Introducción: La noche del agua helada

El agua helada cayó sobre ellos como una sentencia. Miguel Ángel Herrera sintió

como el líquido congelado empapaba su espalda,

pero lo que realmente le atravesó el alma fue el llanto desgarrador de su bebé. La pequeña Camila, de apenas 4

meses, comenzó a convulsionar del frío mientras él intentaba cubrirla con su

chamarra gastada. El agua había mojado completamente la cobijita rosa que la

protegía del viento de diciembre en la ciudad de México. La voz de la mujer que

había vaciado el balde desde el segundo piso todavía resonaba en el aire

nocturno de la colonia Doctores, afilada como cristal roto.

Largo de aquí, mugroso. No quiero indigentes frente a mi edificio.

Miguel Ángel tenía 32 años, pero la vida le había puesto encima el peso de 60.

Sus manos de trabajador de construcción, curtidas por el cemento y el sol,

temblaban mientras sacaba a Camila de la carriola descompuesta que había

encontrado en la basura tres semanas atrás. La niña lloraba con una desesperación

que partía el cielo. Sus labios comenzaban a tornarse azules. Estaban en

una de las calles más transitadas de la colonia, a unas cuadras del hospital general, donde él había dormido en las

bancas durante dos noches seguidas hasta que la seguridad los corrió. Era el 19

de diciembre de 2025 y la ciudad de México estaba decorada con luces

navideñas que contrastaban cruelmente con su oscuridad.

“Tranquila, mi amor, tranquila”, susurraba Miguel Ángel mientras

intentaba secar a su hija con la única camisa seca que le quedaba. Su voz se

quebraba. ¿Cómo había llegado hasta aquí? 6 meses atrás, Miguel Ángel trabajaba en

una obra de construcción en Polanco. Ganaba 10000 pesos semanales. No era

mucho, pero alcanzaba para el cuarto que rentaba en Istapalapa y para mantener a

Camila después de que su esposa Daniela muriera en el parto.

“Complicaciones”, le dijeron los doctores. Hemorragia. No pudimos hacer

nada. Lo sentimos. Daniela tenía 26 años. habían soñado juntos con darle a

su hija una vida mejor. Ella trabajaba limpiando casas, ahorraban cada peso,

tenían un cochinito de cerámica donde guardaban monedas, querían comprar una

tele para que Camila pudiera ver las caricaturas cuando creciera. Ahora el

cochinito estaba roto en algún basurero. La tele nunca llegó y Daniela descansaba

en una tumba prestada del panteón de San Lorenzo Tesonco, porque Miguel Ángel no

tenía ni para pagar un espacio permanente. Todo se derrumbó cuando

Miguel Ángel sufrió el accidente en la obra. Una viga mal asegurada cayó sobre

su pierna izquierda. Fractura expuesta. El patrón lo llevó al hospital, pero

después de una semana internado, simplemente desapareció. No pagó los gastos médicos, no le dio

finiquito, nada. Cuando Miguel Ángel salió cojeando del

hospital con un yeso que le cubría desde el muslo hasta el tobillo, tenía una

deuda de 43,000 pesos que jamás podría pagar y cero pesos en el bolsillo.

La patrona del cuarto donde vivía le dio tres días de gracia. Al cuarto día, sus

pocas pertenencias estaban en la calle y la puerta tenía candado nuevo. Eso fue

hace 38 días. 38 días viviendo en las calles de la Ciudad de México con una

bebé de 4 meses, 38 noches buscando dónde dormir sin que los corrieran, sin

que les robaran, sin que algo malo les pasara. Miguel Ángel conseguía algo de

dinero lavando parabrisas en el cruce de insurgentes y viaducto. Con suerte

juntaba 80 o 100 pesos al día. La leche para Camila costaba 65es

la lata pequeña, los pañales cuando podía comprarlos, 50 pesos el paquete de

La mayoría de los días usaba trapos que lavaba en las fuentes públicas.

Había intentado pedir ayuda en el DIF. Le dijeron que necesitaba presentar acta

de nacimiento de Camila, identificación oficial, comprobante de domicilio y

copia certificada del acta de defunción de Daniela. No tenía nada de eso. Todo

se había quedado en el cuarto cuando lo desalojaron. El dueño del inmueble le dijo que si quería recuperar sus cosas,

tenía que pagar primero los 3 meses de renta atrasada. 9000es.

Imposible. La noche que esa mujer les echó el agua helada, Miguel Ángel había

encontrado un rincón resguardado en la entrada de un edificio viejo. No estaba

bloqueando nada, solo buscaba un poco de techo para que Camila no agarrara

pulmonía. El viento de diciembre soplaba cada vez más frío, pero para la mujer

del segundo piso ellos eran basura, un estorbo, algo que ensuciar su vista.

Ahora Camila temblaba en sus brazos. Su llanto se había convertido en un gemido

débil que asustaba más que los gritos. Miguel Ángel sabía que el frío extremo

podía matar a un bebé. Lo había visto en las noticias. Hipotermia, paro

respiratorio. Por favor, Diosito susurró mientras caminaba rápido, cojeando, buscando

algún lugar con calor. Por favor, no me la quites. Ya me quitaste a Daniela. No

me quites también a mi niña. Es lo único que me queda, por favor. Sus lágrimas se

mezclaban con el agua helada que todavía goteaba de su cabello. Pasó frente a una

tienda de conveniencia iluminada. Adentro la gente compraba chocolates y