El Banquete de los 11 Hacendados: La Noche Misteriosa del Caserón de Puebla, 1873

En la madrugada del 23 de octubre de 1873, 11 de los ascendados más poderosos de Puebla se reunieron en el caserón de la hacienda San Jerónimo para un banquete que jamás debería haber existido. Lo que ocurrió esa noche desafió todas las leyes humanas y divinas, convirtiéndose en el secreto más oscuro que estas tierras mexicanas han guardado.
Los documentos que revelan la verdad permanecieron ocultos durante 150 años, hasta que un historiador descubrió en los archivos parroquiales de Cholula una confesión escrita con sangre. Cada palabra de esa confesión te helará la sangre. Porque lo que estos hombres hicieron no solo cambió el destino de cientos de personas esclavizadas, sino que desató una maldición que persigue a sus descendientes hasta hoy.
Prepárate, porque lo que estás a punto de descubrir sobre la esclavitud en México del siglo XIX no tiene vuelta atrás. Pero antes de revelarte los detalles más perturbadores de esta historia, quiero pedirte algo importante. Si es la primera vez que me ves o si ya sigues mi contenido, pero aún no te has suscrito, este es el momento perfecto para hacerlo.
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Ahora sí, prepárate para conocer los secretos más oscuros del México colonial. Inicio de la historia principal. Todo comenzó tres décadas antes de esa noche cuando México aún luchaba por definir su identidad tras la independencia. Aunque oficialmente la esclavitud había sido abolida en 1829, la realidad en las haciendas del centro del país era completamente diferente.
En Puebla, Tlaxcala y los estados circundantes, un sistema de peonaje por deudas mantenía a miles de trabajadores en condiciones que diferían poco de la esclavitud colonial. Pero existía algo más siniestro, una red clandestina de ascendados. que había encontrado la manera de mantener personas en esclavitud absoluta, utilizando documentos falsificados y complicidades eclesiásticas que les permitían operar en las sombras de la legalidad mexicana.
La Hacienda San Jerónimo, propiedad de don Anastasio Mendoza y Villareal, se había convertido en el epicentro de esta red ilegal ubicada a 15 km de la ciudad de Puebla. Esta propiedad de más de 5,000 haáreas cultivaba principalmente caña de azúcar y algodón, utilizando mano de obra que oficialmente aparecía como peones endeudados, pero que en realidad eran personas compradas y vendidas como mercancía humana.
Mendoza había establecido contactos con traficantes que operaban desde el Golfo de México, específicamente desde el puerto de Veracruz, donde aún llegaban embarcaciones clandestinas con personas capturadas en las costas africanas. Francisco Olumide, un hombre de 32 años originario de lagos en el territorio Yoruba, había sido capturado en 1867 durante una de las últimas expediciones negreras que llegaron a costas mexicanas.
Su travesía en el barco Santa Eulalia duró 43 días infernales, durante los cuales murieron 123 de las 300 personas que viajaban encadenadas en la bodega. Francisco llegó a Veracruz pesando apenas 40 kg con cicatrices en las muñecas que nunca desaparecerían y hablando únicamente yoruba, una lengua que sus captores consideraban diabólica por su sonoridad tonal.
En el mercado clandestino de esclavos que operaba en los almacenes del puerto veracruzano, Francisco fue comprado por 600 pesos de plata por un intermediario que trabajaba para la red de Mendoza. Durante 6 años trabajó en los Cañaverales de San Jerónimo bajo condiciones que desafiaban cualquier descripción humana.
Jornadas de 18 horas bajo el sol abrasador poblano, alimentación limitada a tortillas rancias y frijoles hervidos y castigos físicos que incluían azotes públicos cada viernes en el patio central de la hacienda. Pero Francisco guardaba un secreto que sus captores jamás sospecharon. Había sido Babalaguo en su tierra natal, un sacerdote de Ifá, con conocimientos profundos sobre hierbas medicinales y rituales ancestrales que le permitían mantener viva la esperanza entre los otros cautivos.
Rosa Yabo, una mujer de 26 años originaria de Benín, había llegado a San Jerónimo por una ruta aún más tortuosa. Capturada durante una racía francesa en las costas del Golfo de Guinea en 1869, fue vendida primero a traficantes españoles en Cuba, donde trabajó durante 2 años en el ingenio La esperanza en Matanzas. Cuando las autoridades cubanas comenzaron a intensificar las inspecciones antiesclavistas, los propietarios del ingenio decidieron vender discretamente a varios de sus trabajadores a contactos en México.
Rosa fue embarcada clandestinamente en elpuerto de la Habana, junto con 12 personas más escondidas en barriles modificados durante una travesía de 5 días hasta Veracruz. Su llegada a la Hacienda San Jerónimo marcó un punto de inflexión en la resistencia de los cautivos. Rosa había aprendido español durante su tiempo en Cuba y conocía técnicas de cultivo que impresionaron incluso a los capataces mexicanos.
Pero más importante aún, había mantenido contacto con redes de cimarrones cubanos que le enseñaron métodos de comunicación secreta y organización clandestina. En las noches, cuando los vigilantes dormían embriagados por el pulque, Rosa enseñaba a otros cautivos canciones en fon que contenían mapas codificados de rutas de escape y técnicas de supervivencia en territorios hostiles.
