…cuando Awa tenía cinco años, dibujó un elefante en la ventana de su habitación. Lo hizo con los dedos, sobre el vaho del cristal empañado por la lluvia. Tenía una trompa larguísima, orejas gigantes, y una sonrisa enorme.
—Se llama Mali —dijo con seguridad—. Y vendrá a buscarme cuando esté triste. Su madre sonrió con ternura. Su padre, le revolvió el pelo sin mucho interés. Pero para Awa aquel elefante invisible se convirtió en su refugio secreto.
Los años pasaron y Awa dejó de dibujar en las ventanas, pero nunca se olvidó de Mali.

A los once años, su padre falleció repentinamente. El mundo se volvió gris. Una tarde de invierno, cuando ya no tenía fuerzas para llorar, Awa se acercó a una ventana empañada como si sus manos recordaran por sí solas el dibujó de Mali.
—Sé que estás ahí —susurró. Y en ese momento, algo extraño ocurrió.
Una mujer de la limpieza que pasaba por el pasillo se detuvo al ver el dibujo.
—¿Ese es un elefante? —preguntó.
Awa asintió, limpiándose las lágrimas.
—Mi abuela decía que los elefantes son los guardianes del alma. Que no dejan que nada se pierda del todo —dijo la mujer, como si acabara de recordar algo que llevaba mucho tiempo olvidado—. ¿Sabías eso?.Awa no lo sabía. Pero desde ese día, volvió a dibujar a Mali en cada ventana que encontraba. En el cristal del coche, en el espejo empañado del baño, en los vasos helados del verano. Cada trazo era un puente con su infancia, con su padre, con lo que dolía…, pero también con lo que la sostenía.
Creció, estudió arte, y se convirtió en ilustradora de libros infantiles. En cada uno de ellos, ocultaba a Mali. A veces como un peluche, a veces como una sombra, otras como un dibujo en una pared. Pero siempre estaba ahí. Para quien supiera mirar.
Un día, recibió una carta de una niña que decia;
Me llamo Leire. Me he leído tu libro seis veces. Cada vez que lo leo encuentro un elefante diferente. Mamá dice que a lo mejor es porque necesito uno en mi vida. ¿Puedo tener el mío?. Awa lloró. Respondió a la carta con un dibujo único: un elefante de ojos verdes, con una flor en la oreja.
“Se llama Nuru —escribió—. Él sabrá cuándo aparecer.”
Desde entonces, comenzó a firmar sus libros con una dedicatoria secreta:
“Para quienes alguna vez miraron por una ventana… y vieron algo más que la lluvia.” Mali nunca se fue. Solo se convirtió en esperanza para otros. Porque a veces lo que inventamos para sobrevivir, termina salvando a los demás.
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