Una capivara descontrolada invade el velorio de un asendado que falleció misteriosamente, llevando un objeto

extraƱo en la boca y dejando al hijo del difunto en estado de shock. “Agarren a ese animal, va a romper el ataĆŗd”, grita

una mujer desesperada. Entonces el hijo del ascendado se acerca al animal para

intentar calmarlo y se da cuenta de que lo que lleva en la boca es una carta,

pero no cualquier carta. Una carta escrita con la letra de su padre. Pero, ¿qué es esto? Esta es la letra de mi

padre. ¿Qué hacía esta carta en la boca de la capivara? Pregunta el joven intrigado. Cuando finalmente abre el

papel y comienza a leer, todos los presentes en el funeral quedan paralizados, incapaces de creer en la

revelación impactante que contenía aquella carta. El sol del mediodía castigaba el techo de Zinc de la pequeña

casa de madera, golpeando con fuerza las lƔminas oxidadas y haciendo que el calor

se expandiera por el interior de la sala como un peso difĆ­cil de soportar. El

aire parecƭa detenido, espeso, pegƔndose a la piel de quienes estaban allƭ. Cada

respiración venía acompañada de incomodidad, como si incluso el silencio estuviera demasiado caliente. Este calor

estĆ” para partir la cabeza. Parece que el sol decidió castigar hoy,”, murmuró

uno de los hombres sentados pasƔndose la mano sudorosa por la frente mientras levantaba la vista hacia el techo de

Zinc, que crujĆ­a levemente bajo el calor intenso. Otro hombre, sentado en una

silla de plÔstico ya torcida por el paso del tiempo, se movió con dificultad,

intentando encontrar una posición menos incómoda. La casa pequeƱa se calienta rĆ”pido y mĆ”s en un dĆ­a como este”,

respondió soltando un suspiro pesado mientras se abanicaba el rostro con el sombrero. Después de eso, el silencio

volvió a dominar el ambiente. Un silencio extraño, cargado, roto apenas

por el sonido distante de los insectos afuera y por el crujido ocasional de la madera vieja de la casa, hasta que

alguien comentó en un susurro: “Nunca imaginĆ© ver a JosĆ© Pepe RamĆ­rez ahĆ­ dentro. dijo lanzando una mirada rĆ”pida

y respetuosa en dirección al ataúd sencillo en el centro de la sala, como si temiera quedarse mirÔndolo por

demasiado tiempo. En medio del cuarto, el ataúd llamaba la atención por su sencillez, hecho de madera barata, sin

barniz ni adornos, descansaba sobre dos caballetes de hierro oxidados, claramente improvisados. A su alrededor,

media docena de sillas de plƔstico estaban esparcidas, ocupadas por los pocos amigos que el viejo carretero,

conocido por todos como Pepe RamĆ­rez, habĆ­a hecho a lo largo de la vida simple

y dura que llevó. Andrés Ramírez, el único hijo de Pepe, permanecía de pie

junto a la cabecera del ataĆŗd. No se habĆ­a apartado de allĆ­ en ningĆŗn momento. Sus ojos estaban rojos e

hinchados, delatando las horas de llanto contenido. Sus manos Ɣsperas, marcadas

por el trabajo pesado, apretaban un sombrero de paja contra el pecho, como si aquel objeto fuera lo Ćŗnico que

todavía lo mantenía en pie. Permanecía inmóvil, con el cuerpo rígido, mirando

el rostro sereno de su padre. Uno de los presentes se inclinó en la silla y le

susurró al hombre de al lado. El muchacho estÔ ahí desde temprano. No se

sentó ni un minuto. Comentó en voz baja, observando a Andrés con cierta

preocupación. Doña Rosa, vecina antigua y conocida de la familia, suspiró hondo

antes de levantarse. El gesto parecĆ­a exigirle esfuerzo, como si el propio

clima pesado de la sala empujara hacia abajo. Con cuidado se acercó a Andrés,

sosteniendo un vaso de agua. Hijo mĆ­o, toma al menos un poco de agua”, pidió

extendiendo el vaso con la mano temblorosa. No has comido nada desde ayer. A tu

padre no le gustaría verte así, completó con la voz quebrada y los ojos llenos de

lÔgrimas. Andrés miró el vaso durante unos segundos, respiró hondo y respondió

en voz baja. “No me pasa, doƱa Rosa”, dijo tragando saliva. “Hay algo atorado

aquĆ­ en la garganta. Parece que no se va”, aƱadió llevĆ”ndose la mano al cuello sin darse cuenta. Ella insistió

acercando un poco mĆ”s el vaso. “ĀæNi un sorbo?”, preguntó con delicadeza. AndrĆ©s

negó lentamente con la cabeza. “No puedo,”, respondió. “PapĆ” se fue

demasiado rĆ”pido. Ni siquiera pudimos hablar bien.” Completó apartando la mirada del ataĆŗd como si seguir

mirÔndolo fuera insoportable. Don Gabriel, que estaba sentado cerca de la puerta, se levantó despacio, todavía

abanicĆ”ndose con el periódico doblado. Caminó hasta AndrĆ©s y apoyó su mano pesada sobre el hombro del muchacho. “Tu

padre fue un hombre raro, Āæsabes?”, dijo con firmeza, pero con cariƱo en la voz.

Después de mirar el rostro tranquilo en el ataúd, continuó. Nunca le dio la

espalda a nadie. CuÔntas veces esa carreta vieja me ayudó y él nunca cobró

nada. Andrés dejó escapar una sonrisa breve y amarga que no llegó a los ojos.

Era demasiado bueno y también terco, respondió. Yo le decía que parara, que

descansara un poco, que la capivara ya estaba vieja, que la carreta no aguantaba mÔs, añadió con la voz

fallÔndole. Don Gabriel asintió en silencio. Sha Andrés respiró hondo y

continuó, ahora con la voz aún mÔs quebrada, pero siempre respondía lo mismo, que mientras tuviera piernas iba

a trabajar. Hizo una breve pausa antes de concluir. Ahora descansó para

siempre. MarĆ­a entró en la sala en ese momento cargando un termo. “Traje cafĆ©

para quien quiera”, avisó repartiendo los vasitos. Al acercarse a AndrĆ©s, habló con cuidado. ĀæY ahora quĆ© vas a

hacer, AndrĆ©s? Ɖl respiró hondo antes de responder. No lo sĆ©, MarĆ­a dijo mirando

alrededor de la casa sencilla. Esta casa y ese pedacito de tierra afuera eran

todo lo que papĆ” tenĆ­a. Hizo una breve pausa antes de continuar. Siempre decĆ­a

que vivíamos aquí de favor del antiguo patrón, pero también decía que nadie nos iba a sacar de aquí. ¿Y te vas a quedar?

Preguntó ella con cautela. Voy a intentar seguir adelante, respondió Andrés. Cuidar de los animales, ver si

logro arreglar la carreta. Añadió como si intentara convencerse a sí mismo. El

ambiente pesado de tristeza fue interrumpido de repente por un fuerte ruido proveniente del patio, como si

algo estuviera siendo forzado o roto. El sonido retumbó con fuerza, haciendo que