Desaparición de Teresa Morales: El Misterioso Ataque que Aterrorizó a San Luis Potosí (1885)


Caso real en San Luis Potosí. Teresa Morales y el misterioso ataque que aterrorizó a la población. 1885. Hola, amigos de nuestro canal. Antes de sumergirnos en una de las historias más escalofriantes y reales que han ocurrido en el territorio mexicano, no olviden suscribirse y activar la campanita de notificaciones para no perderse ninguno de nuestros casos.
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Un caso que dividió a la sociedad mexicana entre ciencia y superstición, entre lo racional y lo inexplicable. La madrugada del 16 de enero de 1885 despertó a San Luis Potosí bajo un manto de niebla espesa que parecía presagiar eventos fuera de lo común. La ciudad, orgullosa de su prosperidad minera y su modernización durante el porfiriato, se preparaba para enfrentar uno de los casos más desconcertantes de su historia.
Las calles empedradas del centro histórico brillaban húmedas. bajo la luz vacilante de los faroles de gas, mientras el sonido lejano de las campanas de la catedral marcaba el paso de las horas en una comunidad que aún no sabía que estaba a punto de enfrentarse a algo que desafiaría todas sus creencias sobre la realidad. Teresa Morales había llegado a San Luis Potosí en octubre de 1884, procedente de un pequeño pueblo minero en los alrededores de Zacatecas.
Era una mujer de 34 años, de complexión delgada, pero resistente, forjada por años de trabajo duro y privaciones. Su cabello negro, siempre recogido en un moño apretado que dejaba al descubierto una frente amplia marcada por líneas de preocupación, enmarcaba unos ojos oscuros que reflejaban tanto determinación como una tristeza profunda que parecía haberse instalado permanentemente en su mirada.
La había acompañado en su viaje a San Luis Potosí una historia de pérdidas devastadoras. Su esposo, Joaquín Herrera, había fallecido en circunstancias que ella describía vagamente como un accidente en la mina, pero su rostro se ensombrecía cada vez que alguien preguntaba por detalles específicos. Con ella viajaban sus dos hijos.
Miguel, un niño de 8 años con los ojos despiertos de su madre y una seriedad impropia para su edad. Y Carmen, una niña de 6 años cuya risa espontánea contrastaba con la gravedad que parecía envolver al resto de la familia. La decisión de mudarse a San Luis Potosí no había sido fácil. Teresa había vendido las pocas pertenencias de valor que le quedaban después de la muerte de su esposo para costear el viaje y los primeros meses de renta en una ciudad desconocida.
Su elección había recaído en San Luis Potosí porque había escuchado que era una ciudad próspera donde una mujer trabajadora podría encontrar maneras de ganar lo suficiente para mantener a su familia, especialmente ofreciendo servicios de lavandería a las familias acomodadas del centro de la ciudad. La casa que Teresa había logrado alquilar se encontraba en la calle de La Paz, en uno de los barrios populares que rodeaban el centro histórico.
Era una construcción típica de la época, muros gruesos de adobe que mantenían el interior fresco durante los veranos calurosos y relativamente cálido durante los inviernos. techo de vigas de madera de mezquite cubiertas por tejas de barro cocido que habían adquirido un color rojizo característico después de décadas expuestas al sol potosino.
La vivienda constaba de tres espacios principales, un cuarto que servía como cocina y sala de estar, donde Teresa había instalado un pequeño brasero y una mesa de madera tosca que había comprado de segunda mano, un dormitorio donde los tres miembros de la familia compartían dos petates y una cama angosta y un patio interior empedrado donde Teresa realizaba las labores de lavandería que constituían su principal fuente de ingresos.
La rutina diaria de Teresa había adquirido rápidamente un patrón predecible. despertaba antes del amanecer para encender el fuego y preparar un desayuno simple de tortillas, frijoles y café de olla endulzado con piloncillo. Después de alistar a sus hijos para la escuela, comenzaba su jornada de trabajo. colectaba la ropa sucia de las casas de sus clientes, la llevaba a su patio donde tenía instaladas varias tinas de peltre y pasaba gran parte del día lavando, enjuagando y tendiendo prendas al sol. Por las tardes planchaba
utilizando planchas de hierro calentadas sobre las brasas y finalmente entregaba la ropa limpia y perfectamente doblada a sus clientes, quienes apreciaban tanto la calidad de su trabajo como su puntualidad inquebrantable. Los vecinos de la calle de La Paz habían comenzado a conocer a Teresa como una mujer trabajadora pero reservada.
Doña Esperanza Rodríguez, una viuda de 60años que vivía en la casa contigua y que se ganaba la vida vendiendo tamales y atole en el mercado local, sería más tarde una de las principales testigos de los eventos extraños que comenzarían a rodear la vida de Teresa. Doña Esperanza recordaría que Teresa tenía la costumbre de hablar sola mientras realizaba sus labores, especialmente cuando colgaba la ropa en los tendederos del patio.
Al principio pensé que rezaba, diría más tarde ante las autoridades, pero después me di cuenta de que no eran oraciones. Era como si estuviera discutiendo con alguien, como si alguien le estuviera diciendo cosas que a ella no le gustaban. Don Patricio Mendoza, un herrero de 45 años que tenía su taller dos casas más adelante, también había notado peculiaridades en el comportamiento de Teresa.
Durante las tardes, cuando el trabajo en la herrería disminuía y él salía a fumar su pipa diaria en la puerta de su casa, había observado que Teresa parecía estar constantemente alerta, mirando por encima del hombro como si esperara que alguien apareciera súbitamente detrás de ella. Se veía nerviosa todo el tiempo. Recordaría más tarde, como un animal que sabe que está siendo cazado, pero no puede ver al cazador.
La integración de los hijos de Teresa en la comunidad había sido más exitosa que la de su madre. Miguel había demostrado ser un estudiante excepcional en la escuela local, destacándose especialmente en matemáticas y escritura, habilidades que había heredado aparentemente de su padre, quien según Teresa, había sabido leer y escribir una rareza en las comunidades mineras de la época.
Carmen, por su parte, había hecho amistades rápidamente con otras niñas del barrio y había comenzado a participar en los juegos tradicionales que se realizaban en la plaza principal durante las tardes de domingo. Sin embargo, ambos niños habían comenzado a mostrar signos de preocupación por el comportamiento de su madre.
Miguel, con la seriedad prematura que caracteriza a los niños que han enfrentado pérdidas significativas, había comenzado a hacer preguntas sobre las conversaciones que su madre mantenía aparentemente consigo misma. Carmen, aunque más pequeña, había desarrollado la costumbre de despertarse durante la noche y buscar a su madre para asegurarse de que estuviera bien, como si su instinto infantil detectara algo inquietante que su mente consciente no podía comprender.
La primera semana de enero de 1885 había transcurrido de manera aparentemente normal. Teresa había mantenido su rutina habitual de trabajo. Los niños habían regresado a la escuela después de las vacaciones navideñas y la vida en la calle de La Paz había continuado su curso tranquilo y predecible. Sin embargo, varios vecinos notarían más tarde que durante esos días Teresa había mostrado signos crecientes de agitación y nerviosismo.
