El hombre que despertó en la isla imposible

¿Cómo llegué aquí?

Si alguien me trajo… ¿no lo hizo para salvarme?

No lo sé.
Solo veo mar por todas partes y una selva espesa que parece no tener fin. El horizonte es perfecto, demasiado perfecto. Como si alguien hubiera dibujado una línea recta entre el cielo y el agua.

Necesito un punto alto, una señal de vida, alguna construcción… algo que me diga que este lugar existe de verdad.

Caí de rodillas en la arena, solo un momento. El cansancio me atravesaba los huesos. Entonces escuché un siseo.

Levanté la cabeza.

Mi mano encontró un palo enterrado en la arena.

Correr no era una opción.

La serpiente atacó primero.

Sentí el veneno quemándome el hombro como si me hubieran clavado fuego bajo la piel.

—Uno de los dos muere hoy —murmuré.

Golpeé.
Otra vez.
Y otra.

Pero la serpiente no moría.

Se retorcía, volvía a levantarse, como si esta isla no permitiera muertes fáciles. Como si todo aquí estuviera hecho para resistir… para sufrir… para hacer sufrir.

Golpes.
Veneno salpicando.

Los dos sabíamos cómo debía terminar esto. Pero ninguno se rendía.

Al final cayó.

Yo también.

Me tumbé en la arena esperando la muerte.

Con ese veneno no tenía sentido moverse. Solo quedaba contar los latidos del corazón hasta que todo se apagara.

Uno.
Dos.
Tres.

Pero no pasó nada.

Ni fiebre.
Ni parálisis.
Ni dolor.

Me incorporé lentamente.

—¿Estoy vivo… o algo peor?


El sol estaba ya alto en el cielo.

Demasiado alto.

No tenía agua. La sed me raspaba la garganta como vidrio molido.

Si había serpientes, debía haber agua dulce cerca.

Empecé a caminar.

La playa se extendía ante mí como una línea infinita. Arena perfecta. Mar perfecto.

Todo recto.

Aterradoramente recto.

Elegí un punto en el horizonte y avancé hacia él sin desviarme ni un milímetro.

Paso tras paso.
Hora tras hora.

Hasta que el horizonte… parpadeó.

Y entonces lo vi.

A mis pies.

El cadáver de la serpiente.

Me quedé paralizado.

—No puede ser…

No había girado. No había dado la vuelta.

Había caminado en línea recta todo el tiempo.

Y sin embargo había vuelto al mismo lugar.

Entonces lo entendí.

No lo dije en voz alta, pero lo supe.

No estoy en una isla.

Estoy en una cinta de correr.


Busqué comida.

Cangrejos. Raíces. Insectos.

Nada.

La isla parecía viva desde lejos.

Por dentro estaba muerta.

El hambre empezó a empujarme hacia la selva.

O eso… o morir en la playa.

Entré.

La espesura era sofocante.

Cada sombra parecía tener dientes.

Cada silencio pesaba.

Entonces lo comprendí.

Aquí nada crece para ser comido.

Aquí el único trozo de carne fresca…

soy yo.


Intenté trepar a un cocotero.

Tres metros.

Nada más.

Caí.

Respiré unos segundos y seguí caminando.

Vi hojas de palmera acumuladas en el suelo.

Tal vez algún coco habría rodado debajo.

Me agaché.

Levanté las hojas.

La serpiente salió disparada hacia mi yugular.

La esquivé por milímetros.

Ni siquiera sé cómo.

Instinto.

Otro ataque más en este infierno y mi cuerpo parecía moverse sin pedirme permiso.

Grité.

—¡¿Qué demonios es este lugar?!

Sé pelear. Sé matar.

Pero no sé quién soy.


La selva se abrió de golpe.

Frente a mí apareció algo imposible.

Una montaña negra.

Gigantesca.

Vertical.

Oscura.

Como si fuera el centro de toda la isla.

En su cima brillaban copas verdes cargadas de frutos.

Parecía una invitación.

O una trampa.

Iba a empezar a subir cuando algo me hizo detenerme.

La luz.

Las sombras se alargaron de golpe.

Miré al cielo.

El sol no se estaba poniendo.

Se estaba cayendo.

En segundos.

Sin transición.

Entonces la maleza crujió.

Un sonido pesado.

Profundo.

Algo inmenso acababa de pisar ahí dentro.

Corrí.

Corrí porque mi mente acababa de romperse.

Ese sonido era demasiado grande.

Demasiado antiguo.

Demasiado aterrador.


Esa noche no dormí.

Cada sonido me hacía saltar.

Cada sombra parecía esconder algo que venía a matarme.

Cuando por fin cerré los ojos… fue solo un instante.

Porque al abrirlos, el sol estaba otra vez en lo más alto del cielo.

El tiempo en esta isla no fluye.

Salta.


La sed me estaba matando.

Entonces vi algo.

Un brillo sobre unas hojas.

Rocío.

Me acerqué desesperado.

Llevé la lengua directamente a la hoja.

Error.

No era agua.

Era un ácido vegetal.

Salté hacia atrás escupiendo, con la lengua ardiendo.

—Esta isla… es sádica…

Me dejé caer en la arena.

Pero entonces lo vi.

Flotando entre las olas.

Un bidón de plástico transparente.

Agua.

Corrí hacia el mar.

El agua me llegó a la cintura.

Entonces algo emergió desde el fondo.

Un tiburón.

No iba a por el bidón.

Iba a por .

Escapé por centímetros.

El tiburón se quedó dando vueltas alrededor del bidón.

Esperando.


Decidí volver a la montaña.

Pero antes de entrar en la selva…

La maleza explotó.

No era una serpiente.

No era un animal normal.

Era un T-Rex.

Una montaña de músculos y dientes bloqueando el camino.

Giré hacia el mar.

Docenas de aletas cortaban el agua.

Tiburones.

Por todas partes.

No había salida.

Caí de rodillas.

—Hazlo…

El dinosaurio abrió las fauces.

Pero el mordisco nunca llegó.

Una figura cayó del cielo.

Derribó al monstruo.

Cuando se levantó, la vi.

Una mujer.

Sus ojos no eran salvajes.

Eran inteligentes.

Tristes.

Se acercó y me agarró por los hombros.

—Soy tu vigilante.

—¿Qué…?

—Escucha, Josef. No tengo tiempo.

Sentí que el mundo se rompía.

—Esto no es real —dijo.

—¿Qué?

—Estás dentro de una simulación.

Mi mente se quedó en blanco.

—Tu especie fue exterminada —continuó—. Solo quedan los humanos más resistentes. Estáis siendo probados en simulaciones extremas.

—¿Para qué?

—Para crear un nuevo ejército.

El cielo se iluminó con luces rojas.

—Ya vienen —susurró.

Me soltó.

—Finge estar muerto.

—¡Espera!

Se giró un segundo.

—Resiste, Josef. Volveré por ti.

Y desapareció entre la oscuridad.

Las luces láser comenzaron a barrer la playa.

Y por primera vez entendí algo peor que la muerte.

La prueba aún no había terminado.