La Aterradora Historia del Ático Maldito en una Casona de Guanajuato — Un Relato Oscuro

La casona de la calle Campanero número 47 había permanecido abandonada durante más de 30 años. Sus muros de cantera rosa, característicos de Guanajuato, se habían oscurecido con el tiempo, cubiertos por una pátina de humedad y musgo que le daba un aspecto enfermizo. Las ventanas tapeadas parecían cuencas vacías, observando el callejón empedrado, y la puerta principal de madera carcomida colgaba de sus goznes oxidados como una mandíbula desencajada.

Nadie en el barrio hablaba de aquella casa sin santiguarse primero. Los vecinos más viejos recordaban a la familia Montalvo, que había vivido allí hasta finales de los años 80. Recordaban los gritos que se escuchaban algunas noches, el llanto de una niña que nunca salía a jugar. Y sobre todo, recordaban aquella mañana de noviembre cuando la policía entró y encontró algo en el ático que hizo que incluso los agentes más curtidos salieran vomitando a la calle.

 Pero ahora, en el año 2025, la casona tenía un nuevo dueño. Roberto Sandoval, un desarrollador inmobiliario de la Ciudad de México, la había comprado por una fracción de su valor real. No le importaban las supersticiones ni las historias de terror que los locales le contaban con ojos desorbitados. Para él era simplemente una inversión prometedora en el centro histórico de Guanajuato, una ciudad que atraía millones de turistas cada año.

 Si te está gustando esta historia, suscríbete al canal y comenta de qué parte de México nos estás viendo. Tu apoyo nos motiva a traerte más relatos escalofriantes como este. Roberto llegó a Guanajuato un martes por la tarde, cuando el sol comenzaba a teñir de naranja las cúpulas de las iglesias coloniales.

 Traía consigo a su cuadrilla de trabajadores, cinco hombres de pueblos cercanos que necesitaban el trabajo y no hacían demasiadas preguntas. El plan era simple, limpiar la propiedad, hacer reparaciones estructurales básicas y ponerla en el mercado antes del festival Cervantino de Octubre. Patrón, ¿estás seguro de esto?, preguntó Tomás, el capataz, un hombre fornido de unos 50 años con manos como palas.

 La gente del barrio dice que esta casa no me interesa lo que dice la gente, interrumpió Roberto ajustándose los lentes de sol. Me interesa que esté lista en tres meses. ¿Podemos hacer eso o busco otro equipo? Tomás intercambió miradas con los otros trabajadores. Martín, un joven delgado de veintitantos. Esteban y Rodrigo, dos hermanos callados pero trabajadores, y don Chuy, el más viejo del grupo que miraba la casa con el seño fruncido y los labios moviéndose en lo que parecía una oración silenciosa.

“Sí, patrón, podemos hacerlo”, respondió finalmente Tomás, aunque su voz carecía de convicción. La primera semana transcurrió sin incidentes. Los hombres trabajaban de sol a sol, arrancando tablas podridas, limpiando décadas de suciedad acumulada y evaluando los daños en la estructura. La casona era más grande de lo que parecía desde afuera.

Tenía dos pisos, un sótano húmedo y, por supuesto, el ático. Nadie había subido al ático todavía. La escalera que conducía a él estaba oculta detrás de una puerta en el segundo piso. Y cuando Martín intentó abrirla el primer día, encontró que estaba sellada con cadenas y candados oxidados que parecían haber estado allí durante décadas.

“Hay que cortar esas cadenas”, ordenó Roberto inspeccionando la puerta. “Necesito saber qué hay ahí arriba para calcular los costos de renovación.” Patrón, tal vez deberíamos dejar eso para el final”, sugirió don Chuy quitándose el sombrero de paja y abanicándose con él. “Primero arreglemos lo demás.” “No, lo hacemos ahora.

 Martín, trae la sierra eléctrica”. El sonido de la sierra cortando las cadenas resonó por toda la casa como un grito metálico. Cuando finalmente cayeron al suelo con un estruendo, la puerta se abrió sola, empujada por una corriente de aire frío que salió del interior. Un olor nauseabundo invadió el pasillo, una mezcla de humedad, madera podrida y algo más, algo orgánico y descompuesto.

Dios mío”, murmuró Esteban cubriéndose la nariz con la camisa. ¿Qué es ese olor? Roberto encendió su linterna de alta potencia e iluminó la escalera que subía hacia la oscuridad. Los escalones de madera estaban combados y cubiertos de polvo con telarañas que colgaban como cortinas espectrales. En las paredes podía distinguir manchas oscuras que parecían sangre seca.

Yo subo primero”, declaró Roberto colocando un pie en el primer escalón. “Ustedes esperen aquí.” “No, patrón”, dijo Tomás firmemente. “Si usted sube, yo voy con usted. No es seguro.” Los dos hombres subieron lentamente, sus pasos haciendo crujir la madera antigua. La escalera daba vueltas en espiral y con cada paso el olor se hacía más intenso, más penetrante.

 Roberto sintió náuseas, pero las reprimió. No iba a mostrar debilidad frente a sus empleados. Cuando finalmente llegaron alático, Roberto barrió el espacio con su linterna. Era un área amplia del tamaño de todo el segundo piso, con vigas de madera expuestas en el techo y un par de ventanas pequeñas cubiertas con tablas.