Doña Carmen Herrera, una de las clientas más importantes de Teresa y esposa de un comerciante próspero del centro de la ciudad, había visitado la casa de la calle de La Paz el 14 de enero para recoger un lote de ropa que había encargado lavar. para una fiesta familiar. Durante esa visita había notado que Teresa parecía especialmente distraída y nerviosa.
Me entregó la ropa perfectamente lavada y planchada, como siempre, recordaría doña Carmen más tarde. Pero cuando le pagué, sus manos temblaban tanto que apenas pudo contar las monedas. Y cuando le pregunté si se encontraba bien, me miró con unos ojos tan asustados que me dio escalofríos. Esa misma tarde, don José María Ruiz, un comerciante de granos que vivía al final de la calle, había sido testigo de una escena que más tarde adquiriría una significancia especial.
Alrededor de las 7 de la noche, mientras regresaba a su casa después de cerrar su tienda, había visto a Teresa parada en la esquina de su casa, aparentemente manteniendo una conversación intensa con alguien que él no podía distinguir debido a la oscuridad y la distancia. Parecía una discusión. Testificaría más tarde ante las autoridades.
Pude escuchar que ella decía no varias veces. como si se estuviera negando a hacer algo. Su voz sonaba desesperada, como si estuviera suplicando. La noche del 15 de enero había comenzado de manera similar a cualquier otra. Teresa había preparado la cena para sus hijos. Un guisado simple de frijoles con quelites y tortillas recién hechas que había preparado en el comal de barro que había traído desde Zacatecas.
Los niños habían cenado mientras Teresa les contaba historias de su infancia en el pueblo minero, relatos que siempre evitaban cuidadosamente ciertos periodos y eventos específicos, como si hubiera capítulos enteros de su vida que prefería mantener cerrados incluso para sus propios hijos. Después de la cena, Teresa había bañado a los niños con agua tibia que calentó en una gran olla de peltre sobre el brasero.
Los había vestido con sus camisones de manta y loshabía acostado en el petate que compartían en el dormitorio. Como todas las noches, había recitado con ellos las oraciones tradicionales que había aprendido en su propia infancia. había cantado una canción de cuna que su propia madre le había enseñado y había permanecido junto a ellos hasta que sus respiraciones se volvieron profundas y regulares, indicando que habían caído en un sueño profundo.
Alrededor de las 8 de la noche, una lluvia fría y persistente había comenzado a caer sobre San Luis Potosí. Las gotas golpeaban rítmicamente contra las tejas de la casa de Teresa, creando un sonido monótono que se mezclaba con el silvido ocasional del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas.
Teresa había encendido una vela de sebo y se había sentado junto a la mesa de la cocina para realizar una de sus tareas nocturnas habituales, zurcir los calcetines de sus hijos y remendar la ropa que había comenzado a mostrar signos de desgaste después de meses de uso intensivo. La labor de Surcido requería concentración y paciencia, cualidades que Teresa había desarrollado durante años de necesidad económica y responsabilidades familiares.
trabajaba meticulosamente creando pequeñas obras de arte en miniatura con hilo y aguja, transformando roturas y agujeros en reparaciones casi invisibles que extenderían la vida útil de las prendas por muchos meses adicionales. Era un trabajo que le proporcionaba cierta paz mental, una actividad repetitiva y familiar que le permitía mantener sus pensamientos ocupados y alejados de las preocupaciones que constantemente amenazaban con abrumarla.
Sin embargo, esa noche particular, Teresa encontró difícil mantener su concentración habitual. Sus manos temblaban ligeramente, causando que los puntos fueran menos precisos de lo normal. En varias ocasiones se pinchó los dedos con la aguja, algo que raramente le ocurría debido a su experiencia y habilidad en estas tareas.
Más inquietante aún, comenzó a tener la sensación persistente de que alguien la estaba observando, a pesar de que había verificado múltiples veces que las puertas estuvieran cerradas con llave y que las ventanas estuvieran aseguradas. La sensación de ser observada se intensificó gradualmente durante las siguientes horas.
Derea se levantaba frecuentemente de su silla para revisar las cerraduras y asomarse por las ventanas, pero no encontraba nada fuera de lo normal. La calle estaba vacía, iluminada débilmente por un solo farol de gas que proyectaba círculos de luz amarillenta sobre el pavimento mojado. Los vecinos habían cerrado sus casas para la noche y solo ocasionalmente se escuchaba el ladrido distante de algún perro callejero o el maullido de los gatos que buscaban refugio de la lluvia.
Alrededor de las 10 de la noche, Teresa había intentado distraerse de su creciente ansiedad, preparando masa para las tortillas del día siguiente. Una tarea que normalmente realizaba muy temprano por la mañana, pero que esa noche decidió adelantar. Mezcló la harina de maíz con agua tibia y sal, amasando la mezcla con movimientos que habían sido perfeccionados durante años de práctica diaria.
Sin embargo, incluso esta actividad familiar falló en proporcionarle la calma que buscaba. Fue aproximadamente a las 11 de la noche cuando los eventos tomaron un giro dramático y aterrador. Teresa estaba guardando la masa preparada en un recipiente cubierto cuando escuchó claramente el sonido de pasos en el patio exterior.
Los pasos eran lentos y deliberados. como si alguien estuviera caminando cuidadosamente para evitar hacer ruido, pero no lo suficientemente cuidadoso como para ser completamente silencioso. Teresa se dirigió hacia la puerta principal con el corazón latiendo aceleradamente. Colocó su oído contra la madera gruesa de la puerta e intentó escuchar más claramente.
Los pasos habían cesado, pero ahora podía oír algo aún más inquietante. sonido de alguien respirando del otro lado de la puerta. Era una respiración profunda y pausada, como si la persona del exterior estuviera intentando controlar su propia agitación. ¿Quién está ahí?, preguntó Teresa en voz baja, intentando mantener su voz firme, a pesar del miedo que comenzaba a apoderarse de ella.
No recibió respuesta verbal, pero la respiración se hizo más audible, como si la persona se hubiera acercado más a la puerta. Teresa se dirigió hacia el dormitorio para verificar que sus hijos continuaran durmiendo profundamente. Y efectivamente, tanto Miguel como Carmen permanecían en un sueño tranquilo, ajenos a la situación que se estaba desarrollando en la parte principal de la casa.
Este hecho la tranquilizó parcialmente, pero también intensificó su determinación de proteger a sus hijos de cualquier amenaza potencial. Regresó a la cocina y tomó un cuchillo de cocina, el único objeto que podría servir como arma si la situación lo requería.
Se posicionó cerca de lapuerta intentando decidir si debería gritar para alertar a los vecinos o si eso podría empeorar la situación. La lluvia había aumentado de intensidad y el sonido del agua golpeando contra el techo y las ventanas creaba una cortina de ruido que podría ocultar otros sonidos. Fue en ese momento cuando comenzó a escuchar una voz del exterior. No eran palabras claras, sino más bien un murmullo constante, como si alguien estuviera recitando algo en voz baja.
