La empleada intentó salvarlo… pero lo que la madrastra hizo al bebé fue ATERRADOR 

La casa estaba envuelta en un silencio inquietante, de esos que no traen paz, sino una sensación extraña en el estómago, como si algo estuviera terriblemente mal. Eran casi las 6 de la mañana y la luz gris del amanecer apenas se filtraba por las cortinas pesadas del segundo piso. Marta, la empleada doméstica, subía las escaleras con pasos cuidadosos, sosteniendo una bandeja con el biberón del bebé, como lo hacía todos los días.

 Sin embargo, esa mañana su corazón latía más rápido de lo normal, sin saber por qué. Era una intuición, una alarma invisible que le recorría la piel. Desde que la madre biológica del pequeño había fallecido meses atrás, la casa había cambiado. Ya no se escuchaban risas ni canciones suaves por los pasillos. En su lugar reinaba una frialdad constante, especialmente desde que Laura, la nueva esposa del padre, se había mudado definitivamente.

 Laura, la madrastra, siempre parecía correcta, elegante, impecable, pero distante, demasiado distante para alguien que ahora cuidaba de un bebé indefenso. Marta llegó frente a la puerta del cuarto del niño y tocó suavemente. No hubo respuesta. Eso ya le pareció extraño. El bebé solía despertarse llorando o moviéndose a esa hora.

 Giró el picaporte con cuidado y empujó la puerta. El cuarto estaba en penumbra con las cortinas cerradas y un olor raro en el aire como a medicamentos. Dio un par de pasos y entonces lo vio. El bebé estaba en la cuna, completamente inmóvil. Marta sintió que el mundo se le venía abajo. La bandeja cayó de sus manos y el biberón rodó por el suelo sin que ella lo notara.

 Se acercó corriendo, temblando y puso una mano sobre el pecho del niño. No sentía movimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y con la voz quebrada por el pánico, gritó con todas sus fuerzas. Por favor, despierta. Despierta, mi amor. Sacudió la cuna con suavidad, luego un poco más fuerte. Nada. El bebé no reaccionaba. Marta comenzó a hiperventilar.

 Su mente se llenó de pensamientos horribles que no quería aceptar. En ese momento escuchó pasos apresurados detrás de ella. ¿Qué pasa?, preguntó Laura desde la puerta con una voz sorprendentemente calmada. Marta la miró desesperada con el rostro empapado en lágrimas. El bebé no se mueve. No respira, gritó. Tenemos que llamar a una ambulancia ahora mismo.

Laura avanzó lentamente, sin correr, sin mostrar el pánico que cualquiera sentiría. miró al niño por unos segundos y luego frunció ligeramente el ceño como si estuviera molesta. “Cálmate”, dijo en tono frío. “¿Está durmiendo?” “No, respondió Marta. Esto no es normal. Nunca duerme así.” Laura suspiró visiblemente irritada y sacó algo del bolsillo de su bata, un pequeño frasco de pastillas.

Marta lo reconoció de inmediato. “Lo había visto antes en el botiquín. Le di algo para que descansara”, confesó Laura. Llora demasiado y yo necesito dormir. Las palabras golpearon a Marta como un puñetazo. ¿Qué le dio? Preguntó con la voz temblorosa. Solo una pastilla para dormir triturada en Marta apretó el teléfono con fuerza mientras marcaba emergencias, ignorando la mirada amenazante de Laura.

 En ese instante, el miedo a perder su trabajo dejó de existir. Solo importaba la vida del bebé. “Un bebé no reacciona”, gritó entre soyozos. Creo que fue drogado. Laura intentó quitarle el teléfono, pero Marta retrocedió. Cuando colgó, volvió a tocar el pecho del niño y sintió una respiración apenas perceptible, débil, peligrosa.

 La sirena de la ambulancia comenzó a escucharse a lo lejos y el rostro de Laura cambió por completo. Le di algo para que durmiera confesó con frialdad. Llora demasiado. Esas palabras helaron a Marta. comprendió que no era un error, sino algo repetido. Cuando preguntó cuántas veces, Laura solo respondió, “Las necesarias.” El sonido de la sirena se acercaba y el pánico empezó a dominar a la madrastra.

 Intentó convencer a Marta de mentir, de decir que fue un accidente, pero ella se negó. Al llegar, los paramédicos confirmaron la sobredosis de sedantes. “¿Quién le dio esto?”, preguntaron. Marta miró a Laura por última vez antes de decir la verdad. sabiendo que nada volvería a ser igual.