El suelo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo, pero lo que capturó inmediatamente su atención fueron los objetos dispersos por el espacio. Había muebles viejos apilados contra las paredes, un tocador con el espejo roto, una mecedora volcada. cajas de cartón deterioradas. Pero en el centro del ático, iluminado por el as de luz de Roberto, había algo que hizo que su sangre se helara.

 Era una cama pequeña de niño, con barrotes de metal oxidado. Las sábanas, amarillentas y rasgadas, todavía cubrían el colchón hundido. Y atados a los barrotes, había lo que parecían ser pedazos de cuerda gruesa, cortados, pero aún anudados, como si alguien hubiera estado atado allí. Jesús, María y José, susurró Tomás santiguándose repetidamente, “Patrón, tenemos que salir de aquí ahora.

” Pero Roberto estaba fascinado, acercándose a la cama con pasos lentos. Había algo más. Sobre el tocador, apenas visible bajo el polvo, había fotografías. Las tomó con manos temblorosas y las limpió con la manga de su camisa. La primera mostraba a una familia, un hombre de aspecto severo con bigote y traje oscuro, una mujer delgada con el cabello recogido y una sonrisa forzada, y una niña de unos 8 años con coletas y un vestido blanco. La niña no sonreía.

Sus ojos oscuros miraban fijamente a la cámara con una expresión que Roberto solo podía describir como terror absoluto. La segunda fotografía lo perturbó aún más. Mostraba el interior del ático, pero en condiciones muy diferentes. La cama estaba en el mismo lugar, pero había otras cosas. velas dispuestas en círculo alrededor de la cama, símbolos extraños pintados en el suelo con lo que parecía ser sangre y objetos que Roberto no podía identificar claramente en la penumbra de la imagen.

 “Patrón, por favor”, insistió Tomás, su voz ahora claramente asustada. “Esto no está bien. Este lugar, algo muy malo pasó aquí.” Roberto iba a responder cuando escuchó algo que hizo que se le erizara el bello de la nuca. Era un sonido suave, apenas audible, que provenía de algún lugar de lático, una especie de arrastre, como si algo pesado se moviera sobre la madera.

Ambos hombres se quedaron paralizados, sus linternas barriendo frenéticamente la oscuridad. El sonido se detuvo por un momento y luego volvió a comenzar, esta vez más cerca. Y entonces, sobre ese arrastre, escucharon otra cosa, una risa, una risa infantil, aguda y cristalina, que resonaba en el espacio cerrado del ático de una manera que no parecía natural.

 “¡Vámonos!”, gritó Tomás, empujando a Roberto hacia la escalera. Los dos hombres bajaron tropezando, sus corazones latiendo como tambores. Cuando llegaron al segundo piso, donde los demás trabajadores esperaban con caras pálidas, Roberto tuvo que apoyarse contra la pared para recuperar el aliento. ¿Qué pasó allá arriba?, preguntó Martín.

 Escuchamos sonidos. No fue nada, dijo Roberto, aunque su voz temblorosa lo contradecía. Solo animales, ratas o murciélagos. Eso no eran ratas, dijo Tomás mirando fijamente la puerta del ático. Y usted lo sabe, patrón. Durante el resto del día nadie habló mucho. Los hombres trabajaban mecánicamente, pero era evidente que sus mentes estaban en otra parte.

 Roberto notó que don Chuy había colocado pequeñas imágenes religiosas en las esquinas de cada habitación. Santos, vírgenes, rosarios colgando de los marcos de las puertas. Cuando cayó la noche, Roberto decidió quedarse en la casa. había traído una bolsa de dormir y provisiones y pensaba demostrarle a su equipo que no había nada que temer.

 Pero mientras yacía en el suelo de la sala principal, con una lámpara de gas iluminando débilmente el espacio, no podía dejar de pensar en aquella cama en el ático, en las cuerdas, en la fotografía. ¿Qué había sucedido en esta casa? ¿Quién era esa niña? Y por qué los vecinos se negaban a hablar de los Montalbo.

 El sueño finalmente lo venció cerca de la medianoche, pero fue un sueño inquieto, lleno de imágenes perturbadoras. Soñó con el ático, pero esta vez no estaba vacío. La niña de la fotografía estaba allí sentada en la cama, mirándolo con esos ojos oscuros y sin vida. Su boca se movía como si estuviera hablando, pero no salía ningún sonido.

 Y luego, lentamente comenzó a señalar algo detrás de él. Roberto se despertó de golpe, empapado en sudor. La lámpara de gas se había apagado, dejándolo en completa oscuridad. Y en esa oscuridad escuchó el sonido otra vez, el arrastre proveniente del piso superior directamente sobre su cabeza. se quedó completamente inmóvil, su respiración congelada en sus pulmones.

 El arrastre continuó moviéndose lentamente de un lado a otro del techo y luego se detuvo justo encima de donde él estabaacostado. En el silencio que siguió, Roberto escuchó otra cosa, el crujido suave de alguien bajando las escaleras paso a paso, lento y deliberado. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que quien o lo que fuera que estaba bajando podría escucharlo.

buscó a tias su teléfono celular, sus dedos torpes por el pánico. Finalmente lo encontró y encendió la linterna. El as de luz iluminó la sala vacía, las escaleras que conducían al segundo piso y nada más. No había nadie allí. Pero cuando apuntó la luz hacia el pie de las escaleras, vio algo que hizo que se le revolviera el estómago.

