Un federal destrozó a una anciana indefensa por dar comida a Villa. El

pueblo cayó aterrado hasta que Villa llegó con una venganza brutal que no fue

de balas, sino de algo peor. Justicia pública, cruel y absoluta. Bienvenido al

canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre.

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Dicen los que vivieron aquellos años de pólvora y sangre que en Parral había un

federal llamado Rentería, que se creía dueño del aire que respiraba la gente.

No era hombre de guerra verdadera, de esas batallas donde se mide el valor de

cada quien, sino de las otras, las que se pelean contra los indefensos.

había subido de rango, no por valentía, sino por obediencia ciega, de esas que

no preguntan si la orden es justa o no, solo si viene de arriba. Y cuando llegó

a mandar en ese pueblo polvoriento del norte, trajo consigo una idea fija. El

miedo valía más que cualquier ley escrita en papel. Para rentería, Pancho Villa no era solo un enemigo de batalla,

era algo peor, un hombre que le quitaba lo que él creía suyo por derecho, que

era el respeto o el terror de la gente pobre. Porque Villa, con su bigote

tupido y su mirada que no se doblaba ante nadie, representaba algo que

rentería jamás podría entender, la posibilidad de que el de abajo le dijera

que no al de arriba. Y eso, para un hombre acostumbrado a que todos bajaran

la cabeza cuando pasaba, era más peligroso que mil rifles apuntándole al

pecho. Fue así como el nombre de doña Malena llegó a sus oídos. traído por

lenguas flojas y bocas asustadas. Era una anciana de esas que ya no se ven, de

manos curtidas por la tierra y el comal, de esas que sabían curar con hierbas y rezos, y que nunca le negaban un plato

de frijoles a quien tuviera hambre. No preguntaba si eras villista o federal,

si creías en Dios o en el si tenías hambre, comías. Si tenías sed,

bebías. Así de sencillo era su mundo, así de complejo para quien vivía de sembrar el

odio. Cuando los hombres de villa pasaban cerca del pueblo, cansados y con

la piel quemada por el sol del desierto, doña Malena les daba agua fresca del pozo y tortillas calientes, no por

política ni por ideales de esos que se gritan en las plazas. Lo hacía porque su

fe le decía que alimentar al hambriento no era traición. a nadie, sino

obediencia a algo más grande que cualquier bandera. Pero para rentería,

aquello era lo mismo que escupirle la cara. Si el pueblo empezaba a ver en villa un protector, si las manos

arrugadas de una vieja se abrían para darle de comer, entonces su autoridad de

federal se convertiría en nada más que un uniforme vacío, un fantasma que daba

órdenes a las sombras. Doña Malena vivía en una casita de adobe

que parecía haber nacido de la misma tierra. Las paredes guardaban el calor del día y

lo devolvían por la noche. Y en el patio había un nopal viejo, retorcido como los

años que ella llevaba encima. Ahí vivía con Teófilo, su nieto, un muchacho

flaco, pero de brazos fuertes, de esos que trabajan desde que sale el sol hasta que se esconde. Lo había criado ella

sola después de que la fiebre se llevara a su hija y el marido de esta se

perdiera en el alcohol y la tristeza. Teófilo no tenía más familia que su

abuela, y ella no tenía más mundo que él. La anciana hablaba con voz firme,

aunque el cuerpo ya le temblara. Decía siempre que los pobres tenían derecho a no ser pisoteados, que Dios no había

hecho a unos para que otros los usaran como escalones. Y rezaba por todos,

hasta por los federales, que le cobraban impuestos que ella no podía pagar, que

le quitaban el maíz que apenas alcanzaba para sobrevivir. No guardaba rencor,

pero tampoco se callaba. Y eso en tiempos de silencio obligado era

peligroso. Cuando llegó a oídos de los soldados de rentería, que la vieja tenía

fama de ser amiga de Villa, el oficial vio ahí su oportunidad. No quería solo

castigar a una mujer anciana, eso cualquier cobarde lo hace. Lo que quería

era aplastar un símbolo, mandar un mensaje que corriera de boca en boca hasta llegar a los rincones más

escondidos de la sierra. Quien ayudara a Villa, aunque fuera con un vaso de agua,

pagaría con sufrimiento. No importaba si era hombre o mujer, joven o viejo. El

miedo no pregunta edad ni sexo. La tarde que escogió para dar su lección fue de

esas que pesan en el aire. Cuando el calor aprieta y ni los perros ladran,

Rentería llegó al pueblo con un grupo de soldados, todos montados en caballos,

que levantaban polvo como si quisieran borrar el mundo. No hizo alarde, no

gritó órdenes desde lejos. Entró directo a la casa de doña Malena, rompiendo la

puerta con una patada que hizo temblar las paredes de adobe. La anciana estaba

moliendo maíz con ese ritmo pausado que solo dan los años. y la costumbre.

Levantó la vista y vio a Rentería de pie en su puerta, con el sol a la espalda,

convirtiéndolo en una silueta oscura. No bajó la mirada. Le preguntó qué se le

ofrecía con la misma calma con que le hubiera preguntado a un vecino. Eso lo

enfureció más que cualquier insulto. Ordenó a sus hombres que la sacaran a la

calle. Deófilo estaba en el solar, cuidando las pocas gallinas que tenían.

Cuando oyó los gritos y el ruido de botas entrando a la casa, corrió hacia allá. Llegó justo a tiempo para ver cómo

arrastraban a su abuela al polvo de la calle, cómo Rentería la acusaba en voz

alta de ser traidora a la patria, de dar cobijo y alimento al bandido de villa.

Ella no negó nada. dijo con voz clara, aunque ya le faltaba el aire, que jamás

se arrepentiría de darle de comer a un hambriento, fuera quien fuera. Lo que

siguió fue rápido y brutal, pero sin necesidad de pintarlo con detalles que