Desesperación: Las últimas tortillas pisoteadas
El agua turbia salpicó el piso de cemento cuando la señora Berta, vestida con un traje azul marino impecable y

tacones de aguja, volcó el termo con desprecio. Las últimas tres tortillas de maíz que
Ramiro acababa de calentar en el comal rodaron por el suelo polvoriento de la banqueta, pisoteadas deliberadamente por
aquellos tacones caros. Esto es lo que llamas comida, escupió con asco. Mis
perros comen mejor que esto. No vuelvas a poner tus manos sucias cerca de mi oficina. Ramiro Hernández Torres, 52
años, rostro curtido por 20 años, trabajando bajo el sol implacable de Ecatepec. Sintió como las lágrimas
amenazaban con salir, pero no podía llorar, no frente a su hijo. “Papá, ¿por
qué tiró nuestra cena?”, preguntó Pedrito de apenas 7 años, con los ojos cristalinos mirando las
tortillas destruidas en el pavimento. El niño llevaba una camiseta roja remendada
en tres lugares diferentes. Sus tenis, dos tallas más grandes de lo necesario,
eran un regalo de la parroquia. El estómago de Pedrito rugió como trueno en
tarde de tormenta. Ramiro apretó la mandíbula. Esas tres tortillas habían
sido su desayuno, comida y cena para ambos. Ahora no quedaba nada. El puesto
de tacos, el buen samaritano, no era mucho. Una estructura de metal oxidado
con un toldo de lona azul rasgado en las esquinas, un comal de hierro que había conocido mejores días y una hielera de
unicel sostenida con cinta adhesiva gris. Pero era todo lo que Ramiro tenía
después de que el banco le quitara su local de comida hace 8 meses. La colonia Jardines de Morelos, Necatepec, no era
el peor lugar del estado de México, pero tampoco era el paraíso. Las calles sin
pavimentar se convertían en lodas cuando llovía. El olor a basura quemada flotaba
en el aire. Cada tarde. Los perros callejeros peleaban por restos en los
contenedores desbordados. Ramiro había llegado a ese punto un año atrás cuando
su esposa María del Carmen, murió de cáncer cervical en el Hospital General.
Los tratamientos habían devorado sus ahorros de 15 años. Vendió el refrigerador industrial, la estufa de
seis quemadores, incluso su camioneta Nissan del 98. Todo para pagar doctores, medicinas,
estudios. Al final ella se fue de todas formas, dejándolo con Pedrito, una deuda
de 120,000 pesos con prestamistas y un vacío en el pecho que dolía más que el
hambre. Antes, el buen samaritano había sido un restaurante próspero en la
avenida central. Ramiro servía tacos al pastor con piña caramelizada, costillas
en salsa verde que hacían llorar de felicidad, quesadillas de flor de calabaza que la gente venía desde
Texcoco a probar. Tenía cuatro empleados. Pedrito iba a una escuela privada. María del Carmen cocía vestidos
en las tardes y cantaba mientras preparaba mole los domingos. Ahora solo
quedaba este puesto ambulante armado con lo que rescató del remate judicial. Y ni
siquiera eso estaba funcionando. “Papito, tengo mucha hambre”, susurró
Pedrito jalándole la camisa de trabajo manchada de grasa. Ramiro se agachó frente a su hijo, limpiando con el dorso
de la mano las lágrimas que finalmente habían brotado de sus propios ojos. Las manos de Ramiro estaban curtidas por el
cloro y el jabón industrial, agrietadas en los nudillos, con cicatrices de
quemaduras del comal que nunca sanaron del todo. Lo sé, mi hijito, lo sé. Dame
un momentito. Sí, papá va a conseguir algo. Pero Ramiro sabía que mentía.
Revisó sus bolsillos 42 pesos en monedas. No era suficiente ni para un
kilo de tortillas. El gas del tanque estaba por acabarse. El proveedor de carne ya no le fiaba. Don Tomás, el
tendero de la esquina, había dicho esa mañana con tristeza genuina en la voz,
Ramiro, hermano, ya te fijé 800 pesos. No puedo darte más hasta que me pagues algo. Tengo familia también. Ramiro
había asentido sin decir palabra. Entendía. Todos tenían familia, todos
tenían hambre propia. Esa noche, después de desmontar el puesto y guardar los
utensilios en el cuartito de azotea, que rentaba por 1200 pesos mensuales, que
debía desde hace dos meses, Ramiro calentó agua en un jarro de peltre abollado. Pedrito lo miraba desde el
petate donde dormían, envuelto en una cobija delgada de la Cruz Roja. ¿Vamos a
cenar agua caliente otra vez?, preguntó el niño sin reproche, solo con resignación que ningún niño de 7 años
debería conocer. Este de manzanilla, mijo, te va a caer bien para el estómago. Papá, esto no
sabe a nada, dijo Pedrito después del primer sorbo. Solo es agua caliente.
Aquellas palabras atravesaron a Ramiro como cuchillo al rojo vivo. Su hijo
tenía razón, ni siquiera tenía una bolsita de té verdadera. Era solo agua
hervida con una esperanza desesperada de que el calor llenara aunque fuera un
poco. Cuando Pedrito finalmente se durmió con el estómago vacío y los
labios secos, Ramiro se arrodilló en el piso de cemento frío, juntó las manos y
miró hacia el techo manchado de humedad, donde una imagen de la Virgen de Guadalupe colgaba torcida de un clavo
oxidado. “Dios mío”, susurró con voz quebrada.
Sé que no soy nadie para pedirte nada. Sé que he fallado como padre, como
esposo, como hombre. Pero te lo ruego, Señor, mis hijos tienen hambre. Bueno,
mi hijo. María del Carmen ya está contigo y sé que ella está mejor allá
que acá con nosotros. Se detuvo tragando saliva, limpiando con el puño las lágrimas que no dejaban de caer. Señor,
Pedrito es inocente. Él no merece pasar hambre. Si quieres castigarme a mí,
hazlo. Llévame contigo también, si es tu voluntad, pero a él no. Dame una señal,
una oportunidad, un cliente, lo que sea. Solo necesito poder darle de comer un
taco, un pan, algo, por favor. El silencio fue la única respuesta. El
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