Miren a esos idiotas australianos. No fue una broma lanzada al aire ni una frase dicha en confianza entre amigos,

sino una expresión sincera de desprecio profesional que resumía en apenas unas

palabras una de las diferencias doctrinales más profundas y costosas de toda la guerra de Vietnam. Una

diferencia que terminaría persiguiendo a Estados Unidos durante décadas y que revelaría hasta qué punto la arrogancia

institucional puede convertirse en un enemigo tan peligroso como cualquier fuerza armada. A finales de la década de

los 60, el ejército estadounidense consideraba a sí mismo la culminación lógica de la guerra moderna, una

maquinaria basada en tecnología superior, potencia de fuego abrumadora y procedimientos estandarizados que en

teoría garantizaban la victoria frente a cualquier adversario convencional o irregular.

Desde esa perspectiva, todo aquello que se desviara de la doctrina oficial era visto como primitivo, ineficiente o

directamente o estúpido. Y fue bajo ese prisma que muchos oficiales estadounidenses observaron por primera

vez a los soldados australianos desplegados en la selva vietnamita. Lo que veían no encajaba con nada de lo que

les habían enseñado. Veían hombres que no usaban jabón durante semanas, que abandonaban deliberadamente la higiene

personal, que cortaban los cañones de sus rifles con sierras manuales y que, en lugar de botas militares

reglamentarias calzaban sandalias hechas con neumáticos viejos. Para un ejército

obsesionado con la disciplina visual, el orden externo y la estandarización del equipo, aquello parecía una broma de mal

gusto o una señal clara de incompetencia. Desde lejos, los australianos no

parecían soldados profesionales, sino una caricatura improvisada de guerrilleros. Sin embargo, esa impresión

inicial ocultaba una realidad incómoda. Los soldados australianos que operaban

en Vietnam, en particular los miembros del Servicio Aéreo Especial, no estaban

improvisando ni actuando por descuido, sino aplicando una doctrina cuidadosamente desarrollada para

sobrevivir y operar en uno de los entornos más hostiles del planeta. Cada decisión que para los estadounidenses

parecía absurda respondía a una lógica concreta basada en observación,

experiencia y adaptación extrema al entorno selvático. Una lógica que no se

enseñaba en academias occidentales tradicionales y que por ello resultaba profundamente desconcertante.

La guerra de Vietnam no se libraba en campos abiertos ni en frentes definidos, sino en una selva densa donde la

visibilidad rara vez superaba unos pocos metros y donde el enemigo no se

presentaba en formaciones claras, sino que observaba, esperaba y atacaba desde

posiciones invisibles. En ese contexto, la tecnología que había funcionado en Europa o en Corea empezaba

a mostrar límites evidentes, porque la potencia de fuego era inútil si no se podía localizar al adversario y la

movilidad rápida se convertía en una desventaja cuando cada paso ruidoso delataba la presencia de una patrulla.

Los australianos entendieron esto antes que muchos otros aliados. Su enfoque partía de una premisa radicalmente

distinta. En la selva la supervivencia no dependía de imponer presencia, sino de borrarla,

no de dominar el entorno, sino de fundirse con él hasta dejar de ser detectable.

Esa filosofía chocaba frontalmente con la mentalidad estadounidense que asociaba el control del terreno con la

demostración visible de fuerza, helicópteros ruidosos, bases fortificadas y patrullas que avanzaban a

un ritmo considerado eficiente según manuales escritos lejos del sudeste asiático. Para los australianos, esos

mismos manuales eran, en la práctica, sentencias de muerte. La selva

vietnamita castigaba cualquier exceso de ruido, olor o movimiento predecible. Y

el Vietkong había aprendido a explotar esas debilidades con una paciencia que desconcertaba a las fuerzas

occidentales. Los combatientes locales no necesitaban enfrentarse directamente

a unidades más grandes y mejor armadas, porque bastaba con detectar su presencia, preparar una emboscada y

desaparecer antes de que la respuesta tecnológica pudiera desplegarse de manera efectiva. Aquí es donde nació el

desprecio. Muchos oficiales estadounidenses interpretaban la lentitud extrema de las

patrullas australianas como cobardía o ineficiencia, incapaces de comprender

que esa lentitud no era falta de iniciativa, sino una elección táctica

deliberada. Cuando veían a soldados avanzar apenas unos cientos de metros en horas, se burlaban abiertamente,

convencidos de que una guerra se ganaba moviéndose rápido, ocupando terreno y forzando el contacto con el enemigo. Lo

que no entendían era que en Vietnam forzar el contacto casi siempre beneficiaba al adversario. Los

australianos habían aprendido que el Viet Kong detectaba patrullas estadounidenses a cientos de metros de

distancia gracias al ruido, al olor de productos químicos occidentales y a

huellas fácilmente identificables. Desodorantes, jabones, repelentes de

insectos y cigarrillos importados dejaban una firma olfativa completamente ajena a la selva, una firma que los

combatientes locales sabían reconocer con precisión sorprendente.

Para ellos, una patrulla estadounidense no era invisible ni impredecible, sino

ruidosa, olorosa y, sobre todo, anunciada con antelación.

La respuesta australiana fue eliminar cualquier rastro que los delatara. Dejaron de usar productos de higiene

modernos semanas antes de las misiones. Adaptaron su dieta para alterar su olor corporal y aceptaron un nivel de

incomodidad física que muchos consideraban inhumano. No lo hacían por desprecio a la

disciplina, sino porque habían comprobado empíricamente que un soldado limpio era un soldado detectable y un

soldado detectable era un soldado muerto. Lo mismo ocurrió con el

armamento. Mientras los estadounidenses confiaban en rifles diseñados para precisión a media y larga distancia, los

australianos modificaban sus armas para el combate real que se libraba en la selva, donde los enfrentamientos

ocurrían a pocos metros y duraban segundos. Cortar el cañón de un rifle parecía una

barbaridad desde un punto de vista técnico, pero en la práctica eliminaba enganches con la vegetación y facilitaba

el movimiento silencioso. La pérdida de alcance era irrelevante cuando no

existía línea de visión suficiente para usarlo. Cada una de estas decisiones

reforzaba la idea, entre muchos estadounidenses, de que los australianos eran poco profesionales, casi