Pequeñas huellas de pies descalzos en el polvo del suelo. Huellas que no habían estado allí antes, huellas de niño que conducían desde las escaleras hasta un punto a pocos metros de donde él había estado durmiendo y luego regresaban. Roberto no esperó ni un segundo más. recogió sus cosas, salió corriendo de la casa y no se detuvo hasta llegar a su hotel en el centro de la ciudad, a 15 minutos caminando por las calles empedradas y desiertas de Guanajuato.

 A la mañana siguiente, cuando llegó al sitio de trabajo, encontró a su equipo reunido frente a la casa, pero ninguno había entrado. Tomás se acercó a él con expresión seria. Patrón, necesitamos hablar. Los muchachos y yo hemos estado preguntando por ahí sobre esta casa, sobre lo que pasó. No necesito escuchar chismes de vecinas asustadas, respondió Roberto, aunque su brabuconería de los días anteriores había disminuido considerablemente.

No son chismes, patrón, es historia real. Hay registros policiales, artículos de periódico. Encontramos a alguien que está dispuesto a hablar con usted. Se llama doña Socorro. Vivía en esta calle cuando cuando pasó todo. Dice que si usted va a trabajar en esta casa, necesita saber la verdad.

 Roberto vaciló, pero finalmente asintió. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender qué diablos estaba pasando. Doña Socorro resultó ser una mujer menuda de unos 70 años con el cabello completamente blanco recogido en un moño apretado. Vivía tres casas más abajo, en una vivienda limpia y ordenada que olía a canela y copal.

 Lo recibió en su pequeña sala, donde las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares e imágenes religiosas. Sabía que eventualmente alguien compraría esa casa. Dijo sirviéndoles café en tazas de barro. Sabía que eventualmente la verdad tendría que salir otra vez a la luz. Se sentó en una silla antigua y suspiró profundamente antes de comenzar.

La familia Montalvo llegó a Guanajuato en 1975. Don Héctor Montalvo era ingeniero, trabajaba en las minas. Su esposa, doña Raquel, era una mujer muy callada, muy reservada y tenían una hija, Lupita, que tenía 6 años cuando se mudaron a esa casa. Doña Socorro tomó un sorbo de café, sus manos arrugadas temblando ligeramente.

Al principio parecían una familia normal, aunque un poco extraña. Lupita nunca jugaba con los otros niños del barrio, nunca iba a la escuela. Cuando le preguntábamos a doña Raquel, ella decía que la niña estaba enferma, que tenía una condición delicada y necesitaba quedarse en casa. Pero a veces, por las noches, la escuchábamos llorar, gritar, pedía ayuda.

 ¿Y nadie hizo nada?, preguntó Roberto sintiendo una rabia creciente en su pecho. Era diferente en esos tiempos, joven respondió doña Socorro con tristeza en los ojos. La gente no se metía en los asuntos de otras familias y don Héctor era un hombre intimidante, grande, con una mirada que te helaba la sangre. Nadie quería confrontarlo.

Continuó con su relato y con cada palabra la imagen se volvía más clara y más horrible. Don Héctor Montalvo había caído bajo la influencia de un grupo que practicaba lo que ellos llamaban el arte antiguo, rituales oscuros mezclados con supersticiones mineras y elementos de brujería prehispánica que habían sobrevivido en secreto durante siglos en las profundidades de Guanajuato.

 Creían que mediante ciertos sacrificios y ceremonias podían obtener poder, riqueza y conocimiento prohibido. Y Lupita, su propia hija, se había convertido en el centro de esos rituales. La mantenían en el ático susurró doña Socorro, secándose una lágrima que corría por su mejilla arrugada. Casi nunca la dejaban bajar, la alimentaban lo mínimo.

 Y por las noches, cuando la luna estaba en ciertas fases, subían allí con sus velas y sus libros viejos y hacían cosas en cosas que nadie debería hacer, especialmente no a un niño, a su propio hijo. ¿Qué tipo de cosas?, preguntó Tomás, aunque su cara mostraba que no estaba seguro de querer saberlo, intentaban abrirla.

 Esa era la palabra que usaban, según me contó después uno de los policías, querían usar su inocencia, su sufrimiento como una puerta para traer algo del otro lado, algo oscuro, algo antiguo. Doña Socorro se estremeció y se santiguó. El ritual final ocurrió en noviembre de 1988. Era el día de muertos, cuando se suponeque el velo entre nuestro mundo y el más allá es más delgado.

Esa noche los gritos fueron peores que nunca. Varios vecinos llamaron a la policía, pero para cuando llegaron se detuvo. Incapaz de continuar por un momento. Encontraron a Lupita en el ático, atada a esa cama. Tenía 10 años. Su cuerpo estaba cubierto de símbolos tallados en su piel. Había perdido mucha sangre.

 Los médicos dijeron que había sufrido. Horrores que ningún niño debería experimentar, trauma físico, psicológico. Pero lo peor era su expresión. Según los que la vieron, sus ojos estaban completamente vacíos, como si algo dentro de ella se hubiera roto de forma irreparable, o como si algo la hubiera abandonado.

