Catalina of Tlaxcala: LA ESCLAVA que dio un heredero y cavó su tumba

En el año de 1561, en la hacienda de San Jerónimo del Valle, a cuatro leguas de Tlaxcala, el aire pegaba en la garganta, olía a cal viva, a humedad vieja y a sangre seca, porque debajo de la capilla, donde nadie bajaba sin persignarse, había un hueco sellado con piedras recién puestas. La verdad prohibida, la que se escondió durante años con rezos y amenazas, era esta.

 Allí abajo habían enterrado a tres recién nacidos mestizos sin nombre, y todos eran del mismo padre, el mismo hombre que juraba en misa, que su casa era limpia y honorable. Don Rodrigo de Aguirre y Solís no era el más rico de la Nueva España, pero en ese valle mandaba como si lo fuera. Era encomendero por herencia, hijo de conquistador, dueño de tierras, corrales y trigo, y dueño, sobre todo, de cuerpos.

 de 200 almas indígenas asignadas a su nombre como si fueran parte del inventario. Viudo dos veces decía, como si la muerte de sus esposas fuera un golpe del cielo y no una consecuencia de la vida áspera que imponía. No tenía heredero legítimo y eso le mordía el orgullo, porque en ese tiempo un hombre sin descendencia era un árbol seco.

 Podía sostenerse un rato, pero todos esperaban verlo caer. Catalina no tenía apellido para los papeles. Para la gente de su barrio era Catalina Asecas, hija de una mujer cansada y nieta de una anciana que todavía recordaba palabras en Nagwatle, como quien recuerda el sabor de un fruto ya prohibido. Para la hacienda era la India, la muchacha de Tlaxcala, una sombra que entraba y salía cargando agua, leña o canastas.

 Tenía las manos curtidas de moler maíz desde niña, dedos con pequeñas cicatrices de cuchillo, uñas rotas, piel endurecida por el jabón y por la piedra del metate. Tenía una forma de caminar que no hacía ruido, como si el suelo fuera de vidrio y ella no quisiera quebrarlo. y en la nuca oculta entre el cabello llevaba una marca mínima, una quemadura vieja de cuando era pequeña y su madre la jaló del comal a tiempo para que no se le prendiera el wipil.

 Esa marca le ardía a veces cuando el miedo regresaba, como si el cuerpo recordara antes que la memoria. A los 16 años la sacaron del campo y la metieron a la cocina de la casa grande. El mayordomo Martín Toscano, mestizo de voz dura y ojos siempre inquietos, dijo que Catalina servía para adentro porque era callada y porque no discutía.

 Eso era lo que se premiaba en una mujer indígena, el silencio como virtud. Lo que nadie dijo en voz alta fue que don Rodrigo la había visto una mañana cargando leña con el sol cortándole la cara y desde entonces la siguió con la mirada como se sigue un animal que se quiere atrapar sin que se note. La primera vez fue un martes de cuaresma.

Mientras todos estaban en misa recibiendo ceniza, Catalina contaba sacos de frijol en la despensa. Sintió la puerta cerrarse, la sombra de un cuerpo atrás, la mano pesada en el hombro. Don Rodrigo no gritó ni golpeó, no necesitaba. Le habló bajo como quien da una instrucción de cuentas. Si quería que su madre siguiera en la hacienda y no fuera enviada a un obraje o a una mina, debía quedarse quieta y no decir nada.

Catalina entendió en ese instante que el mundo estaba acomodado para que ella perdiera siempre. No tuvo palabras para nombrar lo que pasó, pero su cuerpo lo supo. La pared fría, el olor aino, el dolor contenido para no hacer ruido, la humillación que se le quedó pegada como humo en la ropa. Cuando él terminó, dejó un real de plata sobre la mesa, como si con eso pudiera comprar el silencio.

Catalina guardó la moneda sin mirarla y regresó a la cocina antes de que la misa terminara con la ceniza ajena todavía flotando en el aire. Pasó otra semana y otra y otra. A veces era la despensa, a veces el granero. Una vez el cuarto de pieles junto a la caballeriza, donde el olor a cuero curtido se mezcló para siempre con el asco.

Don Rodrigo nunca la llamaba por su nombre. Era una manera de no reconocerle humanidad, de no verse a sí mismo reflejado en lo que hacía. Catalina obedecía porque no había un no posible en boca de alguien como ella. Las demás mujeres de la cocina lo sabían, por supuesto. En una hacienda todo se sabe, pero el saber no servía si no se podía hablar.

 Juana, la cocinera mayor, era mulata, vieja, nacida esclava en Veracruz y sobreviviente de demasiadas cosas. Una tarde le dio a Catalina un té amargo de hierbas y le dijo que lo tomara en ayunas. No explicó más. Catalina lo tomó con el sabor a tierra y a raíz quemada pegándosele en la lengua. No sirvió o llegó tarde. Un día Catalina notó que su sangre no llegaba.

