La Maldita Historia de las Hijas de Don Leandro — Decía que Dios le mandó 9 niñas para amarlo bien

Qué oscuros secretos guardan las familias que parecen perfectas ante los ojos de los demás. En el pueblo de San Miguel Atlautla, una hacienda colonial esconde el horror bajo rosas negras y risas silenciadas. Nueve niñas de miradas vacías y vestidos impecables. Un padre que susurra Dios me las dio para amarlas como merezco.

Mientras la maestra Esperanza Domínguez percibe que algo antinatural ocurre tras esos muros antiguos. Cuando el llanto ahogado de una niña resuena en la noche mexicana de 1950, nadie imagina que está por desatarse una maldición que lleva generaciones gestándose en sangre. Si nos está viendo desde su habitación a oscuras, díganos en los comentarios desde qué país nos acompaña.

 Lo que descubrirá en esta historia podría hacerle cuestionar la verdadera naturaleza del amor paternal. Acompáñeme y descubra la historia completa. En el pueblo de San Miguel Atlautla, en las afueras de Ciudad de México, se alzaba una hacienda colonial conocida como Las Rosas Negras. Era 1950 y la revolución había dejado cicatrices profundas en la tierra mexicana, pero la hacienda permanecía majestuosa entre los campos de maíz, como si el tiempo se hubiera detenido en sus paredes.

 Don Leandro Sepúlveda era el dueño de aquella propiedad, un hombre de 50 años, viudo de tres matrimonios consecutivos, que se había ganado el respeto de sus trabajadores por su férrea disciplina. y el miedo de los pobladores por los rumores que circulaban sobre su carácter. “Dios me ha bendecido con nueve hijas para que me amen como merezco.

” Solía decir don Leandro cuando le preguntaban por qué tenía tantas hijas y ningún varón. Un hombre necesita ser venerado y nadie venera mejor que una hija obediente. Las nueve niñas de edades entre los 5 y los 17 años raramente se dejaban ver en el pueblo. Asistían a misa los domingos, siempre vestidas de negro, con el cabello perfectamente peinado y la mirada clavada en el suelo.

 Jamás hablaban con nadie que no fuera su padre o la vieja doña Clemencia, el ama de llaves, que había criado a todas ellas desde que sus respectivas madres habían muerto en circunstancias que nadie se atrevía a cuestionar. Aquella tarde de noviembre, mientras el viento frío anunciaba la llegada temprana del invierno, Esperanza Domínguez, la maestra recién llegada al pueblo, se dirigía a la hacienda.

 había solicitado una entrevista con don Leandro para hablar sobre la educación de sus hijas menores. No debería ir sola”, le había advertido el párroco. “Don Leandro no aprecia las visitas inesperadas, mucho menos si vienen a cuestionar cómo cría a sus niñas. Pero Esperanza, con la determinación de quien cree en el poder transformador de la educación, ignoró las advertencias.

 A susco años era una mujer moderna que había estudiado en la capital y no se dejaba intimidar por las supersticiones de un pueblo pequeño. Cuando llegó a la enorme puerta de madera tallada con rosas, un escalofrío recorrió su espalda. El cielo se había tornado gris repentinamente y los pájaros habían dejado de cantar.

 Tomó la aldaba de hierro y golpeó tres veces. El sonido reverberó como un mal presagio. La puerta se abrió con un chirrido y apareció doña Clemencia, una mujer de rostro afilado y ojos vacíos. “Don Leandro no recibe visitas”, dijo secamente. “Soy la maestra Esperanza Domínguez. Vengo a hablar sobre la educación de sus hijas.

 Es importante que las niñas reciben educación en casa, interrumpió la anciana. Don Leandro se asegura de ello personalmente. Mientras hablaban, Esperanza notó un movimiento en una de las ventanas del segundo piso. Era una niña pequeña que la observaba con ojos tristes. Cuando sus miradas se encontraron, la pequeña desapareció rápidamente.

 “Inso en hablar con él”, dijo Esperanza con firmeza. Algo en la determinación de la maestra pareció quebrar la resistencia de doña Clemencia, quien finalmente la dejó pasar al vestíbulo. “Espere aquí”, dijo antes de desaparecer por un largo pasillo. El interior de la casa era sombrío y olía a incienso y humedad. Las paredes estaban decoradas con retratos de mujeres jóvenes, presumiblemente las madres de las niñas, todas con la misma expresión de resignación en sus rostros.

