Todos los días el hijo del millonario regresaba a casa sucio, sin dar explicaciones,

hasta que el padre decidió seguirlo en silencio y terminó presenciando algo que jamás imaginó ver.

Facundo Rivera siempre creyó que el mundo funcionaba como un gran escenario y él conocía cada marca exacta donde

debía pararse. El traje bien entallado, la sonrisa calculada, la voz firme que

hacía que los ejecutivos se enderezaran en la silla. La imagen lo es todo,

repetía en entrevistas como un mantra aprendido demasiado pronto. en casa. Sin

embargo, esa misma frase tenía otro peso, más duro, casi cortante.

Allí no había aplausos, solo silencio y exigencia, y cada gesto era medido como

si alguien estuviera observando todo el tiempo. Gustavo, su hijo de 12 años, era

lo opuesto a ese hombre rígido. tenía una sonrisa fácil, una mirada curiosa y

una forma gentil parecía pedir cariño a cada momento. Muchas veces se acercaba a

su padre con cuidado, como quien prueba el suelo antes de pisar. “Papá, mira

esto que hice en la escuela”, decía extendiendo un papel arrugado.

Facundo apenas levantaba la vista. Después, Gustavo, ahora no. El afecto

siempre se posponía como si fuera un asunto sin urgencia. Y el niño aprendía

en silencio a guardar sus pequeñas victorias para sí mismo. Un día cualquiera, aparentemente común, Gustavo

regresó de la escuela caminando más despacio. La mochila colgaba torcida del hombro y había una pequeña mancha oscura

en el dobladillo del pantalón. Nada grave, nada que llamara la atención de

cualquier otro padre. Pero Facundo lo notó en el instante en que el niño cruzó la sala. ¿Qué es eso

en tu ropa? Preguntó sin siquiera saludarlo. Gustavo miró hacia abajo confundido. Es solo suciedad, papá. Me

recargué en el suelo. La respuesta fue seca. No te fijas en cómo sales de la

casa. El niño pidió perdón casi en un susurro. Perdón. La lavo después.

Facundo acomodó su propia corbata frente al espejo, respirando hondo, como si aquello fuera un ataque personal.

Un Rivera no puede verse descuidado, pensó. No era la suciedad en sí lo que le molestaba, sino la posibilidad de que

alguien la viera, comentara, juzgara. Gustavo subió a su cuarto con esa vieja

sensación de haber fallado, aún sin entender exactamente en qué. En los días

siguientes, la situación se repitió, siempre con pequeñas variaciones. Un

poco de polvo en la manga, una rodilla ligeramente raspada, los tenis perdiendo

su blanco original. Facundo empezó a notar más de lo que quisiera.

Otra vez Gustavo decía cruzándose de brazos, “¿Qué van a pensar tus maestros?” El niño solo asentía. Me caí,

papá. Fue sin querer. Cada explicación parecía nunca ser suficiente. Con el

paso de las semanas, la suciedad dejó de ser discreta. Gustavo llegó a casa con

marcas de lodo más evidentes, el cabello desordenado, un pequeño corte en el brazo. Facundo alzó la voz. ¿Tienes idea

de lo ridículo que te ves? Disparó sintiendo el rostro arder.

Por dentro el pensamiento era otro. Si alguien toma una foto de esto, se acabó.

Gustavo intentó explicarse. Fue jugando en el recreo. Papá, no quiero saber,

interrumpió Facundo. Eso no es problema mío, pero no fue un caso aislado. Al día

siguiente, el niño estaba aún más sucio y al otro día todavía más. Ese niño,

antes tan cuidadoso, parecía cargar el mundo en la ropa. Facundo empezó a

sospechar. No se cae todos los días, pensó. está escondiendo algo.

La idea de que hubiera algo fuera de su control local comía, le quitaba el sueño. Hería un orgullo que siempre

había sido intocable. Fue en una tarde gris cuando decidió seguirlo. Vio a su

hijo salir de la escuela, mochila al hombro, pasos rápidos mirando a los lados. Facundo mantuvo distancia

fingiendo revisar el celular. Solo quiero entender”, murmuró para sí mismo, como si eso fuera una

justificación noble. El corazón le latía más rápido de lo que

quisiera admitir y la sensación se parecía extrañamente al miedo. Gustavo

no fue directo a casa, giró a la izquierda, luego a la derecha. Entró en

calles que Facundo nunca había recorrido. El entorno cambiaba en cada esquina. Edificios bien cuidados daban

paso a muros llenos de graffitis, banquetas cuarteadas, postes oxidados.

Facundo sintió crecer la incomodidad. ¿Qué hace aquí? La pregunta resonaba

insistente, acompañando cada paso. De pronto, el niño cruzó una zona de

matorrales, un sendero estrecho, casi invisible para quien no supiera que estaba ahí. Facundo dudó un segundo,

mirando sus zapatos caros. ¿Qué locura es esta?”, susurró antes de seguirlo. Las ramas

rasgaban el traje, las hojas se pegaban al dobladillo del pantalón, cada paso

parecía una afrenta a la vida que había construido con tanto cuidado. El sonido

llegó antes que la imagen, risas, voces finas, vivas resonando entre los

árboles. Facundo se escondió detrás de un tronco grueso con el pecho oprimido. Cuando

apartó algunas ramas, vio el galpón viejo abandonado, con puertas torcidas y

ventanas rotas, y frente a él un grupo de niños que parecía haber surgido de la

nada. Eran muchos, niños de distintas edades, ropa gastada, rostros marcados

por una madurez prematura. Al ver a Gustavo, corrieron. “Volviste”, gritó

uno de ellos. “¿Trajiste pan?”, preguntó otro riendo. Facundo sintió un golpe

físico. Lo conocen. Ese niño que casi no hablaba en casa era

recibido allí como alguien esencial. Gustavo abrió la mochila, sacó panes,

frutas, libros viejos. Tranquilos, hay para todos, dijo sonriendo. Una niña

pequeña se acercó llorando. Él se peleó conmigo dijo. Gustavo se agachó. Hey,

mírame, todo va a estar bien. Facundo sintió que la garganta se le cerraba. Nunca había escuchado a su hijo hablarle

así a él con tanta firmeza y cuidado. Los niños se sentaron alrededor formando

un círculo improvisado. Gustavo leía en voz alta, explicaba

palabras difíciles, escuchaba historias interrumpidas por risas y soyosos.