 Luego vino el mareo, la náusea, el cansancio que no se quitaba ni durmiendo. Se apretó el vientre con la palma como queriendo deshacer lo que estaba creciendo adentro. Juana la miró y no preguntó, solo bajó la cabeza como quien ya conoce el final de esa historia. Catalina intentó ocultarlo. Se puso wipiles más holgados. Evitó cargarcubetas.

 inventó dolores de estómago, pero el cuerpo no miente mucho tiempo. Un día lavando ropa bajo el sol se desmayó y se golpeó la frente. Juana la reanimó, le levantó el huipil mojado y vio el vientre redondo. Esa misma tarde, Juana se lo dijo al mayordomo. Y el mayordomo, después de tr días de andar como perro apaleado, se lo dijo al patrón.

 Don Rodrigo mandó llamar a Catalina al despacho. La habitación olía a madera y tinta, a papeles que daban poder. Catalina subió las escaleras temblando, imaginando su propia muerte con una claridad que la enfermó. Pero don Rodrigo no se mostró furioso, se mostró calculador. Preguntó si el hijo era suyo. Catalina dijo que sí. Sin levantar la mirada preguntó si había estado con otro hombre.

 Catalina dijo que no. Entonces él guardó silencio un largo rato, mirando por la ventana como si el valle pudiera responder. Finalmente le dijo que se fuera, que siguiera trabajando y que si hablaba su madre amanecería muerta. El castigo no llegó como Catalina temía, llegó distinto, en forma de silencio organizado.

 La movieron a un cuartito junto a la despensa, lejos de ojos curiosos. Le dieron mejor comida, no por compasión, sino porque convenía que la criatura naciera viva y fuerte. La visitaban Juana y Tecuani, una partera indígena anciana con manos firmes y ojos de gato. Tecuani le sobaba la espalda, le daba tes y en voz muy baja le contaba como antes, en Tlaxcala la gente celebraba los nacimientos con cantos.

Catalina escuchaba y sentía una tristeza rara, como si le hablaran de un mundo que le robaron antes de nacer. Un día, Fray Gaspar, el capellán de la hacienda, la mandó llamar. La sacristía olía a incienso y humedad. El fraile le habló del pecado, de la fornicación, del infierno. Catalina quiso decirle que ella no había elegido nada, pero esas palabras no existían en el idioma del poder.

 Fray Gaspar le ofreció una salida que era en realidad otra cadena. Si Catalina prometía no decir jamás que era la madre, la criatura sería bautizada y criada como hija legítima de don Rodrigo. Si no aceptaba, la echarían de la hacienda y el bebé no sobreviviría, dijo el fraile sin pronunciar la palabra ahogar, como si el eufemismo lo volviera menos terrible.

Catalina miró la imagen de la Virgen Morena, la Guadalupe que a veces parecía escuchar a los indios, y entendió que la decisión no era suya, era del hambre, del miedo, del destino escrito por otros. asintió, firmó con una cruz en un papel que no pudo leer y con eso vendió su maternidad a cambio de la vida de su hija.

 El parto llegó en febrero de 1562, de madrugada, con luna llena iluminando el patio como si lo mojara en plata. Catalina pujó durante horas mordiendo una tela para no gritar. Tecuani la guiaba con palabras en Nawatl. Juana le sostenía la mano. Fray Gaspar esperaba afuera con agua bendita. Cuando la criatura por fin salió, Tecuani la limpió y anunció: “Es niña.

” Don Rodrigo entró pálido con el ojo brillante de quien ve por fin lo que quiso. Miró a la recién nacida y dijo, “Se llamará Isabel.” Catalina pidió tenerla un instante. Don Rodrigo dudó, pero consintió. Quizá por superstición, quizá porque el impulso humano se le coló por una rendija. Catalina sostuvo a la niña contra el pecho.

 Sintió su calor, la boca buscando, el llanto pequeño. En ese instante, Catalina entendió la crueldad completa del trato. Su hija iba a vivir, sí, pero iba a vivir lejos de ella, incluso estando en la misma casa. le susurró una promesa sin testigos en un idioma que nadie más quiso conservar, que la amaría, aunque se la arrancaran.

Tres o cu minutos después le quitaron a la niña para bautizarla y Catalina se quedó con los brazos vacíos y una sensación de hueco que no se le quitó jamás. Dos semanas después, don Rodrigo reunió a todos en el patio y anunció que Dios le había concedido una hija nacida de su difunta esposa, doña Beatriz. Nadie se atrevió a contradecirlo, aunque todos sabían que doña Beatriz había muerto años antes y su tumba estaba en la iglesia de Tlaxcala.

 El capellán leyó un certificado de nacimiento supuestamente firmado por un médico de Puebla. El escribano lo copió. La mentira quedó escrita como verdad. Catalina regresó a la cocina, pero ya no como una muchacha cualquiera. La hicieron encargada de la despensa. Le pagaron dos reales a la semana y le dieron un cuarto aparte.

 Era premio y condena. El mayordomo se lo dijo con cara de piedra. no se acercara a la niña. Si hablaba, la acusarían de brujería, de querer robarse a una criatura española. En ese tiempo, a una mujer indígena podían colgarle el pecado que quisieran y siempre habría quien lo creyera. Pasaron 3 años.

