En el norte de México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno,

llegaba a caballo y con mauser en la mano. Chihuahua, 1914.

El polvo del desierto se pegaba a todo como maldición que no se quita con agua bendita. Y en ese polvo, entre cardones

secos y pueblos olvidados por Dios, había hombres que creían que el uniforme

federal les daba derecho a todo, a la tierra, a las cosechas, al ganado y a

las mujeres. Esta es la historia de un coronel que pensó que podía destruir a

una mujer y salir impune de un pueblo entero que escupió a una víctima en

lugar de defender su honor, y de Pancho Villa, el centauro del norte, que

convirtió a esa mujer despreciada en una de sus doradas más letales. Pero antes

de llegar a la justicia, compadre, primero hay que conocer la injusticia,

porque para entender la venganza que viene, primero tienes que sentir la rabia que la provocó. El coronel Esteban

Villarreal Soto memoriza ese nombre. Era un hombre de 43 años, bigote engomado,

negro como petróleo, ojos de víbora que mira desde la piedra y un uniforme

federal tan limpio que parecía que nunca había visto combate de verdad, porque

nunca lo vio. Este cobarde no ganó sus galones peleando contra revolucionarios.

Los ganó lamiendo las botas de generales más poderosos que él y robando a pueblos

que no podían defenderse. Alto fornido con esa arrogancia que solo tienen los

hombres que nunca han probado derrota. Caminaba por las calles de San Miguel de

las Cruces como si fuera dueño del aire que respiraban los campesinos. Y en

cierto modo lo era. Porque cuando un hombre trae 100 soldados federales

detrás de él y el gobierno lo respalda y no hay ley que lo detenga, ese hombre se

convierte en la ley. Villarreal tenía una hacienda requisada a un

revolucionario fusilado. Tenía tres mujeres diferentes en pueblos diferentes. Ninguna su esposa. Tenía

arcas llenas de oro robado de campesinos que nunca volvieron a ver un centavo de

sus cosechas y tenía un vicio que lo hacía más peligroso que una crán en bota

de trabajo. Le gustaba humillar, no le bastaba con robar. Tenía que ver a los

hombres arrodillarse, no le bastaba con violar. Tenía que destruir el alma

también. Y esa noche de octubre de 1914,

ese maldito iba a cometer el crimen que sellaría su destino. El sol del desierto

castigaba, pero la injusticia del coronel castigaba más. Esta no es una

historia inventada, compadre. Esta es una leyenda que se cuenta en Cantinas desde Chihuahua hasta Sonora. Una

leyenda que los viejos todavía susurran cuando hablan de los tiempos, cuando en México todavía había hombres de honor y

mujeres con más agallas que 100 cobardes juntos. Pero antes de continuar,

compadre, necesito que hagas algo. Si esta historia te está calando hondo, si

ya sientes esa rabia subiendo por las venas, dale like a este video ahorita

mismo. Suscríbete al canal porque lo que viene es la venganza más brutal y

poética que Villa ejecutó en toda su vida revolucionaria. y déjame un

comentario diciéndome desde qué ciudad nos estás viendo, porque esta leyenda

tiene que seguir viva y solo se mantiene viva cuando hombres de verdad la siguen

transmitiendo. Dale like, suscríbete y comenta tu ciudad, porque lo que viene,

compadre, lo que viene va a hacer que tu sangre hierva de pura indignación. Pero

también te va a hacer creer otra vez que la justicia, la verdadera justicia,

todavía existe, aunque tenga que llegar montada en caballo revolucionario y con

Winchester al hombro. Ahora sí, prepárate porque vamos a regresar a

aquella noche [ __ ] de octubre cuando el coronel Villarreal cometió el error

más grande de su miserable vida. La luna estaba gorda aquella noche, llena, como

ojo de Dios, mirando desde arriba, pero sin hacer nada para detener lo que estaba por pasar. San Miguel de las

Cruces era un pueblo chico, 200 almas, tal vez menos. Casas de adobe agrietadas

por el sol, una iglesia con campana oxidada que sonaba triste hasta en las bodas y una plaza polvorienta, donde los

perros se echaban a la sombra del único árbol que todavía no se había secado completamente.

El coronel Villarreal y sus federales habían llegado así a tres días.

Supuestamente estaban persiguiendo rebeldes villistas, pero todos sabían la

verdad. Estaban ahí para robar lo poco que el pueblo tenía y para recordarles a

los campesinos quién mandaba. Los federales se instalaron en la hacienda abandonada a las afueras del

pueblo. 100 hombres armados hasta los dientes, uniformes sucios de tanto

cabalgar, pero con rifles nuevos. mausers alemanes que brillaban más que

el futuro de cualquier campesino en ese pueblo olvidado. Durante esos tres días,

el coronel había hecho lo que siempre hacía, requisar grano, llevarse gallinas, cobrar impuestos

revolucionarios que iban directo a su bolsillo y mirar siempre mirando,

buscando. Y la encontró. Se llamaba Lucía Mendoza, 22 años, hija de un

pequeño ranchero que había muerto dos años atrás de fiebre. Su madre había

muerto en el parto de un hermano que tampoco sobrevivió. Lucía estaba sola en

el mundo, trabajando un pedazo de tierra seca que apenas daba maíz suficiente

para tortillas. Era bonita, eso sí, no bonita como las mujeres de ciudad con

sus vestidos franceses, bonita como el desierto después de la lluvia. Cabello

negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban cuando sonreía, piel

morena curtida por el sol, pero todavía suave, manos callosas de tanto trabajar