La Mujer que Descubrió que su Marido Estaba Atado a un Pacto Antiguo 

Hay lugares donde el tiempo no cura, solo esconde. Entre montes cerrados, caminos de tierra y casas que ya no tienen dueño, sobrevivieron historias que muchos intentaron enterrar. Aquí cada huella perdida, cada memoria silenciada vuelve a la superficie. Bienvenido a la morada de la bestia oculta.

 En la sierra de gredos, entre Ávila y Cáceres, existe una aldea tan pequeña que ni siquiera figura en los mapas modernos. Se llamaba San Jacinto de las Peñas. Hoy no queda más que piedra de ruida, un campanario partido y un cementerio invadido por la maleza. Pero durante más de 300 años allí vivieron generaciones enteras bajo el mismo apellido, los Gamarra.

 Fueron labradores, pastores, arrieros, gente callada, gente pobre. Y según los relatos guardados por los más viejos de las aldeas vecinas, también fueron gente marcada. La casa Gamarra se levantaba al borde del pueblo, cerca del camino que subía hacia el monte. Era una construcción de piedra gris con tejado de pizarra oscura y ventanas estrechas.

Tenía dos pisos, un granero lateral y un pozo en el patio trasero que, según decían, nunca se secaba ni siquiera en los veranos más duros. La puerta principal era de roble macizo, tallada con cruces y símbolos que nadie sabía interpretar. Algunos decían que eran protecciones, otros que eran advertencias.

 Durante generaciones, los Gamarra vivieron allí sin problemas aparentes. Cumplían con la iglesia, pagaban sus impuestos, ayudaban en las cosechas comunales, pero había algo en ellos que los diferenciaba del resto, una sombra, un silencio que pesaba más de lo normal. Las mujeres del pueblo evitaban casarse con hombres Gamarra. Los niños no jugaban cerca de su casa y cuando alguien preguntaba por qué, la respuesta siempre era la misma.

 Es mejor no mezclarse con esa familia. En 1891, una mujer llamada Inés Gamarra de Villar llegó a San Jacinto para casarse con Julián Gamarra, heredero único de la casa más antigua del pueblo. Ella venía de Placencia, sabía leer y escribir. Había trabajado como costurera en una casa de señores hasta los 23 años. Su familia era modesta pero respetable.

Cuando Julián pidió su mano a través de un intermediario, Inés aceptó porque el matrimonio parecía razonable. Él tenía tierras, casa propia y reputación de hombre trabajador. Nadie le advirtió sobre el resto. El día de la boda fue frío y gris. La ceremonia se celebró en la capilla de San Jacinto con apenas seis testigos.

 El sacerdote, un hombre anciano llamado Don Fulgencio, leyó las oraciones con voz temblorosa y evitó mirar a Julián a los ojos. Cuando llegó el momento de bendecir los anillos, Tituó. Inés lo notó, pero no dijo nada. Después de la misa, hubo un almuerzo sencillo en la casa Gamarra. Asistieron algunos vecinos, todos mayores, todos callados.

 Comieron en silencio, bebieron poco y antes del anochecer ya se habían ido. Inés se quedó sola con su marido en aquella casa enorme, fría, llena de muebles oscuros y retratos de hombres serios que parecían juzgarla desde las paredes. Julián era un hombre de 32 años, alto, delgado, de manos encallecidas y mirada esquiva. Hablaba poco.

 Trabajaba desde el alba hasta el anochecer. No bebía, no blasfemaba, no la maltrataba, pero había en él un peso que Inés no lograba nombrar. Era como si cargara una piedra invisible sobre los hombros, como si cada gesto fuera un esfuerzo. Los primeros meses fueron tranquilos. Inés se ocupaba de la casa, cocinaba, lavaba, remendaba la ropa.

Julián salía al huerto, cuidaba las cabras, ayudaba en las cosechas ajenas cuando lo llamaban. Por las noches cenaban en silencio frente al fuego. Luego él subía a dormir y ella se quedaba bordando hasta tarde. Pero había algo extraño. Cada cierto tiempo, Julián desaparecía durante la noche. Inés lo oía levantarse sigilosamente, bajar las escaleras, salir por la puerta trasera.