 Catalina veía a Isabel desde lejos en el jardín con su nodriza española. en la misa dominical, en los días de fiesta, cuando le ponían vestidos que brillaban como si fueran hechos de agua. La niña tenía el cabellonegro como catalina, pero los ojos más claros, herencia del padre. Don Rodrigo la cargaba con orgullo.

 Catalina, desde la sombra, contaba los pasos de esa comitiva como quien cuenta golpes. En 1565 llegó un visitador real desde la Ciudad de México. Don Alfonso de Rivadeneira, así se llamaba, venía con guardias, escribano y un franciscano joven, Fray Martín de Alcántara, de mirada dura. Los visitadores eran la mano del rey metiéndose en las entrañas de las haciendas para ver si se pagaba lo que se debía, si se maltrataba demasiado, si había irregularidades que pudieran manchar la imagen de la corona.

Los patrones los temían más que a Dios, porque Dios se podía negociar con limosnas, el rey con papeles. Don Alfonso revisó cuentas, midió raciones, preguntó por castigos. En público, don Rodrigo sonreía, ofrecía vino, hablaba de su familia, pero Catalina vio cómo apretaba la mandíbula cada vez que Fray Martín miraba demasiado tiempo algún registro.

 Al tercer día, el visitador pidió hablar con todos. Uno por uno. Cuando Catalina entró, sintió que el suelo se inclinaba. Don Alfonso preguntó su nombre, su origen, su trabajo. Luego Fray Martín soltó una pregunta como cuchillo. Se había parido alguna vez. Catalina sintió el sudor frío correrle por la espalda. Dijo que sí. Le preguntaron dónde estaba la criatura.

Catalina repitió la mentira ensayada. Murió al nacer. La enterramos en el campo. Fray Martín la miró sin parpadear, como si memorizara cada temblor de su voz. Anotó algo y la dejó ir. Al día siguiente, Fray Martín pidió los registros de bautismos de la capilla. Encontró el bautizo de Isabel como hija legítima de don Rodrigo y de su difunta esposa.

 Preguntó por el certificado. Don Rodrigo lo entregó seguro de su trampa. Fray Martín lo leyó y levantó la vista. Conocía al médico firmante. Estaba muerto 2 años antes. El silencio que cayó en el despacho fue tan pesado que parecía que hasta las paredes se iban a quebrar. Don Alfonso habló claro. Falsificar documentos de legitimidad era delito grave.

 Don Rodrigo, acorralado, admitió que Isabel era su sangre, pero se negó a decir quién era la madre. Fray Martín ordenó interrogatorios y allí, en el cuarto día, Juana se quebró, no por cobardía, sino por cansancio. Dijo la verdad. Catalina era la madre. El parto fue secreto. Todo fue orden del patrón. Juana lloró al decirlo, como si al soltar ese peso se le partiera la espalda. Mandaron llamar a Catalina.

Fray Martín preguntó directo, “Catalina, ya sin fuerzas para mentir”, dijo, “Sí.” Don Alfonso preguntó si fue forzada. Catalina no dijo la palabra violación, porque en su mundo esa palabra no la defendía, la condenaba, pero dijo algo más verdadero, que no podía negarse, que el patrón decidía sobre su vida y la de su madre.

 En esa frase cabía todo el horror de la jerarquía. Don Alfonso ordenó que Isabel fuera retirada de la custodia de don Rodrigo mientras se investigaba, y que Catalina quedara bajo protección de la iglesia para que no la desaparecieran. Decidieron trasladarlas al convento de Santa Clara en Tlascala. Isabel lloró pidiendo a su padre. Catalina caminó detrás con el pecho ardiendo por querer acercarse y no poder, porque incluso en ese traslado la distancia era una ley invisible.

 En el convento la separaron. A Isabel la cuidaron monjas con manos suaves y ojos vigilantes. A Catalina la pusieron en cocina porque para una mujer indígena siempre hay trabajo y nunca hay descanso. Catalina escuchaba la risa de su hija al otro lado del patio y eso era una tortura mejor que cualquier azote, porque no dejaba marcas que un juez pudiera ver.

El proceso eclesiástico empezó. Don Rodrigo contrató abogado. Inventó testigos que juraron haber visto a doña Beatriz embarazada. Aunque la mujer llevaba años bajo tierra. Presentó papeles, ofreció dinero, pero Fray Martín era piedra y don Alfonso tenía la autoridad del rey. Tecuani declaró lo que vio.

 El parto, la sangre, el nombre decidido en la boca del patrón. Catalina declaró también y cada palabra la desgarraba. El obispo determinó lo inevitable. Isabel era hija natural de don Rodrigo y de una india llamada Catalina, ilegítima ante la ley. No podía heredar encomiendas ni mayorazgos. Don Rodrigo, sin embargo, quedaba obligado a mantenerla y podía dejarle dote o bienes no vinculados si hacía testamento.

