Hice amor prohibido con la Hija del Hacendado más poderoso, Días después su cuerpo estaba frío

La madrugada apenas rompe sobre el desierto de Chihuahua y un hombre camina

despacio por el camino de terracería que lleva a la hacienda más grande de toda la región. En sus brazos, como si

cargara lo más sagrado del mundo, lleva el cuerpo sin vida de una mujer joven.

Bella, dicen los que la vieron, tan bella que hasta muerta parecía una virgen de yeso. Ese hombre se llama

Esteban de la noche y la mujer en sus brazos era Rosana, la única hija de don

Pedro Ochoa, el acendado más poderoso y temido de toda la Sierra Madre

Occidental. Pero esperen, porque antes de contarles qué demonios pasó en la

barranca de las ánimas, antes de revelar por qué ese cuerpo terminó en los brazos

de Esteban, necesito que entiendan algo. Esta no es una historia de amor

cualquiera. Esta es una historia de obsesión, de misterio, de fuerzas que

nadie debería despertar. Y sobre todo es una historia sobre el precio que pagamos

cuando desafiamos el destino. Tú estás escuchando el canal Legendarios del

Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí,

vamos a comenzar. Corría el año de 1916.

La Revolución Mexicana había desangrado al país durante 6 años. Pero en aquella

región del norte, entre Chihuahua y Sonora, había un hombre que parecía inmune al caos, don Pedro Ochoa. Don

Pedro no era un hombre común, no, señor. Era de esos hombres que cuando entraban

a un cuarto, el aire mismo cambiaba. Alto, de bigote espeso y mirada de

acero, había construido su imperio a punta de astucia, mano dura y, dicen

algunos, pactos que mejor no mencionar. Su hacienda, la soledad, era un reino

dentro del reino. Miles de hectáreas que se extendían hasta donde la vista se

perdía en el horizonte ondulante del desierto. Tenía ganado caballos de pura

sangre, campos de maíz que desafiaban la sequía y lo más importante, tenía

pistoleros, los mejores de toda la región. Al frente de esos pistoleros estaba tuerto, un

cabrón sin escrúpulos, ciego del ojo derecho por una navaja en Torreón, pero

con el izquierdo veía más que 10 hombres juntos. Tuerto le era leal a don Pedro

como un perro a su amo, y eso, créanme, hacía de él el hombre más peligroso de

la hacienda. Pero don Pedro tenía algo más valioso que todo su ganado y toda su

tierra junta. tenía a Rosana. Rosana era cómo describirla sin caer en lugares

comunes. Era bella, sí, pero no era solo eso. Tenía 21 años y en sus ojos había

una mezcla extraña de inocencia y fuego, de mansedumbre y rebeldía, pelo negro

como la obsidiana, piel morena clara. Y cuando sonreía, cuando sonreía, dicen

que hasta las flores del patio se abrían más. Don Pedro la protegía como se

protege una joya. Después de que su esposa muriera de fiebre tifoidea cuando

Rosana tenía apenas 10 años, el ascendado juró que nada, absolutamente

nada le pasaría a su hija. La mantenía en la casa principal como si fuera una

princesa en una torre. pocas veces salía, pocas veces hablaba con extraños

y los hombres que osaban mirarla más de la cuenta, bueno, esos hombres aprendían

rápido que don Pedro Ochoa no tenía sentido del humor para esas cosas. Rosana vivía su vida entre las paredes

encaladas de la hacienda, entre bordados, misas dominicales con el padre

del pueblo y las historias que le contaba Chabela. Ah, Chabela, la vieja

criada que había criado a Rosana desde que era una chamaca. Chabela conocía todos los secretos de la familia Ochoa,

todos. Y aunque era leal a don Pedro, sentía una ternura especial por Rosana.

La veía marchitarse como una flor en el desierto, sin agua, sin libertad, sin

vida. Pero aquí es donde la historia se pone interesante, compadre, porque en

1916 algo cambió en la soledad. Llegó un hombre, un hombre que no era como los

demás peones y trabajadores que iban y venían por la hacienda. Un hombre del

que se contaban historias en voz baja. Esas historias que se platican junto al

fuego cuando la noche aprieta y los coyotes ahullan a lo lejos. Ese hombre

era Esteban de la noche. Ahora, antes de seguir, necesito contarles de dónde

salió ese nombre, porque de la noche no es apellido que se herede, es apellido

que se gana. Y Esteban lo ganó de la forma más cabrona posible. Tenía Esteban

apenas 16 años cuando don Cayetano, un ascendado vecino, perdió cinco reces en

una sola semana, un jaguar. Una bestia enorme que bajaba de la

sierra al anochecer y se llevaba los becerros como si fueran corderos. Don

Cayetano ofreció buena paga a quien matara a esa fiera. Varios pistoleros lo

intentaron. Ninguno volvió con el pellejo del animal. Uno ni siquiera

volvió. Entonces Esteban, que trabajaba arreando ganado para don Cayetano, se

ofreció. Los hombres se rieron. Un chamaco flaco, callado, de ojos

profundos y manos de campesino, que iba a hacer contra un jaguar. Pero Esteban

no dijo más. Agarró su rifle viejo, un machete oxidado, y se internó en la

sierra. Pasó el primer día, nada. Pasó el

segundo día, silencio. Al tercer día, cuando el sol apenas comenzaba a pintar

de rosa el horizonte, Esteban apareció caminando por el camino de terracería.

Venía cubierto de lodo seco, de espinas de cardón, de sangre que no era suya. Y

en su espalda, amarrada con mecate, traía la piel del jaguar, un macho

enorme. Dicen que era el más grande que se había visto en décadas. Los hombres

se quedaron mudos. Don Cayetano le preguntó, “¿Cómo chingados lo hiciste,

muchacho? ¿Cómo sobreviviste tres noches en la sierra, en la oscuridad total, con

esa bestia rondando?” Y Esteban, con esa voz tranquila que tenía, respondió algo