José Mukongo, un hombre de 41 años del reino de Congo, había llegado a México por una ruta completamente diferente. Capturado en las cercanías de Luanda en 1865, fue transportado inicialmente a Brasil, donde trabajó durante 3 años en las plantaciones de café de San Paulo. Cuando Brasil comenzó a aplicar más estrictamente las leyes abolicionistas, los facendeiros paulistas establecieron acuerdos secretos con ascendados mexicanos para trasladar discretamente a trabajadores que consideraban problemáticos por su tendencia a
organizar revueltas. José había liderado dos intentos de fuga en Brasil y era conocido por su habilidad para fabricar herramientas y armas rudimentarias. utilizando materiales aparentemente inofensivos. Su traslado a México se realizó a través de una compleja red de contrabandistas que operaba desde el puerto de Santos hasta Acapulco, utilizando barcos mercantes que oficialmente transportaban café y especias.
José llegó a San Jerónimo en enero de 1871 y desde el primer día identificó las debilidades del sistema de vigilancia de la hacienda. Durante dos años trabajó aparentemente de manera sumisa en la herrería de la propiedad, donde reparaba herramientas agrícolas y herraba los caballos de los patrones, pero en secreto estaba fabricando cuchillos, punzones y pequeñas hachas que ocultaba en los cimientos de la fragua, preparándose para el momento adecuado de actuar.
La red de resistencia que se había formado en San Jerónimo incluía también a personas nacidas en México, pero mantenidas en esclavitud a través de documentos fraudulentos. María Schitle, una mujer otomíaria de Xmikilpan, había sido secuestrada junto con sus tres hijos durante una de las incursiones que los ascendados organizaban en comunidades indígenas aisladas.
Oficialmente ella y su familia aparecían como deudores voluntarios que habían aceptado trabajar en la hacienda para pagar préstamos inexistentes. Pero la realidad era que llevaban 5 años trabajando sin recibir un solo peso de salario y bajo constante amenaza de muerte se intentaban escapar. María se había convertido en la enlace secreta entre los cautivos africanos y los trabajadores mexicanos que simpatizaban con su causa.
Su conocimiento del territorio poblano y su capacidad para moverse libremente por la hacienda durante sus labores de lavandería le permitían coordinar comunicaciones entre diferentes grupos de resistencia. Además, su dominio de otomí nawatle y español la convertía en una traductora invaluable para planificar acciones conjuntas entre personas de orígenes completamente diversos.
El sistema de control de la hacienda San Jerónimo era supervisado por el capataz principal Eustaquio Ramírez, un hombre brutal de 47 años que había aprendido técnicas de dominación durante sus años como vigilante en las minas de plata de Taxco. Ramírez había desarrollado un sistema de castigos psicológicos que incluía separar a las familias, prohibir cualquier práctica religiosa no católica y organizar espectáculos públicos donde torturaba a quienes consideraba líderes potenciales de revueltas.
Sus métodos eran tan efectivos que otros ascendados de la región pagaban por consultar sus técnicas de pacificación. Pero Ramírez desconocía que su propio asistente, un mestizo llamado Silberio Aguilar, había comenzado a simpatizar con los cautivos después de presenciar el asesinato de un niño de 12 años por intentar robar una tortilla.
Silberio tenía acceso a la correspondencia de Mendoza y había descubierto que la red de esclavistas incluía a personalidades prominentes de la sociedad poblana, incluyendo dos sacerdotes, un juez, un comandante militar y varios comerciantes que aparentaban ser ciudadanos respetables. La información que Silverio compartía secretamente con los líderes de la resistencia reveló que los 11 ascendados que se reunirían en el banquete del 23 de octubre habían planificado una expansión masiva de sus operaciones.
Los documentos interceptados mostraban que tenían acuerdos para recibir 13 embarques más de personas capturadas en África, con un total de casi 500 personas que serían distribuidas entrelas haciendas de Puebla, Tlaxcala y el sur del Estado de México. Pero más perturbador aún, los documentos revelaban que habían establecido contactos con grupos similares en Guatemala y Honduras para crear una red centroamericana de tráfico humano que operaría hasta bien entrada la década de 1880.
La planificación de la resistencia se intensificó cuando Francisco Olumide tuvo una visión durante una ceremonia nocturna de Ifá que realizó en secreto en las ruinas de una capilla abandonada dentro de la hacienda. Según le reveló a Rosa y a José, los orillas le habían mostrado que la noche del banquete sería el momento perfecto para actuar, cuando los ascendados estarían reunidos y la mayoría de los capataces estarían embriagados celebrando con sus patrones.
La visión incluía detalles específicos sobre cómo utilizar las propias copas de los ascendados para administrarles una justicia que ellos nunca olvidarían. Rosa Yabó comenzó a preparar una mezcla de hierbas que había aprendido a utilizar durante su tiempo en Cuba. La combinación incluía extractos de plantas locales mexicanas como el toloache y la hierba del mezcladas con semillas de plantas africanas que había logrado cultivar secretamente en una parcela oculta detrás de las letrinas.
Esta preparación no mataría inmediatamente a quienes la consumieran, pero les provocaría visiones terroríficas y una gradual pérdida de control mental que los llevaría a confesar públicamente sus crímenes antes de morir en agonía durante varios días. José Mukongo se encargó de la parte logística del plan.
Durante sus años trabajando en la herrería, había mapeado cada entrada y salida del caserón principal, identificado las habitaciones donde los hacendados almacenaban sus documentos más comprometedores y localizado el cofre donde Mendoza guardaba el dinero en efectivo que utilizaba para pagar sobornos y comprar nuevos cautivos.