 A partir de ahí comenzó otra clase de guerra, más silenciosa y más sucia. Don Rodrigo mandó decirle a Catalina a través de su abogado que podían arreglarlo sin escándalo. Si Catalina firmaba una renuncia total, Isabel volvería con él, sería reconocida como hija natural y recibiría una dote suficiente para casarse bien. Catalina, a cambio recibiría dinero y un pedazo de tierra.

 Si Catalina se negaba, Isabel se quedaría en el convento como huérfana sin respaldo, marcada por un proceso público que la haría menos casadera, menos decente, a ojos de la sociedad.Era una trampa perfecta. obligar a una madre a elegir entre la verdad y el futuro de su hija. La madre superiora, Sorin Inés, una mujer de rostro severo y voz cansada de ver tragedias, le habló a Catalina sin adornos.

 Si quería que la niña viviera con techo y comida, debía tragarse su maternidad otra vez. Catalina pasó una noche entera mirando el techo del convento, oyendo el viento colarse por las rendijas, preguntándose qué clase de Dios pedía ese sacrificio. Al amanecer, firmó con una cruz la renuncia, no porque creyera en la justicia, sino porque en su mundo la justicia era un lujo de los que mandaban. Isabel volvió a la hacienda.

Catalina fue enviada fuera con un documento de propiedad de una parcela pobre en las afueras de Tlaxcala y con unas monedas que parecían mucho en papel y poco en la vida real. Regresó al barrio, construyó una choza de adobe, sembró maíz y vivió como se vive cuando te arrancan el futuro, respirando por obligación.

 Su madre murió al poco tiempo y Catalina se quedó sola, sin esposo, sin hijos oficiales, con la maternidad enterrada viva dentro del pecho. Pasaron años, el mundo seguía, mercados, procesiones, castigos públicos. Catalina veía pasar a los arrieros hablando de rutas a Veracruz, de plata de Zacatecas, de rebeliones sofocadas.

 Los domingos iba a misa y escuchaba sermones sobre el perdón, mientras pensaba que el perdón era un plato servido para quienes nunca habían sido obligados a tragar polvo. A veces se encontraba con Juana en el mercado, ya encorvada, y se miraban sin hablar. Entre ellas había un pacto que ya no dependía de palabras.

 Ambas habían hecho lo que pudieron dentro de una jaula. Isabel creció como doña Isabel. Aunque el doña era un maquillaje sobre una mancha que la sociedad nunca deja olvidar, aprendió a leer un poco, abordar, a caminar con la espalda recta. Don Rodrigo la amaba a su manera torcida, no por lo que ella era, sino por lo que representaba.

Era su prueba de continuidad, su modo de engañar al tiempo y al mismo tiempo el miedo lo roía. El miedo a que la verdad regresara como cuchillo. En 1570, cuando Isabel tenía 8 años, llegó un nuevo administrador enviado por un pariente de don Rodrigo desde Puebla para ordenar la hacienda. Se llamaba don Esteban Yerena.

 Era un hombre de pluma fácil, ojos chiquitos y sonrisa que nunca llegaba al corazón. Llegó con una libreta donde apuntaba todo. Raciones, castigos, movimientos de mercancía. A Catalina le llegaron rumores a través del mercado, donde Esteban preguntaba demasiado por el pasado, por los papeles del visitador, por el proceso eclesiástico.

Decía que era por orden y disciplina, pero Catalina olió la ambición como se huele el humo antes del incendio. Ese fue el verdadero punto medio de la historia, el giro que torció todo. No bastaba con que el tribunal hubiera hablado. Gente que vive de papeles siempre busca otra forma de convertir la verdad en negocio.

 Don Esteban comenzó a insinuar que podía proteger a Isabel de la mancha de la ilegitimidad si se hacían nuevos arreglos, si se compraban nuevos silencios. Y para comprar silencios necesitaba alguien que hablara con la misma facilidad. Un día, Catalina fue llamada al convento. Sorin Inés estaba enferma y quería verla. Catalina llegó con la ropa de campesina, los pies polvosos, el corazón encogido.

 Solinés le dijo que había recibido una carta inquietante donde Esteban Yerena estaba pidiendo copias del expediente. Quería reabrir asuntos, quería aclarar cosas ante nuevos notarios. Sorinés temía que aquello acabara en escándalo y en castigo para Isabel. Catalina sintió que el pasado que ella había enterrado con sus propias manos volvía a moverse bajo la tierra.

 Catalina tomó una decisión sin permiso de nadie. fue a buscar a Juana, la cocinera vieja, la única persona que sabía el tamaño realo. Encontró a Juana en una casa humilde con la tos marcada de años de humo. Catalina le confesó lo que Sorinés le dijo y le pidió ayuda. Fue la primera confesión y fue al lugar equivocado, porque Juana, aunque la quería, estaba aterrada.

 Juana tenía nietos. Tenía miedo de que los metieran a un obraje si ella volvía a aparecer en los papeles. Juana adudó, se mordió los labios, dijo que lo mejor era no mover nada, que el silencio era el único techo que tenían. Esa duda fue veneno. Catalina salió de ahí sintiendo que estaba sola de nuevo.

