Mariana caminaba apresuradamente por los
pasillos del supermercado, su carrito
casi vacío, con la mente en mil cosas a
la vez. Afuera, la tarde caía

lentamente, pero para ella el tiempo era
una carrera contra la preocupación. Su
hija Sofía, de apenas 3 años, estaba
enferma en casa, con fiebre y llantos
intermitentes que no cesaban.
Cada minuto, sin conseguir la leche
especial que necesitaba se sentía como
una eternidad.
murmuraba para sí misma mientras buscaba
entre los estantes, “Solo leche, solo
leche, por favor, que no se haya acabado
entre los colores de los envases y el
zumbido de los refrigeradores, Mariana
chocó inesperadamente con alguien.
Su carrito dio un pequeño giro y una
caja de cereales cayó al suelo. ¡Ay,
disculpa”,
dijo Mariana agachándose rápidamente
para recogerla. Delante de ella, un
hombre parecía igual de apresurado.
Sostenía un teléfono en la mano y
revisaba los estantes con una mezcla de
frustración y urgencia.
Tenía unos 30 años, el cabello oscuro,
ligeramente despeinado, ropa casual
elegante y un aire de alguien
acostumbrado a resolver problemas, pero
no a este nivel. No te preocupes”,
respondió él, levantando la mirada y
sonriendo un poco nervioso.
Estoy buscando leche también, pero no
para mí. Mariana lo miró sorprendida
arqueando una ceja. “¿No para ti?”,
preguntó curiosa y algo divertida. El
hombre suspiró y guardó el teléfono en
el bolsillo, como si acabara de decidir
confesar algo. “Para mi hija, tiene
alergia a casi todo y solo puede tomar
esta marca específica.
Es como buscar una aguja en un pájar.
Mariana sintió un clic de empatía
inmediato.
Asintió con la cabeza mientras apartaba
su carrito para darle espacio y ambos
empezaron a buscar entre los envases
alineados en los estantes. “Vaya”, dijo
Mariana con un pequeño suspiro.
“Parece que tenemos la misma misión.”
Sí, exacto, respondió él sonriendo
débilmente.
Y te aseguro que esto no es todo. Hoy
también tengo que pasar por la farmacia
y la panadería antes de que cierre todo.
O Sofía y yo vamos a pasar una tarde
horrible. Mariana no pudo evitar sonreír
ante la dedicación del hombre hacia su
hija. Había algo genuino en su tono, un
compromiso que no se encontraba todos
los días.
Mientras caminaban lado a lado por el
pasillo, comenzó una conversación
improvisada, ligera, pero cargada de
pequeños detalles de vida real, nombres,
edades, pequeños dramas cotidianos.
Diego, que así se llamaba el hombre,
mencionó que además de la urgencia de
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