El viento soplaba con una frialdad inusual para ser el inicio de la primavera, arrastrando consigo el olor a

pino y a tierra mojada de las montañas que rodeaban el valle. Julián, de apenas

19 años, permanecía inmóvil frente a la puerta de madera carcomida, sosteniendo

una maleta vieja cuyas costuras amenazaban con reventar. A su lado, su hermana menor, Elena, de

14 apretaba los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta raída.

No lloraban. El tiempo de las lágrimas se había agotado hacía semanas, justo cuando la carta de su madre apareció

sobre la mesa de la cocina en la ciudad, explicando con trazos apresurados que no

podía más y que el peso de dos hijos era una ancla que no le permitía volar.

¿Es aquí?, preguntó Elena con una voz que apenas superaba el susurro del viento. Julián

asintió, aunque por dentro sentía un vacío que le devoraba el estómago.

Lo que tenían frente a ellos era la antigua propiedad del abuelo materno, una finca que en sus recuerdos de

infancia era un vergel de vida, pero que ahora parecía el esqueleto de un gigante olvidado.

La estructura principal, una cazona de dos plantas con el tejado hundido en un extremo, se alzaba gris y amenazante

entre la maleza que llegaba hasta la cintura. Las ventanas, despojadas de sus

cristales por el vandalismo del tiempo, parecían cuencas oculares vacías observando a los intrusos que se

atrevían a interrumpir su letargo. “El abuelo siempre decía que esta tierra

tenía corazón”, dijo Julián tratando de infundir una confianza que no poseía.

Solo está dormida, Helen. Tenemos que despertarla. Caminaron por el sendero que alguna vez

fue de piedra laja, ahora devorado por el musgo y las raíces. Cada paso era un recordatorio de su

precariedad. No tenían dinero, no tenían padres y lo único que poseían eran los títulos de

propiedad que Julián había rescatado antes de que el banco embargara su pequeño apartamento en la capital.

Eran huérfanos de voluntad ajena. arrojados a un destino que nadie más quería. Al entrar en la casa, el olor a

humedad y abandono los golpeó de frente. El polvo danzaba en los pocos rayos de

sol que lograban filtrarse por las grietas del techo. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas que tras

años de encierro se habían vuelto amarillentas y quebradizas, pareciendo fantasmas montando guardia en el salón.

Julián dejó la maleta en el suelo y observó el hogar de piedra, donde las cenizas de un fuego extinto hacía una

década aún permanecían en el fondo. Elena se acercó a la ventana que daba

hacia el fondo de la propiedad. Allí lo que antes eran establos y corrales, ahora eran solo estructuras de

madera podrida inclinadas peligrosamente hacia un lado. No había animales, ni el

mujido de las vacas, ni el cacareo de las gallinas. Solo el silencio sepulcral de una granja

que había muerto junto con su dueño. “Mamá nos envió aquí para que nos rindiéramos”, soltó Elena de repente,

volviéndose hacia su hermano con fuego en los ojos. “Sabía que no tenemos nada.” Pensó que volveríamos de rodillas

a buscarla cuando el hambre apretara. Julián se acercó a ella y le puso una

mano en el hombro. Su mano estaba áspera, pues había pasado los últimos días trabajando en lo que

encontrara para costear el viaje en autobús hasta este rincón perdido del mapa. “Entonces no nos conoce”,

respondió él con una seriedad que transformó su rostro juvenil en el de un hombre. Esta tierra es nuestra, de aquí

no nos saca nadie. Si ella nos abandonó, que así sea. Pero este lugar va a ser

más que una ruina. Vamos a convertirlo en un paraíso, aunque nos dejen la piel en ello. Esa

noche no hubo cena, solo un par de manzanas que les quedaban y agua del pozo, que milagrosamente aún funcionaba

tras limpiar la superficie de hojas secas. Durmieron en el suelo del salón,

envueltos en sus chaquetas, escuchando los crujidos de la madera y el aullido de los coyotes a lo lejos.

Era el primer día de su nueva vida. Un inicio marcado por la traición materna, pero cimentado en una promesa

de hierro, la granja volvería a latir y ellos con ella. El primer amanecer en la

finca no trajo la calidez que Julián esperaba. La luz del sol se filtraba de manera

irregular a través de los agujeros del tejado, creando columnas de polvo dorado que iluminaban la miseria del salón. Sin

embargo, no había tiempo para la autocompasión. El hambre era un recordatorio constante

en sus entrañas y el frío de la noche anterior les había dejado claro que si no trabajaban rápido, la montaña los

consumiría antes de que llegara el verano. Julián se levantó antes que Elena. Sus músculos estaban entumecidos

por haber dormido sobre el suelo de madera, pero su mente estaba extrañamente lúcida.

salió al porche y contempló la extensión de lo que alguna vez fue un imperio ganadero.

El terreno se extendía por varias hectáreas de colinas suaves, pero ahora estaba asfixiado por la maleza, el

espino y los restos de cercas caídas. Lo primero es el agua y el fuego”, se

dijo a sí mismo, apretando los dientes. Encontró un cobertizo detrás de la casa

que milagrosamente no se había derrumbado por completo. Tras forzar la puerta oxidada, sus ojos brillaron al

ver un arsenal de herramientas cubiertas por una densa capa de grasa y telarañas, una guadaña, dos hachas con los mangos

algo astillados, una carretilla de metal y varias palas.

No eran herramientas nuevas. Pero en ese momento valían más que el oro. Cuando

Elena despertó, encontró a su hermano ya sudando bajo el sol pálido, despejando el camino principal hacia el establo.

Ella, sin que él tuviera que decirle nada, comenzó a limpiar el interior de la cazona. Con un escobillón improvisado

hecho de ramas secas, empezó a expulsar a las arañas y al polvo acumulado por una década.

Cada rincón que limpiaba revelaba un poco más de su historia familiar, una fotografía descolorida del abuelo

montando a caballo, un viejo calendario de 2014 y un juego de llaves que colgaba de un

clavo cerca de la cocina. “Julián!” gritó Elena desde la ventana. Encontré

el sótano. Julián soltó el hacha y corrió hacia la casa.

Tras mover un pesado aparador que bloqueaba una trampilla en el suelo de la cocina, descubrieron una pequeña

despensa subterránea. El aire allí abajo era gélido y seco. Al

bajar con una linterna casi sin batería, sus corazones dieron un vuelco. Había