Ah,

al principio pensé que era el viento, pero luego lo escuché otra vez. Un

gruñido, algo que parecía arrastrar la vida con cada respiración.

Tomé mi rifle, no por valentía, por costumbre.

Aquí afuera, en el borde sur del territorio, quien no levanta el arma primero termina enterrado sin nombre.

Abrí la puerta despacio esperando ver un puma entre mis reces moribundas.

No estaba preparado para ver eso. Dos cuerpos gigantes tirados en mi patio.

Dos mujeres apaches, cada una más alta que cualquier hombre que yo haya visto. Los ojos de la

más alta se abrieron de golpe, fieros, pero asustados. No sé cómo explicarlo, pero esa mirada

me atravesó el alma. No era una guerrera lista para matarme. Era una mujer al borde de perderlo todo.

Intentó levantarse. Su cuerpo titánico no le obedeció.

No, hermana, primero volteé hacia la otra. La más baja tenía

una lanza rota clavada entre las costillas. Y ahí mismo entendí que estaba metido hasta el cuello, porque

cualquier hombre sensato habría dado media vuelta, montado su caballo y cabalgado hasta perderlas de vista.

Pero yo no soy un hombre sensato, soy un hombre solo.

Guardé el rifle, me acerqué un paso, luego otro.

La gigante mayor no apartó la mirada. Sus ojos me estudiaban igual que un lobo estudia a un borrego perdido, pero no

atacó, solo dijo, “Ayúdala, por favor.”

Su voz era baja, profunda, cargada de algo que no supe nombrar. No suplica, no

mando. Algo intermedio, como si me dejara la puerta abierta, pero me

advirtiera que entrar podía cambiarlo todo. Me arrodillé junto a la herida.

Tenía fiebre, mucho más caliente de lo normal. Cuando puse mi mano en su

frente, sentí un temblor bajo la tierra, suave, casi imperceptible,

como si el suelo respirara. Me congelé. ¿Qué fue eso? Susurré sin querer.

La mayor cerró los ojos como si la respuesta fuera demasiado grande para decirla.

No debimos cruzar por aquí”, murmuró. “Lo despertamos.

No supe qué quiso decir, ni quise saberlo.” La lluvia empezó a caer gorda, fría,

golpeando la tierra seca como si el cielo quisiera ahogarnos a todos. Tenía que decidir.

Si ayudaba a esas mujeres, me jugaba la vida. Los apaches no perdonan que un blanco

meta mano donde no debe. Los federales tampoco perdonan que un blanco ayude indios. Y si las dejaba morir,

terminaría igual de muerto cuando encontraran los cuerpos en mi rancho. No había salida buena,

solo una salida que pudiera mirar a los ojos cuando me llegara la hora. Está bien, dije. Vamos dentro.

La gigante mayor me sostuvo la mirada un segundo más. Un segundo largo, un segundo donde sentí

que algo antiguo, algo enterrado bajo el desierto, se movió entre nosotros como un recuerdo que no era mío.

“Gracias”, susurró. “Intentamos levantar a su hermana. Era

como cargar un toro adulto entre dos.” Ella gruñía del dolor. Yo apenas podía

respirar, pero paso a paso la metimos a la cabaña. La lluvia no seguía como si

quisiera tragarse nuestras huellas antes de que alguien más las encontrara. Cuando cerré la puerta, escuché un

trueno temblar bajo la tierra, no en el cielo, y no supe si era tormenta o algo más

profundo despertando ahí, en esa oscuridad húmeda, junto a dos gigantes heridas y un temblor que

venía de abajo, entendí por primera vez. No era yo quien había encontrado a esas

mujeres. Ellas me habían encontrado a mí y el desierto tenía planes.

Las acosté como pude sobre mi único catre y sobre la mesa grande donde cortaba carne. No estaban hechas para

espacios pequeños ni para este mundo. Pensé un segundo, pero lo espanté de la cabeza. La fiebre

y el cansancio hacen decir estupideces. La lluvuria seguía cayendo fuerte,

golpeando el techo de lámina como si quisiera derribarlo. El fuego chisporroteaba débil, incapaz

de secar el aire. La más alta respiraba hondo, como si cada inhalación fuese una pelea. La otra

apenas se movía. “¿Cómo te llamas?”, pregunté sin saber si estaba cometiendo

un error. La gigante mayor tardó en responder o tal vez se estaba

decidiendo. Ayana. El nombre era seco, cortante, como

piedra que cae por un barranco. Me señaló a su hermana Itel.

¿Qué les pasó? Ayana tragó saliva. No era miedo, era

otra cosa, como si le costara sostener un recuerdo que pesa demasiado.

No somos perseguidas por hombres, murmuró. ¿Qué? Sus pupilas se abrieron apenas y por un

instante juré que había visto en ellas un reflejo, como brazas debajo de arena.

Algo despertó donde no debía. No supe qué diablos quiso decir. Pensé

en espíritus, en supersticiones, en historias de fogata que los vaqueros contamos cuando estamos aburridos.

Era la fiebre, me dije. Estaba delirando. A cualquiera le pasaría

después de caminar herida bajo una tormenta. Hasta que la tierra volvió a temblar.

Suave, pero real. Se me eló la espalda.

Ayana cerró los ojos como si supiera lo que yo sentí, como si ella también estuviera escuchando algo bajo el suelo.

No te levantes dije rápido antes de que intentara moverse. No quiero levantarme,

susurró. Quiero que mi hermana viva. Había dolor en su voz. Fuerte, viejo,

familiar, incluso. Yo no tenía idea de qué hacer. Solo apreté los dientes y me puse a

limpiarle la herida a Itel. La lanza rota parecía haber entrado entre las costillas sin tocar el pulmón, pero la

infección, eso era otra historia. “Resiste”, le dije, aunque no sabía si

podía oírme. Ayana me observaba en silencio. Sentía su mirada encima como un peso. No