La Olla Vacía: El momento más oscuro de una madre
Era noviembre de 2016 cuando Lucía

Fernández, de 32 años, se quedó mirando la olla vacía como si fuera un espejo de
su propia vida. La noche caía pesada sobre la colonia Emiliano Zapata en Nesa
Walcoyotl, Estado de México. El viento frío de aquel invierno que se acercaba
se colaba por las rendijas de su casa de lámina, llevando consigo el olor a tamales del puesto de la esquina.
Un olor que antes le parecía normal, pero que ahora era una tortura. Lucía
tenía tres hijos, Juanito de 7 años, Sofía de cinco y el pequeño Carlitos de
apenas dos. Sus rostros delgados la miraban con esos ojos que solo los niños
tienen cuando conocen el hambre de verdad. No el hambre de un antojo o de
esperar la cena. El hambre que duele en el estómago y que no deja dormir. Hacía
tres meses que Alberto, su esposo, se había ido. Simplemente no regresó del
trabajo una tarde. No hubo explicaciones, no hubo despedidas, solo
su ausencia y las cuentas que se acumulaban sobre la mesa. Lucía trabajaba limpiando casas en Polanco,
ganando 120 pesos al día cuando había trabajo. Pero noviembre había sido
cruel. Las señoras de las casas grandes le decían que volverían a llamarla
después de las fiestas, que por ahora no necesitaban sus servicios. La olla de aluminio abollada descansaba
sobre la estufa de dos quemadores. Era lo único que quedaba de la cocina que alguna vez funcionó. Esa olla había
servido frijoles, caldos, sopas de pasta. Había alimentado a su familia
durante 5 años. Ahora solo reflejaba la luz amarillenta del foco que colgaba del
techo. Aquella noche, Juanito se acercó con pasos pequeños. “Mamá, ¿ya va a
estar la cena?”, preguntó con una voz que intentaba ser valiente. Lucía sintió
que el corazón se le partía en mil pedazos. Había pasado todo el día tocando puertas, buscando trabajo,
pidiendo prestado. Nadie tenía nada para dar. En su cartera había exactamente 22
con50. No alcanzaba ni para 1 kil de tortillas. Se arrodilló frente a sus hijos y los
miró a los ojos. Sofía sostenía a Carlitos en su regazo, como si quisiera protegerlo de algo que no entendía. El
pequeño tenía la mirada perdida, ese cansancio que no es natural en un niño de 2 años.
Hoy vamos a cenar algo especial”, dijo Lucía tratando de sonreír. “Vamos a tomar una sopa calientita.” Lo que sus
hijos no sabían es que esa sopa sería solo agua con sal. Lucía llenó la olla
con agua de la llave. El metal hizo un sonido hueco que resonó en la casa silenciosa. Agregó tres cucharadas de
sal, lo único que quedaba en la alacena vacía. encendió el quemador y esperó a
que hirviera. Las burbujas comenzaron a subir como pequeños gritos de desesperación. Sirvió el líquido
transparente en tres tazas desportilladas y se las dio a sus hijos. “Soplen bien para que no se quemen”, les
dijo mientras su voz se quebraba. Juanito tomó un sorbo y arrugó la cara. Era un niño inteligente. Sabía
exactamente lo que era aquello. “Esto no sabe a nada, mamá”, dijo, “pero no con
reclamo, sino con tristeza. Es que es una sopa especial, mi amor, de
esas que te calientan por dentro”, respondió Lucía, sintiendo que cada palabra era una mentira que le quemaba
la garganta. Sofía también probó y sus ojitos se llenaron de lágrimas, pero no
dijo nada. Carlitos escupió el agua y comenzó a llorar. Lucía lo cargó
meciéndolo mientras susurraba palabras que sonaban huecas incluso para ella.
Esa noche, después de acostar a sus hijos en el único colchón que compartían los cuatro, Lucía se quedó sentada en el
piso de cemento frío, abrazando la olla vacía contra su pecho. Las lágrimas
caían silenciosas, una tras otra, llenando ese recipiente de aluminio con
una tristeza que pesaba más que cualquier guiso. Cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo rezó de
verdad. Dios mío, susurró en la oscuridad, sé que no soy nadie para pedirte nada. He
cometido errores, he tomado malas decisiones, pero mis hijos, mis hijos no
merecen esto. Son inocentes. Tienen hambre, señor, y yo no tengo nada
que darles. Su voz se quebró en un soyo, que intentó ahogar para no despertar a
los niños. Si quieres castigarme a mí, hazlo. Si quieres que sufra, lo acepto. Pero a
ellos no. Dame una señal, una oportunidad, lo que sea. No te pido riquezas ni lujos. Solo te pido que mis
hijos no se duerman con hambre. Solo eso, por favor. El silencio fue su única
respuesta. La olla descansaba en su regazo, fría y vacía, como un
recordatorio de todo lo que había perdido. Afuera el viento ahullaba entre las casas de lámina. Los perros
callejeros ladraban a lo lejos. La vida en la colonia Emiliano Zapata seguía su
curso indiferente al dolor de una madre que ya no sabía cómo seguir adelante.
Pero lo que Lucía no sabía en ese momento mientras abrazaba esa olla vacía en la oscuridad más profunda de su vida,
es que estaba a punto de vivir algo que cambiaría no solo su destino, sino el de
cientos de personas. A veces cuando tocamos fondo de verdad, cuando ya no
queda nada, excepto esa oración desesperada en medio de la noche, es exactamente cuando el cielo decide
moverse y la olla que ahora estaba vacía, pronto estaría tan llena que
nunca volvería a vaciarse. Si esta historia ya te está tocando el corazón,
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hasta el final. Lo que estás por descubrir cambiará tu forma de ver el poder de la fe. Al día siguiente, Lucía
despertó con el cuerpo adolorido. Había pasado la noche en el piso sin poder dormir, escuchando los estómagos de sus
hijos rugir como truenos pequeños. La luz gris del amanecer se colaba por la
ventana sin cortinas. Era jueves 22 de noviembre de 2016, un día que quedaría
marcado en su memoria para siempre. se levantó con esfuerzo. Sus rodillas
crujieron, sus manos curtidas por el cloro y los detergentes temblaban. Tenía
32 años, pero se sentía de 50. La pobreza envejece, no solo el cuerpo,
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