano.” El comandante Gaxiola añadió una tradición que se mantendría durante el resto de la guerra.

 En la siguiente formación matutina, durante el pase de lista, cuando se pronunció el nombre subteniente Fausto Vega Santander, todos los presentes respondieron al unísono: “Presente en su gloria.” A mediados de junio, las operaciones se expandieron. El escuadrón 2011 comenzó a realizar misiones de largo alcance sobre Formosa, atacando aeródromos y concentraciones navales japonesas.

 Estas misiones eran particularmente peligrosas, cuatro o cinco horas de vuelo sobre agua con la constante amenaza de quedarse sin combustible o ser derribado lejos de cualquier posibilidad de rescate. El 8 de julio, una formación de seis P47 mexicanos participó en un ataque coordinado contra el puerto de Carenco en Formosa.

 Mientras se aproximaban al objetivo, fueron interceptados por una escuadrilla de ceros. Se desarrolló un feroz combate aéreo. El teniente Carlos Garduno Núñez se encontró súbitamente en la mira de dos cazas japoneses. Usando la potencia superior del Thunderbolt, inició una picada pronunciada, seguido de cerca por los ceros.

 En el último momento ejecutó un tirón brutal hacia arriba, una maniobra que el pesado P47 apenas podía realizar y que sometía al piloto a una fuerza G casi insoportable. Uno de los perseguidores, intentando seguirlo, entró en pérdida y comenzó a girar sin control. El segundo cero, más cauteloso, se mantuvo en persecución.

Este cabrón es persistente”, murmuró Garduño mientras buscaba una salida. Fue entonces cuando P47, pilotado por el teniente amador Samano Ríos, apareció como un relámpago disparando una ráfaga que destrozó el ala derecha del cero. El piloto japonés saltó su paracaídas abriéndose contra el cielo azul de Formosa.

 “Te debía una, Carlos”, dijo Samano por la radio. Me alegro de que siempre pagues tus deudas”, respondió Garduño, riendo a pesar de la adrenalina. Los seis P47 completaron su misión bombardeando instalaciones portuarias y hundiendo dos buques de transporte japoneses antes de regresar a base. Esta acción le valió al escuadrón 2011 una mención presidencial de la República de Filipinas, uno de los más altos honores que podían recibir.

 El clima se convirtió en otro enemigo implacable durante la temporada de monzones. Las tormentas tropicales podían surgir de la nada, convirtiendo un cielo despejado en una trampa mortal en cuestión de minutos. El 16 de julio, los capitanes Alfonso Garduño Núñez y Héctor Espinoza Galván, junto con el teniente José Espinoza Fuentes, se vieron atrapados en una de estas tormentas mientras regresaban de una misión sobre el norte de Luzón.

Base Clark, aquí Azteca líder radió Garduño. Visibilidad cero. Solicitamos vectores de aproximación. La estación de radar de Clarfield intentó guiarlos, pero la tormenta interfería con los equipos. Los tres P47 volaban prácticamente a ciegas con el combustible disminuyendo rápidamente. “Debemos subir sobre la tormenta”, sugirió Espinoza.

 Negativo, respondió Garduño. No tenemos combustible para eso. Seguiremos la costa y buscaremos un claro. La decisión salvó dos vidas. Garduño logró encontrar un espacio entre las nubes y guió a Espinoza hacia Clarkfield. Pero Espinoza Fuentes no tuvo la misma suerte. Su Thunderbolt se quedó sin combustible mientras intentaba seguirlos.

 logró realizar un amerizaje controlado, pero las olas de 3 m hacían casi imposible el rescate. Para cuando los buques de salvamento llegaron a la última posición conocida del piloto, solo encontraron restos del avión. El teniente José Espinoza Fuentes se convirtió en el segundo piloto del escuadrón 2011 perdido en combate. A estas alturas, el escuadrón había desarrollado una reputación legendaria.

Los pilotos mexicanos eran conocidos por su agresividad en el ataque y su precisión en el bombardeo. Los japoneses comenzaron a referirse a ellos como los demonios tricolores por las insignias verdes, blancas y rojas pintadas en los timones de dirección de sus aviones. El 6 de agosto de 1945, mientras el Escuadrón 2011 se preparaba para otra serie de misiones sobre Formosa, una noticia sacudió al mundo.

Estados Unidos había lanzado un nuevo tipo de bomba de poder inimaginable sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días después, otra bomba caía sobre Nagasaki. El 15 de agosto, el emperador Giro anunciaba la rendición de Japón, aunque la firma formal del acta de capitulación no tendría lugar hasta el 2 de septiembre a bordo del acorazado USS Missouri.

Para el escuadrón 2011, la guerra terminaba de forma abrupta. Su última misión completa como unidad tuvo lugar el 26 de agosto escoltando un convoy en el norte de Filipinas. Los P47 volaron en formación perfecta. Sus pilotos conscientes de que estaban escribiendo la última página de su participación en la guerra.

 Durante sus 5 meses de operaciones, el Escuadrón2011 había completado 96 misiones de combate, acumulando más de 1900 horas de vuelo de guerra. Habían lanzado 957 bombas de 1000 libras y 500 de 500 libras, y disparado más de 166,000 cartuchos de ametralladora. Según los informes oficiales, el escuadrón había sido responsable de poner fuera de acción a 30,000 soldados japoneses y la destrucción de numerosas instalaciones militares enemigas.