El tono era profundo, definitivamente masculino, y había algo en la cadencia que le resultaba vagamente familiar, aunque no podía identificar exactamente qué o por qué. El murmullo continuó durante varios minutos subiendo y bajando de volumen como si la persona se estuviera moviendo alrededor del patio.
Teresa siguió el sonido con su oído, tratando de determinar la ubicación exacta de quién fuera que estuviera afuera. En un momento dado, la voz pareció provenir directamente de la ventana del dormitorio donde dormían sus hijos, lo que la llenó de un terror tan intenso que tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no gritar.
Súbitamente el murmullo cesó. El silencio que siguió fue aún más inquietante que los sonidos misteriosos. Teresa permaneció inmóvil junto a la puerta con el cuchillo apretado en su mano temblorosa, esperando alguna indicación de lo que podría suceder a continuación. Los únicos sonidos audibles eran la lluvia, su propia respiración agitada y el latido acelerado de su corazón.
Entonces, sin previo aviso, comenzaron los golpes. No eran golpes violentos como los que produciría alguien intentando forzar la entrada, sino golpes suaves pero insistentes, realizados con los nudillos directamente sobre la madera de la puerta. El patrón era extraño. Tres golpes, una pausa, otros tres golpes, otra pausa y así sucesivamente.
Era como un código, como si quien estuviera del otro lado esperara que Teresa comprendiera algún significado específico en ese ritmo particular. Los golpes continuaron durante lo que le pareció una eternidad, aunque probablemente fueron solo unos pocos minutos. Teresa se acercó más a la puerta. y preguntó nuevamente quién estaba ahí, esta vez con más firmeza en su voz.
Los golpes cesaron inmediatamente, pero fueron reemplazados por algo aún más perturbador, una risa baja y profunda que parecía provenir no solo del exterior, sino también de algún lugar dentro de la propia casa. Fue en ese momento cuando Teresa comenzó a experimentar el primer episodio de lo que más tarde sería descrito por los médicos como un estado alterado de conciencia.
Su percepción de la realidad comenzó a distorsionarse de maneras que desafiaban toda explicación racional. La risa parecía multiplicarse, como si hubiera múltiples personas riéndose simultáneamente desde diferentes direcciones. Las paredes de la casa parecían moverse ligeramente, expandiéndose y contrayéndose como si estuvieran respirando.
Teresa intentó moverse hacia el dormitorio para verificar el estado de sus hijos, pero descubrió que sus piernas no le obedecían completamente. se movía como si estuviera caminando a través de agua espesa, cada paso requiriendo un esfuerzo consciente y deliberado. Cuando finalmente logró llegar al dormitorio, encontró a sus hijos exactamente como los había dejado, durmiendo profundamente, con expresiones de paz absoluta que contrastaban dramáticamente con el terror que ella estaba experimentando.
Al regresar a la cocina, Teresa se enfrentó a una visión que la marcó para el resto de su vida. De pie junto a la mesa donde había estado surciendo, se encontraba la figura de un hombre alto vestido con ropas que parecían corresponder a una época anterior. Su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra, pero podía distinguir una cicatriz profunda que le cruzaba desde la frente hasta la barbilla.
Lo más inquietante era su mano izquierda, que le faltaban claramente dos dedos. La figura no se movía. simplemente permanecía inmóvil, como si estuviera esperando algo. Teresa intentó gritar, pero descubrió que no podía emitir sonido alguno. Su garganta parecía haberse cerrado completamente, permitiéndole respirar, pero impidiéndole producir cualquier tipo de vocalización.
Sus manos temblaban incontrolablemente y cuchillo que había estado sosteniendo cayó al suelo con un ruido metálico que resonó extrañamente fuerte en el silencio de la habitación. La figura comenzó a hablar. Su voz era la misma que Teresa había escuchado murmurando del exterior, pero ahora las palabras eran claras y comprensibles.
Teresa Morales decía, “Hija de Abundio Morales, he venido por ti, como prometí hace muchos años, el tiempo de cuentas pendientes ha llegado.” Teresa intentó retroceder, pero sus piernas no le respondían. Era como si sus pies estuvieran clavados al piso. La figura continuó hablando, relatando detalles específicos de la infancia de Teresa que nadie más podría haberconocido.
Nombres de amigos de la infancia, descripciones de su casa paterna, eventos específicos que habían ocurrido décadas atrás y que ella había intentado olvidar. “¿Recuerdas la noche que tu padre murió?”, continuaba la voz. ¿Recuerdas que te prometí que regresaría cuando fueras mujer? He cumplido mi palabra con tus esposos, como cumplí con tu padre.
Ahora es tu turno. Fue entonces cuando Teresa finalmente logró encontrar su voz. Los gritos que emergieron de su garganta fueron de un terror tan absoluto que despertaron a toda la vecindad. No eran gritos de dolor físico, sino alaridos primordiales que expresaban un miedo que trascendía lo racional y tocaba algo profundo y ancestral en el alma humana.
Don Patricio Mendoza, a pesar de sus 45 años y su experiencia como herrero acostumbrado a ruidos fuertes, nunca había escuchado nada que se aproximara a los gritos que emergían de la casa de Teresa esa noche del 15 de enero. Su esposa, doña Soledad, se despertó inmediatamente y lo encontró ya incorporándose en la cama con una expresión de alarma que ella nunca había visto en sus 20 años de matrimonio.
“Esos no son gritos normales”, le dijo doña Soledad mientras se persignaba repetidamente. Suenan como si alguien estuviera viendo al mismísimo Don Patricio se vistió rápidamente, tomó su farol más grande y salió a la calle empedrada. La lluvia había arreciado y las piedras estaban resbalosas y traicioneras bajo sus pies descalzos.
Otros vecinos también habían salido de sus casas. Doña Esperanza Rodríguez con un reboso cubriendo su camisón, don José María Ruiz llevando una lámpara de aceite y varios otros residentes de la calle de la Paz que habían sido despertados por los gritos desgarradores. Al acercarse a la casa de Teresa, el grupo de vecinos notó inmediatamente que algo estaba fuera de lo normal.
La puerta principal estaba abierta de par en par, balanceándose ligeramente con el viento, a pesar de que todos habían visto a Teresa cerrarla con llave temprano esa noche. La lluvia había formado un charco considerable en el umbral, pero lo que más alarmó a los vecinos fue que el agua en el suelo tenía un color rojizo que bajo la luz vacilante de los faroles parecía ser sangre mezclada con el agua de lluvia.
Los gritos continuaban, pero ahora eran más débiles y espaciados, como si Teresa estuviera perdiendo la fuerza para mantener la intensidad inicial. provenían claramente del interior de la vivienda, específicamente del área que correspondía a la cocina principal. Don Patricio fue el primero en cruzar el umbral.
