¿El Cuerpo De Jessica En Maleta En Ciudad Bolívar? La Historia De Una Madre Cuya Hija Fue Asesinada

Una maleta abandonada en un potrero de Ciudad Bolívar hizo que los vecinos se detuvieran en seco. De su interior asomaban mechones de cabello. Cuando la policía la abrió, encontró el cuerpo desmembrado de una adolescente de 16 años. Horas después confirmaron lo peor. Era Jessica Meer Lee Alzate, una estudiante alegre, madre joven y sin enemigos aparentes.

 [música] Pero lo más inquietante no era solo la brutalidad del crimen, sino lo que esa escena sugería. Quien la mató no actuó por impulso, actuó con odio. Y cuando hay tanta cevicia, casi siempre hay algo más peligroso detrás, un vínculo cercano. [música] En el sector del Progreso, en Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, todo comenzó como una mañana normal.

 Los vecinos se preparaban para ir a trabajar. Las pequeñas pendientes todavía permanecían en silencio hasta que un grito repentino desgarró todo el barrio. En medio de un terreno cubierto de maleza, encontraron una maleta de viaje abandonada, apenas cubierta por fuera con una manta. Al principio parecía un objeto que alguien había dejado olvidado, pero luego un detalle eló a todos.

 Varios cabellos humanos sobresalían por la abertura de la maleta. La policía llegó solo unos minutos después. [música] Cuando abrieron ligeramente la maleta, entendieron de inmediato que ya no se trataba de un simple equipaje abandonado. En su interior [música] estaba el cuerpo de una joven muy joven. La escena fue acordonada de inmediato y el mayor [música] Erwin Grialba, jefe de la Unidad de Investigación de Homicidios de la Sigin de Bogotá, llegó junto con el equipo forense, [música] lo que vieron mostraba que el autor del crimen

había actuado con un nivel de crueldad [música] inusual. En el cuerpo de la víctima había múltiples heridas causadas por un objeto cortante. Las extremidades habían sido separadas a la altura de las articulaciones, como si quien cometió el crimen hubiera querido únicamente forzar el cuerpo para que cupiera dentro de la maleta.

 Ese solo detalle [música] bastó para que los investigadores entendieran que no se trataba de una muerte al azar. 10 investigadores fueron enviados a la escena. preguntaron por todo el barrio, pero casi nadie pudo aportar una pista realmente útil. No había señales de arrastre. Nadie había visto en qué momento llevaron la maleta hasta allí.

Todo indicaba que el autor del crimen había calculado cada paso con mucho cuidado. Lo único que quedaba para identificar a la víctima era el uniforme que llevaba puesto. A partir de ese detalle, la policía llegó hasta el colegio Ismael, perdón, ubicado cerca del lugar donde fue hallado el cuerpo. Allí, una profesora les dijo que desde el día anterior dos padres desesperados habían ido al colegio para preguntar por su hija.

 La joven no había regresado a casa, no había asistido a clases y había desaparecido sin dejar rastro. Pronto se supo que la joven dentro de aquella maleta se llamaba Jessica Mayerly Alsa. tenía 16 años. Pero para quienes la habían conocido, Jessica no aparecía primero como un hombre dentro de un expediente judicial, sino como una adolescente que siempre llevaba una sonrisa consigo.

 Era alegre, vivaz, cercana, tanto que en el recuerdo de sus seres queridos, Jessica parecía estar siempre tratando de iluminar el ambiente a su alrededor, incluso cuando su vida nunca había sido realmente fácil. Jessica creció en Ciudad Bolívar, dentro de una familia trabajadora y humilde. Sus padres se separaron cuando ella aún era pequeña.

 Su madre, Luz Marina, trabajaba como empleada doméstica y luchaba por criar a su hija en medio de todas las dificultades propias de un barrio pobre. Pero lo que más conmovía de Jessica era esto. Era demasiado joven y aún así ya tenía que vivir como una adulta. A los 13 años, Jessica se convirtió en madre. Mientras muchas chicas de su edad todavía iban despreocupadas a clases y luego regresaban a casa, ella tenía que estudiar y al mismo tiempo cuidar de su pequeño hijo Camilo.

 Y aún así, Jessica no se rindió. Por las mañanas seguía asistiendo al colegio Ismael, perdón. Cumplía con su labor social, saludaba a los profesores y se mostraba radiante, como si no cargara ningún peso sobre los hombros. El último día que estuvo en la escuela, incluso llevó chocolates para regalárselos a las profesoras, al personal de limpieza y al vigilante con motivo del día internacional de la mujer.