 ¿Y los padres? preguntó Roberto. Don Héctor se ahorcó en el sótano antes de que la policía pudiera arrestarlo. Doña Raquel fue a prisión, pero solo duró 3 meses antes de morir de un paro cardíaco. Algunos decían que fue el remordimiento, otros decían que fue. Otra cosa, que algo que ellos habían invocado finalmente vino a cobrar su deuda.

 Y Lupita, ¿qué pasó con ella? Doña Socorro miró directamente a Roberto con ojos que parecían ver a través de él. Fue internada en un hospital psiquiátrico en León. Nunca habló de nuevo, nunca recuperó la lucidez. Murió dos años después, en 1990. Oficialmente fue una infección, pero la enfermera que estaba de turno aquella noche dijo que Lupita simplemente se fue como si finalmente hubiera encontrado la manera de escapar.

 Hubo un largo silencio en la habitación. Afuera se podía escuchar el sonido distante de las campanas de la basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, llamando a misa. Después de eso, nadie quiso vivir en esa casa, continuó doña Socorro. Pasó por varios dueños, pero todos se fueron después de unos días o semanas. Decían que escuchaban cosas, veían cosas.

 Una pareja joven duró solo tres noches. Dijeron que vieron a una niña con vestido blanco caminando por los pasillos, llorando y llamando a su mamá. Se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro urgente. Joven, sé que usted compró esa casa como inversión, pero hay cosas que no se pueden medir en pesos.

 Esa casa no está solo abandonada, está habitada, no por los vivos, sino por el dolor, por el sufrimiento, por lo que los Montalvo despertaron con sus rituales malditos. ¿Está diciendo que la casa está embrujada?, preguntó Roberto intentando mantener un tono escéptico, pero fallando. Estoy diciendo que Lupita nunca se fue realmente.

 Parte de ella todavía está allí, atrapada en ese ático, reviviendo sus peores momentos una y otra vez y lo que sea que su padre intentó invocar. Bueno, algunas puertas una vez abiertas no se pueden cerrar. Cuando Roberto y su equipo regresaron a la casa, el sol de media tarde proyectaba sombras largas a través de las calles empedradas.

 Ninguno de ellos habló durante el camino de regreso. Las palabras de doña Socorro pesaban sobre ellos como una lápida. ¿Qué vamos a hacer, patrón?, preguntó finalmente Martín, el más joven del grupo, con voz temblorosa. Roberto miró la fachada deteriorada de la casa, las ventanas tapiadas que parecían observarlo.

 En su mente práctica de empresario, sabía que debería vender la propiedad inmediatamente, asumir las pérdidas y olvidarse de todo este asunto. Pero había algo más, algo que no podía explicar racionalmente. una sensación de responsabilidad tal vez o curiosidad mórbida o simplemente la negativa a dejar que el miedo lo controlara.

Vamos a terminar lo que empezamos, dijo finalmente, pero con reglas. Nadie trabaja solo, nadie sube al ático sin al menos otras dos personas. Y terminamos cada día antes del anochecer. ¿Están de acuerdo? Los hombres intercambiaron miradas inciertas, pero uno por uno asintieron. Necesitaban el dinero y Roberto pagaba bien.

 Además, era pleno día. ¿Qué podría pasar? Durante los siguientes días trabajaron con renovada urgencia, intentando avanzar lo más rápido posible. Pero los incidentes extraños comenzaron a acumularse, pequeños al principio, pero cada vez más perturbadores. Herramientas que juraban haber dejado en un lugar aparecían en otro.

 puertas que se cerraban solas con un golpe fuerte que hacía eco por toda la casa y el frío. Incluso durante las tardes calurosas de Guanajuato, cuando el sol convertía las calles en hornos, el interior de la casa permanecía helado, especialmente cerca de las escaleras que conducían al ático. Don Chuy se convirtió en su ancla de cordura.

 El viejo trabajador parecía conocer oraciones y rituales de protección que había aprendido de su abuela, quien había sido curandera en su pueblo natal de Dolores Hidalgo. Cada mañana, antes de que comenzaran el trabajo, caminaba por la casa con un atado de hierbas humeantes, romero, ruda y copal, mientras murmuraba bendiciones en voz baja.

 Mi abuela decía que los espíritus atrapados son como niños perdidos”, explicó una vez mientraspreparaba el saumerio. “No son malvados por naturaleza. Están asustados, confundidos. Han olvidado cómo cruzar al otro lado.” “¿Y crees que eso es lo que está pasando aquí?”, preguntó Roberto. “¿Que Lupita está perdida?” Don Chuy lo miró con ojos sabios que habían visto demasiado.

 Creo que Lupita sufrió cosas que ningún ser humano debería sufrir. Y creo que cuando sufrimos así, especialmente cuando somos niños, partes de nosotros se rompen, se quedan atrás como fragmentos de vidrio esparcidos en el suelo. ¿Cómo se ayuda a alguien así? Primero, hay que escuchar. Hay que entender qué quieren, qué necesitan para encontrar paz.

 Segundo, hay que tener cuidado porque el dolor puede transformarse en rabia y la rabia en algo peor. Fue Rodrigo quien encontró el diario. Estaba trabajando en el segundo piso, arrancando paneles de yeso dañados por la humedad cuando una sección completa se derrumbó revelando un hueco en la pared. Dentro, envuelto en plástico amarillento, había un cuaderno de espiral con la cubierta decorada con calcomanías descoloridas de flores y mariposas.

