
¿No eres bienvenido en esta iglesia?”, dijo el pastor arrogante al anciano paralítico. Pero era Jesús disfrazado,
la lección del umbral sagrado, una historia que cambiará tu forma de ver la
humildad. Capítulo 1. El pastor de corazón endurecido. En las montañas de
Chiapas, donde la niebla abraza iglesias centenarias, un hombre de Dios estaba a
punto de recibir la lección más dura de su vida. El domingo 15 de octubre
amaneció frío en San Cristóbal de las Casas. A las 6:30 de la mañana, el
pastor Elías Robledo caminaba con pasos firmes hacia la iglesia de San Nicolás,
una construcción colonial de muros gruesos y campanas que habían resonado durante más de 400 años. Sus zapatos de
cuero negro brillaban tanto como su túnica eclesiástica y bajo el brazo
izquierdo llevaba una Biblia de pasta dura que había heredado de su abuelo.
Elías, de 50 años, cabello gris perfectamente peinado hacia atrás y
bigote recortado con precisión milimétrica, había dirigido esta congregación durante los últimos 15
años. Su reputación se extendía por toda la región. era el pastor más respetado,
el que había logrado que la iglesia de San Nicolás fuera la más próspera de la ciudad, con donaciones que superaban los
80,000 pesos mensuales. Pero detrás de esa prosperidad se escondía un corazón
que se había endurecido con los años. Elías había comenzado a seleccionar
cuidadosamente a quienes permitía ingresar a su iglesia. Los pobres, los
enfermos, los indigentes, todos aquellos que no contribuían económicamente eran
sutilmente desalentados de asistir. “Esta iglesia debe mantener su prestigio”, se repetía mientras abría
las puertas principales. Dios bendice a quienes se presentan dignamente ante él.
A las 8:00 en punto comenzaron a llegar los feligreses. Doña Carmen Mendoza,
esposa del alcalde, llegó en su camioneta Suburban, plateada, vestida
con un traje azul marino de 3000 pesos. le siguió el empresario Ricardo
Villalobos, dueño de tres restaurantes en el centro histórico, quien siempre
ocupaba la primera fila y contribuía con 2000 pesos cada domingo. Elías los
recibía con sonrisas amplias y apretones de mano cálidos. Buenos días, doña
Carmen. Qué elegante se ve hoy, don Ricardo. Qué gusto tenerlo nuevamente en
la casa del Señor. Pero cuando se acercaba a María Guadalupe, una mujer de
35 años que trabajaba como empleada doméstica y cuyo salario apenas
alcanzaba los 4000 pesos mensuales, el pastor apenas la saludaba con un gesto
seco. María siempre se sentaba en las últimas bancas con su hija de 8 años.
ambas vestidas con ropa humilde pero limpia. “Buenos días, pastor”, murmuró
María tímidamente. “Buenos días”, respondió Elías sin siquiera voltear a
verla, ocupado revisando sus notas para el sermón. La iglesia se llenaba
gradualmente. Los asientos de adelante estaban ocupados por familias acomodadas, comerciantes,
profesionistas, funcionarios públicos. Atrás se agolpaban trabajadores,
campesinos, empleadas domésticas y algunos ancianos que sobrevivían con
pensiones de 2800 pesos bimestrales. A las 8:45,
Elías subió al púlpito. Su voz resonó con autoridad entre las columnas de
cantera. Hermanos, hoy hablaremos sobre la prosperidad que Dios otorga a quienes
le sirven fielmente, como dice en Deuteronomio 28:12, “El Señor te abrirá su buen tesoro, el
cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo y para bendecir toda obra
de tus manos.” Sus ojos se posaron en la zona VIP de la iglesia. Vemos aquí entre
nosotros como Dios bendice a quienes se esfuerzan, a quienes trabajan con honradez, a quienes presentan lo mejor
de sí ante el altar del Altísimo. María Guadalupe bajó la mirada. Su hija le
susurró, “Mamá, ¿por qué el pastor nunca nos ve? Sh, mi hija, estamos en la casa
de Dios, respondió María, aunque en su corazón sentía una punzada de dolor. El
sermón continuó durante 45 minutos. Elías habló sobre la importancia de dar
generosamente, sobre cómo Dios recompensa a los justos con abundancia material, sobre la necesidad de mantener
la dignidad en la casa del Señor. Sus palabras eran elocuentes, sus citas
bíblicas precisas, pero su mensaje tenía un sabor amargo para quienes no podían
contribuir con grandes cantidades. Cuando llegó el momento de la ofrenda, las canastas se llenaron de billetes de
200 y 500 pesos en las primeras filas. En la parte trasera, monedas de 10 y 20
pesos tintineaban suavemente. Elías observaba todo desde el altar,
calculando mentalmente los ingresos. Cerca de 15,000 pesos este domingo,
pensó satisfecho. Suficiente para el nuevo sistema de sonido que necesitamos.
Al final del servicio, mientras los feligreses comenzaban a retirarse, Elías
se dirigió a la entrada principal. Era su costumbre despedir personalmente a cada persona, pero en la práctica solo
se detenía a conversar extensamente con los contribuyentes principales. “Doña
Carmen, espero verla en la cena de gala de la próxima semana”, dijo mientras la
acompañaba hasta su vehículo. “Por supuesto, pastor, mi esposo y yo hemos
preparado una donación especial para el nuevo templo que planean construir.”
Elías sonrió ampliamente. El nuevo templo era su proyecto personal, una
construcción moderna de dos plantas que costaría 2.5 millones de pesos y que
llevaría su nombre en una placa dorada. ¿Has conocido a personas que juzgan por las apariencias? En el próximo capítulo
descubrirás cómo el orgullo puede cegarnos ante las pruebas más importantes de la vida. Si esta historia
te está llegando al corazón, dale like a este video, suscríbete al canal para más
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