 Desesperada, Catalina buscó a alguien que pudiera entender su culpa sin juzgarla. Tecuani, la partera ya muy anciana, viviendo cerca del río. Tecuani la recibió con una mirada triste. Catalina, por primera vez en años habló sin parar, como si le arrancaran espinas de la garganta. Habló de Isabel, del visitador, de la renuncia, del miedo a que don Esteban convirtiera el secreto en arma.

 Tequani la escuchó y luego le dijo algo que sonó como sentencia y consuelo a la vez. Los secretos enterrados no se quedan quietos, se pudren y huelen, y alguiensiempre olfatea. Esa fue la segunda confesión, la que necesitaba un espejo moral. Tecuani también cargaba culpas. Había ayudado a partos ocultos, había visto niños morir, había callado para sobrevivir.

 Tecuani le tomó la mano a Catalina con fuerza inesperada y le hizo prometer algo irreversible. Si la verdad iba a estallar, Catalina debía estar lista para elegir a su hija antes que a su propio miedo. Catalina lo prometió y sintió que esa promesa era como amarrarse una piedra al cuello y decidir caminar hacia el río de todos modos.

 Los días siguientes, Catalina se movió con cuidado. No podía entrar a la hacienda sin que la vieran, pero podía mandar recados. logró, a través de una muchacha que vendía frutas en la puerta de la casa grande, hacerle llegar a Isabel una señal mínima, un listón tejido en Nawatle con un pequeño símbolo que Tecuani le enseñó, un nudo antiguo que las mujeres usaban para recordar a los suyos.

 No decía, “Soy tu madre, porque eso sería dinamita.” Solo decía, “Alguien te cuida desde lejos.” Catalina no sabía si Isabel entendería, pero necesitaba plantar una semilla por si la tormenta venía. La tormenta llegó con la forma más peligrosa, una fiesta pública. En 1574, don Rodrigo organizó una celebración grande por la llegada de un nuevo cura al pueblo y por la primera comunión de Isabel.

 Aunque la niña todavía era joven para eso, era una manera de exhibirla ante la gente importante, de reforzar la idea de legitimidad con incienso, música y pan bendito. Vinieron comerciantes de Puebla, un juez menor de la región, varios encomenderos vecinos. Don Esteban Yerena estaba ahí sonriendo, tomando vino, observando. Catalina desde el pueblo oyó las campanas y sintió el estómago retorcerse.

 Ese día, don Esteban, decidió apretar la cuerda. En medio de la fiesta se acercó al juez menor y le habló del antiguo expediente. Dijo que quizá había irregularidades, que quizá don Rodrigo había engañado al visitador, que quizá la niña era heredera de algo y que se estaban ocultando bienes. El juez, que olía oportunidad de sacar dinero, aceptó escuchar.

 Y así, en la plaza entre música y rezos, comenzó a crecer el rumor que más miedo le daba a Catalina, que la vida de Isabel iba a ser discutida como si fuera ganado. Catalina entendió que debía intervenir, aunque eso significara romper todas las reglas. Fue al convento y pidió hablar con Isabel. Las monjas se negaron. Isabel estaba en la hacienda.

 Catalina insistió. Sol Ininés ya estaba muy enferma y la nueva superiora no quería problemas. Catalina salió sintiendo que el tiempo se le acababa. Esa noche, bajo la oscuridad, Catalina se acercó a la hacienda por un camino de Milpa. Los perros ladraron y tuvo que quedarse quieta entre los maguelles. Esperó hasta que el silencio dominó.

 Llegó cerca del jardín, donde sabía que Isabel a veces rezaba en un pequeño oratorio. Vio una luz. Se acercó lo suficiente para ver la silueta de la niña ya casi adolescente. Isabel estaba arrodillada con el cabello suelto, rezando en voz baja. Catalina sintió un golpe en el pecho. Era como verse en un espejo que no perdona.

Catalina susurró el nombre Isabel con una voz que parecía venir de la tierra. Isabel levantó la cabeza asustada mirando hacia la oscuridad. Catalina avanzó un paso. La luz de la vela le dio en la cara y por primera vez, después de 12 años se vieron sin intermediarios. Isabel no reconoció de inmediato.

 Vio a una mujer indígena flaca, con ojos demasiado intensos, y se llevó la mano al pecho. Catalina sintió que se deshacía, pero entonces Isabel miró con más atención y vio algo que la inquietó. El mismo gesto en la boca, la misma forma de fruncir el ceño. Catalina no dijo, “Soy tu madre, dijo algo más seguro, más verdadero en ese momento.

 Te pido perdón por no haber estado. Yo no pude elegir.” Isabel, confundida, preguntó quién era. Catalina tragó saliva. La promesa a Tecuia ardió. La vida de Isabel estaba en juego. Y Catalina, en un acto que era amor y condena, dijo apenas, “Soy la que te parió.” Isabel se quedó inmóvil, no gritó, no huyó.

