Ella fue golpeada por su propio padre, expulsada como un animal, abandonada por

atreverse a decir no. Esa misma noche, en un camino oscuro, encontró a un

hombre moribundo, espalda desgarrada por el látigo, muñecas destrozadas por las

cadenas. Lo salvó sin saber quién era. El mundo lo llamaba el demonio de Baton

Rouge, el esclavo fugitivo más temido de Luisiana. Había matado a tres hombres

blancos con sus propias manos. Pero ella no vio un demonio. Vio un alma rota

igual que la suya. Lo que nadie imaginó fue lo que sucedería después.

Luisiana, 1858. El viento cortaba como cuchillo aquella

noche de octubre. Adelaida de la CRa tenía 22 años. Cabello rojo como el

fuego del atardecer. Ojos verdes que cargaban tormentas, manos delicadas que

nunca habían conocido el trabajo duro, piel blanca salpicada de pecas que el

sol de Luisiana había dejado como recuerdo. Ella era la tercera hija de

una familia criolla respetable, la que sobraba, la que nunca fue suficiente.

Aquella noche todo se rompió. El salón de la cazona olía a tabaco y traición.

Las velas proyectaban sombras largas sobre las paredes empapeladas de flores

marchitas. Su padre, Augusto de la Croa fumaba su pipa con la tranquilidad de

quien ya tomó una decisión. Su madre, Fernanda, bordaba en silencio. Cómplice,

cobarde. Está decidido dijo su padre sin mirarla.

Te casarás con Cornelio Marchetti en primavera. Adelaida sintió que el aire abandonaba

sus pulmones. Cornelio Marchetti, 53 años, viudo dos

veces, dueño de la plantación más grande del condado, se rumoreaba que su primera

esposa se había arrojado al río, que la segunda simplemente

dejó de respirar. No! Susurró Adelaida. El silencio se volvió hielo. ¿Cómo

dijiste? Su padre finalmente la miró. Ojos negros, fríos, vacíos de amor

paternal. Dije que no. Su madre dejó caer el bordado. El hilo rojo se desenrolló por

el suelo como sangre derramada. Lo que vino después fue rápido, brutal. La mano

de su padre cruzó su rostro. El golpe la lanzó contra la pared. El sabor metálico

de la sangre inundó su boca. Sus rodillas golpearon el suelo de madera.

“En esta casa no hay lugar para hijas desobedientes,” sentenció Augusto.

Tienes hasta el amanecer. Si no aceptas, olvida que tienes familia. Adelaida

levantó la mirada. Lágrimas ardientes surcaban sus mejillas. Pero en sus ojos

había algo nuevo, algo indomable. Entonces, ya no tengo familia.

Su madre no dijo nada, ni una palabra, ni un gesto. Solo siguió recogiendo el

hilo rojo del suelo, como si su hija no existiera, como si nunca hubiera

existido. Esa fue la herida más profunda, no el golpe, el silencio.

Adelaida subió las escaleras por última vez. Su habitación olía a la banda y

recuerdos de infancia. Con manos temblorosas metió en un bolso de cuero lo poco que podía cargar. Dos vestidos,

un cepillo de plata que había sido de su abuela, unas monedas ahorradas y un

pequeño retrato de su madre cuando era joven. No sabía por qué guardaba ese retrato. Quizás para recordar que alguna

vez esa mujer había tenido alma. La casa dormía cuando ella salió.

El establo estaba oscuro, relámpago. Su yegua color canela relinchó suavemente

al reconocerla. Era lo único que verdaderamente le pertenecía, un regalo

de su abuelo antes de morir, el único hombre que alguna vez la había mirado con orgullo.

“Vámonos, muchacha!”, susurró Adelaida mientras enganchaba la carreta. “Ya no

hay nada para nosotras aquí. Las ruedas crujieron sobre el camino de tierra.

Adelaida no miró atrás ni una sola vez. La noche se tragó la silueta de la

casona. Las luces se hicieron pequeñas, después invisibles y finalmente nada.

Solo quedaba el sonido de los cascos de relámpago, el crujir de la carreta vieja

y el latido desbocado de un corazón roto que se negaba a rendirse. Las lágrimas

caían, pero sus manos no soltaron las riendas. El camino era oscuro, incierto,

aterrador, pero era suyo. Por primera vez en 22 años, Adelaida de La Cua era dueña de su

destino. No sabía hacia dónde iba. No sabía qué encontraría. No sabía si

sobreviviría. Solo sabía una cosa con absoluta certeza. Prefería morir libre

en ese camino que vivir muerta en aquella casa. El viento secó sus lágrimas. La luna llena iluminó el

sendero de tierra roja que serpenteaba entre los campos de algodón. A lo lejos,

los árboles de Ciprés se alzaban como centinelas silenciosos, cubiertos de musgo español que colgaba como fantasmas

vegetales. Adelaida respiró profundo. El aire sabía diferente. Sabía a miedo, sí, pero

también a algo que nunca había probado. Sabía a libertad. Y en algún lugar de

esa misma noche, bajo esa misma luna, un hombre corría descalzo entre los pantanos. Sangre brotaba de sus muñecas,

donde las cadenas habían desgarrado su piel. Sus captores lo llamaban demonio.

Los esclavos susurraban su nombre con esperanza prohibida. Isaías, el esclavo

fugitivo más temido de Luisiana. Sus caminos estaban a punto de cruzarse y

cuando lo hicieran nada volvería a ser igual.

El amanecer llegó teñido de sangre y oro. Adelaida había conducido toda la

noche. Sus ojos ardían por el cansancio y las lágrimas secas. Sus manos, antes

suaves como pétalos, ahora mostraban ampollas rojas por sostener las riendas

durante horas. El precio de la libertad se cobraba en carne. Relámpago avanzaba