Lo que vio cuando elevó su farol para iluminar el interior de la casa, lo marcaría para el resto de sus días, convirtiéndose en una imagen que lo visitaría en pesadillas durante años posteriores. Teresa Morales estaba de pie en el centro exacto del cuarto principal, completamente inmóvil, como si fuera una estatua.
Sus brazos colgaban a los lados de su cuerpo y sus ojos estaban abiertos, pero sin expresión alguna, fijos en un punto del techo, como si estuviera observando algo que nadie más podía percibir. Su ropa de dormir, un camisón de manta blanca que había confeccionado ella misma, estaba desgarrada en varios lugares. Los desgarros no parecían accidentales, sino deliberados.
como si hubieran sido hechos con precisión quirúrgica. Tenía múltiples heridas superficiales en brazos, cuello y rostro, pero lo más inquietante era que las heridas parecían formar patrones específicos, como si hubieran sido creadas siguiendo algún diseño predeterminado. “Doña Teresa”, llamó don Patricio suavemente, intentando no asustarla más de lo que aparentemente ya estaba.
Doña Teresa, ¿puede escucharme? Teresa no respondió inicialmente. Su respiración era superficial y rápida, como si hubiera estado corriendo durante horas. Cuando finalmente reaccionó a la presencia de los vecinos, su primera acción fue mirar directamente a don Patricio y pronunciar las palabras que se grabarían en la memoria colectiva de todos los presentes.
Él vino por mí. como prometió. dijo que había llegado mi hora, pero que aún no era el momento. Dijo que primero tenía que completar otras cuentas pendientes. Repetía estas frases una y otra vez, como un disco rayado, sin poder proporcionar más detalles sobre lo que había ocurrido. Su mirada permanecía perdida y cuando los vecinos intentaban hacer contacto visual con ella, Teresa miraba a través de ellos como si no estuvieran realmente presentes.
Doña Esperanza se dirigió inmediatamente al dormitorio para verificar el estado de los niños. Lo que encontró añadió otra capa de misterio a los eventos de esa noche. Miguel y Carmen continuaban durmiendo profundamente con expresiones de paz absoluta. Cuando doña Esperanza intentó despertarlos suavemente para preguntarles si habían escuchado algo durante la noche, ambos niños reaccionaron con sorpresa y confusión,afirmando que no habían percibido ningún ruido ni disturbio.
Mamá gritó, preguntó Miguel con genuina sorpresa. ¿Cuándo? Yo no escuché nada. Estaba soñando con el pueblo de mi abuelo. Carmen, aún más pequeña, simplemente se frotó los ojos y preguntó si ya era hora de levantarse para el desayuno. La capacidad de ambos niños para haber dormido a través de gritos que habían despertado a toda la calle parecía físicamente imposible, considerando que el dormitorio donde dormían estaba separado de la cocina principal por apenas una pared delgada de adobe.
José María Ruiz, quien tenía experiencia como escribiente en el juzgado local, tomó la iniciativa de enviar a uno de los vecinos más jóvenes a alertar a las autoridades municipales. Mientras esperaban la llegada de los oficiales, el grupo de vecinos intentó hacer un inventario preliminar de la escena para determinar si faltaba algo o si había evidencia de que alguien hubiera forzado la entrada.
La investigación improvisada reveló aspectos aún más desconcertantes. No había evidencia alguna de que la puerta hubiera sido forzada. Las cerraduras estaban intactas y no había marcas de herramientas en la madera o el metal. Las ventanas permanecían cerradas desde el interior con sus pestillos en su lugar.
Más extraño aún, no faltaba ningún objeto de valor de la modesta casa de Teresa. Sus pocas monedas de plata, que guardaba en una pequeña caja de madera junto a su cama, permanecían intactas. Doña Esperanza notó algo adicional que perturbó profundamente a todos los presentes. En el piso alrededor del lugar donde Teresa había sido encontrada, había múltiples monedas de plata esparcidas en un patrón circular.
Las monedas eran claramente antiguas, con grabados y símbolos que correspondían a la época colonial, algunas tan deterioradas que era difícil leer las inscripciones. Ninguno de los vecinos había visto estas monedas antes y cuando más tarde preguntaron a Teresa sobre su origen, ella no pudo proporcionar explicación alguna.
La llegada de las autoridades municipales añadió un elemento de oficialidad a la investigación, pero también reveló las limitaciones de los métodos policiales de la época. El inspector de policía, don Aurelio Vázquez, era un hombre de mediana edad que había servido durante varios años en el cuerpo de seguridad de San Luis Potosí, pero había tenido poca experiencia con casos que no se ajustaran a patrones criminales convencionales.
Su primera reacción fue asumir que Teresa había sido víctima de un asalto domiciliario que había salido mal, posiblemente perpetrado por alguien que había esperado encontrar objetos de mayor valor. Sin embargo, esta teoría se desmoronó rápidamente cuando el inspector realizó su propio examen de la escena y confirmó lo que los vecinos ya habían observado.
No había evidencia de entrada forzada. No faltaban objetos de valor y el patrón de heridas en el cuerpo de Teresa no era consistente con un ataque criminal convencional. El Dr. Ramón Elisondo llegó aproximadamente una hora después de haber sido notificado por las autoridades. Era un hombre de 52 años que había estudiado medicina en la Ciudad de México y que había completado estudios adicionales en París durante su juventud.
Su reputación en San Luis Potosí era excelente y era considerado uno de los médicos más competentes y actualizados de la región, con conocimientos que abarcaban tanto la medicina tradicional como las nuevas teorías que estaban emergiendo en Europa. Su examen inicial de Teresa reveló anomalías que desafiaron su experiencia médica.
Las heridas en su cuerpo eran superficiales, pero extraordinariamente precisas, como si hubieran sido hechas por alguien con conocimientos anatómicos detallados. No había heridas defensivas en sus manos o brazos, lo que habría sido esperado si hubiera intentado protegerse de un atacante. Más desconcertante aún, algunas de las heridas tenían características que sugerían que habían sido autoinfligidas, pero la precisión y ubicación hacían improbable que Teresa hubiera podido realizarlas ella misma, especialmente en el estado mental
alterado en que había sido encontrada. El Dr. Elisondo también notó aspectos peculiares en el estado físico general de Teresa. Su pulso era anormalmente lento, como si su sistema cardiovascular hubiera sido deprimido por alguna sustancia, pero no había evidencia de intoxicación por alcohol o por ninguna de las plantas o sustancias conocidas por producir efectos similares.
Sus pupilas mostraban una dilatación moderada, pero respondían normalmente a cambios en la luminosidad. Su temperatura corporal estaba ligeramente normal, pero no lo suficientemente baja como para indicar una condición médica grave. Lo más preocupante para el doctor Elisondo era que Teresa parecía estar consciente, pero no respondía a estímulos dolorosos aplicados durante el examen, como si susistema nervioso hubiera sido temporalmente desconectado de su capacidad de percibir el dolor.