 Sus ojos se llenaron de una mezcla de horror y curiosidad. Catalina explicó rápido, sin adornos, como quien cuenta una enfermedad, la amenaza, el secreto, la renuncia para salvarla. Isabel temblaba. dijo que eso era imposible, que su madre había muerto. Catalina dijo que esa era la historia escrita, no la verdadera. Isabel miró al suelo y luego a Catalina con una rabia naciente.

Entonces toda mi vida es mentira. Catalina quiso abrazarla, pero se detuvo porque el abrazo era un delito. Solo dijo, “Tu vida es tuya. La mentira fue de los que mandan.” En ese instante se oyó un ruido, pasos, una voz masculina. Don Esteban Yerena, que había visto movimiento desde una ventana, venía con un guardia.

 Catalina entendió que el secreto se había expuesto justo frente al enemigo. Isabel se levantó. DonEsteban llegó, vio a Catalina y sonrió como quien encuentra un tesoro. Dijo en voz alta, “Con que aquí está la India, ahora sí vamos a poner orden en esta casa.” Isabel dio un paso al frente y sin pensarlo, se colocó entre Catalina y el guardia. Fue instintivo, fue sangre.

Don Esteban se sorprendió, pero su ambición era más fuerte. Ordenó que atraparan a Catalina. Catalina corrió no por cobardía, sino porque viva podía proteger a su hija. Saltó una cerca, se metió entre los árboles, sintiendo las ramas azotarle la cara. El guardia la persiguió un tramo, pero ella conocía el campo como se conoce la propia mano.

 Se perdió en la noche y llegó al río donde Tecuani vivía. Golpeó la puerta. Tecuani la recibió sin hacer preguntas. Catalina estaba jadeando con la ropa rota. dijo, “Ya lo sabe el administrador, ya la tocó el secreto.” Tequani cerró los ojos como quien se prepara para una tormenta. Al día siguiente, don Esteban fue con el juez menor y presentó la prueba, la madre indígena viva que podía, según él, invalidar arreglos, exigir dinero, desestabilizar herencias.

 El juez ordenó una audiencia pública en Tlaxcala con el pretexto de investigar brujería y seducción, porque esa era la etiqueta fácil para castigar a una india que se saliera del lugar asignado. Don Rodrigo, viejo ya, sintió que el suelo se le abría, no por Catalina, sino por su honra. En esa sociedad el honor valía más que la vida.

 La audiencia fue anunciada en el mercado. La gente llegó como llega a un castigo con miedo y curiosidad. Las autoridades se sentaron en una mesa frente a la iglesia. El cura bendijo el acto como si la justicia y la violencia fueran hermanas. Don Esteban sonreía. Don Rodrigo llegó pálido, con manos temblorosas, sosteniendo el rosario como escudo.

 Isabel, obligada, estaba a un lado, vestida como señorita, pero con el rostro desencajado. Catalina fue llevada por guardias, porque la habían encontrado la noche anterior en casa de Tequani. Tecuani también fue arrastrada, acusada de partera de secretos, de hiervera, de conspiradora. Juana, la cocinera, apareció entre la gente llorando porque sabía que el miedo al escándalo siempre busca víctimas pequeñas.

El juez preguntó a Catalina si afirmaba ser madre de Isabel. Catalina vio a su hija y supo que ya no había regreso. Dijo que sí. El juez, con voz de quien disfruta la autoridad, preguntó si había tenido trato carnal voluntario con don Rodrigo. Catalina respondió con verdad y sin adornos, que era sirvienta, que no podía negarse, que el poder no pide permiso.

Don Rodrigo intentó intervenir gritando que era mentira, que era calumnia, que esa india estaba embrujada o comprada. Don Esteban aprovechó, pidió que se aplicara castigo ejemplar, que Catalina fuera azotada por difamar a un cristiano viejo y que Tecuani fuera castigada por hechicería.

 Entonces ocurrió lo que nadie esperaba. Isabel habló. Su voz salió quebrada, pero salió. Dijo que Catalina había dicho la verdad, que ella la había visto, que había escuchado palabras que un extraño no podría inventar. Dijo frente a todos que su padre había mentido en papeles, que el certificado era falso. El público murmuró como si un enjambre se levantara.

 Don Rodrigo se quedó quieto, como golpeado por una piedra invisible. En ese instante, su orgullo se convirtió en veneno. Miró a Isabel como si la odiara por existir. El juez se alteró porque una joven mestiza hablando en público era un desafío al orden. El cura intentó callarla, pero Isabel, ya sin miedo, dijo algo peor para ellos, que don Esteban no buscaba justicia, sino dinero, que los estaba usando.

 Don Esteban la llamó insolente. Isabel respondió que prefería ser insolente a vivir en mentira. El juicio se volvió espectáculo. El juez ordenó arrestar a Catalina y a Tecuani mientras se determinaba la pena. Don Rodrigo, humillado, exigió que todo se borrara, que la honra se reparara con sangre. Don Esteban quería que Catalina desapareciera para que el asunto quedara en manos de papeles y sobornos.