 Fue un gesto pequeño, pero suficiente para mostrar cuán afectuosa era Jessica. Cuando la policía llamó a la familia, Julio César, su padre, dijo que su hija llevaba dos días desaparecida. La habían buscado por todas partes, en el barrio, en la escuela e incluso en hospitales. Pero mientras más la buscaban, más crecía en el corazón de su madre un mal presentimiento.

 Y al final ocurrió lo peor. El cuerpo hallado dentro de la maleta coincidía con Jessica, su única hija, una niña de apenas 16 años que ya había tenido que enfrentarse a la vida como si fuera una mujer adulta. Ese día en el colegio Ismael, perdón, los profesores notaron rápidamente la ausencia de Jessica. Todos recordaban con claridad la última vez que la vieron.

 Seguía siendo aquella muchacha de complexión pequeña, ágil, con una alegría leve, mezclada con una inquietud difícil de nombrar. Terminó su labor social, se despidió de todos y salió del colegio alrededor de las 11 de la mañana. Nadie imaginó que esa sería la última vez que verían a Jessica con vida.

 Al llegar la tarde, Luz Marina comenzó a sentirse intranquila. Una hija como Jessica, por muy ocupada que estuviera, no desaparecía sin dejar un mensaje. Esa madre fue preguntando por la pensión donde vivían, por los vecinos, por los lugares a los que su hija podía haber ido. Nada. Luego fue a buscarla al colegio. Nada. Después al hospital. Tampoco había noticias.

 La esperanza en el corazón de esa madre se iba haciendo cada vez más pequeña con cada paso, pero aún así no se atrevía a pensar en lo peor. Fue precisamente la profesora Carmen Alicia quien les dijo a los policías que el día anterior los padres de Jessica habían llegado al colegio desesperados.

 Preguntaban si su hija había asistido a clases, si alguien la había visto, si alguien sabía a dónde había ido. Esas preguntas se repetían una y otra vez, como si con formularlas una vez más pudieran lograr que su hija regresara. Luego llegó la llamada de la policía. Del otro lado de la línea se escuchaban preguntas breves, frías y directas, tan duras que bastaba oírlas para sentir como el corazón se hundía.

¿Cuántos años tenía la muchacha? en qué colegio estudiaba, qué uniforme llevaba puesto. Julio César, el padre de Jessica, dijo que su hija llevaba dos días desaparecida. Los dos padres fueron de inmediato al lugar que la policía les indicó, llevando consigo el último resto de esperanza y un miedo que ya empezaba a tomar forma.

 Pero cuando compararon las características de identificación y después vieron el cuerpo con sus propios ojos, toda esperanza [música] se vino abajo. La joven dentro de la maleta era Jessica, su única hija. Fue entonces cuando el dolor se reveló en toda su magnitud. No solo le habían arrebatado la vida a una muchacha de 16 años, sino que también habían empujado a toda una familia hacia un instante del que ya no había regreso posible.

 Pero cuanto más profundizaban, más entendían los investigadores que no se trataba de un crimen cometido por un desconocido en un impulso momentáneo. Una semana después del hallazgo de la maleta, llegó el informe de la autopsia. Este mostraba que Jessica había sido atacada varias veces antes de morir.

 Y para quienes trabajan en investigación criminal, ese nivel de crueldad rara vez nace de la casualidad. Se parecía más a la huella de un resentimiento acumulado, de una emoción demasiado personal, demasiado cercana. En otras palabras, quien actuó no parecía querer solamente matar a Jessica. Todo indicaba que esa persona cargaba un odio dirigido directamente contra ella.

 A partir de ahí, la investigación empezó a cambiar de rumbo. La policía ya no buscaba únicamente a un autor desconocido en la calle. Comenzó a mirar a las personas que habían estado cerca de Jessica. a quienes sabían quién era, dónde vivía y cómo se movía. Entre ellas estaba Leymar Jonathan Garsón, un hombre que vivía en la misma pensión y que, según la familia de Jessica parecía haber mostrado interés en ella.

 Cuando fue interrogado, Leymar negó cualquier vínculo con lo ocurrido y aseguró que el día de la desaparición de Jessica no había estado con ella ni había tenido contacto alguno. Pero los investigadores no se detuvieron ahí. regresaron a El Progreso, el lugar donde había sido abandonada la maleta.

 Y fue precisamente allí donde los testimonios de varios testigos comenzaron a abrir otra línea de investigación. Jessica había sido vista el día de su desaparición, no en un sitio lejano o desconocido, sino muy cerca del lugar donde luego apareció la maleta. Según la familia, Leimar solía fijarse constantemente en Jessica.

