Bebé temblaba de frío en su cuna de oro. Niñera vio la ventana y descubrió el

boicot. El temblor era casi imperceptible, un estremecimiento sutil

que sacudía el cuerpecito de apenas 8 meses envuelto en mantas de cachemira

italiana que costaban más que un auto nuevo. Pero para Rosa Méndez, la niñera

que acababa de entrar en el cuarto del bebé a las 3:47 de la madrugada, ese

temblor era una alarma que le heló la sangre en las venas. No era el

movimiento normal del sueño infantil, era el escalofriante temblor de un

cuerpo luchando contra una hipotermia que no tenía sentido, no en una mansión

climatizada de Polanco, donde cada habitación mantenía una temperatura perfecta de 22 gr.

Las 24 horas del día. Rosa corrió hacia la cuna de Nogal, bañada en pan de oro,

sus pantuflas baratas haciendo un sonido amortiguado contra la alfombra persa de

,000. Las manos le temblaban mientras tocaba la frente de Sebastián, el heredero de

la fortuna, Rivero Castellanos, una dinastía hotelera valuada en más de 400

millones de dólares. La piel del bebé estaba helada con un tono azulado

alrededor de los labios que Rosa había visto solo una vez antes en su pueblo

natal de Oaxaca, cuando su primo pequeño casi murió de neumonía. Una noche de

invierno sin calefacción. Pero esto no era Oaxaca, esto era la

residencia Castellanos, un palacio de tres pisos con mármol de carrara, aire

acondicionado central de última generación y un sistema de calefacción

radiante en los pisos que costaba más que lo que Rosa ganaría en toda su vida.

¿Cómo era posible que este bebé, rodeado de lujos obsenos, estuviera literalmente

congelándose? Rosa levantó a Sebastián con urgencia, presionándolo contra su pecho para darle

calor corporal. El bebé gimió débilmente. Un sonido tan frágil que

partía el alma. Sus manitas estaban rígidas, los deditos casi morados. Rosa

miró frenéticamente alrededor del cuarto buscando una explicación, cualquier cosa

que justificara esta pesadilla médica en medio de la opulencia. Y entonces lo vio

la ventana del cuarto de Sebastián, esa ventana panorámica de vidrio alemán de

triple panel con aislamiento térmico que, según el arquitecto español era

imposible de abrir sin la llave especial. Estaba entreabierta, solo una

rendija de 10 cm, pero suficiente para que el aire gélido de febrero en Ciudad

de México entrara como una navaja invisible directamente hacia la cuna del

bebé. El estómago de rosa se convirtió en plomo. Las ventanas de ese cuarto

tenían un sistema de seguridad especial instalado después de que Sebastián

naciera. Había tres cerraduras, una automática controlada por la central de

la casa, una manual que requería una llave que solo el señor Gonzalo

Castellanos poseía y un sensor de apertura que activaba una alarma en toda

la propiedad si se abría más de 5 cm. Esa ventana no podía estar abierta por

accidente. Alguien la había abierto a propósito y alguien había desactivado la

alarma. Suscríbete ahora mismo, porque lo que esta niñera humilde está a punto

de descubrir va a destrozar la imagen perfecta de esta familia millonaria.

Esta historia te encontró exactamente cuando necesitabas recordar que el mal

se esconde en los lugares más elegantes. Cuéntanos en los comentarios desde qué

ciudad nos estás viendo, porque vas a necesitar compañía para lo que viene.

Rosa, con Sebastián aún temblando contra su uniforme de algodón barato, caminó

hacia la ventana. Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus

oídos. Con una mano libre tocó el marco de aluminio. Estaba a helado, cubierto

de una fina capa de condensación. Miró hacia afuera. El jardín de la mansión,

iluminado por luces de seguridad LED, mostraba el termómetro digital gigante

que el señor Castellanos había mandado instalar junto a la piscina climatizada.

8 ºC 8 ºC Y esta ventana había estado abierta

toda la noche dirigiendo ese aire polar directamente hacia un bebé indefenso

vestido solo con un pijama de seda delgado. Rosa cerró la ventana con un

golpe seco que resonó en el silencio de la madrugada. Inmediatamente sintió como

la temperatura del cuarto comenzaba a estabilizarse, pero el daño ya estaba

hecho. Sebastián necesitaba atención médica urgente. Tenía que despertar a

los señores. Tenía que ¿Qué haces? Despierta a estas horas, Rosa? La voz

era suave, melosa, pero con un filo de acero debajo. Rosa se giró bruscamente,

apretando instintivamente a Sebastián contra su pecho, como si fuera un escudo

en el umbral de la puerta, iluminada desde atrás por la luz del pasillo que

le daba un aura casi diabólica, estaba Valeria Rivero de Castellanos, la

madrastra de Sebastián. Valeria era la definición de la perfección artificial.

32 años, rubia platinada con extensiones brasileñas de $1,000.

cuerpo esculpido por el cirujano plástico más caro de Monterrey, vestida incluso a las 4 de la mañana con un

conjunto de pijama de seda Dolche Angabana que costaba más que tres meses

del salario de rosa. Llevaba apenas un año casada con Gonzalo Castellanos,

viudo desde hacía dos años tras la trágica muerte de Sofía, la madre de Sebastián, en un accidente de auto que

nunca fue completamente investigado. Rosa tragó saliva. Había algo en la

forma en que Valeria la miraba con esos ojos azules artificiales gracias a

lentes de contacto de color que le provocaba un escalofrío que no tenía

nada que ver con el frío. “Señora Valeria.” Rosa mantuvo la voz firme,