“Patrón, creo que debería ver esto”, llamó. Roberto subió corriendo las escaleras, su curiosidad superando su aprensión. Tomó el cuaderno con manos cuidadosas. La primera página tenía una inscripción en letra infantil e irregular. Este diario pertenece a Guadalupe Montalvo. Si lo encuentras, por favor, ayúdame.

 Con el corazón acelerado, Roberto comenzó a leer en voz alta mientras los trabajadores se reunían a su alrededor. Las primeras entradas eran inocentes, el tipo de cosas que cualquier niña de seis o 7 años escribiría. Descripciones de sus muñecas favoritas, quejas sobre tener que comer verduras. deseos de tener una hermana con quien jugar, pero a medida que avanzaba en el diario, el tono cambiaba dramáticamente.

Hoy papá dijo que soy especial. Dijo que tengo un don que otras personas no tienen. Me llevó al ático y me mostró los libros viejos. No entiendo las palabras, pero las imágenes me dan miedo. Hay monstruos con muchos ojos y bocas. Papá dice que no son monstruos, son maestros de la verdad antigua. Mamá lloró cuando papá dijo que tenía que dormir en el ático ahora.

 Dijo que era necesario para mi entrenamiento. No me gusta el ático. Hace frío y hay sombras que se mueven cuando no las miro directamente. Escucho susurros que salen de las paredes. Han pasado muchas noches, ya no sé cuántas. Papá viene con sus amigos, hombres con capas oscuras que huelen a tierra y cosas muertas. Me hacen acostarme en la cama y atan mis muñecas y tobillos.

 Dicen que es para mantenerme segura durante el ritual. Prenden velas y cantan en un idioma que lastima mis oídos. Y entonces, entonces siento que algo me toca, algo frío, algo que no tiene cuerpo, pero que de alguna manera está ahí presionando contra mí, tratando de entrar. Roberto dejó de leer sintiendo náuseas.

 Los rostros de sus trabajadores reflejaban horror y una creciente furia. Esto no eran simplemente rituales esotéricos, era abuso sistematizado, tortura disfrazada de misticismo. “Siga leyendo, patrón”, dijo Tomás, su voz tensa. “Necesitamos saber todo.” Roberto pasó varias páginas donde la letra se volvía cada vez más descuidada, más errática, como si la mano que escribía temblara incontrolablemente.

Entonces encontró una entrada que hizo que se le helara la sangre. Ya no soy solo yo, hay algo más dentro de mí ahora. Cuando miro mis manos, a veces veo otras manos superpuestas sobre las mías. Manos viejas y retorcidas, con uñas como garras. Escucho voces que no son la mía, susurrando pensamientos que me dan miedo. Papá está feliz.

 dice que el ritual está funcionando, que pronto seré un vaso perfecto para el conocimiento ancestral. No quiero ser un vaso, solo quiero ser Lupita otra vez, solo quiero jugar afuera como los otros niños. La última entrada fechada era del 31 de octubre de 1988. Hoy es Halloween, pero también el día de muertos.

 Papá dice que esta noche es la noche, el ritual final. Sus ojos brillan de una manera que me asusta más que nunca. Mamá no quiere mirarme. Creo que sabe lo que va a pasar. He estado tratando de ser valiente, pero tengo tanto miedo. Si alguien encuentra esto algún día, por favor, dígale a mi mamá que la perdono. No es su culpa. Y si ven a papá en el infierno, díganle que yo también estaré allí esperándolo para que sienta lo que él me hizo sentir para siempre.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso los sonidos distantes de la ciudad, el tráfico, las voces, las campanas de las iglesias parecieron desvanecerse. Finalmente, don Chuy habló, su voz temblando. Esa niña no está en paz. No puede estarlo después de lo que pasó y lo que su padre invocó. Señaló hacia el techo, hacia el ático.

 Todavía está ahí arriba. como si respondiera a sus palabras, escucharon un sonido que ahora se había vuelto terriblemente familiar, el arrastre lento y deliberadoproveniente directamente del ático, pero esta vez fue seguido por algo nuevo, el llanto de una niña débil al principio, pero creciendo en volumen e intensidad, hasta que llenó toda la casa.

 “Mamá!”, gritaba la voz. “Mamá, ayúdame, por favor. Duele, duele mucho.” Los hombres se miraron con caras pálidas. Martín, el más joven, se santiguó repetidamente con manos temblorosas. “Tenemos que hacer algo”, dijo Roberto, sorprendiéndose a sí mismo con la firmeza en su voz. No podemos simplemente ignorar esto.

 No después de leer su diario, esa niña está pidiendo ayuda. Ha estado pidiendo ayuda durante casi 40 años. ¿Qué sugiere, patrón? Preguntó Tomás. No somos sacerdotes ni exorcistas. Somos solo trabajadores de construcción. No intervino don Chuy con una expresión decidida en su rostro arrugado. Somos más que eso.

 Somos hombres con conciencia. Y cuando un espíritu pide ayuda, especialmente el espíritu de un niño que sufrió injusticias terribles, los vivos tienen la obligación de responder. Se volvió hacia Roberto. Hay una manera. Mi abuela me enseñó, pero es peligroso, especialmente si lo que habita ese ático no es solo el espíritu de la niña, sino también la otra cosa, la cosa que su padre trató de invocar.

