millonario ve a un bebé y a una mujer inconsciente rodeados de buitres, hasta

que el hallazgo en el infierno. El calor era insoportable, una pared invisible de

aire seco y sofocante que hacía vibrar el horizonte en medio de aquella nada,

donde la civilización parecía un recuerdo lejano y el polvo cubría hasta el último rastro de vida. El rugido de

un motor rompió el silencio sepulcral. Un sedán negro, una bestia de ingeniería

alemana y lujo desmedido, avanzaba con dificultad sobre el terreno irregular, levantando una estela de tierra rojiza

que contrastaba violentamente con su carrocería impoluta y brillante. Damián Velasco detuvo el vehículo. El silencio

regresó de golpe, más pesado que antes. Dentro de la cabina climatizada, el

mundo exterior parecía una película muda, ajena a su realidad de aire acondicionado y asientos de cuero

italiano. Damián, un hombre acostumbrado a que el mundo se doblara a su voluntad,

ajustó el nudo de su corbata de seda antes de abrir la puerta. Al salir, el calor lo golpeó como una bofetada

física. Se acomodó las gafas de sol oscuras, ocultando una mirada analítica

y fría, la misma mirada que había cerrado tratos millonarios y destruido a competidores sin pestañar.

Estaba allí por negocios. Aquellas hectáreas de tierra muerta pronto se convertirían en el resort más exclusivo

del norte del país. En su mente ya no veía arbustos secos ni piedras. Veía

piscinas infinitas, campos de golf y millones de dólares fluyendo hacia sus cuentas. Dio unos pasos. sintiendo como

la grava crujía bajo sus zapatos de diseñador, esos que costaban más de lo que una familia promedio ganaba en un

año. Se sentía poderoso, intocable, el dueño absoluto de todo lo que alcanzaba

a ver su vista. Pero entonces algo rompió su concentración. A unos 50 m, un

grupo de sombras oscuras se movía con una agitación inusual. Damián entrecerró los ojos detrás de las gafas. Eran

buitres, aves de rapiña, negras y siniestras. saltando torpemente sobre el

suelo, aleteando y graznando con esa impaciencia macabra que solo significa una cosa. La muerte estaba cerca. Damián

hizo una mueca de asco. Probablemente algún animal de granja se había extraviado y había sucumbido al sol

implacable. Naturaleza sucia, pensó con desdén, girándose para volver a la

seguridad estéril de su coche. No tenía tiempo para ver cadáveres de animales.

Sin embargo, justo cuando su mano tocaba la manija fría de la puerta, un sonido se filtró a través del viento caliente.

No era el aullido de un animal, no era el crujido de las ramas, era un llanto,

un llanto agudo, débil, pero constante, cargado de una desesperación humana que

le heló la sangre a pesar de los 40 gr de temperatura. Damián se detuvo en seco. Su corazón, que segundos antes

latía al ritmo lento y seguro de la arrogancia, dio un vuelco violento. Se quitó las gafas lentamente, como si

necesitara ver el mundo sin filtros para creer lo que sus oídos le decían. El llanto se repitió, esta vez seguido de

un grito ahogado, casi imperceptible. “Hola!”, gritó Damián, pero su voz sonó

ridículamente pequeña en la inmensidad del desierto. Los buitres no se asustaron, al contrario, parecían cerrar

el círculo, acercándose más a algo que yacía en el suelo, oculto por la maleza

seca. Una descarga de adrenalina pura, primitiva, recorrió el cuerpo del millonario. Sin pensar en su traje de

tres piezas, sin pensar en sus zapatos o en su agenda, Damián echó a correr.

Corrió como no lo había hecho en años. El polvo manchaba sus pantalones, el sudor comenzaba a perlar su frente, pero

no podía detenerse. A medida que se acercaba, la escena cobraba una nitidez aterradora. Los buitres, enormes y

grotescos, giraron sus cabezas peladas hacia él, sisando como serpientes, reacios a abandonar su presa. “Largo,

fuera de aquí”, rugió Damián, agitando los brazos con furia, pateando la tierra, comportándose como un loco. Las

aves alzaron el vuelo pesadamente, protestando con grasnidos roncos, y se posaron a pocos metros esperando. Fue

entonces cuando Damián bajó la vista y el mundo, tal como lo conocía, se detuvo

por completo. El tiempo perdió su significado. Allí, tirada sobre la

tierra dura y caliente, yacía una mujer. Su ropa estaba sucia, desgarrada,

cubierta de polvo y manchas que parecían sangre seca. Estaba inconsciente, con el

rostro medio oculto por el cabello enmarañado y sucio. Pero lo que hizo que Damián sintiera que el suelo se abría

bajo sus pies no fue solo ver a la mujer, sino lo que estaba a su lado. Un

bebé, un pequeño ser humano de no más de unos días de nacido, envuelto en trapos

sucios, sentado en la tierra, llorando con la cara roja y la piel quemada por el sol. El niño manoteaba al aire

buscando protección, buscando alimento, buscando algo que no fuera la muerte que lo rodeaba. La fragilidad de esa

criatura frente a la monstruosidad de los buitres era una imagen que se grabaría en la pesadilla de Damián para

siempre. Damián cayó de rodillas sin importarle las piedras que se clavaban en sus piernas a través de la tela fina

del pantalón. Sus manos, habitualmente firmes, temblaban incontrolablemente

mientras se acercaba a la mujer. Necesitaba ver su rostro. Necesitaba saber quién había sido abandonada allí

como basura. con un movimiento suave, casi temeroso, apartó el cabello del

rostro de la mujer. La piel estaba pálida bajo la capa de suciedad, los labios agrietados por la deshidratación

severa, pero las facciones, esas facciones eran inconfundibles. Damián

sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago sacándole todo el aire de los pulmones. Lucía

susurró con la voz quebrada por la incredulidad y el horror. No podía ser.

No tenía sentido. Lucía Morales, la empleada doméstica, tranquila, eficiente

y humilde que había trabajado en su casa hasta hacía 9 meses. La misma mujer que él había despedido personalmente,

echándola a la calle sin miramientos, acusada de un robo que ella juró no haber cometido. Damián miró a la mujer

inconsciente, luego miró al bebé que lloraba desconsolado a su lado. Su mente

intentaba conectar los puntos, pero el pánico bloqueaba su lógica. ¿Qué hacía

ella aquí en medio de la nada, a kilómetros de cualquier lugar habitado? ¿Por qué estaba vestida como una

indigente? ¿Y de quién era ese bebé? Los buitres graznaron de nuevo, dando un

paso adelante, recordándole a Damián que la muerte no espera a que los hombres ricos resuelvan sus dudas. El peligro