Durante las siguientes horas, mientras Teresa permanecía en este estado alterado, los vecinos y las autoridades continuaron documentando aspectos adicionales de la escena que no habían sido notados inicialmente. Don José María Ruiz, utilizando su experiencia como escribiente, había comenzado a tomar notas detalladas de todo lo observado, creando lo que se convertiría en uno de los primeros registros criminológicos sistemáticos en la historia de San Luis Potosí.
Una de las observaciones más inquietantes fue realizada por doña Esperanza Rodríguez, quien notó que la temperatura del aire dentro de la casa era considerablemente más fría que la temperatura exterior, a pesar de que el brasero había estado encendido durante toda la noche. Era como si alguien hubiera abierto todas las puertas de una nevera.
recordaría más tarde, pero no había corrientes de aire y las ventanas estaban cerradas. Además, varios de los presentes notaron un olor extraño que no podían identificar completamente. No era desagradable, pero tampoco correspondía a ninguna fragancia familiar. El Dr. Elisondo lo describió como una mezcla de incienso, metal oxidado y algo orgánico que no puedo identificar.
El olor era más intenso cerca del lugar donde Teresa había sido encontrada y se desvanecía gradualmente hacia las otras áreas de la casa. Cuando finalmente Teresa recuperó parcialmente la conciencia alrededor de las 3 de la madrugada, su primera reacción fue buscar desesperadamente a sus hijos. A pesar de que doña Esperanza ya le había confirmado que Miguel y Carmen estaban bien y continuaban durmiendo tranquilamente, Teresa insistió en verificarlo personalmente.
Su alivio, al verlos sanos y salvos, fue palpable, pero inmediatamente después comenzó a mostrar una agitación extrema. “Den, él los va a buscar”, repetía Teresa una y otra vez. Él dijo que vendría por ellos también. Tengo que protegerlos. Tengo que encontrar una manera de protegerlos. Cuando el inspector Vázquez le preguntó específicamente a quién se refería, Teresa proporcionó por primera vez detalles sobre la figura que había visto en su casa.
Su descripción era notablemente específica y consistente. Un hombre de estatura elevada, probablemente más de seis pies, vestido con ropas que parecían corresponder a una época anterior, posiblemente de principios del siglo XIX. Lo más distintivo era su mano izquierda, a la que le faltaban claramente dos dedos y una cicatriz profunda que le cruzaba el rostro desde la frente hasta la barbilla.
Era él, insistía Teresa, el mismo hombre que mató a mi padre cuando yo era niña, no ha envejecido nada. Se ve exactamente igual que hace 20 años. Esta revelación provocó un intercambio intenso de miradas entre las autoridades presentes. La implicación de que Teresa había reconocido a su supuesto atacante como alguien de su pasado distante añadía una dimensión completamente nueva al caso.
Ya no se trataba simplemente de un incidente aislado, sino posiblemente de algo que tenía raíces en eventos que se extendían décadas hacia el pasado. El inspector Vázquez decidió que era necesario obtener una declaración formal de Teresa tan pronto como su estado mental lo permitiera. Sin embargo, el Dr.
Elizondo recomendó que se pospusiera cualquier interrogatorio adicional hasta que ella hubiera tenido oportunidad de descansar y recuperarse del trauma inmediato. La decisión se tomó de trasladar a Teresa y sus hijos a la casa de su hermana María Dolores Morales, quien vivía en una zona más céntrica de la ciudad con su esposo Evaristo Santa María, un comerciante de granos respetado en la comunidad.
Durante el traslado que se realizó en un carruaje proporcionado por las autoridades municipales, Teresa mostró signos adicionales de perturbación. constantemente miraba hacia atrás como si esperara ser seguida, y se sobresaltaba con cualquier ruido súbito o movimiento inesperado. Sus hijos, aunque despiertos, parecían confundidos por los eventos que se desarrollaban a su alrededor, pero no mostraban signos de trauma directo.
La casa de los Santa María Morales estaba ubicada en la calle de Allende, una de las arterias principales del centro histórico de San Luis Potosí. Era una construcción más grande y próspera que la modesta vivienda que Teresa había estado alquilando con múltiples habitaciones, un patio central amplio e incluso algunos lujos modernos como lámparas de gas en lugar de velas de cebo.
María Dolores, una mujer de 38 años que había tenido mejor fortuna en la vida que su hermana menor, recibió a Teresa y sus hijos con una mezcla de preocupación genuina y curiosidad sobre los eventos misteriosos que habían ocurrido. El Dr. lisondo había prescrito un sedante suave para Teresa, preparado con extractos de valeriana y manzanilla, que la ayudó adormir durante parte del día siguiente.
Sin embargo, incluso en su sueño, mostraba signos de agitación, murmurando constantemente y moviéndose inquietamente. María Dolores, quien se había ofrecido como voluntaria para cuidar a su hermana, reportó que Teresa hablaba durante el sueño en lo que parecía ser una conversación bidireccional, como si estuviera respondiendo a alguien que solo ella podía escuchar.
Durante este primer día en la casa de su hermana, Teresa experimentó varios episodios menores que recordaban al evento principal de la noche anterior. En varias ocasiones se despertó súbitamente, mirando fijamente hacia las esquinas de la habitación, como si viera algo que los demás no podían percibir.
En una ocasión se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia la puerta, aparentemente en un estado de semiconsciencia, pero fue detenida gentilmente por María Dolores antes de que pudiera salir de la habitación. El segundo episodio ocurrió la noche del 17 de enero, apenas dos días después del incidente inicial.
Para entonces, la noticia de los eventos misteriosos en la casa de Teresa se había extendido por toda la ciudad de San Luis Potosí, convirtiéndose en el tema de conversación dominante en mercados, iglesias, cantinas y reuniones sociales. La sociedad potosina de 1885, orgullosa de su modernización y progreso durante el régimen porfirista, se encontraba dividida entre quienes buscaban explicaciones racionales para los eventos y aquellos que comenzaban a susurrar sobre fuerzas sobrenaturales.
La familia Santa María Morales había tomado precauciones adicionales para la segunda noche. Baristo Santa María había contratado a dos vigilantes privados para que patrullaran los alrededores de la casa durante las horas nocturnas y había instalado cerrojos adicionales en todas las puertas y ventanas. El Dr.
Elisondo había proporcionado un sedante más fuerte para Teresa, esperando que le permitiera pasar una noche tranquila y reparadora. Sin embargo, estas precauciones resultaron inútiles ante lo que estaba por ocurrir. Alrededor de las 10:30 de la noche, Teresa comenzó a mostrar los mismos signos que habían precedido al episodio anterior, alteraciones en su patrón respiratorio, rigidez muscular progresiva y esa mirada vacía y perdida que tanto había perturbado a quienes la habían presenciado.
María Dolores, quien había estado vigilando a su hermana constantemente, notó inmediatamente los cambios en su comportamiento y alertó a su esposo. Evaristo envió a uno de los vigilantes a buscar al doctor Elisondo y al inspector Vázquez, mientras él y su esposa se preparaban para enfrentar lo que parecía ser una repetición de los eventos de dos noches atrás.
