Me estrellé en un Planeta de Mujeres Gigantes en Celo ¡Sólo 1 Forma de Escapar!

—Alarma, alarma, fallo crítico en todos los sistemas.
Esa es una forma terrible de despertarse.
Imagina que llevas tres meses durmiendo, babeando dentro de una cápsula de hibernación, y lo primero que escuchas es una voz metálica que te anuncia tu inminente transformación en chatarra espacial.
Mi nombre es Juan, un explorador humano que viajaba en estado de hibernación en un viaje que debía durar seis meses. Pero a los tres meses algo falló y el sistema de seguridad de mi nave decidió despertarme.
La nave, mi querida Cometa Solitaria, se sacudía como una cóctelera en manos de un barman con Parkinson.
Las luces rojas parpadeaban. La sirena no dejaba de sonar.
Y yo, con la boca seca y los ojos pegados, intentaba recordar cómo demonios se pilotaba esa cosa.
Corrí a la cabina tropezando con mis propios pies. Los controles eran un festival de chispas y humo negro. Agarré los mandos, pero era como intentar dirigir a un toro salvaje tirándole de las orejas.
Inútil.
El gran ventanal frontal me mostraba un planeta de color verde y azul que se hacía cada vez más grande.
Demasiado grande.
Demasiado rápido.
—Bueno, Juan —me dije a mí mismo—, al menos te has despertado antes del tortazo. Podrías haberte desintegrado mientras dormías, y eso habría sido muy poco profesional.
Siempre hay que ver el lado positivo, ¿verdad?
El impacto
El impacto fue brutal.
Me golpeé la cabeza contra algo y todo se volvió negro durante un segundo.
Cuando recuperé la consciencia, el silencio era casi tan alarmante como el ruido anterior.
El olor a ozono y metal quemado llenaba la cabina.
La Cometa Solitaria parecía un acordeón aplastado.
Pero estaba vivo.
Sí.
Aunque mi billete de vuelta a casa acababa de ser cancelado.
Definitivamente cancelado.
El planeta Zamasia
Abrí la escotilla a la fuerza.
El aire exterior era respirable.
Sorprendentemente fresco.
Con un ligero olor a flores exóticas.
El paisaje era espectacular: una selva frondosa, árboles gigantescos y un cielo de un color turquesa que jamás había visto.
Precioso.
Lástima que estuviera atrapado allí para siempre.
Las guerreras azules
Empecé a caminar sin rumbo, buscando agua, comida o al menos algo que no quisiera comerme.
No tardé mucho en encontrar algo.
Una patrulla.
De mujeres.
Y cuando digo mujeres… me quedo corto.
Eran gigantes.
Medían fácilmente más de dos metros.
Tenían la piel de un intenso color azul, aspecto de guerreras y unos músculos que habrían hecho llorar de envidia al mismísimo Hércules.
Llevaban lanzas enormes y me miraban con una curiosidad que no me gustó nada.
Levanté las manos.
—Saludos —dije con mi mejor voz de explorador perdido—. Mi vehículo ha sufrido un pequeño percance técnico.
La que parecía la líder me miró de arriba abajo. Luego señaló los restos humeantes de mi nave.
—Vemos. Has caído del cielo.
Eres pequeño.
—Un detalle sin importancia —respondí intentando mantener la dignidad.
El trato
Les expliqué mi situación.
Mi nave estaba destruida y necesitaba reparaciones.
—Podemos reparar tu nave del cielo —dijo la líder.
Sentí un alivio inmenso.
—Fantástico. Os pagaré lo que queráis. Créditos estelares, tecnología…
Ella sonrió mostrando unos dientes muy blancos.
—No usamos dinero.
—Entonces… ¿qué queréis a cambio?
Su sonrisa se ensanchó.
—Has llegado en buen momento, hombrecillo del cielo.
—¿Por qué?
—Es nuestra época de celo.
Me quedé congelado.
—¿Cómo dices?