Esperanza sintió que los ojos de los retratos la seguían mientras esperaba. “Maestra Domínguez.” La voz grave de don Leandro resonó desde las sombras. “¿A qué debo el honor de su visita no solicitada a mi hogar?” Cuando el hombre emergió a la luz, Esperanza comprendió por qué inspiraba tanto temor.

 Alto, de hombros anchos y mirada penetrante, don Leandro imponía su presencia como un depredador ante su presa. He venido a hablar sobre sus hijas, don Leandro. La ley establece que todas las niñas deben recibir educación formal y mis hijas aprenden lo que necesitan saber dentro de estas paredes”, interrumpió él con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

 “Dios me las ha dado para amarlas y protegerlas delmundo. Un mundo que corrompe a las mujeres con ideas inapropiadas.” Fue entonces cuando Esperanza escuchó el llanto, un soyozo ahogado que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. Don Leandro no pareció inmutarse. “Creo que es hora de que se vaya, maestra”, dijo él acercándose un paso.

 “Y le sugiero que olvide sus preocupaciones sobre mis niñas”. Cuando Esperanza salió de la hacienda, el sol se había ocultado por completo. Miró hacia atrás una última vez y le pareció ver nueve siluetas en las diferentes ventanas, observándola en silencio como fantasmas atrapados en una prisión de lujo.

 Lo que la maestra no sabía era que acababa de desencadenar una serie de eventos que revelarían el horror oculto tras los muros de las rosas negras. Un horror que llevaba décadas alimentándose del miedo y la sumisión de nueve niñas que, según su padre, habían sido enviadas por Dios para amarlo como merecía. La noche cayó sobre San Miguel Atlautla como un manto espeso.

 Esperanza no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquellas niñas silenciosas en las ventanas de la hacienda. Sentada en la pequeña casa que el pueblo había designado para la maestra, repasaba mentalmente su encuentro con don Leandro mientras tomaba notas en un cuaderno. Sofía, 17 años. Carmela 16, Dolores, 14, Mercedes, 13, Isabel 11, Pilar 9, Concepción 8, Luz 6 y La Pequeña Soledad, 5 años. Escribió.

 Todos los nombres los había conseguido del registro parroquial, pues las niñas jamás se habían inscrito en la escuela. Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Esperanza se sobresaltó. Era casi medianoche. Con cautela se acercó a la puerta. ¿Quién es?, preguntó. Por favor, abra, susurró una voz juvenil.

 Necesito hablar con usted sobre mis hermanas. Esperanza abrió la puerta para encontrarse con Sofía, la mayor de las hijas de don Leandro. Su rostro pálido contrastaba con su cabello negro a sabache y temblaba visiblemente, no solo por el frío. “Perdónela ahora, maestra”, dijo Sofía mientras entraba apresuradamente. “He escapado mientras mi padre dormía.

No tenemos mucho tiempo.” Esperanza le ofreció una taza de té que la joven aceptó con manos temblorosas. Bajo la luz de la lámpara de aceite, Esperanza notó las marcas en sus muñecas, señales de ataduras. “Mi padre no es quien todos creen”, comenzó Sofía en voz baja, como si temiera que las paredes pudieran escucharla.

 Las madres de mis hermanas no murieron de enfermedad, como él dice. El relato que siguió el heló la sangre de esperanza. Según Sofía, don Leandro había elegido a sus esposas por su belleza y docilidad. Una vez que daban a luz a una niña, las encerraba en el sótano de la hacienda hasta que eventualmente morían de desnutrición o enfermedad.

 Ninguna había dado a luz a un varón. Él dice que los hombres lo traicionarían, pero las hijas están destinadas a amarlo eternamente, explicó Sofía. Nos cría para ser sus devotas, sus sirvientas. Dice que somos sus ángeles terrenales. ¿Y por qué no has escapado antes? ¿Por qué nadie ha denunciado esto?”, se le preguntó Esperanza horrorizada.

 “El padre Octavio lo sabe todo,”, respondió Sofía con amargura. “Mi padre hace generosas donaciones a la iglesia y el comisario también está en su nómina. Nadie en el pueblo se atreve a enfrentarlo. Sofía le contó como don Leandro realizaba extrañas ceremonias en las noches de luna llena, donde las obligaba a todas vestirse de blanco y formar un círculo alrededor de un altar en el patio central de la hacienda.

