Un coronel despiadado destruyó la milpa, humilló al padre y encadenó a la familia

entera. Pero una niña valiente había dado agua a un hombre moribundo. Ese
hombre era villa y él nunca olvida una deuda. Bienvenido al canal Cuentos de
Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y
agárrate porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Dicen que el
calor de aquella tarde cerca de Parral era de los que queman el alma tanto como la piel, de esos que hacen que hasta las
piedras suden y los mezquites se inclinen buscando sombra donde no hay.
El polvo levantado por los cascos de los caballos formaba una nube espesa que se
pegaba a la garganta y el sol caía a plomo sobre la tierra como un castigo
antiguo que nadie podía evitar. Francisco Villa cabalgaba adelante de
sus dorados, la mirada fija en el horizonte ondulante cuando el silvido de
las primeras balas rompió el aire seco. Era una emboscada y no cualquiera. La
había preparado el coronel Hilario Rangel, hombre de fama negra que dejaba cadáveres colgados en los árboles para
que los cuervos y el miedo hicieran su trabajo entre la gente del campo. Villa
conocía bien a Rangel. Sabía que ese hombre no era cruel por naturaleza, sino por ambición, que había nacido pobre
como todos y había trepado las filas del ejército federal a base de obedecer
órdenes sin pestañear y derramar sangre ajena sin remordimiento.
Rangel veía en villa algo que lo atormentaba por las noches. Un hombre
amado por el pueblo, sin necesidad de uniforme ni títulos, capaz de reunir a
la gente con solo mostrar el rostro. Eso para el coronel era más peligroso
que 1000 balas. La emboscada cayó sobre ellos como tormenta de granizo. Los
dorados respondieron con fiereza, pero la posición era mala y la superioridad
numérica del enemigo aplastante. En medio del caos de pólvora y gritos,
Villa tomó una decisión que le partió el pecho, dispersarse para que sus hombres
pudieran escapar por distintos rumbos. Él mismo jaló las riendas de su caballo
hacia el lado contrario, llevando trás de sí la atención de varios jinetes
federales, alejándose de su gente para darles tiempo. La estrategia funcionó,
pero le costó cara. Su caballo, noble bestia que lo había acompañado en tantas
batallas, recibió un balazo en el costado y comenzó a cojear, resoplando
con dificultad, la espuma blanca cayendo de su hocico como lágrimas de esfuerzo.
Villa desmontó antes de que el animal colapsara, le acarició el cuello sudoroso y le murmuró palabras de
agradecimiento que solo ellos dos entendieron. Luego, con la boca seca
como arena de río muerto y la cabeza dándole vueltas por el calor y la sed,
comenzó a caminar arrastrando los pies, buscando refugio donde casi no había. La
columna de Rangel seguía cerca, organizándose para peinar la zona. Villa
sabía que si lo atrapaban no habría juicio ni piedad. Lo colgarían del
primer árbol y dejarían su cuerpo pudrirse al sol para que todos supieran
que hasta los grandes caen. Fue entonces cuando vio a lo lejos un jacal humilde
plantado junto a una milpa pequeña, pero cuidada con amor. Las matas de maíz se
mecían suavemente bajo la brisa caliente, verdes y prometedoras, y junto
a ellas se veía el esfuerzo de manos campesinas que habían trabajado esa tierra. con la esperanza testaruda de
los que no tienen más que su sudor y su fe. Villa avanzó hacia allá, no para
pedir ayuda. Sabía que meter a un pobre en su problema era condenarlo, sino
porque necesitaba esconderse, aunque fuera por unas horas, aunque fuera detrás del corral o entre los
matorrales, cualquier lugar donde pudiera recuperar fuerzas antes de seguir huyendo. Esta casa era el hogar
de Mateo y Rosa, campesinos que habían nacido y crecido bajo la sombra pesada
de la hacienda vecina. Mateo era hombre de pocas palabras y mucho trabajo, con
las manos callosas y la espalda marcada por años de cargar costales y arrancar
terrones. Rosa tenía la mirada dulce, pero cansada, de quien ha parido tres
hijos. Los ha criado con lo poco que hay y aún así encuentra fuerzas para sonreír
cuando ellos ríen. Sus hijos eran su tesoro, dos varones que ya ayudaban en la milpa, y Lucerito, la más chica, niña
de ojos grandes y brillantes, que miraba el mundo con esa mezcla de miedo y
curiosidad que tienen los que todavía creen en los milagros.
Para Mateo y Rosa, la guerra era ese ruido lejano que a veces se acercaba en
forma de soldados borrachos exigiendo comida, en forma de oficiales
prepotentes cobrando impuestos inventados, en forma de amenazas que nunca traían justicia, solo más miedo.
Sabían de villa por los corridos que cantaban los arrieros en el mercado, por
las historias que contaban los viejos en las noches de velorio, pero nunca
imaginaron que ese hombre de leyenda pudiera aparecer así, herido y
desesperado, arrastrándose hacia su casa como cualquier cristiano que necesita
ayuda. llegó al corral cuando el sol empezaba a bajar un poco, tiñiendo el cielo de
naranja y rojo, como si la tierra misma estuviera sangrando. Le dejó caer detrás
de unos tablones viejos entre el olor a estiércol seco y paja podrida, y cerró
los ojos sintiendo como el cuerpo le pedía agua, solo agua, aunque fuera
turbia, aunque fuera caliente, lo que fuera, con tal de mojar esa garganta que parecía de piedra. No rezó porque no era
hombre de rezos fáciles, pero sí pensó en Dios y en la Virgen de Guadalupe,
preguntándose si no sería mejor morir ahí en paz que seguir arrastrando a
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