—Significa que nuestras necesidades son intensas —explicó con tranquilidad—. Y hace mucho que no vemos a un macho de fuera de la tribu.
Miré a mi alrededor.
Había unas diez guerreras mirándome como depredadores observando una presa.
No voy a mentir.
Era intimidante.
Pero después de tres meses en hibernación…
Digamos que mi cuerpo tenía energía acumulada.
—¿Tengo que hacerlo con todas? —pregunté nervioso.
La líder soltó una carcajada.
—Por los ancestros… no podrías.
Solo debes satisfacer a una.
A nuestra Matriarca Suprema.
La Matriarca
A la mañana siguiente me llevaron a una enorme cabaña ceremonial.
Allí estaba ella.
La Matriarca Suprema.
Si las otras eran gigantes… ella era titánica.
Su piel azul era más oscura.
Su trenza caía sobre su hombro.
Sus ojos violetas me observaban con una mezcla de sabiduría… y compasión.
—Así que tú eres el macho que ha caído del cielo.
—El mismo.
—¿Estás listo?
—Nací listo —respondí con valentía.
Ella suspiró.
—Es un gran sacrificio el que estás a punto de hacer.
—Bueno… no será para tanto.
La matriarca negó lentamente.
—Creo que no entiendes nuestro celo.
Tragué saliva.
—¿Qué quieres decir?
—El macho debe entregar todo su vigor.
—¿Todo?
—Hasta la muerte.
Sentí que la sangre abandonaba mi cara.
—Espera… ¿morir?
—Sí. Es la única forma de calmar nuestro celo.
El plan desesperado
Estaba atrapado.
Morir de agotamiento.
O morir ejecutado por negarme.
Entonces recordé algo.
En mi kit de supervivencia tenía una jeringa de hibernación de emergencia.
Un suero que reduce las constantes vitales hasta parecer muerto.
Un estado de muerte simulada.
Sonreí.
—Está bien —dije—. Cumpliré mi palabra.
La actuación
No entraré en detalles.
Pero digamos que di la actuación de mi vida.
Y justo en el momento final…
Me inyecté el suero.
Mi corazón se ralentizó.
Mi cuerpo se relajó.
Oscuridad.
Lo último que escuché fue la voz de la matriarca.
—Ha cumplido. Con honor.
El despertar
Desperté horas después sobre una gran roca ceremonial.
Abajo, en la aldea…
Las guerreras estaban reparando mi nave.
Mi plan había funcionado.
Esperé dos días escondido.
Vi cómo soldaban el casco.
Cómo reparaban los motores.
Y también vi algo curioso.
Estaban construyendo una estatua.
De mí.
La profecía
La tercera noche intenté escabullirme hacia la nave.
Estaba a unos metros cuando una mano enorme se posó en mi hombro.
Me giré.
Era la líder de la patrulla.
Me miró con asombro.
—¡Ha vuelto de entre los muertos!
Todas las guerreras corrieron.
La matriarca llegó.
—La profecía… —susurró— se ha cumplido.
—¿Qué profecía?
—El macho de las estrellas que entregará su vida… y regresará de la muerte.
Todas se arrodillaron.
—¡El semental cósmico!
—¡El amante eterno!
Yo solo quería irme a casa.
—Mi nave está lista…
La matriarca puso su mano sobre mi cabeza.
—No puedes irte.
—¿Qué?
—La profecía dice que te quedarás con nosotros para asegurar el futuro de nuestra tribu.
Y entonces lo entendí.
No me iban a matar.
Era peor.
Me habían ascendido.
De víctima sacrificial…
A deidad de fertilidad.
Mi nave estaba reparada.
Lista para viajar por toda la galaxia.
Y yo…
Nunca volvería a subir a ella.
Así fue como me convertí en una leyenda.
El semental cósmico.
No es el título que habría elegido para mi biografía.
Pero bueno.
Tiene su encanto.
Ahora, si me disculpáis…
Creo que se acerca la siguiente época de celo.
Y por las caras que veo…
Este año viene con muchas ganas.
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