El plan incluía no solo envenenar a los ascendados, sino también apoderarse de todos los documentos que probaran la existencia de la red y distribuir el dinero entre las familias de los cautivos para que pudieran escapar y establecerse en lugares seguros. María Shitel coordinó la participación de los trabajadores mexicanos simpatizantes que incluían no solo a Silverio Aguilar, sino también a dos cocineras, un mozo de cuadra y tres campesinos que trabajaban en los campos de maíz.
Su papel sería crucial para garantizar que la mezcla venenosa llegara exactamente a las copas correctas, sin afectar a ninguna persona inocente y para crear diversiones que mantuvieran ocupados a los capataces durante las horas críticas de la operación. Pero lo que ninguno de los conspiradores sabía era que sus planes habían sido parcialmente descubiertos por el padre Ignacio Verastegui, el capellán de la hacienda, quien había notado movimientos extraños durante las noches y había comenzado a sospechar que se estaba organizando algún tipo de
revuelta. Sin embargo, lejos de alertar a Mendoza, el padre Verasteguí había comenzado su propia investigación secreta sobre las actividades ilegales de la hacienda, motivado por una crisis de conciencia que lo atormentaba desde achasía meses. Verastegui había llegado a San Jerónimo 3 años antes, enviado por el obispado poblano, con la misión oficial de proporcionar educación cristiana a los trabajadores de la hacienda.
Pero desde sus primeras semanas había sido testigo de atrocidades que contradecían todo lo que había aprendido sobre la caridad cristiana. Había visto azotes que dejaban a trabajadores al borde de la muerte. Había oficiado entierros de niños que morían de desnutrición. Y había escuchado confesiones de capataces que describían actos de violencia sexual sistemática contra mujeres cautivas.
Durante meses, Verastegui había intentado convencerse de que su papel era únicamente espiritual y que no debía interferir en los asuntos temporales de la hacienda. Pero su punto de ruptura llegó cuando fue obligado a bendecir los grilletes que se utilizaban para castigar a los trabajadores rebeldes. Una ceremonia que Mendoza había inventado para darle una justificación religiosa a sus métodos de tortura.
Esa noche Verastegui escribió en su diario personal, “Dios me perdone, pero creo que he estado sirviendo al demonio, creyendo que servía al Altísimo.” La investigación secreta de Verastegui lo llevó a descubrir documentos en el despacho de Mendoza que revelaban conexiones con obispos corruptos en Puebla, Ciudad de México y Guadalajara, quienes recibían donaciones sustanciales a cambio de proporcionar documentos eclesiásticos falsificados que legitimaban la compra y venta de personas.
Los documentos mostraban que la red de esclavistas tenía ramificaciones que llegaban hasta la capital del país con complicidades que incluían funcionarios del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. Cuando Verastegui se dio cuenta de que los cautivos estabanplaneando una acción para la noche del banquete, tomó una decisión que cambiaría el curso de los acontecimientos.
En lugar de alertar a Mendoza, decidió ayudar secretamente a los conspiradores, pero con una modificación crucial a su plan. Como tenía acceso directo al vino que se serviría durante la cena, propuso una alternativa que sería igualmente efectiva, pero que dejaría a los hacendados vivos el tiempo suficiente para que confesaran públicamente sus crímenes ante testigos que no podrían ser sobornados o silenciados.
La propuesta de Verastegi incluía utilizar una dosis menor del veneno preparado por Rosa, pero combinado con una sustancia que él había obtenido de un boticario de cholula, conocida como suero de la verdad, por su capacidad de eliminar las inhibiciones y hacer que las personas revelaran secretos que normalmente mantendrían ocultos.
El plan modificado garantizaría que los ascendados confesaran todos sus crímenes en presencia de invitados externos al círculo de complicidad, incluyendo dos comerciantes de la Ciudad de México y un cónsul francés que asistiría al banquete para negociar acuerdos comerciales. La noche del 22 de octubre, víspera del banquete maldito, Francisco Olumide realizó la última ceremonia de preparación espiritual en la capilla abandonada.
Invocó la protección de Ogun, el orilla de la guerra y la justicia y pidió a los ancestros que guiaran sus acciones para que la venganza fuera completa, pero no indiscriminada. Durante la ceremonia, Rosa, José y María participaron en un ritual de purificación que los prepararía mentalmente para lo que tendrían que hacer al día siguiente.
Rosa preparó la mezcla final de venenos y hierbas alucinógenas, siguiendo una receta que combinaba conocimientos yoruba, fon y aztecas sobre plantas de poder. La preparación requería ir viendo durante tres horas exactas mientras se recitaban cánticos específicos en tres idiomas diferentes, creando una sustancia de color dorado que sería indistinguible del vino de Jerez, que Mendoza había ordenado especialmente para la ocasión.
José completó la fabricación de las armas que utilizarían si el plan principal fallaba y necesitaban recurrir a la violencia directa. Había creado 11 cuchillos pequeños, pero mortalmente afilados, cada uno marcado con símbolos congoleses que representaban la liberación de las cadenas. Además, había preparado antorchas especiales que podrían utilizarse para incendiar simultáneamente los archivos de la hacienda y crear la confusión necesaria para que los cautivos escaparan en la oscuridad.
María Schochitl se encargó de coordinar las rutas de escape y los puntos de encuentro donde los fugitivos se reagruparían después de completar su misión. Había identificado una red de cuevas en las montañas cercanas a Cholula, donde podrían ocultarse durante varios días, y había establecido contactos con comunidades otomíes en Hidalgo, que estarían dispuestas a proporcionar refugio temporal a las familias que necesitaran desaparecer permanentemente de la región.
