En un rincón olvidado de las montañas de Chiapas, donde las nubes parecen rozar los techos de lámina y los rezos se

confunden con el canto de los pájaros. Vivía Emiliano un niño de apenas 15
años. Su casa, hecha de madera vieja y adobe agrietado, apenas resistía las
lluvias. Allí, entre el olor a maíz hervido y eucalipto seco, el pequeño cuidaba de su
abuelita enferma, la única familia que le quedaba. Emiliano no era como los
demás niños del pueblo. A pesar de tener solo 15 años, su mirada ya cargaba con
la seriedad de quien ha visto demasiado para su edad. Hijo único de una madre que murió dando
a luz y de un padre desaparecido en las migraciones al norte. Fue criado por su
abuela, doña Cata, una mujer de manos arrugadas y fe antigua, que siempre
decía: “Dios tarda, pero nunca olvida. vivían en una
casita al borde del camino, donde las piedras eran más comunes que los juguetes, y la pobreza era compañera
diaria. No tenían televisión ni radio. Lo que tenían era una pequeña Biblia con hojas
desgastadas, una vela que encendían los domingos y una imagen de la Virgen
pegada con cinta al muro de Adobe. La fe en esa casa no era costumbre,
era el aliento. Doña Cata enseñó a Emiliano a persignarse antes de dormir a
rezar el rosario, aunque fuera solo una decena, y a hablarle a la Virgen, como
se habla a una madre con respeto, pero también con ternura. Cada noche, antes
de que el silencio lo envolviera todo, Emiliano se sentaba al pie de la cama de
su abuela para leerle en voz baja los mismos salmos una y otra vez.
A ella le costaba respirar, pero nunca le costaba sonreírle. En el pueblo
emiliano era conocido como el niño que no llora, no porque no sintiera, sino
porque sabía que llorar no le daría medicina a su abuela, ni comida caliente
todos los días. Por eso trabajaba como podía, recogiendo leña, ayudando a cargar bolsas en la
tiendita o cuidando cabras ajenas,
siempre con un gracias en la boca y un si Dios quiere en los labios. Los otros
niños a veces se burlaban de él. Le decían el monaguillo sin misa, porque
solía jugar solo en la capilla abandonada, imaginando que ayudaba en una misa de verdad. Pero él no se
molestaba. Decía que si la Virgen lo escuchaba, no importaba lo que dijeran los demás. Cada
domingo caminaba solo hasta el cerro, donde se encontraba una cruz vieja
clavada en la tierra. Allí dejaba flores silvestres, piedras
que encontraba bonitas o simplemente sus pensamientos.
No lo hacía por costumbre, sino porque sentía que alguien lo escuchaba de
verdad. Su abuela, aunque enferma, nunca perdió la dulzura.
Le preparaba a Tole con lo poco que había y cuando no podía más, le
acariciaba la cabeza y le decía, “Si un día no estoy, prométeme que
seguirás hablándole a la Virgencita.” Emiliano siempre respondía lo mismo.
No vas a irte a Bué. Ella te va a cuidar. Era un niño con una fe que no
pedía milagros grandiosos, solo fuerza. para seguir un día más.
No buscaba llamar la atención ni ser visto como especial.
Solo quería que su abuela pudiera respirar sin dolor y que la Virgen no se
sintiera sola. Por eso, cuando encontró aquella figura olvidada en el bosque, no
lo dudó ni un segundo. Aquel trozo de madera sucio y maltratado
representaba para él algo más grande que una estatua. Era una madre que había
sido dejada de lado y él sabía mejor que nadie lo que significaba sentirse
olvidado. Aquel regreso desde el bosque con la estatua de la Virgen apretada
contra su pecho fue más que un simple acto de devoción.
Para Emiliano era como cargar con algo sagrado, aunque sus brazos flacos
temblaran por el peso y las gotas de lluvia le empaparan la ropa y el alma.
Sus zapatos desgastados se hundían en el lodo y el frío se le colaba por el
cuello. Pero no soltó la imagen ni un solo instante.
La cubría con su camisa como si fuera una criatura indefensa. Cuando por fin
llegó al pueblo ya entrada la tarde, los primeros en verlo fueron unos vecinos
que barrían la calle frente a la panadería. Uno de ellos, un hombre de bigote grueso
y voz rasposa, soltó una carcajada al verlo pasar. Y ese que trae ahí una
muñeca de palo. Emiliano no contestó. apretó más fuerte la figura y bajó la
mirada. Seguro anda jugando a los santos. Muchacho loco dijo otra mujer moviendo
la cabeza con lástima. En cuestión de minutos, varios curiosos comenzaron a
seguirlo con la vista, algunos con burlas, otros con murmullos.
Uno de los niños más grandes del pueblo que solía molestarlo, gritó, “Mira al
monaguillo sin misa, ahora carga su virgen de leña.” Las risas se mezclaban
con el sonido de sus pasos apurados. Emiliano sentía como las miradas lo
atravesaban como flechas, pero no se detuvo. Por dentro, algo más fuerte que la
vergüenza, lo impulsaba una certeza callada de que estaba haciendo lo
correcto. Al llegar a casa, su abuela, doña Cata, lo recibió con sorpresa.
Estaba sentada en su silla de mimbre, envuelta en su chal de lana.
Emiliano empapado y con las manos llenas de tierra, dejó la estatua sobre un
taburete y buscó un trapo limpio. Sin decir palabra, comenzó a limpiar la
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