¿Qué tenemos que hacer? Don Chuy explicó el ritual de liberación que su abuela había practicado durante décadas en los pueblos rurales de Guanajuato. Requería varios elementos: sal bendita, agua del río que corría bajo la ciudad, velas de cera de abeja pura, copal y algo personal de la persona fallecida.

 El diario serviría para ese último propósito. Pero también necesitamos a alguien que hable, dijo don Chuy, alguien que le diga al espíritu que está bien irse, que la perdona, que su sufrimiento ha terminado. Idealmente debería ser un familiar, pero doña Socorro, sugirió Roberto. Ella la conoció y claramente todavía se preocupa por lo que le pasó a Lupita.

 Tomaron el resto del día para prepararse. Roberto visitó a doña Socorro, quien después de algunas lágrimas y mucha persuasión aceptó ayudar. Don Chuy recolectó los materiales necesarios visitando una tienda de artículos religiosos cerca de la basílica, el mercado hidalgo para las velas especiales y un curandero local que le vendió sal que había sido bendecida en la festividad de la Candelaria.

 Cuando cayó la noche sobre Guanajuato, el grupo se reunió frente a la casa de la calle Campanero. Además de los trabajadores, doña Socorro estaba allí vestida completamente de negro y llevando un rosario que había pertenecido a su madre. También había convencido a dos vecinas de unirse a ellos, doña María y doña Luz, mujeres mayores que habían vivido en la calle durante décadas y recordaban los horribles eventos de 1988.

“¿Están seguros de esto?”, preguntó Roberto dándoles una última oportunidad de retirarse. Esa niña merece paz, respondió doña Socorro firmemente. Y nosotros fallamos en protegerla cuando estaba viva. No fallaremos ahora que está muerta. Entraron a la casa en silencio procesional. Don Chui iba al frente, sosteniendo un saumerio de barro, del cual se elevaba humo fragante de copal.

 Detrás de él iban las tres mujeres rezando el rosario en voz baja. Los trabajadores formaban la retaguardia, cada uno portando velas grandes que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes. La casa se sentía diferente por la noche, más viva de alguna manera, pero con una vitalidad enfermiza y antinatural. Las sombras parecían más profundas, más densas, como si tuvieran sustancia física.

 El aire estaba tan frío que podían ver su aliento formando nubes de vapor, y había un sonido constante, apenas audible. Susurros, que parecían venir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo, subieron al segundo piso, sus pasos resonando en las escaleras de madera. La puerta del ático estaba abierta.

 Aunque Roberto estaba seguro de haberla cerrado esa tarde. La escalera de caracol que subía hacia la oscuridad parecía descender hacia un abismo en lugar de ascender. Don Chuy se detuvo al pie de las escaleras y comenzó a trazar un círculo de sal en el suelo. Mientras lo hacía, cantaba en voz baja palabras en nawat mezcladas con latín, una fusión única de las dos culturas que habían definido a México durante siglos.

 El círculo nos protegerá, explicó. Pero solo hasta cierto punto, una vez que subamos al ático, estaremos en su territorio. Debemos mostrar respeto, pero también firmeza. No podemos mostrar miedo. Más fácil decirlo que hacerlo”, murmuró Martín apretando su vela con fuerza. Comenzaron a subir don Chuyo, seguido por doña Socorro y las otras mujeres, luego Roberto y finalmente los trabajadores.

Con cada paso la temperatura bajaba más. Para cuando llegaron a la parte superior el frío era tan intenso que sus dedos se entumecían. y sus labios se ponían azules. El ático estaba exactamente como Roberto lo recordaba, pero había algodiferente. Las sombras se movían independientemente de las llamas de las velas y en el aire flotaba una presencia pesada y opresiva que presionaba contra sus pechos, dificultando la respiración.

La cama estaba en el centro y ahora, bajo la luz temblorosa de las velas, podían ver detalles que la linterna de Roberto había perdido antes. El colchón estaba manchado con lo que parecían ser sangre seca y otras sustancias. Los símbolos tallados en el marco de metal eran complejos, una mezcla de escritura cuneiforme, jeroglíficos mayas y algo más antiguo, algo que dolía mirar directamente.

Lupita llamó doña Socorro, su voz temblando pero decidida. Soy Socorro. Vivía en tu calle. Te veía a veces por la ventana. Siempre quise ayudarte, mi hija, pero no supe cómo. Lo siento mucho. Silencio. Pero era un silencio expectante, como si algo estuviera escuchando. Sabemos lo que te hicieron, continuó.

 Sabemos que sufriste cosas terribles. Pero ya pasó, corazón. Tu padre ya no puede lastimarte. Tu sufrimiento terminó. Es hora de que descanses. Un viento helado sopló a través del ático, apagando varias velas. En la repentina oscuridad parcial vieron algo que hizo que el corazón de Roberto se detuviera. Una figura pequeña junto a la cama, una niña con un vestido blanco sucio, el cabello negro cayendo sobre su rostro, los pies descalzos flotando varios centímetros sobre el suelo.