El padre Verastegui pasó la noche en oración, no pidiendo perdón por lo que estaba a punto de hacer, sino pidiendo fortaleza para llevarlo a cabo sin flaquear en el momento decisivo. Había decidido que después del banquete, sin importar el resultado, confesaría todo al obispo de Puebla y aceptaría cualquier castigo que la Iglesia considerara apropiado.
Pero antes de eso tenía la obligación moral de asegurar que la justicia divina se cumpliera en la tierra. La mañana del 23 de octubre amaneció con una neblina inusualmente densa que cubría toda la hacienda, un fenómeno que Francisco interpretó como una señal favorable de los orillas. Los preparativos para el banquete comenzaron temprano con una actividad febril en las cocinas, donde las cocineras cómplices preparaban platillos elaborados que servirían para disimular cualquier sabor extraño que pudiera tener el vino envenenado. Los 11
ascendados comenzaron a llegar al mediodía, cada uno acompañado por un pequeño séquito que incluía guardaespaldas, secretarios y capataces de confianza. Anastasio Mendoza recibió a sus invitados en el patio principal de la hacienda, donde había mandado instalar mesas largas decoradas con manteles de lino importado de Francia y vajillas de porcelana, que había pertenecido al virrey de Nueva España.
El primero en llegar fue don Baltasar Echeverría, propietario de la hacienda Santa Bárbara en Tlaxcala, que utilizaba principalmente trabajo esclavo para sus plantaciones de tabaco. Echeverría desarrollado métodos particularmente crueles para quebrar la voluntad de resistencia de los cautivos, incluyendo la práctica de marcar con hierro candente a quienes intentaban escapar.
Su hacienda era conocida en toda la región por tener la tasa baja de fugas, pero también la tasa más alta de muertes por accidentes laborales. Don Crescencio Villalobos llegó pocodespués desde su hacienda San Miguel Arcángel en el sur de Puebla, donde combinaba la producción de caña de azúcar con una operación secreta de cría de ganado que utilizaba como cobertura para el tráfico de personas.
Villalobos había establecido acuerdos con ganaderos de Texas y Nuevo México para intercambiar trabajadores especializados por ganado. Una operación que le permitía mover cautivos a través de las fronteras sin levantar sospechas. Don Hermenildo Sánchez Navarro, terrateniente de una hacienda cerca de Cholula, había desarrollado la especialidad de domesticar a trabajadores rebeldes utilizando técnicas que había aprendido durante sus años como oficial en las campañas militares contra los apaches.
Su método incluía aislar completamente a los líderes potenciales, privarlos de sueño durante semanas y obligarlos a presenciar torturas aplicadas a otros cautivos hasta que su espíritu quedaba completamente quebrado. La llegada de don Policarpo Ruiz de la Vega causó una conmoción particular entre los cautivos que observaban secretamente desde las ventanas de los establos.
Ruiz de la Vega era conocido por mantener un arén de mujeres jóvenes en su hacienda La Purísima Concepción, a quienes mantenía encerradas en habitaciones especiales y utilizaba no solo para su gratificación personal, sino también para entretener a invitados importantes y socios comerciales. Su llegada iba acompañada por dos mujeres muy jóvenes que mantenía encadenadas discretamente y que presentaba como sus doncellas personales.
Don Benustiano Carrasco, propietario de minas de plata en la región de Zacatlán, había perfeccionado el uso de trabajo esclavo en operaciones mineras, donde las condiciones eran tan letales que la expectativa de vida de un trabajador no superaba los 18 meses. Carrasco había calculado que era más rentable comprar trabajadores nuevos constantemente que invertir en mejorar las condiciones de seguridad en sus minas.
una filosofía que había adoptado también otros ascendados del grupo. La llegada de don Saturnino Pérez de Salazar desde su hacienda en Tlaxcala marcó un momento de tensión particular porque traía consigo a su hijo adolescente Rodrigo, quien no estaba al tanto de las actividades clandestinas de su padre. Los conspiradores se dieron cuenta de que tendrían que modificar su plan para asegurar que el joven no fuera afectado por el veneno.
Una complicación que requirió comunicación de último minuto entre los participantes. Don Teodoro Lascurain, hacendado de Atlixco, especializado en el cultivo de algodón, había desarrollado una red de distribución que llevaba productos elaborados con trabajo esclavo hasta los mercados de Nueva Orleans, utilizando rutas comerciales que oficialmente transportaban únicamente materias primas legítimas.
Su operación incluía la falsificación de certificados de origen que permitían que productos elaborados con trabajo esclavo fueran vendidos en mercados donde la esclavitud había sido abolida. La llegada de don Evaristo Montes de Ocaquetud incluso entre los otros hacendados, porque era conocido por sus experimentos con nuevas formas de control psicológico que incluían el uso de drogas para mantener a los trabajadores en estados de sumisión permanente.
Montes de Oca había establecido contactos con médicos militares que le proporcionaban sustancias experimentales a cambio de reportes sobre sus efectos en sujetos humanos. Don Nemesio Torres Adalid llegó acompañado por un séquito particularmente numeroso que incluía a su contador personal, quien llevaba los registros detallados de todas las transacciones de compra y venta de personas que el grupo había realizado durante los últimos 5 años.
Estos registros serían cruciales para los conspiradores porque contenían información que podría utilizarse para desmantelar completamente la red y liberar a cautivos en otras haciendas. El último en llegar fue don Tranquilino Esperón, cuya hacienda San José de los Llanos servía como centro de distribución para toda la operación.
Esperón había establecido acuerdos con funcionarios portuarios en Veracruz que le permitían recibir mercancía especial sin inspecciones aduaneras y mantenía instalaciones especializadas para acondicionar a personas recién llegadas antes de distribuirlas entre los otros ascendados.
