Llevábamos más de 10 días huyendo sin descanso, atravesando montañas,

desfiladeros y desiertos de roca y nieve

que parecían no tener fin. Le había prometido a Fleina que la

llevaría de vuelta a su territorio sin importar el precio que tuviera que pagar

ni los peligros que encontráramos en el camino.

Ella confiaba en mí y no podía fallarle. Cuando lograra dejarla a salvo, volvería

a por mi madre, aunque eso significara enfrentarme solo al ejército entero del

tenía que hacerlo antes de que él descubriera la verdad, antes de que todo

se viniera abajo. No tardó mucho.

Un guardia de la torre de piedra negra notó la falta de los dos emisarios.

Subió a pie hasta la prisión. Encontró el cuerpo, la celda vacía, las cadenas

rotas. bajó corriendo, cogió su caballo, galopó

hasta la capital, informó al K.

El Kh enloqueció de cólera. Ordenó dos cosas. Un grupo iría a mi pueblo, a por

mi madre. la usarían como cebo. Otro grupo formado por los mejores

rastreadores del imperio, o expertos cazadores de hombres nos darían casa. No

lo sabíamos aún. Pero ya estaban acercándose. Cruzamos por los caminos

más peligrosos, aquellos donde ni los viajeros ni las bestias se atrevían a pasar.

Eran rutas olvidadas, desoladas, donde el viento silvaba como un lamento

antiguo. No podíamos permitirnos encontrar a nadie. Cualquier mirada

podía delatarnos, cualquier voz podía condenarnos. Fleina apenas hablaba, solo

levantaba su mano y señalaba una única dirección con una determinación que no

admitía dudas. Al norte, decían sus ojos, siempre al

norte. Tres días de camino desde la garganta de los mil vientos dijo, una

cumbre donde el aire es tan fino que los hombres mueren antes de alcanzar la

cima. Solo los de su pueblo pueden cruzarla.

Nos quedaba una semana más. Comíamos lo que cazábamos, descansábamos lo justo.

Cada noche el mismo pensamiento. Pronto el can descubrirá todo.

[Música] Los soldados del K llegaron a mi pueblo al tercer día. Preguntaron por mí. Los

aldeanos no sabían nada, solo que había aceptado un trabajo en las montañas.

Un trabajo bien pagado.

Encontraron la casa de mi madre. Entraron. Ella estaba sola, enferma de

Evil. No opuso resistencia. La subieron a un carro, la llevaron a la

capital. El can vio. Una mujer vieja y enferma.

Perfecta. La encadenaron en las mazmorras del palacio.

Esperarían el momento adecuado para usarla. Los rastreadores salieron de la capital

inmediatamente. Los mejores del imperio habían cazado desertores en desiertos asesinos en

junglas. Nadie se les escapaba. Llegaron a Piedra Negra, inspeccionaron el

campamento destrozado. [Música] Encontraron huellas. Dos pares, uno

humano, otro diferente, más grande con garras en lugar de dedos. Siguieron el

rastro. Cenizas de fogatas apagadas, restos de casa, marcas en árboles. Cada

señal los acercaba más. No hablaban, no.

Descansaban más de lo necesario, eran máquinas y nosotros éramos su presa.

Esa noche acampamos en una cueva. Encendió un fuego. La lluvia caía afuera. Ella se acercó al fuego en

silencio. Sus ojos verdes me miraron. Ya no podía esperar más para

preguntarle. Tenía que saber de dónde veníat. ¿Cuántos habitantes había en su reino?

¿Por qué nadie sabía nada de ellos? La cabeza me iba a explotar. ¿Quiénes

sois?, pregunté. Se quedó en silencio por un momento y luego habló. Mi pueblo caminó por esta

tierra mucho antes que los humanos. Éramos los primeros guardianes de las montañas, de los bosques.

Construimos ciudades de piedra viva. No conocíamos el miedo ni la codicia.

Pero cuando los humanos llegaron, todo cambió. Se multiplicaron, nos temieron,

nos cazaron, nos llamaron demonios, destruyeron nuestras ciudades, quemaron

nuestros bosques, así que nos ocultamos, desaparecimos.

Encontramos un valle entre las montañas más altas, donde la niebla nunca se levanta y los caminos desaparecen.

Un lugar protegido por la propia tierra. Allí construimos nuestro último refugio,

un reino que los humanos nunca encontrarán. ¿Por qué saliste?, pregunté. Uno de

nuestros ancianos enfermó. Solo una hierba podía salvarlo.

La flor de luna crece en las laderas de estas montañas.

Era mi deber. Soy una guerrera, una protectora. salía a buscarla,

pero había un hombre, un explorador inglés obsesionado. Pasó años leyendo manuscritos antiguos

sobre civilizaciones ocultas. Estudió todas las leyendas de razas que existieron antes que los humanos.

Su investigación lo llevó a estas cumbres y durante años exploró en

condiciones extremas en la zona límite que un humano puede soportar.

Detectó huellas. Esperó pacientemente.

Sabía que algún día alguien de mi pueblo cruzaría esa línea. Yo cometí el error.

Necesitaba esas plantas. Crucé la línea y él estaba esperando.

Había leído todos los textos antiguos sobre nosotros.