Al principio pensó que iba al retrete, pero después notó que se llevaba un farol, una bolsa de tela y una vara larga y que volvía justo antes del amanecer con tierra bajo las uñas y ceniza en la ropa. Una madrugada, Inés reunió el valor para preguntarle, “¿A dónde vas por las noches?” Julián se detuvo en seco, la miró con ojos cansados.

 “¿A cumplir?” ¿Cumplir qué? No preguntes, es mejor que no sepas. Y salió. Esa respuesta la inquietó más que el silencio. Inés comenzó a observarlo con más atención. Notó que las salidas nocturnas coincidían siempre con la luna nueva. Notó que después de esas noches, Julián volvía pálido, tembloroso, como si hubiera visto algo que no debía, y notó que nunca comía nada al día siguiente.

 Un día, mientras barría la sala, Inés encontró una caja de madera escondida debajo de una tabla suelta del piso. La tabla estaba marcada con una cruz pequeña, casi imperceptible. Inés la levantó con cuidado y sacó la caja. Dentro había un rosario roto, un mechón de pelo atado con hilo negro, unamedalla de San Cristóbal oxidada y una carta doblada varias veces.

 La carta estaba amarillenta, escrita con tinta descolorida. No tenía firma, no tenía fecha, pero estaba dirigida a quien herede esta casa. decía, “No rompas lo pactado. No hables de ello con nadie fuera de la sangre. No salgas de noche durante la luna nueva. No dejes que la ofrenda falte. Si lo haces, ellos vendrán a cobrarlo.

 Y lo que se cobra no es ganado. Es vida, es cordura, es sangre de los tuyos. Cumple en silencio y reza para que tus hijos no maldigan tu nombre.” Inés sintió frío en las manos. Leyó la carta tres veces. Cada palabra le pesaba más. Guardó todo en su delantal y esperó a que Julián volviera del monte. Cuando él entró, cubierto de polvo con las botas embarradas, Inés le mostró la carta sin decir nada.

 Julián palideció, se quedó inmóvil. Luego lentamente tomó la caja, la cerró y la devolvió al piso sin pronunciar palabra. Después salió de la casa. Inés lo siguió con la mirada. Lo vio caminar hacia el pozo, apoyarse en el borde, quedarse allí largo rato con la cabeza gacha. Esa noche Inés lo oyó hablar solo en la cocina.

 Hablaba en voz baja como quien ruega, como quien promete, como quien pide perdón a alguien que no está. Los días siguientes fueron extraños. Julián dejó de comer con normalidad. Se levantaba antes del alba y volvía tarde, siempre con tierra bajo las uñas, siempre con olor a humo. Inés intentó preguntarle varias veces, pero él siempre respondía lo mismo.

 No preguntes, Inés, por tu bien. No preguntes. Fue entonces cuando Inés comenzó a notar algo más. Las mujeres del pueblo la miraban con lástima. Cuando ella pasaba frente al pozo comunal, las conversaciones se detenían. Cuando compraba pan en la tienda de don Aurelio, este le cobraba menos de lo debido y le decía en voz baja, “Reza por tu marido, muchacha, y reza por ti también.

” Un día, mientras lavaba ropa en el río, una mujer mayor se le acercó. Se llamaba Catalina. tenía el rostro surcado de arrugas profundas y los ojos hundidos. Se arrodilló junto a Inés y comenzó a frotar su propia ropa en silencio. Después de un rato, dijo sin mirarla, “Tú no eres de aquí, por eso no sabes.” Inés dejó de lavar. “¿Saber qué?” Catalina apretó los labios.

 Lo que carga tu marido, lo que cargan todos los Gamarra desde hace más años de los que nadie recuerda. ¿Qué es lo que cargan? Catalina miró hacia el monte. Una deuda, un pacto, algo que no se puede pagar, pero tampoco se puede romper. Inés sintió un nudo en el estómago. ¿Y si se rompe? Catalina se levantó, recogió su cesto y se fue sin responder.