Cuando todos los invitados estuvieron reunidos, Mendoza organizó un recorrido por las instalaciones modelo de su hacienda, donde los cautivos habían sido instruidos para actuar como trabajadores contentos y bien tratados. Este teatro macabro incluía canciones ensayadas, demostraciones de habilidades artesanales y testimonios preparados sobre la generosidad y paternalismo del patrón.
Los conspiradores utilizaron este recorrido para hacer los últimos ajustes a su plan y confirmar las posiciones de todos los participantes. Durante el recorrido, Francisco Olumide fue presentado como un ejemplo detrabajador rehabilitado que había aprendido a apreciar los beneficios de la vida civilizada. Cuando Mendoza le pidió que hablara sobre su gratitud hacia la hacienda, Francisco respondió en un español perfectamente articulado que había aprendido durante sus años de cautiverio.
Señor, cada día doy gracias por haber llegado a este lugar, porque aquí he aprendido el verdadero valor de la libertad. Las palabras tenían un doble significado que solo los otros conspiradores pudieron apreciar completamente. Rosa Yabó fue presentada como supervisora de las otras mujeres trabajadoras y cuando los hacendados comentaron sobre su docilidad y eficiencia, ella respondió con una sonrisa que ocultaba años de planificación para venganza.
Los señores pueden estar seguros de que todas nosotras sabemos exactamente lo que debemos hacer. Nuevamente sus palabras contenían significados que los hacendados no pudieron captar, pero que resonaron profundamente entre los cautivos presentes. José Mukongo fue exhibido como el mejor herrero de toda la región y cuando los ascendados examinaron las herramientas que había fabricado, no se dieron cuenta de que estaban sosteniendo en sus manos armas que podrían utilizarse contra ellos esa misma noche.
José había grabado discretamente símbolos africanos de poder en cada herramienta, invocando la protección de los ancestros para la batalla que se avecinaba. A medida que la tarde avanzaba hacia la noche, los invitados se trasladaron al comedor principal del caserón, donde las mesas habían sido preparadas con una opulencia que contrastaba brutalmente con las condiciones en las que vivían los cautivos.
El menú incluía platillos elaborados con ingredientes importados, pavo relleno con castañas francesas, jamón ibérico, vinos de jerez y borgoña, quesos holandeses y postres preparados con azúcar refinada de Cuba. El padre Verastegui bendijo la mesa con una oración que incluía peticiones especiales por la justicia divina y la revelación de la verdad.
Palabras que los hacendados interpretaron como formalidades religiosas rutinarias, pero que en realidad constituían invocaciones directas para el éxito de la conspiración. Durante la bendición, Verastegui hizo contacto visual con cada uno de los conspiradores, confirmando silenciosamente que estaba listo para proceder con el plan.
La conversación durante la cena reveló sobre la expansión planificada de la red de esclavistas, que horrorizaron incluso a quienes ya conocían la magnitud de la operación. Mendoza anunció que habían establecido acuerdos contratantes de esclavos en Brasil para importar trabajadores especializados que habían desarrollado resistencia a enfermedades tropicales, una referencia a personas que habían sobrevivido a las condiciones brutales de las plantaciones brasileñas y que serían especialmente valiosas para trabajos en climas difíciles.
Cheverría reveló que había establecido contactos con autoridades militares estadounidenses en Texas para desarrollar un programa de intercambio de prisioneros políticos que en realidad sería una cobertura para el tráfico de personas entre México y Estados Unidos. El plan incluía la creación de campos de trabajo en la frontera, donde personas capturadas, enredadas contra comunidades indígenas, serían procesadas antes de ser distribuidas entre haciendas en ambos lados de la frontera.
Villalobos describió sus planes para establecer una escuela de entrenamiento donde niños capturados en comunidades rurales serían educados para convertirse en trabajadores especializados en diferentes oficios. La educación incluía técnicas de control mental diseñadas para eliminar completamente cualquier memoria de sus familias y orígenes, creando una generación de trabajadores que no tendrían ningún punto de referencia fuera del sistema de Haciendas.
Mientras los ascendados discutían estos planes diabólicos, las cocineras cómplices comenzaron a servir el vino envenenado, utilizando un sistema de códigos basado en la posición de las copas, que garantizaba que cada ascendado recibiera exactamente la dosis que Rosa había calculado. El vino tenía un sabor ligeramente amargo que fue atribuido a su carácter añejo y complejidad buqué, términos que Mendoza utilizó para impresionar a sus invitados con su supuesto conocimiento enológico.
El efecto del veneno comenzó a manifestarse gradualmente, empezando con una sensación de euforia que inicialmente fue interpretada como el resultado natural del alcohol y la buena comida. Los hacendados se sintieron más locuaces y confiados, comenzando a revelar detalles sobre sus operaciones que normalmente habrían mantenido en secreto incluso entre ellos.
La sustancia preparada por Rosa estaba diseñada para eliminar las inhibiciones progresivamente, haciendo que las víctimas revelaran información cada vez más comprometedora, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo. Sánchez Navarro fue el primeroen comenzar a hablar sobre métodos específicos de tortura, describiendo con detalles gráficos cómo había desarrollado técnicas para quebrar la resistencia psicológica de trabajadores rebeldes.
Sus descripciones incluían el uso de privación sensorial, manipulación de los ciclos de sueño y la aplicación de dolor físico calibrado para maximizar el sufrimiento sin causar daños que redujeran la capacidad de trabajo. Ruiz de la Vega comenzó a fanfarronear sobre su colección de mujeres jóvenes, describiendo cómo las había adquirido y los métodos que utilizaba para mantenerlas sumisas.