 Cada vez que pasaba por el lugar donde ella vivía, buscaba la manera de dejarle mensajes, inventar un pretexto para hablarle e intentar meterse en la vida de la muchacha. Para alguien de fuera, quizá todo eso habría parecido apenas una serie de gestos sin importancia. Pero para Luz Marina, la madre de Jessica era algo que la inquietaba cada día. Su hija tenía apenas 16 años.

 Había sido madre demasiado pronto y su mente ya estaba llena de preocupaciones. Los estudios, el cuidado de su hijo pequeño. Y aún así, en la misma pensión donde ambas trataban de salir adelante, había un hombre que le llevaba más de 10 años rondándola constantemente. Lo que asustaba a luz marina no era solo la diferencia de edad, era la sensación de que aquel hombre estaba demasiado cerca, aparecía con demasiada frecuencia y no sabía detenerse.

 Ella lo había notado, lo había observado y había insistido en preguntarle a su hija, pero Jessica siempre lo negaba. Decía que entre ellos no había nada, que no existía ningún sentimiento ni ninguna relación, que ni siquiera quería aceptar esas atenciones. Jessica seguía hablando únicamente de las cosas pequeñas y reales de su vida: terminar sus estudios, conseguir trabajo y cuidar de su hijo.

 Alguien vio a Jessica entrar en una casa que estaba a menos de 20 m de la escena donde luego apareció la maleta. Esa casa pertenecía a Esperanza Contreras, una mujer mayor que llevaba muchos años viviendo en la zona. Madre de varios hijos, entre ellos Andrea Alexandra Valdés Contreras, de 21 años, dedicada al cuidado estético.

 Y precisamente Andrea fue el nombre que hizo que la investigación empezara a tomar otro matiz. Porque Jessica no llegó allí como una desconocida. Entró como alguien de confianza, como una persona lo bastante cercana, como para no tener motivos de sospecha. Andrea había sido muy amiga de Jessica. Esa amistad había comenzado meses antes, cuando Andrea se mudó a alquilar una habitación en la misma pensión donde vivían Jessica y su madre.

 Las dos jóvenes se acercaron rápidamente, no por grandes razones, sino por cosas muy femeninas, muy de la vida cotidiana. Ambas habían sido madres demasiado jóvenes. Ambas tenían que preocuparse por la comida de sus hijos, ingeniárselas en medio de una vida apretada, llena de carencias. Cocinaban juntas, daban de comer a sus hijos juntas y muchas veces, [música] cuando el cansancio las vencía, se acostaban una al lado de la otra a hablar de todo un poco.

 Para Jessica debió de ser una relación que le hacía sentir acompañada, comprendida y menos sola en una etapa de la vida en la que tuvo que madurar demasiado pronto. Luego Andrea llevó a Jessica más adentro de su propio mundo. La casa de la madre de Andrea ubicada en Sierra Morena, se convirtió en un lugar al que ambas solían ir con frecuencia.

Era un sitio lo bastante discreto para reunirse y lo bastante familiar como para que Jessica no sintiera ningún peligro. Ella entró en esa casa no con cautela, sino con confianza. Y eso es justamente lo que vuelve todo aún más doloroso. Hay trampas que no se abren al final de un callejón oscuro, sino en el espacio mismo de la amistad, en el lugar donde una cree que puede sentarse, compartir una comida y contar pequeñas alegrías o tristezas de la vida.

 Cuanto más profundizaba la policía en esta relación, más descubría una verdad todavía más oscura. Andrea no vivía sola con su hijo. El hombre que estaba con ella era precisamente Leyar Jonathan Garsón, el mismo nombre que ya había aparecido antes en las preocupaciones silenciosas de la madre de Jessica. En otras palabras, el hombre sospechoso de haber intentado acercarse a Jessica era en realidad el esposo de la amiga íntima en la que la muchacha confiaba.

 Desde ese momento, el caso dejó de ser solo la historia de una joven desaparecida y asesinada. empezó a revelar su verdadera naturaleza, una red sofocante de relaciones cruzadas, de traición y cercanía peligrosa, en la que Jessica pudo haber entrado al peligro sin siquiera imaginar que quien la conducía hasta él era una amiga.

 Andrea no solo era la mejor amiga de Jessica. Andrea también era la esposa de Neymar, Jonathan Garsón. Y Neymar, el hombre que durante mucho tiempo había inquietado a la madre de Jessica, era precisamente el nombre situado en el centro de una relación sospechosa con aquella joven de 16 años. Ese solo detalle bastó para cambiar por completo el rumbo de la investigación.

