Adrián despreciaba a su esposa Sara por ser una simple repartidora y decidió

abandonarla por su jefa millonaria. Lo que él no sabía es que justo antes de

irse Sara había ganado el premio mayor de la lotería. Ahí estaba su esposo

besando a otra mujer frente a una mansión a plena luz del día,

sinvergüenza, sin culpa, como si Sara no existiera. Ella se quedó paralizada con

su uniforme de repartidora. El casco todavía puesto y el pedido temblando entre sus manos. Sus ojos no podían

apartarse de la escena que estaba destrozando su vida en mil pedazos. Adrián, el hombre con quien había

compartido años de matrimonio, vestido con su traje elegante de siempre, sostenía entre sus brazos a Mónica

Bellarde, la dueña de la empresa donde Sara trabajaba, su jefa, la mujer que

cada semana le entregaba su sueldo con una sonrisa que ahora cobraba un significado devastador. El beso era

apasionado, intenso, con una familiaridad que revelaba meses o quizás

años de engaño. Las manos de Adrián acariciaban la espalda de Mónica como si

conocieran cada centímetro de su cuerpo, como si lo hubieran hecho cientos de veces antes. Sara había llegado a esa

dirección en el exclusivo residencial Las Palmeras para una entrega rutinaria,

un pedido más en su larga jornada de trabajo. Pero el destino había decidido mostrarle la verdad de la manera más

cruel posible. Un gemido de dolor escapó de su garganta. no pudo contenerlo.

Adrián se separó de Mónica y giró la cabeza. Cuando sus ojos se encontraron con los de Sara, ella buscó

desesperadamente alguna señal de arrepentimiento, de vergüenza, de culpa,

algo que le dijera que el hombre que amaba todavía existía en algún lugar dentro de ese extraño que la miraba.

Pero lo único que encontró fue fastidio, irritación, como si ella fuera una

molestia que interrumpía su tarde perfecta. Sara, suspiró Adrián con

impaciencia. ¿Qué haces aquí? La pregunta la golpeó como una bofetada.

¿Qué hacía ahí? Estaba trabajando, sacrificándose, matándose bajo el sol para llevar dinero

a casa mientras él la traicionaba con su propia jefa en una mansión de lujo. Vine a hacer una entrega. La voz de Sara

salió quebrada, irreconocible. Mónica se apartó de Adrián con calma absoluta y

caminó hacia Sara. Sus tacones resonaban sobre el piso de mármol de la entrada.

No había ni una gota de culpa en su rostro, al contrario, sus labios se

curvaron en una sonrisa de triunfo. “Vaya, qué situación tan incómoda”, dijo

Mónica con falsa compasión. La esposa repartidora sorprendiendo a su marido con una mujer de verdad. Casi parece

telenovela barata. Sara apretó los puños. Las uñas se clavaban en sus palmas hasta casi sacar sangre. Pero

apenas sentía el dolor físico. El dolor de su corazón era mil veces peor.

Adrián, necesito que me expliques qué está pasando. Sara habló directamente a su esposo, su voz temblando pero firme.

Él la miró con una expresión que ella nunca había visto en todos sus años juntos. Desprecio. Puro y absoluto

desprecio. ¿Qué quieres que te explique, Sara? No es obvio. Adrián caminó hacia

Mónica y le pasó el brazo por la cintura con naturalidad. Esto es lo que quiero.

Esto es lo que merezco. Una mujer exitosa, elegante, que esté a mi altura.

A tu altura. Sara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Yo te di todo,

Adrián, todo. Trabajé turnos dobles para pagar tus deudas. Vendí las joyas que mi

madre me heredó para cubrir tus tarjetas de crédito. Renuncié a terminar mi carrera para que tú pudieras. ¿Ves?

Adrián la interrumpió con una risa cruel. Eso es exactamente el problema.

Siempre echándome en cara tus sacrificios. Siempre haciéndote la víctima. Siempre recordándome que eres

una mártir. Es agotador. Agotador. Sara no podía creer lo que escuchaba. Amarte

es agotador. Mónica soltó una carcajada que resonó en el aire como cristales rotos. Ay, querida, qué patética eres.

Mira a tu alrededor, mira esta casa, mira mi ropa, mírame a mí y ahora mírate

tú. Con ese uniforme sucio, oliendo a comida y sudor. ¿De verdad creías que un

hombre con las ambiciones de Adrián se iba a conformar contigo para siempre? Las palabras cayeron sobre Sara como

ácido. Involuntariamente bajó la mirada hacia su uniforme de trabajo. Las

manchas de la jornada, las arrugas del esfuerzo, las marcas de una vida honesta, pero humilde. Sara. Adrián dio

un paso hacia ella, pero no para consolarla. Su voz era fría como el hielo. Voy a ser honesto contigo porque

creo que te lo mereces después de tantos años. Tú eres mediocre. Tu vida es

mediocre. Tu trabajo es mediocre, tus sueños son mediocres y yo no nací para

la mediocridad. Cada palabra era una puñalada directa al corazón. Sara sentía

las lágrimas acumulándose en sus ojos, pero se negaba a dejarlas caer. No

frente a ellos. No les daría esa satisfacción. Mediocre, repitió Sara en

un susurro. Trabajar honestamente es ser mediocre. Trabajar como repartidora a tu

edad es ser fracasada. Adrián respondió sin piedad. Acepta la realidad. Eres

pobre, Sara. Siempre fuiste pobre y siempre serás pobre. Yo necesito a

alguien que me impulse hacia arriba, no alguien que me arrastre hacia el fondo. Mónica se acercó a Adrián y le dio un

beso en la mejilla, marcando territorio. Mi amor, no seas tan duro con ella. No

es su culpa haber nacido sin ambición. Hay personas que simplemente están destinadas a servir a otras. Ella trae

la comida, nosotros la disfrutamos. Así funciona el mundo. Sara miró a la mujer

que durante años le había sonreído cada vez que le pagaba su sueldo. La mujer que le había dado palmaditas en la

espalda diciéndole que era una excelente trabajadora. Todo había sido una farsa,

una burla cruel mientras le robaba a su esposo a sus espaldas. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? Sara necesitaba saber.

Necesitaba medir la profundidad de la traición. Adrián y Mónica intercambiaron una mirada cómplice que respondió la

pregunta mejor que cualquier palabra. El tiempo suficiente para saber que queremos pasar el resto de nuestras

vidas juntos dijo Mónica con una sonrisa triunfante. Adrián se va a divorciar de

ti y nos vamos a casar. Ya tenemos todo planeado. Luna de miel en Europa, una

vida llena de lujos que tú jamás podrías darle. Sara sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. No solo la

estaba perdiendo, ya la había perdido hacía mucho tiempo. Todo lo que creía