Bienvenidos a un nuevo capítulo de El Hampa  Bruta, el canal donde nos adentramos en las  

historias más oscuras del crimen organizado.  Aquí, nuestro propósito no es glorificar, sino  

narrar con precisión los eventos que han marcado  a generaciones, presentando relatos complejos con  

dramatización para acercarnos a la realidad de  los que han cruzado la línea entre el poder y  

la violencia. En este episodio, exploraremos la  historia de un hombre que, a pesar de su fachada  

de generosidad, se movió en las sombras del  tráfico de narcóticos, enfrentándose a enemigos  

poderosos y dejando una huella imborrable. Esta  es la historia de Juan Manuel Salcido Uzeta,  

mejor conocido como El Cochiloco. Y recuerda,  si te interesan estas historias que desvelan los  

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prepárate para conocer la historia de Juan Manuel  Salcido Uzeta, alias El Cochiloco, un hombre que  

vivió en la delgada línea entre la generosidad  y el poder letal del tráfico de narcóticos.  

Juan Manuel Salcido Uzeta nació en octubre de 1946  en Sinaloa. Desde joven, se ganó el apodo de El  

Cochiloco, herencia de su abuela quien le decía  que parecía un cochi loco debido a su carácter  

inquieto. Su vida no estuvo destinada al crimen  desde su inicio, ya que comenzó como comerciante,  

vendiendo huaraches en su natal Sinaloa. Sin  embargo, el destino lo llevó por otro camino,  

y pronto, su nombre quedaría vinculado a los  oscuros pasillos del tráfico de narcóticos.  

A finales de la década de 1960, en medio de una  región marcada por la violencia y la lucha por  

el control de territorios, El Cochiloco se  adentró en el mundo del crimen organizado.  

Inició su carrera como sicario a sueldo, y con el  tiempo, su astucia y brutalidad lo catapultaron a  

un puesto de influencia involucrado con  el Cártel de Guadalajara, dirigido por  

Miguel Ángel Félix Gallardo, el jefe de jefes. En  1972, tras la muerte de su padrino Modesto Osuna,  

la figura de Juan Manuel Salcido Uzeta, comenzó  a tomar fuerza en el mundo del crimen organizado.  

La muerte de su padrino, Modesto Osuna, un hombre  de gran influencia en Sinaloa, marcó un antes y un  

después en la vida de El Cochiloco, quien, a pesar  de su juventud, ya había comenzado a destacar en  

las sombras del narcotráfico. Sin embargo, las  autoridades no tardaron en ponerle la mira.  

Presuntamente, un año antes, en 1971,  Salcido Uzeta, junto a sus dos hermanos,  

estuvo involucrado en la ejecución de dos  personas, un hecho que no pasó desapercibido  

para las fuerzas de seguridad. Aunque su nombre  aún no era completamente conocido en ese momento,  

esa acción violenta dejó claro que el joven  Cochiloco estaba dispuesto a todo para consolidar  

su poder y su lugar en el hampa. Fue en ese  contexto de sangre y traición donde su ascenso  

en el tráfico de sustancias ilícitas comenzó  a tomar forma, primero como un sicario, luego  

como un operador clave en las redes del Cártel de  Guadalajara. Era un hombre conocido tanto por su  

capacidad para eliminar a sus enemigos como por  su generosidad con aquellos que le eran leales.  

Su apodo, El Cochiloco, reflejaba la dualidad de  su personalidad: un ser temido en el mundo del  

crimen, pero al mismo tiempo un hombre que cuidaba  a su gente y a su comunidad. En la década de 1970,  

El Cochiloco se vinculó estrechamente con figuras  clave como Don Pedro Avilés, un hombre crucial en  

la expansión del tráfico de narcóticos en México.  Aunque no hay fuentes directas que documenten su  

relación con el Cártel de Sinaloa en ese período,  diversas investigaciones e informes periodísticos  

sugieren que sus conexiones en el tráfico de  narcóticos lo pusieron en contacto con otros  

grupos criminales de la época. Estas supuestas  relaciones le abrieron puertas en la esfera del  

crimen organizado, y su creciente influencia lo  hizo un aliado de figuras clave en el tráfico de  

drogas en México. A través de sus contactos, El  Cochiloco estableció rutas de tráfico de drogas  

que se extendían desde México hasta los Estados  Unidos y más allá. A pesar de ser un hombre de  

influencia, su vida estaba marcada por los  riesgos inherentes a su profesión. En 1975,  

se cuenta que, tras ser acusado de un asesinato,  fue arrestado, pero logró escapar de prisión tras  

sobornar a las autoridades, un hecho que consolidó  su reputación como un hombre capaz de escapar de  

cualquier trampa. A fines de los 70 y principios  de los 80, se trasladó a Coquimatlán, Colima,  

bajo el alias de Pedro Orozco. Allí, pasó a ser  conocido como un hombre próspero en el negocio  

agrícola, lo que le permitió mantener un perfil  bajo y evadir la atención de las autoridades. Sin  

embargo, en la oscuridad de sus actividades, El  Cochiloco continuaba operando como uno de los  

principales enlaces entre el Cártel de Guadalajara  y las redes de narcotráfico colombianas,  

incluidos presuntamente los socios del infame  Pablo Escobar. Aunque su vida estaba plagada de  

violencia y poder, El Cochiloco también era  un hombre muy querido por los habitantes de  

Coquimatlán. Durante su tiempo allí, se ganó la  fama de ser un hombre generoso y amable, siempre  

dispuesto a ayudar a la comunidad. Era común que  se ofreciera como padrino en eventos importantes,  

como bodas o quinceañeras, lo que le permitió  forjar una imagen de benefactor en la región.  

De hecho, su generosidad fue tan destacada que  inspiró el corrido titulado El Benefactor de  

Colima, de Los Tucanes de Tijuana. Nadie, ni en  Coquimatlán ni en los alrededores, sospechaba  

de la verdadera naturaleza de este ingeniero que  había llegado a un pequeño pueblo con la fachada  

de un hombre de negocios, mientras controlaba un  vasto imperio de drogas. La vida de El Cochiloco  

estaba marcada por la constante evasión de la  ley, el fraude y la traición. En los años 80,  

tras la Operación Cóndor, el narcotraficante  se trasladó nuevamente a Guadalajara,  

donde estableció una serie de contactos en la  política local y en el mundo del narcotráfico,  

lo que le permitió seguir con su negocio. Sin  embargo, a pesar de su creciente poder, la sombra