Esta vez, sin embargo, el episodio tomó características ligeramente diferentes. En lugar de permanecer inmóvil, como había ocurrido la primera vez, Teresa se levantó de la cama donde había estado durmiendo y comenzó a caminar por la casa con movimientos que parecían deliberados, pero extrañamente mecánicos. Sus ojos estaban abiertos, pero era evidente que no estaba completamente consciente de su entorno.
María Dolores y Evaristo la siguieron a distancia, documentando mentalmente cada aspecto de su comportamiento para reportarlo posteriormente a las autoridades. Teresa se dirigió hacia el patio central de la casa, donde se detuvo en el centro exacto del espacio abierto, y comenzó a mantener lo que claramente era una conversación con alguien que solo ella podía ver o escuchar.
“Ya sé que estás aquí”, decía en voz clara y audible. “Pensé que si me mudaba de casa podrías perderte, pero te equivoqué. Siempre me encuentras.” La conversación continuó durante varios minutos con Teresa, alternando entre momentos de aparente súplica y otros de lo que parecía ser negociación. En ocasiones asentía con la cabeza, en otras la movía vigorosamente de lado a lado, como si estuviera rechazando alguna propuesta o demanda específica.
Cuando llegaron el Dr. Elisondo y el inspector Vázquez, encontraron a Teresa en el mismo estado que había caracterizado su episodio anterior. Había desarrollado las mismas heridas superficiales, pero precisas, en brazos y rostro, y su expresión había adquirido esa cualidad vacía y distante que tanto había desconcertado a los observadores la primera vez.
Sin embargo, este segundo episodio incluyó un elemento adicional que no había estado presente anteriormente. En el suelo alrededor del lugar donde Teresa había estado parada, los presentes encontraron nuevamente múltiples monedas de plata colonial, pero esta vez acompañadas por objetos adicionales que nadie pudo explicar.
Varias velas de cera negra que nadie reconoció como pertenecientes a la casa. Un pequeño cuchillo ceremonial con grabados extraños en la hoja y lo más perturbador de todo, mechones de cabello que claramente no pertenecían a Teresa ni a ningún miembro de la familia. ElDr. Elisondo recolectó cuidadosamente estos objetos para análisis posterior, aunque reconocía que los métodos forenses de la época eran limitados y podrían no proporcionar explicaciones satisfactorias.
El cuchillo ceremonial en particular le resultó intrigante debido a la complejidad de los grabados en su hoja, que parecían corresponder a símbolos que no reconocía como pertenecientes a ninguna tradición religiosa o cultural conocida en la región. La recuperación de Teresa después de este segundo episodio fue más lenta que la primera vez.
permaneció inconsciente durante varias horas y cuando finalmente despertó, mostró signos de confusión y desorientación que persistieron durante todo el día siguiente. No recordaba nada de los eventos de la noche, pero cuando le mostraron los objetos que habían aparecido alrededor de ella, su reacción fue de reconocimiento inmediato y terror evidente.
Esos son de él”, susurró retrocediendo físicamente ante la vista del cuchillo ceremonial. los usa en sus rituales. Mi padre me contó sobre ellos antes de morir. Dijo que había visto al hombre usándolos en una cueva cerca del pueblo. Esta nueva información proporcionó la primera pista tangible sobre la identidad de la figura que Teresa afirmaba estar viendo.
Su referencia a rituales y cuevas sugería conexiones con prácticas ocultas o religiosas no ortodoxas. Un tema que era particularmente sensitivo en la sociedad mexicana de finales del siglo XIX, donde la influencia de la Iglesia Católica seguía siendo dominante a pesar de las reformas liberales. El inspector Vázquez decidió que era necesario investigar más profundamente en el pasado de Teresa, específicamente en los eventos de su infancia que ella había mencionado relacionados con la muerte de su padre.
envió telegramas a las autoridades de Zacatecas solicitando acceso a registros históricos y testimonios de personas que pudieran recordar eventos ocurridos en la región durante las décadas de 1860 y 1870. Mientras esperaba respuestas desde Zacatecas, el inspector también decidió consultar con el clero local para obtener perspectivas sobre los objetos misteriosos que habían aparecido durante el episodio de Teresa.
El padre José María Coronel, párroco de la Iglesia de San Francisco y uno de los sacerdotes más respetados y educados de la ciudad, aceptó examinar los objetos y proporcionar su opinión sobre su posible origen y significado. La reacción del padre coronel al ver el cuchillo ceremonial fue inmediata y preocupante.
como sacerdote educado que había estudiado en seminarios en Roma y París, tenía conocimientos sobre diversas tradiciones religiosas y prácticas ocultas que habían sido documentadas por la Iglesia a lo largo de los siglos. Su examen del cuchillo reveló que los símbolos grabados en la hoja correspondían a tradiciones esotéricas que habían sido practicadas en España durante los siglos X y XVII, especialmente por grupos que combinaban elementos del cristianismo con prácticas mágicas de origen árabe y judío. Estos
símbolos, explicó el padre coronel a las autoridades, corresponden a tradiciones que fueron traídas a América por ciertos colonos españoles que practicaban lo que algunos llamaban artes diabólicas. La Inquisición persiguió a muchos de estos practicantes, pero algunos lograron escapar a las colonias americanas, donde continuaron sus actividades de manera clandestina.
El sacerdote también proporcionó información histórica relevante sobre la presencia de tales prácticas en la región de Zacatecas durante el periodo colonial. Según registros eclesiásticos que él había consultado en el pasado, había habido varios casos documentados de colonos españoles que habían sido investigados por la Inquisición, por practicar rituales que combinaban elementos católicos con tradiciones esotéricas no ortodoxas.
Esta información histórica proporcionaba un contexto que comenzaba a dar sentido a los relatos de Teresa sobre eventos ocurridos décadas atrás. Si efectivamente había existido una presencia de practicantes de artes ocultas en la región de Zacatecas durante el siglo XVII y principios del XIX, era plausible que algunos de estos individuos hubieran continuado sus actividades hasta épocas más recientes.
El padre coronel también recomendó que se realizara una bendición formal de la casa donde Teresa se estaba quedando, así como exorcismos preventivos para ella y sus hijos. Aunque reconocía que los aspectos sobrenaturales del caso estaban fuera de su experiencia directa, consideraba que las precauciones espirituales eran apropiadas dadas las circunstancias inusuales.
El Dr. Elisondo, por su parte, había estado consultando con colegas en la Ciudad de México sobre posibles explicaciones médicas para los episodios de Teresa. a través de correspondencia telegráfica había contactado al doctor Porfirio Parra, un prominente médico y filósofo positivista que se habíaespecializado en el estudio de fenómenos mentales inusuales y que había incorporado algunas de las teorías psicológicas más avanzadas que estaban emergiendo en Europa.