 El cura quería evitar que el escándalo manchara a la iglesia por haber permitido un bautizo falso. Esa noche, en la celda húmeda detrás de la iglesia, Catalina y Tecuani hablaron en susurros. Tecuani, con una calma triste, le dijo a Catalina que en ese mundo la verdad rara vez salva. A veces solo elige quien muere.

 Catalina, sin embargo, sintió algo extraño. Por primera vez, Isabel sabía. Esa era una victoria amarga, pero era real. Catalina le pidió a Tequani una última cosa. Si la mataban, que no dejaran que Isabel se quedara sola entre lobos. Al amanecer, antes de que saliera el sol, un guardia abrió la celda y dijo que las llevarían a la plaza para el castigo.

 Catalina sintió el hierro de las cadenas en las muñecas, el frío metiéndosele al hueso. En la plaza ya había gente, porque el castigo público era una forma de enseñar obediencia. El juez leyó una sentenciaconfusa. Catalina recibiría azotes por alterar el orden y por pretender parentesco indebido. Tecuía desterrada del pueblo por prácticas sospechosas.

Don Rodrigo no sería juzgado en ese momento por falta de pruebas suficientes y por su calidad, aunque todos sabían que las pruebas estaban ahí respirando. Cuando Catalina fue amarrada al poste, Isabel gritó, intentó correr, pero dos mujeres la sujetaron diciéndole que no se manchara, que no se rebajara.

 Isabel forcejeó y alcanzó a gritar el nombre madre en voz alta delante de todos. Fue una palabra que cayó como piedra en agua quieta. Catalina cerró los ojos. No por dolor, sino por la certeza de que esa palabra ya no podía desoírse. El primer latigazo le abrió la espalda, el segundo le arrancó aire.

 Catalina apretó los dientes para no gritar. No por orgullo, sino porque no quería regalarle a don Esteban el espectáculo completo. A la mitad del castigo, el cura pidió que pararan por caridad. El juez accedió para verse misericordioso. Catalina cayó de rodillas con la camisa pegada a la sangre. Isabel lloraba sin sonido, como había llorado Catalina el día del parto.

 Tecuani fue sacada del pueblo ese mismo día. Antes de irse, buscó a Isabel en el atrio de la iglesia. La miró y le dijo una frase que no parecía consejo, sino herencia. El que te robó la verdad te va a querer robar la vida, no se la regales. Isabel la vio irse como se ve irse a un último testigo. Catalina fue llevada a una habitación del convento para curarla, no por compasión pura, sino porque si moría ahí, el escándalo sería peor.

 Las monjas le limpiaron las heridas. Catalina apenas podía moverse. Sorin ya había muerto semanas antes y la nueva superiora solo quería que todo se calmara. Don Rodrigo en su casa bebía y rezaba como si eso borrara lo ocurrido. Don Esteban, frustrado porque el escándalo se le salió de control, buscó otra vía escribir una carta a Puebla, ofreciendo vender información a otros parientes, como si la vergüenza pudiera ser moneda.

 En medio de ese caos, Isabel tomó su decisión de no retorno. Se escapó de la hacienda una noche con ayuda de Juana, la cocinera, que por primera vez en su vida decidió que el miedo ya no le servía. Juana le dio pan, un reboso, y le dijo que no mirara atrás. Isabel fue al convento, encontró a Catalina medio inconsciente y se arrodilló junto a ella.

 Catalina abrió los ojos y vio a su hija cerca por primera vez sin rejas invisibles. Isabel le tomó la mano con fuerza, no pidió explicación, solo dijo, “Me voy contigo o me voy sola, pero no regreso con ese hombre.” Catalina quiso decirle que su vida afuera sería dura, que el mundo castigaba a una mestiza sin padre protector.

Pero se detuvo, recordó su promesa a Tequani y dijo, “Entonces nos vamos.” Con ayuda de una monja joven que todavía creía que la fe servía para algo, Catalina e Isabel salieron del convento al amanecer, antes de la primera misa. Juana consiguió una mula vieja. Tomaron el camino hacia Puebla, no para buscar protección, sino para perderse en el movimiento de las rutas, donde nadie pregunta demasiado si te ven pobre.

 En el camino, Isabel le contó a Catalina lo que había sido crecer como doña sin serlo del todo. Las miradas de desprecio de las esposas españolas, los murmullos sobre su piel, la sensación de ser un adorno incómodo en la mesa del patrón. Catalina la escuchó y sintió una culpa nueva.

 No solo le había quitado su presencia, sino que el mundo también le había quitado la pertenencia. Isabel era hija de dos orillas y no era aceptada en ninguna. En Puebla se escondieron en una vecindad de artesanos. Catalina trabajó lavando ropa. Isabel aprendió a abordar para vender piezas pequeñas en el mercado.

 Vivieron con miedo de que alguien las reconociera y las devolviera como propiedad. Don Rodrigo envió hombres buscándolas, no por amor, sino por control. Una hija que se escapa es una mancha pública. Don Esteban también mandó preguntar porque quería recuperar su negocio, pero el mundo era grande cuando una decidía hacerse invisible de verdad.

