En Sanretana nadie imaginaba que el amanecer traería el terror más oscuro.

Un hacendado sin alma, cegado por el poder, decidió borrar la fe del pueblo

con fuego y estuvo a un solo instante de convertir la iglesia en cenizas. Las

mujeres lloraban, los niños temblaban, el sacerdote caía al suelo suplicando

misericordia. Pero justo cuando el fósforo iba a encender el infierno, un estruendo de

cascos partió el mundo en dos. Un nombre se murmuró entre lágrimas y esperanza.

Villa. Y aquel día la justicia llegó cabalgando.

El amanecer en Sanretana no llegaba con colores vivos, llegaba con un tono sepia, cansado, como si el sol mismo

temiera iluminar demasiado un pueblo que llevaba años respirando miedo. El viento

arrastraba polvo fino que se pegaba a la piel como una segunda capa de cansancio.

Las mujeres salían temprano con los mantos bien sujetos mientras los hombres

caminaban en silencio hacia los campos secos. Nadie hablaba, nadie se reía,

nadie desafiaba la quietud amarga que envolvía la región y todo por un solo

hombre, Román Valdivia. Román no era solamente un acendado, era un imperio

vestido de piel. Su sombra parecía avanzar siempre unos pasos delante de

él. oscura, arrogante, pesada. Tenía el cuerpo enorme, como si cada kilo de su

propio peso estuviera hecho de orgullo y crueldad acumulada durante generaciones.

Sus ojos eran pequeños, hundidos, siempre entrecerrados, como si evaluar a

los demás fuera su único entretenimiento. No sonreía ni siquiera cuando humillaba

a alguien, cosa que hacía con frecuencia y sin motivo. Los habitantes de Sanana

decían que cuando él llegaba montado en su caballo oscuro, el aire mismo se

tensaba. Era como si hasta las montañas guardaran silencio. Las mujeres apretaban a sus hijos contra el pecho.

Los hombres bajaban la mirada tragando la impotencia. Y Román caminaba entre

todos como si fueran parte del polvo del camino. Algo que se aparta con una

patada, algo que no merece consideración. Esa mañana, como tantas otras, comenzó

con gritos. No eran gritos de dolor, sino de abuso, de autoridad mal

empleada. Román estaba en su hacienda ordenando a dos trabajadores que cargaran sacos imposibles de levantar.

Cuando uno de ellos cayó de rodillas por el peso, Román soltó una carcajada seca

y cruel. Eso es todo lo que puede cargar un hombre, escupió con voz gruesa y

burlona. Levántate o trae a tu mujer, tal vez ella lo haga mejor.

El trabajador temblaba, no de cansancio, sino de la vergüenza que le quemaba la

cara. Su esposa, que observaba desde lejos, bajó la mirada al suelo deseando

desaparecer. En Sanretana, la humillación era una moneda diaria y

Román la repartía generosamente. A pesar de su poder, había un lugar que

Román no controlaba. la iglesia del pueblo, un edificio antiguo de paredes

gastadas con una torre que aún sostenía una campana que sonaba en días de fiesta

y de duelo. Allí el padre Jacinto predicaba sobre humildad, esperanza y

dignidad. Sus palabras eran un refugio para los pobres y una molestia para

Román. Ese viejo se cree dueño de la gente. Gruñía Román cada vez que oía

resonar la campana. Pero aquí el único dueño soy yo. La iglesia tenía algo que

él jamás pudo comprar, el respeto del pueblo. Y ese respeto lo irritaba, lo

perseguía, lo hacía sentir pequeño, incluso con todo su tamaño físico y con

toda su riqueza. Para él cada misa llena era un desafío personal. Cada mujer que

se arrodillaba con devoción era en su mente torcida una desobediencia.

Por eso, esa mañana calurosa, Román caminó hacia el pueblo con una decisión

peligrosa en sus ojos. Sus pasos levantaban nubes de polvo mientras avanzaba hacia el lugar que más

detestaba. Las mujeres que barrían la entrada de la plaza se apartaron rápidamente. Los hombres se quedaron

quietos, temiendo que un movimiento brusco fuera interpretado como desafío.

Y Román, con el pecho inflado y respiración pesada, se detuvo justo frente a la pequeña iglesia blanca, cuyo

estuco se desprendía por los años, pero cuya dignidad seguía intacta.

Hoy, murmuró con voz ronca, este pueblo aprenderá quién manda. Detrás de él,

algunos de sus capataces intentaron ocultar la inquietud. Sabían que Román cruzaría un límite

peligroso, pero nadie se atrevió a detenerlo. Nadie osaría contradecir al hombre que

controlaba tierras, agua, cosechas y vidas. Dentro de la iglesia, mientras

colocaba flores frente al altar, el padre Jacinto sintió un estremecimiento,

como si un cambio oscuro estuviera a punto de caer sobre el pueblo. Clavó la mirada en la puerta entreabierta, donde

un rayo de luz revelaba partículas de polvo flotando como presagio. Algo se

acercaba, algo grande, algo que podía destruirlo todo. Y todavía nadie

sospechaba que ese día sería el comienzo del final para el tirano que creía

tenerlo todo. Enferma, amarillenta, como si la propia

naturaleza presintiera el pecado que estaba por cometerse. Las campanas de la iglesia no sonaron

esa mañana. No hubo canto, ni rezo, ni susurro de esperanza, solo el sonido

pesado de las botas de Román Valdivia arrastrándose por la tierra reseca,

marcando un ritmo que hacía temblar hasta las ventanas más viejas del pueblo. Román avanzaba con una torpeza

arrogante. En una mano llevaba un balde de metal que chocaba contra su muslo

gigante a cada paso. Dentro del balde, el líquido inflamable se movía como una

amenaza viva, reflejando destellos dorados por la fricción del sol. Cada

gota despedía un olor penetrante, áspero, capaz de quemar la garganta

incluso a la distancia. Un olor que hablaba de destrucción.

Detrás de él, sus capataces caminaban en silencio. Ninguno estaba cómodo. Ninguno