El impacto me lanzó contra el panel de control.

La cápsula giró envuelta en fuego y metal retorcido hasta estrellarse contra algo blando, húmedo… vivo. Después, silencio. Solo el silbido del aire escapando por una grieta.

Cuando logré abrir la escotilla, un resplandor verde inundó mi vista.

El suelo era una alfombra de musgo azul que respiraba bajo mis botas. El aire olía a tierra mojada, fruta madura y algo más… algo dulce, casi humano. Me quité el casco. La humedad tropical me abrazó el rostro como un suspiro cálido.

Había caído en una selva.

Pero no era una selva normal.

Las hojas eran del tamaño de velas desplegadas. Las raíces emergían del suelo como serpientes petrificadas. Y entre la neblina se oía un canto bajo, femenino, que no vibraba en el aire sino en los huesos.

Avancé con dificultad. Cada paso hacía que el suelo exhalara vapor, como si respirara. La gravedad era ligeramente menor; mis movimientos parecían lentos, oníricos.

Entonces el canto se detuvo.

Y las vi.

Eran mujeres.

Altas… increíblemente altas. La más baja debía medir cinco metros. Sin embargo, se movían con una gracia imposible para su tamaño. Su piel era humana: dorada, con poros visibles, cicatrices suaves, imperfecciones reales. No eran diosas metálicas ni espectros etéreos. Eran vivas. Humanas. Magnificadas.

Sus cabellos caían como cascadas en tonos negros, cobrizos y plateados. Sus ojos inmensos reflejaban la luz filtrada entre las hojas. Vestían telas hechas de fibras naturales, en tonos tierra y verde musgo, pegadas a sus cuerpos por el calor del bosque.

Una de ellas me vio.

Sus pasos retumbaron como un tambor lejano. Su sombra me cubrió por completo.

Tenía un rostro joven, de facciones fuertes, casi salvajes.

—¿Qué criatura tan pequeña se atreve a pisar la tierra sagrada de Elira?

Su voz no fue amenaza, sino vibración.

Al notar mi miedo, se arrodilló. Su rostro quedó frente al mío, enorme pero sereno. Extendió una mano del tamaño de una roca.

—No temas, pequeño viajero. Tu llegada estaba escrita en las raíces.

Otras surgieron entre la niebla. Me rodearon en silencio. Sentí su curiosidad, su calor. Algunas reían suavemente. Otras murmuraban en una lengua musical. Todas me observaban con una mezcla de ternura y algo más… algo contenido durante siglos.

—Has venido del cielo —dijo la primera—. Los astros nos anunciaron que cuando el último hombre cayera de las estrellas, la vida volvería a florecer entre nosotras.

Tragué saliva.

¿Profecía? ¿Destino? ¿Error cósmico?

Ella sonrió. Era una sonrisa cálida y profundamente humana.

—Ven. Tenemos tanto que mostrarte… y tanto que pedirte.


Me llevaron en la palma de una de ellas como si fuera un pájaro herido. Su piel era tibia, suave, con olor a lluvia reciente. A cada paso, los árboles parecían inclinarse.

Atravesamos un arco natural de raíces entrelazadas cubiertas de flores luminosas.

Al otro lado, la selva se abrió.

Allí estaba Elira.

Una ciudad viva. Torres talladas en troncos gigantescos. Puentes de enredaderas vibrantes. Estructuras de piedra cubierta de musgo que pulsaban con luz interior.

Decenas de gigantes nos observaban desde alturas imposibles. Algunas tejían fibras doradas. Otras descansaban sobre ramas gruesas como avenidas. Sus risas llenaban el aire, pero sus miradas estaban cargadas de hambre, tristeza y esperanza.

La mujer que me sostenía me colocó sobre una piedra lisa junto a una cascada cristalina.

—Soy Lisara, guardiana del linaje.

Se arrodilló ante mí, hundiendo sus rodillas en la tierra blanda.

—Hace más de cien siglos que no nace un nuevo ser en Elira. Nuestros hombres desaparecieron cuando el cielo ardió. Desde entonces, solo quedamos nosotras… y el eco de lo que fuimos.

Me ofreció un cuenco de cristal vegetal con líquido verde.

—Bebe. Te ayudará a entendernos.

Lo hice.

El sabor era néctar y electricidad. El mundo cambió. Los colores estallaron. El aire vibró.

Y entonces oí sus voces… dentro de mi mente.

—Ahora puedes escucharnos —susurró Lisara sin mover los labios—. Elira habla a través de nosotras.

Vi siglos de soledad. Una civilización transformada por radiación y abandono. Mujeres que sobrevivieron, crecieron, se adaptaron… pero nunca dejaron de esperar.

—Fuiste llamado —dijo Lisara—. Elira te eligió.


Esa noche el cielo no tenía estrellas. Grandes luciérnagas flotaban como faroles vivos.

—No nacimos gigantes —me confesó Lisara—. Éramos humanas. El cielo rojo nos cambió. Sobrevivimos… pero al precio de nuestra soledad.

Me habló de la catástrofe. De los hombres que partieron en naves prometiendo regresar. De la espera.

—No queremos un salvador —susurró—. Queremos un compañero. Alguien que recuerde lo que significa sentir juntos.

Toqué su dedo. La piel era cálida, temblorosa.

El tamaño dejó de importar.


Al amanecer me condujo al corazón de la ciudad.

Descendimos por un túnel orgánico hasta una caverna inmensa. Allí, suspendido entre raíces, latía un núcleo rojo y dorado.

El corazón de Elira.

Pulsaba con dificultad.

—Se apaga —dijo Lisara—. Pero cuando llegaste… reaccionó.

La luz se intensificó.

Sentí calor bajo la piel. Una corriente invisible me envolvió. Imágenes: montañas ardiendo, océanos evaporados, mujeres gigantes llorando en silencio.

Luego, semillas brotando bajo mis pasos.

El corazón latía al ritmo del mío.

—Está eligiendo —susurró Lisara.

La luz me atravesó.

Cuando todo terminó, podía oír la selva. Cada raíz. Cada hoja.

Yo era parte del tejido.

—Ha comenzado la unión —dijo ella con lágrimas brillando.


Durante días, el bosque floreció.

Flores de colores imposibles cubrieron el valle. Ríos claros reflejaron el cielo. Las gigantes cantaron alrededor del corazón, ahora estable y dorado.

Pero mi conexión comenzó a debilitarse.

—Elira ya no te necesita —dijo Lisara con una tristeza suave—. Has cumplido tu parte.

—¿Y ahora?

—Podrías quedarte… o volver a las estrellas. El corazón te mostrará el camino.

La luz nos envolvió de nuevo. Sentí que mi cuerpo se volvía ligero.

Lisara acercó su rostro.

—Donde vayas, Elira vivirá en ti.

Todo se volvió blanco.


Desperté dentro de mi cápsula.

El panel mostraba coordenadas terrestres. Había regresado.

Afuera, el planeta azul parecía más brillante.

En mi pecho, un leve resplandor latía aún.

No sé si Elira fue un mundo oculto, una dimensión paralela o un sueño tejido por una mente moribunda.

Solo sé que cuando cierro los ojos, escucho el canto.

Y cuando apoyo la mano sobre la tierra, siento que respira.

Si alguna vez escuchas al mundo latir bajo tus pies, no te asustes.

Quizá Elira también esté despertando en ti.