 Aquí si te está atrapando esta historia y quieres que sigamos rescatando relatos olvidados como el de Catalina, suscríbete al canal y comenta de qué país nos miras para que estas voces enterradas vuelvan a respirar aunque sea en la memoria. Los meses se volvieron años. Catalina sanó de las heridas, pero las cicatrices le quedaron como escritura en la piel.

Isabel creció y cambió la forma de hablar. Aprendió a no levantar sospechas. A veces en las noches, Catalina se despertaba pensando que escuchaba el llanto de un bebé en la hacienda, como si su cuerpo no pudiera aceptar que la separación había terminado. Isabel, por su parte, se despertaba soñando con el poste de la plaza, con la palabra madre que gritó y que le cambió la vida.

 En 157 les llegó un rumor que parecía imposible. Don Rodrigo había muerto de un ataque al pecho, solo en su despacho,con el rosario en la mano y los ojos abiertos, como si hubiera visto algo que no quería ver. Su muerte no trajo justicia, trajo silencio administrativo. Sus sobrinos en España reclamaron tierras.

 En la hacienda, el nuevo administrador cambió nombres en papeles. De don Esteban se supo que huyó hacia Veracruz porque alguien lo acusó de fraude con mercancías. Las autoridades locales prefirieron cerrar el expediente de Catalina e Isabel para que el pueblo dejara de murmurar. Catalina y su hija siguieron viviendo en Puebla sin apellido poderoso, pero con una verdad compartida que nadie les podía quitar.

 La vida fue dura, hambre algunos días, miedo otros. Isabel rechazó propuestas de hombres que solo la querían por su rostro y por la idea de tener una mujer exótica en casa. Catalina nunca la presionó a casarse porque sabía que el matrimonio podía ser otra jaula. A veces Isabel se enojaba con Catalina por el pasado, por haber firmado la renuncia.

 Catalina aceptaba ese enojo porque era justo, no se defendía, solo decía, “Yo hice lo que pude con las manos amarradas.” Con el tiempo, ese rencor volvió una cicatriz más. Dolía a veces, pero ya no sangraba. En 1595, Catalina enfermó de fiebres. La piel se le puso caliente como comal. Los ojos se le hundieron.

 Isabel la cuidó como Catalina la habría cuidado si el mundo se lo hubiera permitido desde el inicio. Con agua fresca, con paños, con rezos, Catalina delirando, hablaba en Nahwatle con su abuela muerta, como si al final el idioma prohibido regresara para abrirle la puerta. Un atardecer, cuando la luz entró amarilla por la ventana, Catalina tomó la mano de Isabel y la apretó con la poca fuerza que le quedaba.

 Le dijo que no cargara culpa, que la culpa era del sistema, del orden, de los hombres que inventaban leyes para justificar el abuso. Isabel lloró y le dijo que no la dejara. Catalina la miró con una ternura agotada y contestó lo único que podía. Yo ya te tuve, hija, aunque me la hayan robado, yo ya te tuve. Murió esa noche.

 Isabel la enterró en un pequeño campos de barrio, sin lápida rica, solo una cruz de madera. Los vecinos no sabían quién era. Para ellos era una india más que trabajaba lavando ropa. Pero Isabel, al poner la cruz, susurró el nombre completo que Catalina nunca pudo tener en papeles. Catalina, madre. Y en ese acto simple y secreto le devolvió lo que le habían quitado.

Reconocimiento. Isabel vivió muchos años después. Se volvió una mujer fuerte con una mirada que no bajaba ante cualquiera. Ayudó a otras mujeres indígenas y mestizas que llegaban a Puebla huyendo de haciendas, de maridos, de patrones. No era una santa ni una heroína de estatua. Era alguien que entendió que el miedo se hereda, pero también se puede romper.

 A veces, cuando pasaba frente a una iglesia recordaba el poste, los azotes, la palabra madre gritada en público y sentía una mezcla rara de orgullo y tristeza porque esa palabra le había costado todo y al mismo tiempo le había dado vida. Dicen que años después en Tlaxcala, cuando algún niño preguntaba por qué en la capilla de San Jerónimo había un sótano sellado y nadie bajaba, las viejas respondían que allí se escondía una maldición.

 No decían nombres porque los nombres todavía daban miedo. Pero algunas, las más ancianas, murmuraban que la maldición no era de demonios, sino de culpa. la culpa de un hombre que quiso un heredero limpio y terminó dejando un rastro de niños enterrados y una mujer marcada, y que la única que rompió el hechizo fue una esclava sin apellido, que al final no cabó la tumba de su hija, sino la tumba de la mentira que la había devorado.

 Porque Catalina de Tlaxcala no ganó un juicio, no recuperó tierras, no consiguió venganza, pero consiguió algo que en ese siglo era casi imposible para alguien como ella, que su hija supiera la verdad, que la nombrara, que la mirara sin bajar los ojos. Y en un mundo construido para que las Indias fueran sombras, ser vista, ser nombrada, era una forma de justicia que tardó décadas, pero llegó.

segundos.