 “No puedo irme”, susurró la niña, su voz como el rose de hojas secas. “Él no me deja, él todavía está aquí. ¿Quién está aquí, mi hija? Preguntó doña Socorro dando un paso cauteloso hacia delante. La niña levantó lentamente su cabeza y cuando vieron su rostro, varios de los presentes ahogaron gritos.

 Sus ojos eran dos pozos negros vacíos y su boca estaba abierta en una expresión de terror eterno. Pero lo peor eran las marcas en su piel. Los símbolos tallados cubrían su cuello, sus brazos, cada centímetro de piel visible. Él repitió Lupita, señalando hacia las vigas del techo, el que papá llamó, el que bebió mi dolor como si fuera agua dulce, todavía tiene hambre. Siempre tiene hambre.

 Todos miraron hacia arriba. Al principio no vieron nada más que vigas de madera y telarañas, pero luego las sombras comenzaron a moverse, a coalecer, formando una masa oscura que pulsaba con vida propia. Y dentro de esa masa brillaban múltiples ojos, docenas de ellos, cada uno fijo en el grupo de abajo.

 “Dios santo”, susurró don Chuy levantando su saumerio como un escudo. No es solo el espíritu de la niña. Montalvo realmente logró abrir una puerta y lo que vino a través de ella nunca se fue. La masa en el techo comenzó a descender, extendiéndose como tentáculos de humo sólido hacia el grupo. El aire se llenó de un olor pútrido como carne descompuesta mezclada con azufre.

 Y con ese olor llegaron susurros, miles de ellos, en idiomas que nunca habían sido destinados para oídos humanos. Don Chuy reaccionó instantáneamente, arrojando sal bendita hacia la masa oscura, mientras gritaba palabras de poder que su abuela le había enseñado. Donde la sal tocaba la oscuridad, esta ciseaba y se retiraba, pero había demasiado.

 Los tentáculos se multiplicaban, buscando, palpando. El diario gritó don Chuy, quémenlo. Es lo que la ata a este lugar. Roberto sacó el diario de su mochila con manos temblorosas, pero cuando intentó acercarlo a una de las velas, Lupita apareció frente a él, moviéndose más rápido de lo que sus ojos podían seguir. No! Gritó. Es lo único que me queda.

 Es la prueba de que fui real, de que existí, de que mi sufrimiento importó. Lupita, escúchame”, dijo Roberto, obligándose a mirar esos ojos vacíos y terribles. Leí tu diario, cada palabra y sí importó. Tu sufrimiento, importó, pero ese dolor es lo que te mantiene aquí. Es lo que él usa para mantenerte atada.

 Si quieres ser libre, si quieres ir donde tu papá no puede lastimarte nunca más, tienes que dejarlo ir. La niña fantasmal vaciló mirando el cuaderno en las manos de Roberto. Por un momento, su rostro pareció cambiar, los ojos vacíos, llenándose brevemente con lágrimas espectrales. “Tengo miedo”, admitió con voz pequeña. “He estado sola durante tanto tiempo.

 No recuerdo cómo es no sentir dolor.” Doña Socorro se adelantó, ignorando los tentáculos oscuros que ahora rozaban peligrosamente cerca de su cabeza. No estarás sola, mi hija. Mi madre está del otro lado, y mi hermana, que murió cuando era niña, y miles más que te recibirán con amor. Personas que entienden el sufrimiento, pero también conocen la paz que viene después.

Déjalos ayudarte. Déjanos ayudarte. Las lágrimas ahora fluían libremente por el rostro de Lupita, brillando con una luz pálida en la penumbra. Lentamente asintió con la cabeza. Está bien, susurró. Quémenlo, pero por favor recuérdame, no dejen que lo que me pasó sea olvidado para que nunca le vuelva a pasar a otro niño. Te lo prometo dijo Roberto, supropia voz quebrada por la emoción.

Sostuvo el diario sobre la llama de una de las velas. El papel viejo se encendió inmediatamente, las llamas consumiendo las palabras escritas con mano infantil. Y mientras ardía, algo extraordinario sucedió. La figura de Lupita comenzó a brillar con una luz suave y cálida, completamente diferente de la luminosidad enfermiza que había emanado antes.

 Los símbolos tallados en su piel desaparecieron uno por uno y por primera vez desde que apareciera, sonríó. Una sonrisa genuina, infantil, llena de alivio y alegría. Gracias”, dijo. Y su voz ahora sonaba ligera, libre del peso del trauma. Puedo ver una luz y hay alguien allí, alguien que me está esperando.

 Pero la entidad en el techo no estaba dispuesta a dejar ir a su presa tan fácilmente. La masa oscura estalló en un frenecí de actividad, los tentáculos fustigando violentamente en todas direcciones. Uno de ellos golpeó a Rodrigo en el pecho, lanzándolo contra la pared con tanta fuerza que el hombre gritó de dolor. Otro envolvió el tobillo de doña Luz, arrastrándola hacia la oscuridad.

No! Gritó don Chui, todos formen un círculo alrededor de la niña, protéjanla.” se movieron rápidamente formando un anillo humano alrededor del espíritu de Lupita, mientras Don Chuy y las otras dos ancianas intensificaban sus oraciones. El rosario, el saumerio, las velas, todos estos elementos ordinarios se convirtieron en armas de luz contra la oscuridad.