 Dice que está purificando nuestras almas para que seamos dignas del amor que nos da, explicó Sofía. Pero desde que cumplí 16 años, sus purificaciones se han vuelto diferentes. Y ahora Carmela está a punto de cumplir 16 también. Un ruido fuera de la casa interrumpió la conversación. Sofía se puso de pie alarmada. “Me ha encontrado”, susurró aterrada.

 “Siempre nos encuentra.” Antes de que Esperanza pudiera reaccionar, la puerta se abrió violentamente. Allí estaba don Leandro, con el rostro contorsionado por la ira y acompañado por dos trabajadores de la hacienda. “Mi niña desobediente”, dijo con una voz engañosamente suave. “Has preocupado a tu padre.

” Sofía retrocedió hasta chocar contra la pared. “No volveré”, dijo con una valentía que contrastaba con el terror en sus ojos. No dejaré que sigas lastimándonos. Don Leandro miró a Esperanza con desprecio. Veo que ha estado envenenando la mente de mi hija con sus ideas modernas, maestra. Muy desafortunado. Los hombres que lo acompañaban se movieron hacia Sofía.

 Esperanza intentó interponerse. Si le pone una mano encima, denunciaré esto a las autoridades en la capital, amenazó Esperanza. Don Leandro soltó una risa que pareció sacudir las paredes de la humilde casa. Y quién le creerá, una maestra recién llegada contra un acendado respetado. Sea sensata, señorita Domínguez.

 Cuando se llevaron aSofía, la joven le lanzó una última mirada desesperada a Esperanza. El pozo susurró antes de que la arrastraran fuera. Busque en el pozo detrás de la capilla. Don Leandro se detuvo en la puerta. Le sugiero que haga sus maletas y abandone San Miguel Atlaut la mañana mismo, maestra. Este pueblo no necesita mujeres que siembran la discordia. Después de que se marcharon, Esperanza permaneció inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir.

 Las historias de Sofía, las marcas en sus muñecas, el terror en sus ojos. Todo era real. Y ahora Sofía había regresado a ese infierno por buscar ayuda. En ese momento, Esperanza tomó una decisión. No abandonaría el pueblo, no dejaría a esas niñas a merced de aquel monstruo. El pozo detrás de la capilla contenía la evidencia que necesitaba y estaba decidida a encontrarla, aunque tuviera que enfrentarse sola a todos los demonios de don Leandro Sepúlveda.

 Lo que no sabía era que los verdaderos horrores de las rosas negras apenas comenzaban a revelarse y que la maldición que pesaba sobre aquella familia tenía raíces más profundas de lo que nadie en el pueblo podía imaginar. La madrugada encontró a Esperanza caminando sigilosamente hacia la pequeña capilla que se alzaba en los límites de la propiedad de don Leandro.

 El cielo comenzaba a aclararse, pero las nubes grises presagiaban una tormenta. La capilla, construida, según decían, para que la familia pudiera rezar en privado, era una estructura austera de piedra gris que contrastaba con la opulencia de la hacienda principal. Rodear la propiedad le tomó casi una hora. Cuando finalmente llegó a la parte trasera de la capilla, vio el pozo, una estructura circular de piedra con un techo de tejas rojas.

 Parecía antiguo, probablemente construido durante la época colonial. Con el corazón latiendo fuertemente, Esperanza se acercó. El pozo estaba sellado con una pesada tapa de madera asegurada con un candado oxidado. Miró a su alrededor buscando algo para forzarlo y encontró una barra de hierro apoyada contra la pared de la capilla.

 Después de varios intentos, el candado se dió. Esperanza retiró la tapa con esfuerzo y una bocanada de aire fétido emergió de las profundidades haciéndola retroceder. Cuando se asomó, la oscuridad le devolvió la mirada. El pozo parecía no tener fondo. “¿Qué hago ahora?”, murmuró para sí misma.

 Como respondiendo a su pregunta, un rayo de sol se filtró entre las nubes, iluminando algo que brillaba en la pared interior del pozo, a unos 3 m de profundidad. Esperanza buscó una cuerda, pero no encontró ninguna. tendría que descender. Con cuidado, comenzó a bajar apoyándose en los salientes de piedra. El interior estaba resbaladizo por el musgo y la humedad.

Cuando alcanzó el objeto brillante, descubrió que era un pequeño medallón de plata incrustado en la pared. Lo extrajo con dificultad y al hacerlo, una parte de la pared cedió revelando una abertura. Era la entrada a un túnel. Esperanza dudó por un momento, pero la determinación de ayudar a las hijas de don Leandro la impulsó a seguir adelante.

 Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo encendió con los fósforos que llevaba, creando una antorcha improvisada. El túnel era estrecho y bajo, obligándola a avanzar agachada. El aire era cada vez más denso y el olor náuseabundo. Después de unos 20 metros, el pasadizo se ensanchó dando lugar a una cámara subterránea. Lo que vio allí la dejó paralizada.

 Las paredes de la cámara estaban cubiertas de fotografías, cientos de ellas. Eran retratos de mujeres jóvenes, todas con un parecido perturbador, cabello negro, ojos grandes, rasgos delicados. En algunas fotos aparecían sonrientes, en otras sus rostros mostraban una melancolía indefinible. En el centro de la cámara había un altar de piedra manchado con lo que parecía ser sangre seca.

 Sobre él reposaban nueve muñecas de porcelana, cada una vestida de manera idéntica a las hijas de don Leandro. Cada muñeca tenía un pequeño mechón de cabello negro atado con una cinta roja, pero lo más perturbador eran los documentos esparcidos sobre una mesa desvencijada. Esperanza los examinó con manos temblorosas.

 Eran certificados de defunción, todos firmados por el mismo médico, Dr. Ernesto Valenzuela. Tres mujeres, tres esposas, todas con la misma causa de muerte. complicaciones durante el parto. Había también diarios, nueve de ellos. Esperanza abrió el más antiguo. Pertenecía a Rosario, la madre de Sofía.

 Las entradas describían cómo había conocido a don Leandro, el rápido cortejo, el matrimonio apresurado. Y luego el cambio. Leandro ya no es el hombre que conocí, decía una entrada. Desde que le dije que estoy embarazada, sus ojos tienen un brillo extraño. Habla constantemente de su abuelo y de una promesa que debe cumplir. Anoche lo escuché rezando en el sótano, pero no eran oraciones cristianas.

 Las últimas entradas eran cada vez más desesperadas.Rosario describía como tras dar a luz a Sofía, Leandro la había confinado en una habitación del sótano, como la visitaba solo para llevarle comida y para realizar extraños rituales donde la obligaba a beber una infusión de hierbas. Creo que me está envenenando lentamente”, decía la última entrada escrita con una caligrafía temblorosa.

Dice que es necesario para que Sofía crezca fuerte, que mi sacrificio alimentará su espíritu. Dios mío, ¿en qué me he convertido? ¿Quién es realmente este hombre? Esperanza cerró el diario, horrorizada. tomó otro, perteneciente a la madre de las gemelas Dolores y Mercedes. La historia se repetía con variaciones mínimas.

 El encierro, los rituales, la lenta muerte. Un ruido la sobresaltó. Pasos. Alguien se acercaba por el túnel. Esperanza apagó su improvisada antorcha y se ocultó detrás de una columna de piedra. La figura que emergió no era don Leandro, sino doña Clemencia. La anciana avanzó directamente hacia el altar, encendió unas velas negras y comenzó a murmurar en un idioma que Esperanza no reconoció.

 Luego sacó un pequeño frasco y roció un líquido sobre las muñecas. “Las niñas están listas, don Santiago”, dijo de repente en español, como si hablara con alguien más en la habitación. Su nieto ha cumplido su parte del trato. Nueve almas puras, nueve recipientes para sus hijas. El círculo está a punto de completarse. Esperanza contuvo la respiración.

 No había nadie más allí, pero doña Clemencia seguía hablando como si mantuviera una conversación. Sí, la ceremonia será esta noche, luna llena, como usted ordenó. Don Leandro ha preparado a la mayor, su sangre abrirá el portal. Con un escalofrío de horror, Esperanza comprendió lo que estaba a punto de suceder.

 La ceremonia, la luna llena Sofía. Todo encajaba en un terrible plan que debía ser detenido. Cuando doña Clemencia finalmente se marchó, Esperanza salió de su escondite, tomó uno de los diarios y algunas fotografías como evidencia y se apresuró a regresar por el túnel. Necesitaba ayuda, pero ¿quién en el pueblo se atrevería a enfrentarse a don Leandro? Al emerger del pozo, el cielo estaba completamente cubierto de nubes negras.

La tormenta había comenzado como un presagio del horror que se avecinaba en las rosas negras. La lluvia caía implacable cuando Esperanza llegó a la iglesia del pueblo, empapada y con el diario de Rosario protegido bajo su blusa. El templo estaba vacío, salvo por la figura solitaria del padre Octavio, un hombre de unos 60 años que rezaba frente al altar.

