Varsovia, octubre de 1941. Sofía Rosenfeld tiene 17 años. Cabello

negro, ojos verdes, bonita, demasiado bonita para estos tiempos. Está sentada

en la mesa en el apartamento de su familia dentro del geteto. Su padre Abraham está hablando con dos hombres

alemanes, oficiales de la Gestapo. Sofía no entiende por qué están aquí. Su

padre les dijo que esperaran abajo en la sala, pero los trajo arriba a su hogar.

Los oficiales miran alrededor evaluando, calculando. Uno de ellos, Hubchar Feer

Klaus Becker, mira a Sofía. Demasiado tiempo. Ella baja la vista incómoda.

Becker habla con Abraham. En alemán, Sofía entiende algo. Estudió alemán en

la escuela. Esta es la que mencionó. Sí. Hopchar Fer. ¿Cuántos años? 17. 18 en

diciembre. Becker asiente. Se acerca a Sofía. La estudia como si fuera ganado.

De pie. Sofía mira a su padre. Confundida, asustada. Abraham evita su

mirada. Haz lo que dice Sofía. Sofía se levanta temblando. Becker camina

alrededor de ella, examina su rostro, su cuerpo. Saludable, sí. Sin enfermedades

puede trabajar. Sí, es fuerte, obediente. Sofía siente náusea. Su padre

habla de ella como si fuera mercancía. Becker se detiene frente a Abraham. 500

slotis y papeles para usted y su esposa. Salida del geto. Como discutimos.

Abraham vacila solo un segundo, luego asiente. Aceptado. Sofía no entiende, no

inmediatamente, pero luego ve a Becker sacar dinero, contarlo, dárselo a su

padre y entiende, su padre acaba de venderla. Sofía grita, “Papá, ¿qué

hiciste?” Abraham no la mira. Toma el dinero, lo guarda en su bolsillo.

Es por tu bien, Sofía, y por el nuestro. No podemos sobrevivir aquí. Los alemanes

ofrecieron salida, pero querían algo a cambio. Me vendiste como a un animal. No

tenía opción. Siempre hay opción. Becker hace un gesto a su compañero. El

otro oficial agarra a Sofía por el brazo. Brutalmente. Sofía lucha, grita.

llora. Mamá, ayúdame. Su madre Ester está en la esquina

llorando, pero no se mueve. No dice nada. Cobarde, los dos. Los oficiales

arrastran a Sofía fuera del apartamento. Escaleras abajo, a la calle. Sofía mira

hacia atrás. Su padre está en la ventana mirando, pero no detiene nada. La puerta

del apartamento se cierra y Sofía desaparece en la noche. 6 horas después.

Sofía está en un camión con otras 15 chicas, todas jóvenes, todas judías,

todas vendidas. Por sus familias, por dinero, por protección, por

desesperación. Nadie habla, solo llanto silencioso. El camión se detiene frente

a un edificio grande en las afueras de Varsovia. Era hotel antes de la guerra.

Ahora es otra cosa. Las chicas son bajadas, empujadas adentro. Una mujer

las recibe. Alemana, 40 años, rostro duro. Se llama Frau Helga. Bienvenidas.

Trabajarán aquí para oficiales alemanes. Obedecerán o morirán. Simple. Sofía

entiende. Este no es campo de trabajo. Es burdel para nazis. Siente vómito

subir, lo traga. Las chicas son llevadas a habitaciones, pequeñas, con cama, lavado nada más.

Sofía es empujada a la habitación siete. Helga habla. Te lavarás, te vestirás.

Esta noche comienzas tu primera cliente a las 9. Cliente, qué palabra obscena.

No voy a hacer esto. Helga sonríe fríamente. Entonces morirás. Aquí está

la puerta. Adelante, sal, corre. Los guardias te dispararán antes de llegar a

la esquina. Sofía mira hacia la puerta, hacia Elga, hacia su destino. No tiene

opción, todavía no. A las 9 un oficial entra. Overl Nant algo. Sofía no escucha

su nombre. Está borracho. Huele a alcohol, a tabaco. La mira, sonríe.

Bonita, muy bonita. Se acerca. Sofía retrocede contra la pared. No tengas

miedo, seré gentil. Pero no es gentil. Nada es gentil. Después de 20 minutos,

el oficial se va satisfecho. Sofía está en la cama, rota, sangrando, llorando.

Piensa en su padre, en cómo la miró y la vendió. Piensa en su madre. Cobarde,

silenciosa, piensa en que quiere morir, pero algo más fuerte surge. Rabia, pura, ardiente,

consumidora, no morirá aquí, no les dará esa satisfacción. Escapará de alguna manera,

algún día y cuando lo haga volverá. No para ver a su familia, para asegurarse

de que paguen todos. Dos semanas después, Sofía aprende las reglas

rápido, obedece, sonríe, finge, sobrevive. Cada noche diferentes

oficiales, algunos borrachos, algunos violentos, algunos extrañamente amables.

Todos usan su cuerpo como objeto, pero Sofía observa, escucha, aprende. Aprende

que los oficiales hablan cuando están borrachos, cuando están relajados después hablan de operaciones, de

movimientos de tropas, de planes. Información valiosa. Sofía memoriza. No

sabe por qué todavía, pero memoriza. También aprende el diseño del edificio.

Tres pisos, 20 habitaciones. Guardias en la entrada principal y en la

trasera, ventanas con barrotes hasta el segundo piso, tercer piso sin barrotes.

Pero salto de tercer piso es muerte segura, a menos que haya algo que amortigüe. Sofía observa desde su

ventana. Cada noche hay un camión de basura. Viene cada martes a las 5 de la

mañana. Se estaciona bajo su ventana para recoger basura del edificio. Si

pudiera saltar en el momento exacto, caer en el camión. Tal vez, solo tal vez

tiene una oportunidad, pero necesita tiempo, preparación y coraje. Durante

las siguientes semanas, Sofía planea. Roba cosas pequeñas, un cuchillo de