Sofía Ramírez extendió su mano temblorosa bajo el sol abrasador de la frontera. El calor del pavimento quemaba

a través de su falda delgada y rasgada. A su lado sus tres hijos, Alejandro de 9
años, Valentina de 6 y el pequeño Mateo de apenas tres. Los cuatro estaban
sentados en la acera junto al puente internacional que conectaba Venezuela
con Colombia. El olor a gasolina mezclado con sudor y comida de los vendedores ambulantes
llenaba el aire. Había centenares de personas cruzando, maletas, mochilas,
rostros cansados, historias de dolor caminando en ambas direcciones. Algunos
los miraban con lástima, otros desviaban la vista incómodos, como si la pobreza
fuera contagiosa. La mayoría simplemente pasaba de largo, demasiado ocupados en
sus propias luchas para notar a una madre más con sus hijos hambrientos.
“Por favor”, decía Sofía con voz quebrada, sintiendo como la vergüenza le quemaba más que el sol. “Cualquier cosa,
mis hijos no han comido desde ayer.” Cada palabra le costaba la dignidad que
le quedaba. Ella que había enseñado valores y matemáticas, ahora enseñaba a
sus hijos a mendigar. Alejandro sostenía un cartel hecho con cartón que decía,
“Ayúdenos, tenemos hambre.” Su letra infantil temblaba en las palabras.
Valentina abrazaba a Mateo, quien lloraba bajito porque tenía sed. El
calor era insoportable. No tenían sombra, no tenían agua, solo tenían
esperanza de que alguien, cualquiera, les diera algo. Sofía había sido
profesora de primaria en Maracaibo. Tenía un título universitario, una casa
modesta, una vida digna. Pero eso fue antes, antes de que la economía
colapsara, antes de que su salario como maestra ya no alcanzara ni para un kilo
de arroz, antes de que tuviera que elegir entre comprar comida o medicinas
para Mateo, que tenía asma. Tomó la decisión más difícil de su vida hace
tres meses. Vendió todo lo que tenía. cargó a sus tres hijos en un autobús
lleno de otros venezolanos desesperados y viajó durante dos días hacia la
frontera. El plan era cruzar a Colombia, buscar trabajo, darles a sus hijos un
futuro. Pero cuando llegó a la frontera, la realidad la golpeó. No tenía papeles
en regla, no tenía contactos, no tenía dónde quedarse y con tres niños pequeños
nadie quería darle trabajo. Lo siento, señora, es muy complicado con niños, no
podemos arriesgarnos. Así que terminó ahí en la acera pidiendo limosna. Ella
que había enseñado a leer a cientos de niños. Ella, que había sido una profesional respetada, ahora reducida a
extender la mano suplicando monedas, un hombre se detuvo frente a ellos, miró a
los niños, luego a Sofía. ¿De dónde son? De Maracaibo, señor. ¿Y por qué no
regresan? Sofía sintió que las lágrimas amenazaban con salir. Porque allá nos
morimos de hambre, Señor. Al menos aquí hay esperanza de que alguien nos ayude.
El hombre sacó algunos billetes y se los dio. Que Dios los bendiga. Gracias,
Señor. Dios se lo pague. Con ese dinero, Sofía corrió a una panadería cercana.
Compróes pequeños y dos botellas de agua. No era mucho, pero era todo lo que podía pagar. Los niños comieron con una
desesperación que le partía el alma. Alejandro devoraba su pan tan rápido que
casi se ahogaba. Mateo comía y lloraba al mismo tiempo, como si el hambre y el
alivio pelearan dentro de él. Valentina lloraba mientras comía, las lágrimas
mezclándose con las migajas. Mami, ¿por qué vivimos así ahora? Yo quiero mi
cama, quiero mi muñeca, quiero volver a casa. Sofía la abrazó. sintiendo el
cuerpecito frágil de su hija, demasiado delgado, demasiado débil.
Es temporal, mi amor. Pronto las cosas van a mejorar. Cuando mamí, pronto, mi
vida, pronto. Pero Sofía no sabía si realmente lo creía. Llevaban tr meses en
la frontera, tr meses durmiendo en un refugio temporal donde compartían un
colchón delgado y manchado en el suelo con otras 15 personas. El baño era
compartido por 50. El agua solo corría 3 horas al día. El olor a humedad y
desesperación impregnaba cada rincón. tres meses viendo a sus hijos pasar
hambre, frío, miedo. Tr meses despertándose en la madrugada con el
llanto de otros niños. Tres meses sintiéndose la peor madre del mundo. Esa
noche, en el refugio, mientras sus hijos dormían abrazados en el delgado colchón,
Sofía se arrodilló en el pequeño espacio entre el colchón y la pared. El piso de
cemento estaba frío. Una mujer roncaba a 2 m de distancia. Un bebé lloraba en
algún rincón oscuro, pero Sofía cerró los ojos y bloqueó todo. Había dejado de
orar hace tiempo cuando veía a sus hijos sufrir, cuando Valentina le preguntaba
por qué Dios permitía que vivieran así, cuando Mateo toscía toda la noche sin
medicina, le costaba creer que Dios realmente estaba ahí. ¿Qué clase de Dios
permite que niños inocentes pasen hambre? ¿Qué clase de Dios ve a una madre
desesperada y no hace nada? Pero esa noche algo se quebró dentro de ella. Tal
vez era el límite de su resistencia. Tal vez era el último suspiro de su
esperanza o tal vez era el principio de algo que aún no comprendía. Dios susurró
en la oscuridad con las manos apretadas hasta que los nudillos se pusieron blancos. Si existes, si realmente me
ves, si realmente te importamos, ayúdame. Mis hijos no merecen esto.
Alejandro debería estar estudiando, no pidiendo limosna. Valentina debería
estar jugando con muñecas, no llorando de hambre. Y Mateo, Mateo necesita sus
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