Todo esto a un costo de cinco vidas. Los pilotos Fausto Vega Santander, José Espinoza Fuentes y otros tres que se perdieron durante el entrenamiento. Antes de regresar a México, el escuadrón quiso dejar un recuerdo permanente de su paso por Filipinas. El 25 de septiembre, en una emotiva ceremonia, inauguraron un monumento a sus compañeros caídos.

Diseñado por el piloto Miguel Moreno Arreola y construido con la ayuda de 10 miembros del escuadrón, el monumento mostraba un águila con las alas extendidas, protegiendo los nombres de aquellos que no regresarían. Durante la ceremonia, un anciano filipino se acercó al coronel Cárdenas Rodríguez. Gracias por venir desde tan lejos para ayudarnos a recuperar nuestra libertad, dijo en un español con acento.

 Nunca olvidaremos a México ni a sus águilas. El 23 de octubre de 1945, los integrantes de la FAMEM abordaron el buque SIA Marlin en Manila. Después de tres semanas de navegación arribaron a San Pedro, California, el 13 de noviembre. El coronel Cárdenas, el teniente Amadeo Castro, el subteniente Guillermo García y el subteniente José Luis Prat volaron directamente desde Tokio, donde habían sido recibidos por el general McArthur, quien elogió la participación mexicana en el teatro del Pacífico. El 18 de noviembre de 1945,

el Escuadrón 2011 regresó triunfalmente a la Ciudad de México. Miles de personas abarrotaron las calles para recibir a sus héroes. Desde el aeropuerto militar de Valbuena hasta el Zócalo, la comitiva avanzó entre vítores y aplausos. En la plaza de la Constitución, el presidente Ávila Camacho los esperaba para recibir de manos del coronel Cárdenas la misma bandera que les había entregado al partir.

 “Señor presidente”, dijo Cárdenas cuadrándose marcialmente. “La fuerza aérea expedicionaria mexicana cumplió su misión. Le devolvemos esta bandera limpia y honrada con la sangre de nuestros hermanos caídos. Ávila Camacho, visiblemente emocionado, respondió: “México los recibe con orgullo. Han escrito con valor y sacrificio una página brillante en nuestra historia.

 Su haaña quedará como ejemplo para las generaciones futuras de mexicanos. Todos los integrantes del Escuadrón 2011 fueron ascendidos un grado y condecorados con la legión de honor mexicana. También recibieron medallas estadounidenses por eficiencia y servicio y la medalla de la liberación de la República Filipina. El coronel Cárdenas y el capitán Gaxiola recibieron además la legión al mérito de los Estados Unidos.

 Después de la guerra, los miembros del Escuadrón 2011 tomaron diferentes caminos. Algunos continuaron sus carreras militares. Cinco de los pilotos llegaron a ser generales de la Fuerza Aérea Mexicana. Otros volvieron a la vida civil convirtiéndose en pilotos comerciales, empresarios o educadores. Pero todos llevaron consigo el orgullo de haber servido a su patria en el momento más crítico del siglo XX.

 Con el paso de los años, la memoria del Escuadrón 2011 se fue desvaneciendo en la conciencia nacional. A pesar del monumento erigido en el bosque de Chapultepec y de que una colonia y estación de metro en la ciudad de México llevan su nombre, para muchas generaciones posteriores su hazaña quedó reducida a una mención breve en los libros de texto.

 Sin embargo, para comprenderla México moderno es fundamental entender lo que significó el Escuadrón 2011. Su participación en la Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en la política exterior mexicana, estableciendo una postura de compromiso con la paz internacional. Económicamente, la colaboración con los aliados impulsó la industrialización del país y fortaleció las relaciones comerciales con Estados Unidos que persisten hasta hoy.

 Pero quizás el legado más importante fue demostrar que México podía participar con dignidad en el escenario mundial. Las águilas aztecas probaron que el valor, la disciplina y el profesionalismo no son exclusivos de las grandes potencias. Un pequeño escuadrón de un país en desarrollo con recursos limitados, pero corazón ilimitado, ganó el respeto de aliados y enemigos por igual.

 Como dijo el teniente Carlos Garduño Núñez, uno de los últimos sobrevivientes del escuadrón, en una entrevista poco antes de su muerte, no fuimos a la guerra buscando gloria personal. Fuimos porque creíamos en la libertad y la dignidad humana. El escuadrón 2011 demostró que México tiene un lugar en la construcción de un mundo mejor.

 Ese es nuestro verdadero legado. Hoy, al recordar la epopya del Escuadrón 2011, honramos nosolo a aquellos 300 valientes que cruzaron el Pacífico para combatir la tiranía, sino también los valores que representaron coraje ante la adversidad, sacrificio por un ideal mayor, hermandad más allá de las fronteras y el inquebrantable espíritu mexicano que cuando se le llama a la acción responde con determinación y honor.

Las águilas aztecas se elevaron sobre las nubes de la guerra y regresaron para contar su historia. Una historia que, como la de todos los grandes héroes, debe ser recordada no como una reliquia del pasado, sino como una inspiración viva para el futuro de México y del mundo. Si te gustó esta historia, deja tu like, suscríbete al canal Misión 2011 de Reci y comparte este video para que más mexicanos conozcan el legado de nuestros héroes.

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