Sus revelaciones incluían detalles sobre una red de secuestro que operaba en orfanatos y conventos, donde sobornaba a autoridades religiosas para obtener acceso a niñas huérfanas que posteriormente desaparecían de los registros oficiales. Carrasco reveló información detallada sobre las condiciones en sus minas, incluyendo el uso de niños de tan solo 8 años para trabajos en túneles especialmente estrechos donde los adultos no podían acceder.
describió cómo había calculado matemáticamente la cantidad mínima de comida necesaria para mantener a los trabajadores vivos el tiempo suficiente para que fueran rentables. Una fórmula que había compartido con otros empresarios mineros de la región. A medida que la noche avanzaba y los efectos del veneno se intensificaban, los ascendados comenzaron a experimentar alucinaciones que los hacían revivir vívidamente los sufrimientos que habían causado a sus víctimas.
Pérez de Salazar comenzó a gritar que podía ver a todos los niños que habían muerto en sus plantaciones y que estaban rodeando la mesa exigiendo justicia. Sus gritos aterrorizaron a su hijo Rodrigo, quien había sido protegido del veneno, pero no podía entender lo que estaba presenciando. Montes de Oca comenzó a confesar experimentos médicos que había realizado en cautivos, incluyendo amputaciones innecesarias realizadas sin anestesia para estudiar la resistencia al dolor en diferentes grupos raciales.
Sus confesiones revelaron una red de médicos corruptos que colaboraban en estos experimentos a cambio de acceso a sujetos de prueba para sus propias investigaciones. Torres Adalid, en medio de alucinaciones terroríficas, comenzó a leer en voz alta desde su libro de contabilidad, revelando nombres, fechas y montos de todas las transacciones de compra y venta de personas que el grupo había realizado.
La información incluía conexiones con funcionarios gubernamentales de alto nivel que recibían sobornos regulares para mantener silencio sobre las operaciones ilegales. Perón, aterrorizado por visiones de barcos negreros que navegaban por el aire del comedor, describió en detalle las rutas de tráfico que había establecido, incluyendo códigos secretos utilizados en la correspondencia, ubicaciones de almacenes clandestinos en varios puertos y nombres de capitanes de barco que colaboraban transportando carga especial sin hacer preguntas. El
padre Verastegui, quien había permanecido sobrio durante toda la noche, comenzó a transcribir meticulosamente todas las confesiones que estaba escuchando, creando un documento que serviría como evidencia irrefutable de los crímenes del grupo. Su entrenamiento como escriba eclesiástico le permitía tomar notas detalladas mientras aparentaba simplemente bendecir a los agonizantes ascendados.
Los invitados externos al círculo de complicidad, los dos comerciantes de Ciudad de México y el cónsul francés, inicialmente pensaron que estaban presenciando algún tipo de representación teatral elaborada, pero gradualmente se dieron cuenta de que las confesiones que estaban escuchando eran reales. El cónsul francés, quien tenía experiencia en investigaciones criminales, comenzó a tomar sus propias notas, reconociendo que estaba siendo testigo de evidencia que podría utilizarse en tribunales internacionales.
Mientras los ascendados agonizaban bajo los efectos del veneno, revelando secretos que habían guardado durante décadas, Francisco Olumide apareció en el comedor acompañado por Rosa, José y María. Su presencia no causó alarma inicial porque los ascendados estaban demasiado afectados por las alucinaciones para procesar completamente lo que estaba ocurriendo.
Pero gradualmente algunos comenzaron a reconocer a las personas a quienes habían torturado durante años. Francisco se dirigió directamente a Mendoza, quien yacía retorciéndose en el suelo mientras murmuraba nombres de personas que había asesinado personalmente. En Yoruba, Francisco pronunció una maldición ancestral que condenaba a Mendoza y a todos sus descendientes a experimentar el mismo sufrimiento que habían causado a otros.
Luego, cambiando al español declaró: “Anastio Mendoza, en nombre de todos los hermanos y hermanas que murieron bajo tu látigo, en nombre de todos los niños que separaste de sus madres, en nombre de todos los que nuncaconocieron la libertad por tu culpa, yo te condeno a llevar sus cadenas en el más allá.
” Rosa yabó se acercó a Ruiz de la Vega, quien había comenzado a alucinar que las mujeres de su colección lo rodeaban exigiendo venganza. En F, Rosa pronunció palabras que invocaban a los espíritus de todas las mujeres que habían sufrido violencia sexual en las haciendas, pidiendo que sus almas atormentaran eternamente a quienes las habían victimizado.
Sus palabras tenían un poder que trascendía el idioma y Ruiz de la Vega comenzó a gritar que podía sentir garras invisibles desgarrando su cuerpo. José Mucongo confrontó a Carrasco, quien deliraba sobre montañas de cadáveres en sus minas. En Quikongo, José invocó la protección de los ancestros para todos los niños que habían muerto en la oscuridad subterránea y declaró que Carrasco experimentaría la claustrofobia y el terror de estar enterrado vivo por toda la eternidad.
Sus palabras parecían materializarse físicamente, porque Carrasco comenzó a arañar desesperadamente el aire como si estuviera tratando de salir de un túnel que se colapsaba sobre él. María Shochitl habló en otomí a todos los ascendados simultáneamente, pronunciando una maldición que conectaba sus destinos con la tierra que habían profanado con sangre inocente.
declaró que nunca encontrarían descanso en la muerte, que sus espíritus vagarían eternamente por las haciendas donde habían cometido sus crímenes, y que cada generación de sus descendientes pagaría por los pecados de sus antepasados hasta que la última gota de sangre derramada fuera vengada. Los efectos del veneno alcanzaron su punto máximo cerca de la medianoche, cuando los asendados comenzaron a experimentar convulsiones que los hacían revivir físicamente el dolor que habían causado a otros.
