El doctor Andrés Morales había visto morir a cientos de pacientes en sus 20

años de carrera y cada vez que alguien mencionaba fe, milagros o Dios, sentía

esa mezcla de fastidio y lástima. Para él la medicina era ciencia, números,

estadísticas, probabilidades. No había espacio para esperanzas vacías

ni oraciones inútiles. Ese martes por la mañana, cuando leyó el expediente de don

Esteban Reyes, suspiró con pesadez. Tumor cerebral avanzado, metástasis,

expectativa de vida. Dos semanas, máximo un mes. Uno más para la lista de casos

perdidos. Entró a la habitación 407 con su asistente, el joven Dr. Martín, quien

apenas llevaba 6 meses en el hospital. Don Esteban estaba sentado en la cama

con las manos entrelazadas. Tenía 62 años, el rostro demacrado, pero los ojos

brillaban con algo que Andrés no supo identificar de inmediato. A su lado, su

esposa Rosa sostenía una Biblia gastada. Buenos días, don Esteban”, dijo Andrés sin levantar la vista del iPad. “Tengo

los resultados de sus últimos estudios”. Buenos días, doctor. La voz del hombre

era débil, pero firme. ¿Hay esperanza? Andrés levantó la mirada. Esa pregunta

siempre le molestaba. “Mire, voy a ser directo con usted. El tumor ha crecido.

Está comprimiendo áreas críticas del cerebro. Según nuestros cálculos, le

quedan aproximadamente dos semanas de vida, tal vez tres si tiene suerte. Lo

siento. Rosa ahogó un soyo. Don Esteban apretó su mano. Doctor, dijo el hombre,

y había paz en su voz, algo que desconcertó a Andrés. Yo creo que Dios

puede sanarme. He estado orando. Mi iglesia está orando. Siento en mi

corazón que el Señor va a obrar un milagro. Andrés sintió ese fastidio

familiar subiendo por su pecho. Don Esteban, entiendo que en momentos como

estos la gente busca consuelo en la religión, pero tiene que ser realista.

Este tipo de tumor no hay cirugía posible, no hay tratamiento. La ciencia

es clara. La ciencia también tiene límites, doctor, dijo don Esteban con

calma. Pero Dios no los tiene. Señor Reyes, Andrés dejó escapar una risa

breve, casi un resoplido. Llevo 20 años en esta profesión. He visto a cientos de

personas orar, suplicar, llorar pidiendo milagros. ¿Sabe cuántos milagros he

visto? Cero. La fe no cura tumores. La fe no detiene la muerte. La fe es una

ilusión que ayuda a la gente a lidiar con lo inevitable. El Dr. Martín se movió incómodo a su lado. Rosa miró a

Andrés con ojos húmedos, pero don Esteban solo sonrió levemente. Doctor,

respeto su opinión, pero yo he visto la mano de Dios en mi vida demasiadas veces

para dudar ahora. Andrés cerró el iPad con un click seco.

Bueno, mientras espera su milagro, le sugiero que ponga sus asuntos en orden,

hable con su familia, haga las paces con lo que tiene que hacer. El tiempo es

corto. Se dio la vuelta para salir. Doctor, la voz de don Esteban lo detuvo

en la puerta. Voy a orar por usted también para que algún día pueda ver lo

que yo veo. Andrés no respondió. Salió de la habitación con el doctor Martín

pisándole los talones. “Doctor Morales”, dijo Martín en voz

baja mientras caminaban por el pasillo. ¿No cree que fue un poco duro?

Duro. Andrés se detuvo y lo miró fijamente.

Lo duro es darles falsas esperanzas. Lo duro es dejar que pierdan tiempo rezando

cuando deberían estar despidiéndose de sus seres queridos. Yo les doy la verdad, Martín. Cruda. Sí, pero verdad.

Pero él parecía encontrar paz en su fe. La paz no cura tumores. Andrés cortó.

Aprende eso rápido si quieres sobrevivir en esta profesión. La medicina es ciencia, no terapia espiritual.

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me ves. Ahora sí, continuemos. Los días siguientes, don Esteban se convirtió en

un tema recurrente en el hospital, no por su condición médica que empeoraba

rápidamente, sino por algo más desconcertante. Su habitación se había transformado en

un santuario improvisado. Había gente entrando y saliendo constantemente,

miembros de su iglesia, pastores, familiares, todos orando, cantando

himnos en voz baja, leyendo la Biblia. Andrés pasaba por ahí varias veces al

día y cada vez sentía crecer su irritación. En una ocasión escuchó a don

Esteban orando en voz alta. Señor, tú eres mi médico verdadero. Confío en ti.

Si es tu voluntad sanarme, lo harás. Si es tu voluntad llevarme contigo, también

acepto, pero creo en tu poder. Patético, murmuró Andrés para sí mismo, alejándose

en la sala de médicos durante el café de la tarde compartió su frustración con sus colegas.

Tienen la habitación convertida en una iglesia, dijo con sarcasmo. Cantan,

oran, hablan de milagros, como si Dios fuera a bajar del cielo y operar el

tumor con un rayo de luz. La doctora Patricia, una oncóloga veterana, lo miró

con reprobación. Andrés, si la fe les da consuelo, el

consuelo no salva vidas, Patricia. La ciencia sí. Y estamos perdiendo

credibilidad cuando permitimos que conviertan el hospital en un templo.

Déjalos en paz, intervino el doctor Ramírez. El hombre se está muriendo. Si quiere

rezar, que rece. Lo que me molesta, continuó Andrés sin dejar de remover su

café, es que nos hacen perder el tiempo. Tengo otros pacientes que sí tienen

posibilidades de sobrevivir, pacientes que confían en la medicina, no en