La respuesta del Dr. Parra proporcionó una perspectiva científica alternativa sobre el caso. Según el especialista capitalino, Teresa podría estar sufriendo de lo que los médicos franceses habían comenzado a denominar histeria traumática, una condición que podía manifestarse en formas muy diversas, incluyendo episodios de sonambulismo, automatismo psicológico y autolesiones inconscientes.
La teoría del doctor Parra sugería que el trauma de presenciar el asesinato de su padre durante su infancia había creado una fractura psicológica que se manifestaba décadas después bajo condiciones de estrés extremo. Los episodios de Teresa podrían ser reconstrucciones inconscientes de memorias traumáticas amplificadas por la ansiedad asociada con su reciente viudez y las dificultades económicas de mantener a sus hijos sin apoyo familiar.
Sin embargo, esta explicación médica no proporcionaba respuestas satisfactorias para aspectos específicos del caso, como la aparición de los objetos misteriosos o la precisión de las heridas autoinfligidas. El Dr. Elisondo reconocía las limitaciones de los conocimientos médicos de la época y la posibilidad de que estuvieran enfrentando fenómenos que trascendían la comprensión científica disponible.
El tercer episodio que ocurrió la noche del 24 de enero marcó un punto de inflexión crucial en la investigación del caso de Teresa Morales. Para entonces, las autoridades de San Luis Potosí habían decidido implementar un protocolo de observación más sistemático, reconociendo que estaban enfrentando algo que desafiaba tanto los métodos policiales convencionales como las explicaciones médicas disponibles en la época.
El inspector Vázquez había coordinado con el doctor Elisondo para establecer una vigilancia médica intensiva durante las horas nocturnas. El equipo de observación incluía al propio Dr. Elisondo, dos colegas médicos que habían viajado desde la capital del estado, específicamente para estudiar el caso, varios estudiantes de medicina y personal policial entrenado en técnicas de observación y documentación.
La casa de los Santa María Morales había sido preparada específicamente para la observación científica. Se habían instalado lámparas adicionales para asegurar iluminación adecuada. Se habían dispuesto instrumentos de medición rudimentarios para documentar cambios en temperatura y humedad y se había establecido un sistema de turnos para mantener vigilancia constante sobre Teresa durante toda la noche. Cuatro.
El cabo Eusebio Moreno, un veterano de las campañas militares en el norte del país y uno de los policías más experimentados de la fuerza municipal, había sido asignado como observador principal durante las horas críticas que habían caracterizado los episodios anteriores. Su reputación por la precisión de sus reportes y su resistencia a la sugestión lo convertían en un testigo ideal para documentar eventos que podrían ser fácilmente distorsionados por observadores menos entrenados.
La noche del 24 de enero había comenzado de manera aparentemente normal. Teresa había cenado con su familia, había jugado brevemente con sus hijos y se había retirado a dormir alrededor de las 9 de la noche después de tomar el sedante suave que el Dr. Elisondo había prescrito. Los observadores se habían distribuido estratégicamente por la casa, manteniendo contacto visual con Teresa, mientras intentaban permanecer lo más discretos posible para no interferir con cualquier fenómeno que pudiera desarrollarse.
Aproximadamente a las 10:30 de la noche, el Cabo Moreno comenzó a notar cambios ambientales que coincidían con los reportes de episodios anteriores. La temperatura del aire en la habitación donde dormía Teresa comenzó a descender de manera perceptible, a pesar de que la noche exterior era relativamente templada para la época del año.
Más inquietante aún, los instrumentos de medición que habían sido instalados comenzaron a registrar fluctuaciones extrañas en la presión atmosférica. El cabo moreno también notó que los sonidos normales de la noche, ladridos de perros, maullidos de gatos, ruidos de actividad humana residual, se desvanecieron gradualmente hasta crear un silencio casi sobrenatural.
Era como si toda la ciudad se hubiera quedado dormida al mismo tiempo. Escribiría más tarde en su reporte oficial. Incluso el viento había cesado completamente. A las 10:45, Teresa comenzó a mostrar los signos físicos que habían precedido a sus episodios anteriores. Su respiración se volvió más profunda y rítmica.
Sus músculos se tensaron gradualmente y sus ojos se abrieron, aunque claramente no estaba consciente. Sin embargo, esta vez los observadores pudieron documentar aspectos del procesode transformación que no habían sido notados previamente. El Dr. Risondo, utilizando un cronómetro que había traído especialmente para la ocasión, documentó que la transición completa del Estado normal de Teresa al estado alterado tomó exactamente 42 minutos.
Durante este periodo pudo realizar exámenes médicos no invasivos que revelaron cambios fisiológicos significativos. Su pulso se desaceleró de manera dramática. Su temperatura corporal descendió varios grados y sus pupilas se dilataron, de manera que no respondía a cambios en la iluminación. A las 11:30, Teresa se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia el patio central de la casa.
Sus movimientos tenían la misma cualidad flotante que había sido descrita en episodios anteriores. Y el cabo Moreno confirmó la observación previa de que sus pies descalzos no producían sonido alguno sobre las piedras del piso, a pesar de que él podía escuchar claramente sus propios pasos mientras la seguía a distancia. Esta vez, sin embargo, en lugar de dirigirse directamente al centro del patio, Teresa se detuvo frente a un espejo antiguo de cuerpo completo que colgaba en el corredor principal.
El espejo, una pieza heredada que había pertenecido a la familia Santa María durante generaciones, reflejaba la luz de las lámparas, de manera que todos los observadores pudieron ver claramente tanto a Teresa como su reflejo. Lo que ocurrió a continuación fue documentado por múltiples testigos y se convertiría en uno de los aspectos más inexplicables del caso entero.
Teresa comenzó a mantener una conversación clara y audible con su propio reflejo, pero las palabras que salían de su boca no correspondían con los movimientos de sus labios tal como se reflejaban en el espejo. Era como si estuviera teniendo una conversación real con alguien que aparecía en el reflejo, pero que no era visible para los observadores.
“Ya sé que estás ahí”, decía Teresa mirando fijamente al espejo. “He cumplido mi parte del trato todos estos años. Dejé que tomaras a Ramón, dejé que tomaras a Joaquín, pero mis hijos no. Ellos no tienen la culpa de lo que pasó entre tú y mi familia. La conversación continuó durante más de 20 minutos, con Teresa alternando entre momentos de súplica desesperada y otros de aparente negociación.
En varias ocasiones parecía estar escuchando respuestas que ninguna de las otras personas presentes podía percibir, asintiendo o negando con la cabeza, según alguna lógica que solo ella comprendía. El doctor Sebastián Lerdo de Tejada, sobrino del expresidente de la República y uno de los médicos visitantes que había venido específicamente para estudiar el caso, había traído consigo un aparato fotográfico experimental que había adquirido en París y que era capaz de tomar imágenes en condiciones de iluminación reducida.
decidió documentar fotográficamente el episodio. Una decisión que produciría evidencia que perturbó profundamente a todos los involucrados en la investigación. El proceso de tomar fotografías en 1885 requería exposiciones prolongadas y equipos pesados, pero el doctor Lerdo de Tejada logró capturar varias imágenes de Teresa durante su conversación con el espejo.