Echeverría se retorcía como si estuviera siendo azotado, gritando que podía sentir cada golpe que había ordenado administrar durante sus años como esclavista. Sus gritos describían vívidamente las sensaciones de la piel desgarrándose y los huesos fracturándose, experiencias que estaba reviviendo desde la perspectiva de sus víctimas.
Villalobos experimentaba la sensación de estar siendo marcado con hierros candentes repetidamente y su piel desarrolló lesiones que correspondían exactamente a los patrones de las marcas que él había ordenado aplicar a trabajadores fugitivos. Las quemaduras aparecían y desaparecían en ciclos, reproduciendo el proceso de cicatrización acelerada que le permitía experimentar el dolor inicial una y otra vez.
Sánchez Navarro deliraba que estaba encerrado en una celda de aislamiento que se hacía más pequeña cada hora, reviviendo el terror psicológico que había utilizado para quebrar la voluntad de resistencia de los cautivos. Sus gritos describían la claustrofobia extrema y la desesperación de no poder moverse, sensaciones que se intensificaban gradualmente hasta volverse insoportables.
Durante las horas finales de la agonía de los hacendados, el padre Verastegui completó la transcripción de todas sus confesiones y las organizó en un documento comprensivo que incluía nombres, fechas, ubicaciones y métodos utilizados por toda la red de esclavistas. El documento revelaba conexiones que se extendían desde Veracruz hasta la frontera con Estados Unidos e incluía evidencia de complicidad por parte de funcionarios eclesiásticos, militares y civiles en múltiples niveles del gobierno.
Los conspiradores utilizaron las horas restantes de la noche para acceder a todos los archivos personales de los hacendados, copiando documentos que proporcionarían evidencia adicional sobre la extensión de sus operaciones. José Mukongo forzó la caja fuerte de Mendoza, recuperando no solo el dinero en efectivo que sería utilizado para financiar las rutas de escape, sino también documentos que revelaban cuentas bancarias en Ciudad de México, Nueva Orleans y París, donde el grupo había depositado las ganancias de sus
actividades criminales. María Sochitl coordinó la liberación de todos los cautivos de la hacienda, distribuyendo armas, provisiones y mapas de rutas de escape que habían sido preparados durante meses de planificación. Los grupos de fugitivos fueron organizados según sus destinos planeados. Algunos se dirigirían hacia comunidades indígenas en las montañas de Hidalgo, otros hacia puertos del Golfo de México, donde podrían encontrar barcos que los llevarían de regreso a África, y un tercer grupo hacia la frontera norte,
donde comunidades de antiguos esclavos estadounidenses habían establecido asentamientos libres. Rosa Yabó se encargó de destruir sistemáticamente todos los instrumentos de tortura y control que habían sido utilizados en la hacienda, utilizando el fuego purificador para eliminar cualquier vestigio físico del sistema de opresión.
Las cadenas, grilletes, látigos y jaulas fueron fundidos en una gran hoguera queiluminó todo el valle, creando una columna de humo que pudo verse desde Puebla y que fue interpretada por muchos como un signo de cambios trascendentales. Francisco Lumide dirigió una ceremonia final de liberación espiritual que incluía rituales yoruba, fon, kikongo y otomí, unificando las tradiciones ancestrales de todos los cautivos en una celebración de la libertad recuperada.
La ceremonia incluyó la quema simbólica de objetos que representaban la opresión y la plantación de semillas africanas en el suelo mexicano como símbolo de continuidad y renovación cultural. Cuando el amanecer del 24 de octubre iluminó la hacienda San Jerónimo, los cuerpos de los 11 ascendados yacían en posiciones que sugerían que habían muerto en agonía extrema, pero con expresiones faciales que mostraban una extraña paz, como si finalmente hubieran encontrado redención a través del sufrimiento que habían experimentado.
El padre Verastegui había colocado una cruz en las manos de cada uno junto con copias de las confesiones que habían pronunciado durante sus últimas horas. Los testigos sobrevivientes, el cónsul francés, los comerciantes de Ciudad de México y Rodrigo Pérez de Salazar proporcionaron testimonios que confirmaron que los hacendados habían confesado voluntariamente todos sus crímenes antes de morir.
Sus testimonios fueron cruciales para legitimar las revelaciones y prevenir que las autoridades corruptas pudieran encubrir la verdad sobre las operaciones de la red esclavista. El documento preparado por Verastegui fue distribuido simultáneamente a periódicos en Ciudad de México, Puebla, Guadalajara y Veracruz, asegurando que la información sobre la red de esclavistas llegara al conocimiento público antes de que las autoridades cómplices pudieran suprimirla.
Las revelaciones causaron un escándalo nacional que forzó investigaciones en múltiples estados y resultó en el arresto de docenas de funcionarios corruptos. Los efectos del banquete de los 11 ascendados se extendieron mucho más allá de la región de Puebla. Las revelaciones documentadas esa noche proporcionaron evidencia crucial que fue utilizada por abolicionistas mexicanos para presionar por reformas legales que fortalecieran la aplicación de las leyes antiesclavistas.