 Si Andrea ya sabía lo que ocurría entre su esposo y Jessica, entonces los celos podían ser el primer posible motivo. Pero lo que impedía a la policía considerar esto como un simple arrebato era la gravedad de lo que había sucedido con Jessica. No tenía la forma de una discusión repentina que terminó fuera de control.

 Más bien parecía una rabia acumulada desde antes o un resentimiento lo suficientemente profundo como para convertir a una muchacha que alguna vez fue llamada amiga en el objetivo de una destrucción deliberada. Y esa es precisamente la parte más inquietante de esta historia. Jessica no murió después de entrar en un lugar desconocido.

 No desapareció junto a un extraño en la calle. Entró en el círculo del peligro a través de personas que conocía, personas que habían compartido la mesa con ella. que habían conversado con ella y que la hicieron creer que se encontraba en un espacio seguro. Por eso, Andrea Alexandra Valdés Contreras se convirtió rápidamente en la principal sospechosa.

 Pero junto con esa sospecha, otra pregunta comenzó a crecer en la mente de los investigadores. Andrea realmente había hecho todo sola. Lo ocurrido con Jessica hacía difícil creer que todo hubiera sido obra de una sola persona. A partir de ese momento, el caso entró en una capa aún más oscura. La policía ya no solo buscaba a una mujer movida por los celos, empezaba a sospechar que detrás de la muerte de Jessica podía haber más de una mano.

Después de ese giro inesperado, la policía salió de inmediato en busca de Andrea Alexandra Valdés Contreras, pero la joven ya había desaparecido. [música] Para los investigadores, el hecho de que Andrea dejara de aparecer de repente en la pensión [música] no respondiera y nadie supiera dónde estaba, casi solo podía tener una explicación.

 Estaba huyendo, no por un miedo cualquiera, sino porque sabía que tenía relación con la muerte de Jessica. Mientras la policía interrogaba a vecinos, amigos y conocidos para seguir el rastro de Andrea. Ella misma entendía que el cerco se estaba cerrando y entonces, apenas dos días después, antes de que la orden de captura surtiera plenamente efecto, Andrea se entregó de manera inesperada.

En apariencia, eso podía parecer la señal de alguien dispuesto a contar toda la verdad, pero cuanto más la escuchaban, más sentían los investigadores que esa confesión había llegado demasiado rápido, demasiado ordenada, como si hubiera sido construida para cerrar el caso lo antes posible.

 Según Andrea, la tarde en que Jessica desapareció, fue la propia muchacha quien la buscó. Las dos fueron a la casa de la madre de Andrea, precisamente el lugar donde Jessica fue vista por última vez. Allí bebieron licor como supuestamente ya lo habían hecho antes. Luego, en medio de la conversación, Jessica habría admitido que tenía una relación con Leymar, el esposo de Andrea.

 Andrea aseguró que en ese momento los celos estallaron, que ambas comenzaron a forcejear, que Jessica sacó un cuchillo primero y que ella solo reaccionó en defensa propia. Esa era la parte central de su declaración, un enfrentamiento entre dos mujeres, [música] un secreto revelado en medio del alcohol y una muerte ocurrida por una pérdida de control.

 Andrea se señaló a sí misma como autora del crimen. También declaró que después había manejado sola toda la escena, ocultado el cuerpo dentro de una maleta y luego lo había sacado para abandonarlo. En otras palabras, Andrea estaba intentando construir una historia cerrada, celos, impulso, defensa propia y después pánico.

 Pero justamente ahí esa confesión empezó a mostrar sus fracturas. explicaba el motivo en la superficie, pero no alcanzaba a explicar todo el nivel de crueldad del crimen. Asumía la culpa, sí, pero de una manera que hacía que todo pareciera más simple de lo que realmente había sido. Para el mayor Erwin Grijalba había demasiados puntos extraños en la insistencia de Andrea en afirmar que había actuado sola.

 Por eso el caso no se cerró con la confesión. Al contrario, desde el momento en que Andrea asumió la responsabilidad, la investigación entró en una nueva capa de sospecha, porque a veces la primera persona que dice ser la autora del crimen no necesariamente está mintiendo por completo. Pero también es muy posible que solo esté contando una parte de la verdad, precisamente la parte que más le conviene.