 Inés no entendía, pero algo en su interior le decía que debía averiguarlo. Una tarde de octubre, mientras Julián dormía la siesta, ella salió al camino que llevaba hacia la capilla vieja. Sabía que allí, en el archivo parroquial, guardaban los libros de bautismos, matrimonios y de funciones desde hacía siglos. El sacerdote don Fulgencio había muerto el invierno anterior y nadie lo había reemplazado, pero la puerta de la capilla nunca se cerraba con llave.

 Inés entró, olía a humedad, a papel podrido, a velas consumidas. Los libros estaban apilados en un armario de madera carcomida. Inés comenzó a ojear. Buscaba el apellido Gamarra. Lo encontró en casi todas las páginas. Nacimientos, bodas, entierros, generación tras generación. Pero había algo extraño.

 Cada cierto tiempo aparecía una anotación al margen escrita con tinta más oscura, con letra diferente. Cumplido el trato, renovado el pacto, entregado lo debido en luna muerta. Las fechas coincidían siempre en luna nueva, siempre en octubre o enero. Y junto a esas anotaciones aparecían nombres tachados con una línea gruesa, niños muertos al nacer.

 Mujeres fallecidas en parto, hombres desaparecidos en el monte, todos del apellido Gamarra. Inés sintió que el aire se volvía denso, pasó las páginas con manos temblorosas, encontró el registro de su propio matrimonio y debajo, escrito con la letra temblorosa de don Fulgencio, había una nota breve. Que Dios la perdone y la proteja.

 Inés cerró el libro con un golpe seco, salió corriendo de la capilla y volvió a casa sin mirar atrás. Esa noche esperó a que Julián se durmiera. Luego salió sigilosamente y siguió el sendero que él había tomado cada madrugada de luna nueva. El camino subía hacia una zona de robles viejos donde nadie iba a pastar porque la tierra era pedregosa y el agua escasa.

 Allí, entre las piedras cubiertas de musgo, encontró un círculo marcado con ceniza. Dentro había huesos de animales pequeños, velas consumidas hasta el suelo, un cuenco de barro con restos de sangre seca y un cuchillo oxidado clavado en la tierra. Inés retrocedió, pero antes de irse vio algo más, una inscripción tallada en la piedra central del círculo.

 Las letras estaban gastadas. Pero aún se leían por la casa, por la sangre, por lo que no senombra, por lo que siempre vuelve. Inés sintió que las piernas le temblaban. Volvió a casa casi corriendo. No durmió. Cuando amaneció, Julián ya se había ido al campo. Pasaron dos semanas. Inés no volvió a hablar del tema, pero comenzó a anotar todo en un cuaderno pequeño que guardaba bajo su colchón.

 Las fechas en que Julián salía, los nombres tachados en el libro parroquial, las palabras grabadas en la piedra, las frases sueltas que oía en el pueblo, escribía en secreto como quien arma un mapa de algo invisible. Fue entonces cuando una vecina llamada Dolores la visitó. Era una mujer de unos 60 años, viuda, con los ojos hundidos y la voz quebrada por el tabaco.

 Se sentó frente a Inés sin pedir permiso y le dijo, “Sé lo que estás viendo. Sé lo que estás pensando. Y te digo esto porque te tengo lástima. No sigas buscando. Lo que tu marido hace, lo hacen todos los Gamarra desde hace más de 200 años. Y si él deja de hacerlo, la casa se derrumba, la tierra se seca. y alguien de su sangre muere antes de la próxima cosecha.

 Inés la miró fijamente. ¿Qué clase de trato es ese? Dolores bajó la voz hasta casi un susurro. Nadie lo sabe completo. Solo se sabe que fue hecho por el primer Gamarra que llegó aquí. Un hombre que venía huyendo de la Inquisición. Dicen que había matado a un fraile en Salamanca. Otros dicen que practicaba artes prohibidas.

 Lo cierto es que llegó a este monte solo, sin familia, sin nombre, y que construyó esa casa con sus propias manos en menos de un mes, algo imposible, y que desde entonces la familia nunca pasó hambre, nunca perdió cosechas, nunca enfermó de peste cuando el resto del pueblo moría, pero pagaron un precio. ¿Cuál? Dolores cerró los ojos.

