Su burro murió y Ernesto pensó que lo había perdido todo.

Pero cuando cavó para enterrarlo, descubrió que bajo la tierra dormía un secreto de 200 años.
Ernesto era el hombre más pobre del pueblo de San Lorenzo. Vivía en una pequeña casa de adobe, con el techo medio hundido, junto a su esposa Marta y sus tres hijos pequeños. No tenían tierras propias, solo un huerto prestado donde cultivaban lo justo para no morir de hambre. Aun así, Ernesto siempre decía que era rico… porque tenía algo más valioso que cualquier propiedad.
Un burro viejo llamado Canelo.
Canelo había llegado a su vida quince años atrás, cuando apenas era un burrito flaco y asustado, abandonado a un lado del camino. Llovía esa noche. Ernesto lo encontró temblando, con las costillas marcadas y los ojos llenos de miedo. Sin pensarlo, lo llevó a casa.
Desde ese día fueron inseparables.
El burro tenía el pelaje color canela, de ahí su nombre, y unos ojos grandes y profundos que parecían entender cada palabra de Ernesto. Con los años, su hocico se volvió gris y su paso más lento, pero su corazón seguía siendo el mismo.
Canelo no era solo un animal. Era el quinto miembro de la familia.
Todo lo que tenían dependía de él. Cada semana, el viejo burro cargaba los vegetales del huerto hasta el mercado del pueblo vecino, caminando tres horas bajo el sol sin quejarse nunca. Con ese dinero compraban arroz, frijoles y velas. Canelo también traía agua del pozo comunal, cargaba leña del bosque y llevaba a los niños sobre su lomo cuando ya no podían caminar.
—Sin Canelo no sobreviviríamos —decía siempre Marta—. Es nuestro ángel de cuatro patas.
Los niños lo adoraban. Dormían abrazados a él en las noches frías, le cantaban canciones y le guardaban los mejores pedazos de comida. Canelo respondía con rebuznos suaves y les lamía las caritas con una ternura infinita.
Quince años de amor incondicional.
Quince años de servicio fiel.
Pero el tiempo no perdona a nadie.
Una mañana de octubre, Ernesto notó algo extraño. Canelo no salió del establo al escuchar su voz, como había hecho cada día durante quince años. El corazón se le encogió.
Entró corriendo y lo encontró echado en el suelo, respirando con dificultad. Sus ojos, cansados pero serenos, se posaron en Ernesto por última vez. El burro soltó un suave resoplido… y se quedó inmóvil.
Ernesto cayó de rodillas.
Lloró como no lo había hecho ni siquiera cuando perdió a sus padres. Sus hijos lo rodearon en silencio. Marta rezaba en voz baja. No solo habían perdido a un animal. Habían perdido su sustento, su ayuda, su esperanza.
—Ahora sí… lo perdimos todo —susurró Ernesto.
Decidieron enterrarlo detrás de la casa, bajo el viejo algarrobo donde Canelo solía descansar. Era lo mínimo que podían hacer por él.
Ernesto tomó la pala y comenzó a cavar. Cada golpe en la tierra era una despedida. A los pocos minutos, la pala chocó con algo duro.
Pensó que era una piedra.
Cavó un poco más. El sonido volvió a repetirse. Frunció el ceño y siguió excavando hasta que apareció una caja de madera, vieja, oscura, sellada con clavos oxidados.
Ernesto se quedó paralizado.
Con manos temblorosas, limpió la tierra y forzó la tapa. Dentro había monedas antiguas, documentos amarillentos y un medallón de plata grabado con una fecha: 1823.
No podía creerlo.
Más tarde, el maestro del pueblo confirmó la historia. Aquel terreno había pertenecido a una familia que, doscientos años atrás, había escondido sus ahorros durante una guerra y nunca volvió por ellos.
El tesoro había dormido bajo tierra durante dos siglos.
Justo donde Canelo descansaba.
La noticia se extendió rápido, pero esta vez el destino fue justo. Con ese dinero, Ernesto compró la casa, el huerto y pudo asegurar el futuro de sus hijos. Nunca se volvió rico en lujos, pero jamás volvió a pasar hambre.
El día que terminaron el entierro, Ernesto colocó una cruz sencilla sobre la tumba del burro y dijo con la voz quebrada:
—Gracias, amigo. Incluso al partir… nos salvaste.
Dicen en San Lorenzo que aquel burro no se echó allí por casualidad. Que durante años cuidó un secreto que solo debía ser revelado cuando la familia más humilde lo necesitara de verdad.
Y así, cuando Ernesto creyó haberlo perdido todo, descubrió que la lealtad, incluso bajo tierra, todavía puede cambiar destinos.
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