Él leía la Biblia todos los días a las 7 en punto. El chico millonario lo vio y descubrió algo terrible. Todos los días,

exactamente a las 7 de la mañana, un niño pobre abría en silencio la misma Biblia hasta que un chico millonario

decidió preguntarle el motivo. La respuesta reveló un secreto tan doloroso

que cambiaría la vida de ambos para siempre. Era una mañana común en la ciudad. El sol apenas había salido en el

horizonte y las calles todavía estaban casi vacías en la esquina de una plaza

olvidada. Un niño con ropas gastadas y pies descalzos se sentaba en el mismo

banco de madera, ya agrietado por el tiempo. Habría con cuidado un libro antiguo. Las páginas estaban

amarillentas, algunas incluso rotas, pero para él aquel objeto era el mayor

tesoro que poseía. Era la Biblia que su madre le había dado y no se perdía un

solo día. A las 7 en punto se sentaba y leía en voz baja, como si tuviera un

compromiso ineludible con algo más grande. Al otro lado de la calle, un

niño con una vida completamente diferente pasaba en un coche de lujo acompañado de su chóer. Era el hijo de

una de las familias más ricas de la ciudad, acostumbrado a ver de cerca solo

fiestas, mansiones y viajes, pero por alguna razón aquel ritual le llamaba la

atención. Cada vez que el coche pasaba por allí, veía la misma escena repitiéndose, leer la Biblia siempre a

la misma hora sin falta. La curiosidad empezó a molestarle. ¿Quién sería ese

chico? ¿Por qué insistía en leer todos los días en el mismo lugar? Y, sobre todo, ¿qué había detrás de esa rutina

tan extraña para alguien que vivía en la calle rodeado de frío y hambre? Un día,

el chico millonario le pidió a su chóer que detuviera el coche. Bajó, caminó

hasta la plaza y se acercó al chico pobre. El silencio se rompió por una pregunta sencilla, pero que llevaba un

peso inmenso. ¿Por qué lees ese libro todos los días, siempre a la misma hora?

El chico levantó la vista que brillaba a pesar del cansancio de la vida dura.

Sosteniendo la Biblia contra el pecho, respondió con una calma inesperada.

porque fue lo último que me dejó mi madre. En ese instante, el chico rico se quedó sin reacción. No esperaba escuchar

algo tan directo, tan duro. El pobre respiró hondo y continuó como si

necesitara compartir su dolor con alguien. Ella me dio este libro una mañana como esta. Dijo que iba a comprar

comida y que volvería pronto. Salió a las 7 en punto y nunca más la volví a

ver. Desde entonces leo a las 7 todos los días. esperando que de alguna manera

ella regrese. El millonario sintió un escalofrío recorrer su espalda por

primera vez en la vida. Se dio cuenta de que había dolores que el dinero jamás podría pagar. El silencio que siguió a

aquella revelación parecía pesar en el aire. El chico millonario, acostumbrado a respuestas sencillas y superficiales,

no sabía cómo reaccionar. Nunca imaginó que detrás de un gesto tan pequeño

pudiera existir un dolor tan grande. Se sentó al lado del chico pobre, aún

tratando de procesar las palabras que había escuchado. ¿De verdad esperas que vuelva?, preguntó casi sin darse cuenta

de que estaba invadiendo algo sagrado. El chico pobre apretó la Biblia contra el pecho como si fuera un escudo contra

las incertidumbres de la vida. Sus ojos llorosos reflejaban no solo la nostalgia, sino también una esperanza

obstinada que el tiempo aún no había destruido. “No lo sé”, respondió en voz baja. “Pero

si dejo de creer, entonces sí que nunca más la veré”. Esa frase golpeó el

corazón del chico rico como una flecha invisible. pensó en su propia madre, que

siempre estaba cerca, preparándole el desayuno antes de ir a la escuela, abrazándolo en las noches frías,

regalándole todo lo que deseaba. Nunca se le había pasado por la cabeza que una

madre pudiera desaparecer, dejando atrás solo un libro. De repente, el ruido de

los coches de lujo y las risas que resonaban desde una panadería cercana parecían tener sentido. El chico rico se

dio cuenta por primera vez de que existían dos mundos diferentes, separados por una línea invisible, el

mundo de la abundancia y el de la escasez. Y él, aún rodeado de todo, nunca se había sentido tan vacío frente

a la fe de aquel chico. Sin saber por qué, el chico rico regresó al día siguiente. El chófer se extrañó, pero

obedeció el pedido de su pequeño jefe. Otra vez, a las 7 de la mañana, allí estaba el niño pobre, sentado en el

mismo banco con el mismo libro abierto. El rico se acercó y se quedó en silencio, solo observando. Los días

siguientes se repitieron. Poco a poco, el rico empezó a llevarle pan, frutas, a

veces incluso una manta escondida de su familia. No quería que el chico lo supiera, pero pasaba la noche pensando

en esa historia. ¿Cómo una madre podía desaparecer así? ¿Dónde estaría? ¿Habría

abandonado a su hijo? ¿O había algo más profundo y terrible detrás? Con cada visita, la inesperada amistad crecía. El

chico pobre compartía versículos de la Biblia, explicaba cómo cada palabra le daba fuerza para no rendirse y el

millonario, en silencio, descubría un tipo de riqueza que el dinero jamás compraría. Y en el fondo, sin darse

cuenta, una pregunta martillaba en la mente del chico rico y si la desaparición de esa madre escondiera una

verdad que nadie quería revelar. El chico millonario ya no iba solo por curiosidad. Ahora era como si algo lo

atrajera todas las mañanas a esa plaza olvidada. El chóer no entendía la insistencia del chico e incluso intentó

razonar con él. Tienes compromisos, clases, necesitas descansar. ¿Por qué te

importa tanto ese niño? Pero el rico solo respondía, porque siento que

todavía no sé toda la verdad. Ese día el pobre leía un pasaje en voz baja. Los

labios le temblaban mientras sostenía el libro con fuerza. El rico se acercó lentamente y sin darse cuenta terminó

escuchando al niño murmurar, “Aunque ande por el valle de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú

estarás conmigo.” Las palabras sonaron como un eco pesado, y el millonario no

pudo contener la curiosidad. Se sentó a su lado y preguntó, “¿Nunca más supiste

nada de ella? ¿Nadie te dijo nunca lo que pasó?” El chico pobre bajó la vista

y se quedó en silencio por unos instantes. La respuesta vino con un nudo en la garganta. Dijeron que tal vez se

la llevaron, que cayó en manos de gente mala. La frase cayó como una piedra