 Silencio, obediencia y sangre cada cierto tiempo, no humana, pero sí vida. Un cordero recién nacido, una cabra sin mancha, a veces un perro joven, siempre en luna nueva, siempre en el círculo de piedra, siempre en secreto. Inés sintió náuseas. Y si alguien rompe el pacto. Dolores abrió los ojos y la miró con algo parecido al terror.

 Entonces la bestia vuelve. Eso es lo que dicen, que vuelve a reclamar lo que se le debe y no se conforma con animales. Busca a los que rompieron el trato, los arrastra al monte y nunca vuelven enteros. Qué bestia. Dolores se levantó. No tiene nombre. O tiene tantos que da igual. Algunos la llaman el guardián del monte, otros la sombra de piedra.

 Yo solo sé que mi abuelo vio morir a un Gamarra que intentó irse del pueblo sin cumplir. Lo encontraron tres días después en el barranco, con los ojos abiertos y la boca llena de tierra. Dolores salió sin despedirse. Inés pasó días enteros sin hablar. Observaba a Julián en silencio. Lo veía envejecer en cada gesto.

 Lo veía cargar un peso que no era suyo, pero que había heredado como quien hereda una casa o un apellido. Y por primera vez sintió pena por él. Una noche, después de cenar, Inés le preguntó directamente, “¿Qué vas a hacer cuando tengamos hijos?” Julián dejó caer el tenedor. La miró con ojos vacíos. No vamos a tenerlos.

 ¿Por qué? Porque no quiero que hereden esto. Inés sintió algo romperse dentro de ella. No era rabia, era tristeza pura. Entonces, ¿para qué me trajiste aquí? Julián no respondió, solo se levantó y salió al patio. Inés lo oyó llorar por primera vez. Los meses pasaron. Inés dejó de buscar respuestas. Dejó de escribir en el cuaderno, pero no dejó de observar y con el tiempo comenzó a comprender algo terrible.

 Julián no era el único. Había otros hombres en la aldea que hacían lo mismo. Familias enteras atadas a rituales antiguos, transmitidos en silencio, cumplidos sin fe, solo por miedo. Un día de diciembre, Inés fue al mercado de Bejar, la ciudad más cercana. Allí, en una librería pequeña, encontró un folleto sobre supersticiones de la sierra.

 Lo compró por curiosidad. Esa noche leyó un párrafo que la dejó helada. En las aldeas más remotas de gredos aún persisten creencias precristianas vinculadas a espíritus del monte. Se dice que ciertas familias mantienen pactos con estas entidades a cambio de protección. Los pactos se sellan con sangre animal y se renuevan cada generación.

 Romperlos trae desgracia, enfermedad y muerte. Inés cerró el libro. Ya no era superstición, era historia, era real. En enero de 1893, Inés decidió irse. Preparó una maleta pequeña, guardó el cuaderno y algo de dinero. Esperó a que Julián saliera al monte, pero cuando estaba a punto de cruzar la puerta, encontró una carta sobre la mesa.

 Estaba escrita con la letra temblorosa de Julián. decía, “Sé que me vas a dejar y no te culpo, pero antes de irte sepas que intenté romperlo. Hace años, cuando mi padre murió, decidí no volver al círculo. Dejé de llevar las ofrendas, dejé de cumplir. Y al mes siguiente mi madre murió durmiendo. Mi hermano menor desapareció en el río.

 encontraron su cuerpo cuatro días después y mi padre, mi padreenloqueció antes de morir. Empezó a gritar que algo lo perseguía, que lo llamaban desde el monte. Volví al círculo, volví a cumplir y desde entonces nada más ha pasado. No sé si es verdad, no sé si es locura, pero no puedo arriesgarme. No quiero que tú mueras por mi culpa. Vete y no vuelvas.

