Conducía mi taxi de noche… cuando mi esposa salió de la casa de un extraño y dijo: «Se acabó»

Hola, querido espectador. Te deseo un excelente disfrute de esta nueva historia y te pido que te suscribas al canal. Episodio 1, una vida sencilla y feliz. Hola, me llamo Adam. Tengo 26 años y vivo en un pequeño apartamento en las afueras de la ciudad. Trabajo como taxista de noche. Paso mis horas al volante recorriendo calles vacías, semáforos en rojo y avenidas iluminadas por luces que nunca duermen.
No es el trabajo de mis sueños, pero es el que me permite pagar el alquiler, ahorrar un poco y pensar en el futuro que quiero construir junto a mi esposa, Sara. Sara tiene 23 años. Es alegre, habladora, siempre encuentra algo bonito, incluso en los días más grises. Nos conocimos cuando ambos trabajábamos en una cafetería del centro.
Yo lavaba platos, ella atendía mesas. Desde entonces todo pasó rápido, nos enamoramos, nos mudamos juntos y poco después nos casamos en una gran boda, solo con amigos cercanos y nuestras familias. Nuestra vida no es lujosa. Tenemos un sofá viejo, una mesa que cojea un poco y una ventana desde la que se ve el estacionamiento del edificio.
Pero para mí ese lugar siempre fue hogar. Por las mañanas, cuando llego cansado del turno nocturno, encuentro a Sara en la cocina preparando café. Me sonríe, me pregunta cómo estuvo la noche y me cuenta sus planes del día. Hablamos mucho del futuro, de ahorrar para comprar un auto propio, de mudarnos a un lugar más grande, tal vez con un pequeño balcón.
Sara sueña con estudiar diseño, yo con abrir algún día mi propio negocio. Son sueños simples, pero nos hacen sentir que avanzamos. Sin embargo, en las últimas semanas empecé a notar pequeños cambios. Sara ya no me esperaba todas las mañanas. A veces salía temprano diciendo que iba a ayudar a una amiga. Otras veces regresaba tarde, cansada, con una sonrisa que no sabía explicar.
Yo no quise pensar demasiado en eso. Me decía a mí mismo que solo estaba estresada, que todos pasamos por momentos así. Una noche, antes de salir a trabajar, la abracé la puerta, le dije que la amaba y que pronto todo sería mejor, que estábamos construyendo algo juntos. Ella me devolvió el abrazo, pero lo sentí distinto, más corto, más ligero.
Mientras bajaba las escaleras del edificio, rumbo al taxi, una sensación extraña se me quedó en el pecho. Encendí el motor y salí a la calle. La ciudad me recibió con su silencio habitual, con farolas parpadeando y música baja en la radio. Pensé en Sara, en nuestro apartamento, en los planes que habíamos hecho. En ese momento todavía creía que nada podía romper lo que teníamos. Episodio 2.
Sospechas en la oscuridad. Esa noche salí a trabajar, como siempre, con el mismo termo de café en el portavasos y la radio encendida en una estación que apenas se escuchaba. La ciudad estaba tranquila, casi vacía. Las luces de los edificios se reflejaban en el parabrisas mientras avanzaba por calles que ya conocía de memoria.
Pensaba en Sara, en su abrazo corto de la tarde, en la forma en que había evitado mirarme los ojos cuando me despedí. Las primeras carreras fueron normales. Un hombre que salía tarde de la oficina, una pareja que discutía en el asiento trasero, una mujer que iba al hospital a visitar a su madre.
Escuché fragmentos de sus vidas como siempre, pero esa vez me costaba concentrarme. Mi cabeza volvía una y otra vez a casa, a la sensación de que algo estaba cambiando sin que yo pudiera detenerlo. Cerca de la medianoche, la aplicación sonó de nuevo. El destino marcaba un barrio que casi nunca iba, una zona de casas bajas y calles estrechas lejos del centro.
Acepté la carrera sin pensarlo. Mientras conducía, recordé una discusión que habíamos tenido con Sara unos días antes. Ella me dijo que me había vuelto distante, que siempre estaba cansado, que hablábamos menos. Yo le respondí que lo hacía por nosotros, por el futuro que queríamos. Ninguno de los dos quedó conforme.
Al llegar al barrio, bajé la velocidad. Las farolas eran más viejas y la luz amarilla dejaba sombras largas en las aceras. Me detuve frente a la dirección indicada. El pasajero bajó, me dio las gracias y cerró la puerta. Cuando iba a arrancar, algo llamó mi atención al otro lado de la calle. Vi a una mujer caminando hacia una casa.
Su forma de andar, su cabello, su silueta bajo la luz tenue. Mi corazón empezó a latir más rápido. No podía estar seguro, pero se parecía demasiado a Sara. Me quedé inmóvil con las manos apretadas en el volante, observando como la puerta de la casa se abría y ella entraba sin mirar atrás.