Cuando las placas fotográficas fueron reveladas en el laboratorio del fotógrafo profesional más competente de San Luis Potosí, mostraron algo que ninguno de los presentes había percibido durante el episodio real. En el reflejo del espejo, junto a la imagen de Teresa, aparecía claramente la silueta de una figura masculina de gran estatura.
La figura estaba vestida con ropas que correspondían, obviamente a una época anterior, posiblemente de principios del siglo XIX. Más inquietante aún, la figura tenía las características físicas específicas que Teresa había descrito en sus relatos sobre el asesino de su padre. Le faltaban claramente dos dedos de lo que parecía ser la mano izquierda y una marca oscura cruzaba su rostro de manera diagonal, desde la frente hasta la barbilla.
Los médicos y fotógrafos sometieron las placas a múltiples análisis para descartar errores en el proceso de revelado, doble exposición accidental o cualquier tipo de manipulación deliberada. Consultaron con expertos en fotografía en la Ciudad de México e incluso enviaron copias a especialistas en París que habían desarrollado las técnicas fotográficas más avanzadas disponibles en la época.
Ninguno pudo proporcionar una explicación técnica satisfactoria para la aparición de la segunda figura en las imágenes. Este descubrimiento marcó un punto de inflexión en la actitud de la comunidad médica y científica hacia el caso de Teresa. Hasta ese momento, la mayoría de los profesionales involucrados habían mantenido una perspectiva estrictamente racional, buscando explicaciones basadas en conocimientos médicos, psicológicos o sociológicos disponibles en la época.
La evidencia fotográfica, sin embargo,desafiaba cualquier marco explicativo convencional y forzaba a los investigadores a considerar posibilidades que trascendían su comprensión científica. El episodio de enero también fue notable por su duración extendida. En lugar de colapsar súbitamente, como había ocurrido en ocasiones anteriores, Teresa permaneció en su estado alterado durante toda la noche.
Su conversación con el espejo continuó de manera intermitente hasta el amanecer, con periodos de diálogo intenso alternando con momentos de silencio contemplativo. Durante las horas previas al amanecer, la naturaleza de la conversación cambió notablemente. En lugar de súplicas y negociaciones, Teresa comenzó a hacer afirmaciones que sugerían que algún tipo de acuerdo había sido alcanzado.
“Acepto los términos,”, decía repetidamente. “Acepto tomar el lugar de mis hijos, pero tiene que ser ahora y tiene que ser final. No más generaciones, no más persecución después de esto. Cuando finalmente llegó el amanecer, Teresa no colapsó como había ocurrido en episodios anteriores.
En su lugar, se alejó del espejo lentamente y regresó a su habitación, donde se acostó tranquilamente y cayó en lo que parecía ser un sueño natural y reparador. Sin embargo, permaneció inconsciente durante tres días completos. un periodo que preocupó profundamente a los médicos que la estaban atendiendo. Durante estos tres días de inconsciencia, Teresa experimentó fiebres extremadamente altas que no respondían a ningún tratamiento médico disponible en la época.
Su temperatura corporal alcanzó niveles que normalmente habrían resultado fatales, pero de alguna manera su organismo resistió. Más preocupante aún durante todo este periodo, murmuraba constantemente en lo que parecía ser un idioma completamente desconocido. El padre José María Coronel, quien había sido llamado para proporcionar asistencia espiritual durante esta crisis médica, intentó identificar el idioma que Teresa hablaba durante su estado febril.
Como sacerdote educado que hablaba latín, griego, nawatlle y varios dialectos indígenas de la región, tenía experiencia considerable con idiomas antiguos y modernos. Sin embargo, confirmó que las palabras que Teresa pronunciaba no correspondían a ninguna lengua que él conociera. No es latín ni griego ni ningún dialecto indígena conocido en esta región”, reportó el padre coronel a las autoridades.
Tiene una estructura fonética que me resulta vagamente familiar, como si hubiera escuchado sonidos similares antes, pero no puedo identificar su origen. posible que sea algún tipo de dialecto español muy antiguo o incluso alguna forma arcaica de árabe o hebreo. El periodo de inconsciencia de Teresa también estuvo acompañado por fenómenos ambientales que fueron documentados por los observadores médicos.
La temperatura de su habitación fluctuaba dramáticamente sin causa aparente, alternando entre frío intenso y calor sofocante en intervalos irregulares. Los instrumentos de medición registraron cambios en la presión atmosférica que no correspondían con las condiciones meteorológicas exteriores. Más inquietante aún, varios de los observadores reportaron experiencias auditivas extrañas durante las horas nocturnas.
Descripciones incluían sonidos de pasos en áreas de la casa donde no había nadie presente, murmullos en idiomas desconocidos que parecían provenir de las paredes mismas y ocasionalmente lo que sonaba como múltiples voces manteniendo conversaciones en susurros demasiado bajos. para distinguir palabras específicas, pero lo suficientemente audibles para confirmar su presencia.
Cuando Teresa finalmente despertó al cuarto día, su estado físico y mental había experimentado cambios notables. Por primera vez, desde que habían comenzado los episodios, mostraba una tranquilidad y serenidad genuinas que contrastaban marcadamente con la ansiedad constante que había caracterizado su comportamiento durante las semanas anteriores.
Sus heridas físicas habían sanado de manera sorprendentemente rápida y no mostraba signos de los efectos residuales que normalmente habrían resultado de las fiebres extremas que había experimentado. Se ha ido fueron las primeras palabras que Teresa pronunció al recuperar la consciencia. Ya no regresará.
El trato se ha completado. Cuando el doctor Elisondo le preguntó qué quería decir con estas palabras, Teresa proporcionó una explicación que añadió una dimensión completamente nueva al caso y que proporcionaría finalmente un marco coherente para entender todos los eventos misteriosos que habían ocurrido. Los meses que siguieron al episodio de enero marcaron el comienzo de una investigación más profunda que revelaría conexiones históricas perturbadoras y proporcionaría finalmente explicaciones para los eventos inexplicables que
habían sacudido a San Luis Potosí. Teresa, liberada aparentemente de las fuerzas que la habían atormentado,comenzó a proporcionar detalles sobre su historia familiar que habían permanecido ocultos durante décadas. La historia completa que emergió gradualmente a través de entrevistas extensas con Teresa y investigaciones archivísticas realizadas por las autoridades, reveló una saga que se extendía desde la época colonial hasta el presente, involucrando venganzas familiares, prácticas ocultas y una maldición que había perseguido a
la familia Morales durante generaciones. El caso de Teresa Morales se convertiría en uno de los expedientes más extraños en los archivos de San Luis Potosí, desafiando las explicaciones racionales y forzando a una sociedad moderna a confrontar la posibilidad de que existieran fuerzas que trascendían la comprensión científica de la época. M.