Perdóname. Inés leyó la carta tres veces, luego la quemó en el fogón, pero no se fue. Esa misma tarde salió al monte, fue hasta el círculo de piedra, lo observó largo rato, luego tomó una rama seca y borró las marcas de ceniza. Pateó el cuenco, esparció los huesos, arrancó el cuchillo de la tierra y lo arrojó al barranco. No pasó nada.

 El viento siguió soplando, los pájaros siguieron cantando, el monte siguió siendo monte. Inés volvió a casa. Julián la esperaba en la puerta, pálido como un muerto. Cuando la vio, se arrodilló y comenzó a temblar. ¿Qué hiciste? Inés lo miró desde arriba. Rompí tu maldición. Julián soyó. Nos van a matar.

 No nos va a matar nadie. Pasaron semanas, no ocurrió nada, ni muertes, ni desapariciones, ni desgracias. Pero Julián no volvió a ser el mismo. Dejó de dormir, dejó de comer, vivía esperando el castigo, se levantaba en mitad de la noche y miraba por las ventanas como si esperara ver algo acercándose desde el monte.

 Inés intentó calmarlo, le preparaba infusiones, le hablaba con voz suave, pero Julián estaba perdido. Murmuraba nombres, repetía frases en latín que Inés no entendía y cada noche preguntaba lo mismo, ¿por qué no ha venido todavía? Y entonces, una madrugada de marzo, Inés despertó y Julián no estaba en la cama. Bajó corriendo.

 La puerta trasera estaba abierta. Salió al patio, vio luz en el granero. Cuando entró, encontró a Julián colgado de una viga, los ojos abiertos, la lengua fuera, las manos inmóviles. Inés no gritó, solo se quedó allí mirándolo hasta que amaneció. El médico de la aldea vecina dijo que había sido suicidio.

 Escribió el certificado sin hacer preguntas, pero las mujeres del pueblo dijeron otra cosa. Se lo llevó la bestia. Como siempre, Inés enterró a Julián en el cementerio de San Jacinto. No lloró, no rezó, solo puso una piedra sobre la tumba y volvió a la casa vacía. Durante los siguientes meses, Inés vivió sola en la casa Gamarra.

 No vendió nada, no se fue. Pasaba los días leyendo, cocinando para sí misma, cuidando el huerto, y por las noches escribía en su cuaderno. Pero algo había cambiado. La casa crujía más, las puertas se abrían solas, los animales no se acercaban. Y por las noches, en el silencio del monte, se oía un aullido largo, lejano, imposible de ubicar.

 No era un lobo, no era un perro, era otra cosa. Una noche de octubre, casi un año después de la muerte de Julián, Inés oyó pasos en el patio. Miró por la ventana, no había nadie, pero al día siguiente encontró huellas en el barro, grandes, profundas, con garras. Inés no tuvo miedo, solo cansancio. Esa misma semana hizo su maleta, guardó el cuaderno, algo de ropa, el rosario de su madre, y se fue de San Jacinto para siempre. Nunca volvió.

 Años después, en 1920, un periodista de Salamanca visitó la región para documentar aldeas abandonadas. encontró a una anciana en Béjar que le habló de San Jacinto. Le mostró un cuaderno viejo escrito por una tal Inés Gamarra de Villar. El periodista pagó unas monedas por él y lo guardó. En la última página había una sola frase escrita con tinta temblorosa: “Rompí el pacto, pero no sé si liberé a mi marido o si lo condené.

 Y ahora temo que lo que él temía me esté buscando a mí. El periodista intentó llegar a San Jacinto, pero el camino estaba cerrado por derrumbes. Preguntó en los pueblos cercanos. Nadie quiso hablar. Uno de los viejos le dijo, “Ese lugar ya no existe y es mejor que siga así. El periodista nunca publicó la historia.

 El cuaderno se perdió en un incendio y San Jacinto desapareció de los registros oficiales. Hoy si uno sube por los caminos viejos de la sierra de gredos, aún puede encontrar ruinas, piedras cubiertas de musgo, un campanario caído, tumbas sin nombre. Y si uno escucha con atención, en las noches de luna nueva todavía se oye algo, un aullido, un lamento, un eco de algo que nunca dejó de esperar. M.