 Roberto continuó sosteniendo el diario ardiente, incluso cuando las llamas comenzaron a quemar sus dedos. El dolor era intenso, pero no lo soltó. No podía. No cuando estaban tan cerca. La entidad emitió un sonido que no debería ser posible, un grito que era simultáneamente agudo y gutural, humano y completamente alienígena.

Las ventanas tapeadas del ático explotaron hacia afuera, enviando astillas de madera volando. Las vigas del techo crujieron amenazadoramente. “Está perdiendo poder!”, gritó don Chui sobre el caos. “Sigan orando, no se detengan.” El diario se consumió completamente, reduciéndose a cenizas que flotaron en el aire como nieve negra.

 Y en el momento en que la última página se convirtió en nada, la luz alrededor de Lupita se intensificó hasta volverse casi cegadora. “Adiós”, dijo ella, mirando a cada persona en el círculo con gratitud infinita. “Y gracias, gracias por escuchar, gracias por ayudarme.” Entonces desapareció, simplemente se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.

 Pero la sensación que dejó atrás no era de ausencia, sino de alivio, de liberación, de paz finalmente encontrada. La entidad osciló, sus tentáculos retorciéndose en lo que solo podía describirse como agonía. Sin el sufrimiento de Lupita para alimentarse, sin su dolor como ancla a este mundo, estaba perdiendo su agarre en la realidad.

 Don Chuy aprovechó el momento, arrojó el contenido completo de su bolsa de sal bendita hacia arriba directamente al centro de la masa oscura, mientras gritaba una última palabra de poder, una palabra que su abuela le había hecho prometer que solo usaría en la más desesperada de las circunstancias. La sal se expandió en el aire, formando una red brillante de cristales que se adhirieron a la oscuridad y donde tocaban, la entidad se disolvía, desintegrándose en girones de sombra que eran arrastrados por un viento que parecía venir de algún lugar muy lejano.

El último tentáculo se retorció una vez más, intentando agarrar algo, cualquier cosa, para permanecer en este mundo, pero no había nada. Con un último aullido silencioso de frustración, la entidad fue arrastrada de vuelta a donde quiera que hubiera venido. La puerta que Héctor Montalvo había abierto finalmente cerrada.

 Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, todo terminó. El viento cesó. La temperatura comenzó a subir gradualmente. Las sombras en las esquinas del ático se volvieron solo sombras otra vez, sin vida, sin malicia. Los ocho seres humanos en el ático se miraron con incredulidad, apenas capaces de creer que habían sobrevivido.

 Rodrigo gemía en el suelo, su brazo obviamente lastimado, pero vivo. Doña Luz sollozaba de alivio en los brazos de doña María. Tomás tenía lágrimas corriendo por su rostro curtido. Se fue, susurró Martín. Realmente se fue. Sí, confirmó don Chui, agotado, pero satisfecho. Lupita finalmente está en paz y la cosa que su padre invocó ha sido enviada de vuelta.

Esta casa ahora está limpia. Bajaron lentamente del ático, cada paso más fácil que el anterior. Era como si un peso que no habían sabido que estaban cargando se hubiera levantado de sus hombros. Cuando finalmente salieron a la calle, el aire fresco de la noche nunca había olido tan dulce. Las estrellas brillaban sobre Guanajuato y desde algún lugar en las colinas que rodeaban la ciudad podían escuchar música.

 una banda tocando canciones tradicionales para alguna celebración. La vida continuaba indiferente al dramasobrenatural que acababa de desarrollarse en la casona de la calle Campanero. En los días siguientes, Roberto contrató a un sacerdote católico para bendecir formalmente la propiedad. El padre Sebastián, un jesuita mayor que había servido en Guanajuato durante 40 años, recorrió cada habitación con agua bendita y oraciones.

Cuando llegó al ático, se detuvo por un largo momento. “Hay una presencia aquí todavía”, dijo. “Pero no es malévola, es melancólica, como un recuerdo de tristeza, no la tristeza misma. ¿Debería preocuparme? preguntó Roberto. El padre Sebastián negó con la cabeza. No, lo que sea que pasó aquí fue resuelto, pero algunos lugares retienen ecos de eventos traumáticos como cicatrices en el tejido de la realidad.

 Esas cicatrices se desvanecerán con el tiempo, especialmente si esta casa es llenada con risas, vida y amor. Continuaron el trabajo de renovación con renovado entusiasmo. La casa, liberada de su carga oscura, pareció responder a sus esfuerzos. Trabajos que deberían haber sido difíciles resultaron sorprendente mente fáciles.

 La madera que habían pensado que necesitaría ser reemplazada todavía estaba sólida. Los problemas de plomería que habían anticipado simplemente no se materializaron. Es como si la casa quisiera ser arreglada”, comentó Tomás un día, como si hubiera estado esperando este momento. Roberto decidió hacer algo que originalmente no había planeado.

Contrató a un artista local, una mujer llamada Frida Guzmán, conocida por sus murales emotivos, para crear algo especial en lo que había sido el ático. “No quiero que sea algo oscuro o aterrador”, instruyó. Quiero que sea un memorial para Lupita para recordar lo que sucedió, pero también para celebrar que ella finalmente encontró la paz.

Frida trabajó durante dos semanas transformando las paredes del ático en una obra de arte conmovedora. Pintó un jardín lleno de luz solar, flores vibrantes y mariposas. Yeah.