El caso se convirtió en un precedente legal que fue citado en tribunales durante décadas posteriores para procesar casos de trabajo forzado y tráfico humano. La historia de Francisco Olumide, Rosa Yabó, José Mukongo y María Shochit se convirtió en una leyenda que se extendió por toda América Latina, inspirando actos de resistencia en otras regiones donde la esclavitud continuaba operando clandestinamente.
Sus nombres fueron adoptados como símbolos de liberación por movimientos abolicionistas en Brasil, Cuba, Colombia y otros países donde la lucha contra la esclavitud continuaba. Las rutas de escape que habían sido establecidas para la fuga masiva de San Jerónimo fueron posteriormente utilizadas por cientos de otras personas que escaparon de situaciones de esclavitud en México y América Central.
La red de apoyo que María Schitle había coordinado con comunidades indígenas se expandió para convertirse en un ferrocarril subterráneo mexicano que operó hasta bien entrada la década de 1880. El padre Verastegui fue excomulgado oficialmente por la Iglesia Católica debido a su participación en los asesinatos, pero fue secretamente apoyado por sectores progresistas del clero que reconocían la justicia de sus acciones.
Pasó sus últimos años trabajando con comunidades de antiguos esclavos, utilizando su educación y contactos para ayudarlos a establecerse en nuevas vidas. Sus escritos sobre la experiencia de San Jerónimo se convirtieron en textos fundamentales para la teología de la liberación que emergiría un siglo después. Los descendientes de los ascendados asesinados reportaron durante generaciones experiencias paranormales en las propiedades que habían heredado.
Las haciendas de la red fueron gradualmente abandonadas debido a una combinación de problemas económicos, apariciones sobrenaturales reportadas por trabajadores y la imposibilidad de encontrar mano de obra dispuesta a trabajar en lugares asociados con los crímenes revelados durante el banquete. La investigación histórica moderna ha confirmado la veracidad de la mayoría de los eventos descritos en las confesiones de los ascendados.
Arqueólogos que han excavado en los sitios de las haciendas han encontrado evidencia física que corrobora las descripciones de condiciones de trabajo, métodos de castigo y ubicaciones de entierros masivos. Los hallazgos han proporcionado información invaluable sobre las experiencias de personas esclavizadas en México durante el siglo XIX.
El caso del banquete de los 11 ascendados ha sido estudiado por historiadores como un ejemplo único de justicia autoaplicada por víctimas de la esclavitud y como evidencia de la sofisticación de lasredes de resistencia que operaban en América Latina durante el siglo XIX. Los métodos utilizados por los conspiradores han sido analizados como ejemplos de síntesis cultural que combinaba conocimientos africanos, indígenas y europeos para crear estrategias efectivas de liberación.
Los efectos psicológicos del veneno utilizado por Rosa y Yabó han sido objeto de estudio por etnobotánicos modernos quienes han identificado las plantas utilizadas en la preparación. y han confirmado que la combinación habría producido exactamente los efectos descritos en los testimonios históricos. La receta representa un ejemplo notable de conocimiento farmacológico tradicional aplicado con precisión científica para lograr objetivos específicos de justicia social.
La historia continúa resonando en la México contemporánea, donde el 23 de octubre ha sido declarado informalmente como día de la resistencia afromexicana por organizaciones que trabajan para preservar la memoria histórica de la esclavitud y sus consecuencias. Ceremonias anuales en Puebla incluyen recreaciones teatrales de los eventos del banquete, presentaciones de música y danza afromexicana y conferencias académicas sobre la historia de la esclavitud en México.
El caserón de la antigua Hacienda San Jerónimo, que permaneció abandonado durante más de un siglo, fue finalmente convertido en un museo dedicado a la historia de la esclavitud en México y la resistencia afromexicana. El museo incluye recreaciones de las condiciones de vida de los cautivos, exhibiciones sobre las culturas africanas que fueron preservadas en México y una sala especial dedicada a los eventos del 23 de octubre de 1873.
Los documentos originales transcos por el padre Verastegui se conservan en los Archivos Nacionales de México, donde continúan siendo consultados por investigadores que estudian la historia de la esclavitud, el abolicionismo y la resistencia popular en América Latina. Las confesiones de los hacendados han sido traducidas a múltiples idiomas y son utilizadas en universidades de todo el mundo como fuentes primarias para cursos sobre historia latinoamericana, estudios africanos y derechos humanos.
La leyenda del banquete de los 11 ascendados ha inspirado obras literarias, películas y composiciones musicales que han llevado la historia a audiencias internacionales. Cada adaptación artística ha contribuido a mantener viva la memoria de Francisco, Rosa, José, María y todos los otros que participaron en esta extraordinaria acto de justicia y liberación.
En los registros parroquiales de Cholula, donde el padre Verastegui depositó su confesión final antes de morir, se encuentra una nota que resume el significado duradero de los eventos. En esta noche, la justicia divina se manifestó a través de manos humanas y la libertad fue conquistada por quienes nunca debieron haber sido esclavizados.
Que esta historia sirva como recordatorio eterno de que la dignidad humana no puede ser comprada, vendida o destruida sin importar cuán poderosos sean aquellos que lo intenten. La historia del banquete de los 11 ascendados permanece como un testimonio poderoso de la resistencia humana ante la opresión, de la justicia que emerge cuando los sistemas legales fallan y de la capacidad de personas ordinarias para lograr cambios extraordinarios cuando se unen por una causa justa.
Es una historia que continúa inspirando luchas por la justicia social en todo el mundo, recordándonos que la libertad verdadera nunca es otorgada por los opresores, sino conquistada por quienes tienen el valor de tomarla por sí mismos. M.
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