 Pero desde el principio, el mayor Erwin Grijalba no creyó del todo en la confesión de Andrea. La historia que ella contaba sonaba demasiado fluida en la parte del motivo, pero demasiado débil en la parte de los hechos. Andrea insistía en que había actuado sola, aunque lo que le ocurrió a Jessica mostraba que eso era casi imposible.

 No había rastros de arrastre desde el lugar del crimen hasta el sitio donde abandonaron el cuerpo. La maleta parecía haber sido levantada y transportada y por la complexión física de Andrea resultaba muy difícil creer que hubiera hecho todo eso por sí sola. Cuando Grijalba regresó a el progreso, tuvo aún más motivos para sospechar.

Algunos vecinos dijeron que aquel día no habían visto solo a Andrea, sino también a Esperanza y a Víctor alrededor de la casa. Sin embargo, cuando la policía fue a buscarlos, ambos ya habían desaparecido. Andrea, en cambio, seguía insistiendo en que en el momento del crimen no había nadie más allí. Fue precisamente esa contradicción la que llevó a la policía a solicitar una orden de allanamiento para la casa donde Jessica fue vista por última vez.

 En su interior no solo encontraron un espacio desordenado cargado de un olor desagradable, sino también señales claras de que alguien había intentado limpiar y borrar la escena del crimen. En el progreso, varios vecinos dijeron con claridad que el día en que Jessica entró en esa casa, Andrea no estaba sola. También vieron allí a Esperanza, la madre de Andrea, y a Víctor, su hermano.

Ese solo detalle bastaba para derrumbar la historia de yo lo hice sola, que Andrea intentaba sostener. Luego llegaron los resultados forenses y todas las sospechas se hicieron todavía más pesadas. En la casa de esperanza, el lugar donde Jessica fue vista por última vez, los investigadores encontraron rastros de ADN vinculados con Víctor y con Esperanza.

Es decir, esos dos nombres no aparecían solo en los testimonios de los vecinos, también estaban presentes en el mismo espacio en el que Andrea aseguraba que solo habían estado ella y Jessica. A partir de ahí, el caso empezó a mostrar otro rostro. Quizá no se trataba únicamente de un estallido de celos, sino de un crimen en el que hubo encubrimiento, ayuda e incluso señales de coordinación después de que ocurrió el asesinato.

 Esa sospecha se volvió aún más fuerte cuando Esperanza y Víctor desaparecieron de su lugar de residencia y luego fueron hallados escondiéndose en otro sitio. Para la policía esa no parecía la reacción de personas completamente inocentes. Y eso no fue todo. Una llamada interceptada después del crimen volvió la situación todavía más grave.

 En esa conversación Esperanza hablaba de sacar a Andrea del lugar antes de que se entregara y asumiera toda la culpa. Víctor, por su parte, mencionaba que había que resolver [música] todo. Aquellas frases no relataban de manera directa todo lo ocurrido, pero sí dejaban ver que había personas intentando controlar las consecuencias en vez de permitir que la verdad saliera por sí sola.

 Y para ese momento, lo que los investigadores creían ya casi había tomado forma. Andrea no estaba diciendo toda la verdad. Detrás de la muerte de Jessica. Muy probablemente había más de una persona que sabía lo que había pasado, que estaba implicada o que había ayudado a ocultarlo. Andrea Alexandra Valdés Contreras fue finalmente condenada a 345 meses de prisión, es decir, 25 años de cárcel, como principal responsable del asesinato de Jessica.

Debido a que la víctima era menor de edad, Andrea no podía acceder a beneficios ni reducciones de pena bajo los criterios ordinarios. Después de ser condenada, Andrea volvió a cambiar su versión. Dijo que no había actuado sola. Mencionó a su madre. Habló de ropa manchada de sangre y también de una llamada que le hizo a Leymar Jonathan Garsón después de que todo ocurrió.

 Pero esa declaración llegó demasiado tarde y además estaba llena de contradicciones, por lo que terminó reforzando la idea de que Andrea nunca dijo toda la verdad. Durante la audiencia de sentencia, Andrea pidió perdón a la familia de Jessica. Pero para Luz Marina, la madre de la joven, ya no existían palabras capaces de reparar lo ocurrido.

 Cada semana ella sigue yendo al cementerio del sur de Bogotá para visitar a su hija. Y Camilo, el pequeño hijo de Jessica, hoy crece en los brazos de su abuela materna. Al final, una sentencia puede cerrar un expediente judicial, pero no puede devolverle la vida a una muchacha de 16 años a la que le arrebataron todo su futuro, ni llenar el vacío que Jessica dejó en el corazón de quienes se quedaron. Yeah.