Arranqué el taxi y di la vuelta a la manzana, intentando convencerme de que solo era una coincidencia, que estaba cansado y mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero la imagen no se borraba. La calle, la casa, la figura desapareciendo detrás de esa puerta. El resto de la noche trabajé en automático. Respondía a los pasajeros, seguía las direcciones, cobraba lastarifas, pero por dentro estaba en otro lugar.
Cada semáforo en rojo era una pausa para pensar, para preguntarme si debía decirle algo a Sara o si era mejor guardar silencio. Cuando regresé a casa al amanecer, ella todavía dormía. La miré por unos segundos tratando de encontrar en su rostro alguna respuesta. Me acosté a su lado sin despertarla, con una duda que no me dejó descansar.
Episodio 3. El momento que lo cambia todo. Esa noche salí más temprano de lo normal. No le dije nada a Sara, solo tomé las llaves y cerré la puerta con cuidado. Durante todo el día había pensado en la casa de aquella calle, en la silueta que creí reconocer, en la duda que me estaba comiendo por dentro. No sabía que esperaba encontrar, pero sentía que no podía seguir fingiendo que todo estaba bien.
La ciudad estaba más ruidosa que de costumbre. Autos tocando la bocina, gente riendo las esquinas, música saliendo de algún bar abierto. Yo avanzaba entre el tráfico con la mente en otro lugar. Cada kilómetro me acercaba más a esa zona que no quería volver a ver. Acepté un par de carreras cortas solo para no levantar sospechas, para no sentir que estaba persiguiendo una idea.
Pero cuando la aplicación marcó una dirección cerca de la misma calle, supe que no era casualidad. Mis manos sudaban sobre el volante mientras conducía. Me detuve a media cuadra de la casa. Apagué la radio. El motor quedó en silencio. Solo se escuchaba el tic del reloj de tablero. Miré la fachada, las ventanas cerradas, la luz encendida en el interior.
Pasaron minutos que se sintieron como horas. Entonces, la puerta se abrió. Sara salió despacio. Llevaba la misma chaqueta que había dejado en casa esa tarde. Se quedó un segundo en el umbral, respiró hondo y bajó los escalones. Cuando levantó la vista y me vio dentro del taxi, se quedó inmóvil. Bajé la ventana. No sabía qué decir.
Ninguna de las frases que había ensayado en mi cabeza parecía tener sentido en ese momento. Sara caminó hacia mí. Su rostro estaba pálido, los ojos cansados, como si también hubiera pasado días sin dormir. Se apoyó en la puerta del taxi y habló en voz baja, pero clara. Se acabó. Sentí que el aire se me iba del pecho. Le pregunté por qué, qué había pasado, que estaba buscando en ese lugar.
Ella me miró y por primera vez no desvió la mirada. Me dijo que se sentía sola desde hacía meses, que mis noches fuera, mi cansancio, mis promesas de un futuro mejor la habían dejado esperando en el presente, que había intentado hablar conmigo, pero siempre encontraba silencio o prisa. Le dije que todo lo hacía por nosotros.
Ella negó con la cabeza. Me respondió que no sabía quién era ya dentro de nuestra vida, que había llegado a un punto en el que necesitaba alejarse para no perderse a sí misma. Ninguno de los dos gritó. La calle estaba en silencio, como si la ciudad nos diera espacio para ese momento. Sara dio un paso atrás, se enderezó y me deseó suerte, sin rencor, sin rabia.
Luego se dio la vuelta y se alejó por la esfera, perdiéndose entre las luces amarillas de la calle. Me quedé sentado mirando el lugar donde había estado, con el taxi encendido y el corazón detenido. Episodio 4. La separación. Conduje sin rumbo durante un buen rato después de verla alejarse.
Las calles pasaban frente mí como si no significaran nada. Semáforos, autos, gente caminando con prisa, todo seguía igual, pero yo sentía que algo dentro de mí se había roto. Finalmente apagué la aplicación y tomé el camino de regreso a casa. Cuando abrí la puerta del apartamento, el lugar se sentía distinto, más frío, más vacío.
Dejé las llaves sobre la mesa y me senté en el sofá sin encender la luz. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que escuché la cerradura. Sara entró con una mochila al hombro y una pequeña maleta en la mano. Me miró en silencio, como si buscara las palabras que ninguno de los dos quería decir.
Le pregunté si de verdad iba a irse. Ella dejó la maleta junto a la puerta y respiró hondo. Me dijo que no quería que esa noche terminara en gritos, que prefería hablar con calma. Yo me levanté y le pedí que me explicara en qué momento dejamos de ser nosotros. Hablamos de todo lo que habíamos guardado, de las noches que yo no estuve, de los mensajes que ella dejó sin responder, de los planes que se quedaron en el aire.
Le dije que siempre pensé que aguantar ahora significaba vivir mejor después. Ella me respondió que el después nunca llegaba. La voz se nos quebró más de una vez. Recordamos la cafetería donde nos conocimos, el primer apartamento, la boda sencilla con nuestros amigos aplaudiendo. Por un momento creí que podíamos volver atrás, que bastaba comprometer algo más, pero Sara negó con la cabeza.
