Nadie entendía por qué lloraba, no gritaba, no piaba fuerte, no pedía ayuda, solo lloraba. Lo que pronto

descubrieron fue tan devastador que sintieron que el suelo desaparecía bajo sus pies. La guacamaya avanzaba despacio
por la calle con el cuerpo bajo, las alas tensas y una bolsa negra de basura atrapada en el pico. La arrastraba como
si pesara más que ella misma, como si cada paso le costara algo que no podía recuperar. Algunos la miraban desde
lejos, otros volteaban la cara. Un par aceleró el paso. “Seguro sacó eso de los
botes,”, murmuró alguien. La bolsa raspaba el asfalto, dejaba una marca
oscura, no era sangre, no era agua, era algo intermedio, algo que no debía estar
ahí. La guacamaya se detuvo un segundo, alzó la cabeza y entonces una sola
lágrima cayó de su ojo derecho. No fue un gesto exagerado, no fue dramático,
fue real, como si su cuerpo ya no pudiera sostener lo que estaba pasando. Ahí fue cuando doña Gloria la vio. Doña
Gloria había salido temprano como todos los días con su suéter viejo y su bolsa de mandado. caminaba lento, cuidando las
rodillas, pensando en nada importante, hasta que esa escena le apretó el pecho.
¡Ay, chiquita!”, susurró sin darse cuenta. La guacamaya no se acercó, no
pidió caricias, solo apretó más la bolsa con el pico. Doña Gloria dio un paso. La
guacamaya retrocedió otro, no con agresión, con miedo, como si alguien le hubiera enseñado que si soltaba eso,
algo terrible iba a pasar. “Tranquila, no te voy a quitar nada”, dijo la mujer levantando las manos. La guacamaya
temblaba, no de frío, de urgencia. Un señor que barría la banqueta se acercó.
Doña, mejor quítele eso. No sabe qué trae la guacamaya. Pío bajo. Fue un pío
bajo, cansado, no de ataque, sino de advertencia. De esos que dicen, “Por
favor, no.” El hombre dio un paso atrás. Está rara, murmuró. Doña Gloria no dejó
de mirarla a los ojos y entonces lo sintió. Ese presentimiento viejo que le había avisado otras cosas en la vida.
Cosas que nadie más veía. Ahí no había basura, ahí había algo que no debía
estar en una bolsa. ¿Desde cuándo la ves?, preguntó. No sé. Apareció así nada
más. La guacamaya volvió a jalar paso a paso, como si siguiera un camino que
solo ella conocía. La bolsa golpeó una piedrita. Se escuchó un sonido sordo,
nada claro, nada obvio, pero doña Gloria se quedó helada porque por un segundo,
solo un segundo, le pareció sentir calor. “Espérame tantito”, dijo sin saber a
quién se lo decía. Intentó tocar la bolsa. La guacamaya chilló. No fuerte,
no escandaloso. Fue un chillido roto, desesperado, como si le arrancaran el
aire. No, no, no. Está bien. Doña Gloria
retiró la mano. Perdón. Alrededor ya había miradas, murmullos, opiniones
rápidas que le llamen a control animal. Eso no es normal. Capaz trae algo
muerto. La palabra muerto quedó flotando. La guacamaya dejó de avanzar.
Se sentó y lloró. No como los pájaros de película, no exagerado. Lloró como
lloran los que ya no tienen fuerzas. La bolsa quedó frente a ella inmóvil. Doña
Gloria sintió un nudo en el estómago. Miró a la guacamaya, luego a la bolsa,
luego otra vez a la guacamaya. Mi hija, ¿qué traes ahí? La guacamaya no
respondió, solo bajó la cabeza. Fue entonces cuando pasó algo que nadie pudo
explicar. La bolsa se movió. No mucho, no. Claro. Tal vez fue el viento, tal
vez fue la imaginación, pero doña Gloria dio un paso atrás. ¿Lo vieron?, preguntó
con la voz temblorosa. Nadie respondió. La guacamaya levantó la cabeza de golpe
y miró a la mujer como si le rogara algo sin palabras. “Ya no puedo sola”,
pareció decir. “No voy a dejarte aquí”, dijo doña Gloria sin saber por qué
estaba segura. Pero tampoco voy a hacerte daño”, sacó su celular con manos torpes. “Voy a
pedir ayuda”, susurró. “Aguanta tantito.” La guacamaya no soltó la bolsa
ni un centímetro, porque si alguien se la quitaba, algo irreversible iba a pasar. Cuando doña Gloria volvió a
acercarse, puso la palma muy despacio sobre el plástico negro y entonces lo
sintió con claridad. No era imaginación. Algo ahí dentro estaba caliente y si
seguían perdiendo tiempo podía ser demasiado tarde. Doña Gloria retiró la mano como si el plástico le hubiera
quemado la piel. No gritó, no hizo escándalo, pero su cara cambió. Está
tibio dijo en voz baja. Nadie supo qué contestar. El hombre de la escoba tragó
saliva. Una señora que miraba desde la acera se persignó. Eso no es normal, murmuró alguien. La
guacamaya seguía sentada con la bolsa entre las patas, la cabeza baja, el cuerpo tenso, como si todo su mundo
dependiera de que nadie se acercara demasiado. Doña Gloria miró alrededor buscando ayuda. No miradas curiosas,
ayuda de verdad. ¿Alguien conoce a un veterinario?, preguntó. Silencio.
Alguien que sepa qué hacer. Un joven levantó el celular. Puedo marcar a la
policía. La guacamaya reaccionó al instante, se puso de pie de golpe, clavó
las patas en el suelo y volvió a piar más fuerte esta vez. No de ataque, de
pánico. No, no, tranquila, dijo doña Gloria levantando la voz por primera
vez. Nadie va a llevarse nada. Pero el murmullo ya había cambiado de tono. Eso
es peligroso. Y si trae algo malo, no debería estar así en la calle. La bolsa
dejó escapar un olor leve, no algo fuerte, no algo evidente, solo encierro,
humedad, falta de aire. Doña Gloria sintió un nudo en la garganta.
Escúchenme tantito dijo. Sea lo que sea, no se puede quedar aquí. La guacamaya
empezó a gemir. Un sonido bajito, constante, como un reloj marcando segundos que nadie quería contar. “Mira
cómo está”, dijo una muchacha que se acercó. Parecía que ya no podía más.
Se llamaba Angi. Tenía la voz quebrada y los ojos fijos en la bolsa. No es
basura, dijo. Eso lo sé. Doña Gloria asintió. Ayúdame a conseguir un carros,
pidió. O algo. No podemos abrirla aquí. ¿Y si es tarde? Preguntó alguien. Nadie
respondió. La guacamaya empezó a jalar otra vez, no hacia adelante, hacia
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