Me dijo que no quería más promesas, que necesitaba un cambio real, incluso si eso significaba empezar sola. Fue al dormitorio y empezó a guardar ropa en la maleta. Yo me quedéen la puerta sin saber si ayudarla o detenerla. Cada prenda que doblaba era un recuerdo que se iba. Le ofrecí que se quedara esa noche, que lo pensáramos mejor al día siguiente.
Ella me agradeció, pero siguió empacando. Cuando terminó, tomó la maleta y la mochila, se acercó y me abrazó. Fue un abrazo largo, lleno de todo lo que no supimos decir a tiempo. Me deseó lo mejor. Me dijo que siempre iba a recordar lo bueno que tuvimos. La acompañé hasta la puerta. La vi bajar las escaleras sin mirar atrás.
Cerré despacio y apoyé la frente en la madera. El apartamento quedó en silencio. Solo se escuchaba el reloj de la cocina marcando los segundos. Me senté en el suelo, en medio de la sala y entendí que nuestra vida juntos había terminado. Episodio 5. Un nuevo comienzo. Las primeras noches después de que Sara se fue fueron las más largas.
El apartamento se sentía demasiado grande para una sola persona. Había silencio en la cocina por la mañana, una taza de café en lugar de dos. una silla vacía frente a la mesa. Me acostumbré a dejar las luces apagadas, a no esperar pasos en el pasillo, a no escuchar su risa desde dormitorio. Volví al taxi casi de inmediato.
Conducir me ayudaba a no pensar. Las calles seguían siendo las mismas, pero yo ya no las miraba igual. Cada pasajero llevaba su propia historia, sus propias despedidas, sus propias promesas. A veces me preguntaba cuántos de ellos estaban viviendo algo parecido a lo mío. Una noche, mientras esperaba una carrera en una gasolinera, saqué un cuaderno del Guantera.
Lo había comprado sin saber por qué. Empecé a escribir lo que no podía decir en voz alta. Escribí sobre la cafetería donde conocí a Sara, sobre nuestro primer sofá, sobre las noches en que volvía cansado y aún así, ella me esperaba con una sonrisa. No escribía para volver atrás, sino para entender en qué momento dejamos de caminar juntos.
Con el tiempo dejé de pasar por la calle de aquella casa. No necesitaba volver ahí para recordar lo que había pasado. Había aceptado que la historia con Sara tenía un final claro, sin puertas entreabiertas ni promesas pendientes. Una mañana recibí un mensaje de ella. Me deseaba suerte en todo lo que viniera y me agradecía por los años que compartimos. Le respondí con lo mismo.
Fue un intercambio corto, tranquilo, sin reproches. Ambos sabíamos que ese era nuestro punto final. Seguí ahorrando, pero esta vez para mí. Empecé a tomar cursos en línea por las tardes, pensando en cambiar de trabajo algún día. El taxi dejó de ser solo una forma de escapar y se convirtió en un paso más hacia algo distinto.
Una noche, mientras conducía por una avenida iluminada, apagué la radio, bajé la ventana. El aire frío me despejó la cabeza. Pensé en todo lo que había perdido, pero también en lo que había aprendido. Entendí que no todas las historias terminan como uno espera, pero todas dejan algo que te empuja a seguir.
Miré la carretera frente a mí y aceleré. No sabía exactamente a dónde iba, pero por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba avanzando.
News
(1910, Guadalajara) La Viuda que Llevó Flores a su Esposo… y Encontró Su Propio Nombre en la Lápida
(1910, Guadalajara) La Viuda que Llevó Flores a su Esposo… y Encontró Su Propio Nombre en la Lápida Cuando el…
Foto de 1910: niño con paraguas parecía tierna—hasta que el zoom reveló algo
Foto de 1910: niño con paraguas parecía tierna—hasta que el zoom reveló algo La fotografía mide exactamente 13x 18 cm….
CIRCO DEL HORROR: imágenes prohibidas que el mundo no quería mostrar
CIRCO DEL HORROR: imágenes prohibidas que el mundo no quería mostrar En el oscuro mundo de los circos antiguos no…
Foto de 1890: hermanos de la mano parecía dulce—hasta que la restauración reveló lo peor
Foto de 1890: hermanos de la mano parecía dulce—hasta que la restauración reveló lo peor La fotografía mide apenas 12x…
La Niña de 1913 que Todos Llamaban Fea — Su Mirada Revela la Venganza Más Silenciosa de la Historia
La Niña de 1913 que Todos Llamaban Fea — Su Mirada Revela la Venganza Más Silenciosa de la Historia 1913,…
El Millonario Finge Estar Paralizado Para Probar A Su Novia… Pero La Empleada Prueba Amor Verdadero!
El Millonario Finge Estar Paralizado Para Probar A Su Novia… Pero La Empleada Prueba Amor Verdadero! Alejandro Mendoza, el heredero…
End of content
No more pages to load