 Padre”, llamó Esperanza acercándose con pasos decididos. “Necesito hablar con usted. Es sobre las hijas de don Leandro.” El sacerdote se giró lentamente. Su rostro, normalmente afable, parecía haber envejecido 10 años de repente. “Sabía que vendrías”, dijo con voz cansada. Desde que llegaste al pueblo temí este momento. Esperanza colocó el diario sobre un banco.

 ¿Sabía lo que está sucediendo en esa hacienda? Las torturas, los rituales, las muertes. El padre Octavio bajó la mirada. Siéntate, hija. Hay cosas que debes saber sobre la familia sepúlveda. Cosas que el pueblo prefiere olvidar. El sacerdote encendió unas velas y cerró las puertas de la iglesia. Luego de un pequeño compartimento en la sacristía, extrajo una botella de mezcal y dos vasos.

 Nunca bebo, pero hoy lo necesitaremos ambos dijo mientras servía el licor. La historia que voy a contarte se remonta a 1880 cuando don Santiago Sepúlveda, el abuelo de Leandro, regresó de Europa trayendo consigo extrañas ideas y libros prohibidos. El padre Octavio relató como don Santiago, obsesionado con la alquimia y el ocultismo, había llegado a creer que podía alcanzar la inmortalidad mediante un ritual que requería el sacrificio de nueve almas vírgenes.

 Para ello había desposado a tres mujeres consecutivamente, buscando engendrar nueve hijas. Pero el tiempo no estuvo de su lado, continuó el sacerdote. Solo consiguió tener cinco hijas antes de que la revolución estallara. Cuando los zapatistas llegaron a San Miguel Atlautla, don Santiago ya era un anciano.

 Antes de que lo fusilaran, hizo jurar a su único hijo, varón, el padre de Leandro, que continuaría su obra. Esperanza escuchaba atónita mientras el sacerdote explicaba cómo la obsesión había pasado de generación en generación. El padre de Leandro había fracasado también, consiguiendo solo tres hijas antes de morir.

 Ahora era Leandro quien estaba a punto de completar la misión familiar. Nueve hijas, nueve sacrificios”, murmuró el padre Octavio. Según las creencias retorcidas de los sepúlveda, cuando la última hija cumpla 16 años, todas deben ser sacrificadas en una ceremonia bajo la luna llena. Sus almas servirán como vasos para que las hijas del demonio encarnen en este mundo.

 “¿Y usted ha permitido esto durante años?”, preguntó Esperanza con una mezcla de incredulidad y furia. ¿Cómo puede llamarse siervo deDios? El sacerdote bebió su mezcal de un trago con manos temblorosas. El miedo, hija mía, el miedo y la cobardía. Don Leandro no solo tiene dinero e influencia, tiene algo más poderoso, secretos.

 Conoce los pecados de cada habitante de este pueblo, incluidos los míos. Con voz quebrada, el padre Octavio confesó como 20 años atrás había tenido una relación con una mujer casada. Cuando ella quedó embarazada, don Leandro, entonces un joven heredero, les ofreció un trato. Silencio a cambio de lealtad.

 Mi hijo, mi único hijo vive en Ciudad de México creyendo que su padre biológico murió en la revolución, dijo el sacerdote con lágrimas en los ojos. Si hablaba, don Leandro destruiría no solo mi reputación, sino la vida de mi hijo y su madre. Un trueno sacudió la iglesia haciendo vibrar los vitrales. La lluvia arreciaba como si el cielo mismo llorara por los pecados de San Miguel Atlautla.

 Ya no puedo cargar con esto”, continuó el padre Octavio. “Cada noche rezo por perdón, pero sé que no lo merezco. He visto morir a tres mujeres bajo mi silencio. He visto crecer a esas niñas sabiendo lo que les esperaba.” “¿Cuándo será la ceremonia?”, preguntó Esperanza. “Esta noche, luna llena. Sofía cumplió 16 años hace tres meses, pero don Leandro esperaba a que todas sus hijas estuvieran presentes.

 La más pequeña, Soledad, nació prematura y era demasiado débil. Ahora está lo suficientemente fuerte para el ritual. Esperanza se puso de pie decidida. Debemos detenerlo. Usted conoce a la gente del pueblo. Si les habla, si les dice la verdad, no me creerán. interrumpió el sacerdote. Don Leandro ha construido su reputación durante décadas.

 Para el pueblo es un viudo devoto que ha sufrido la tragedia de perder a tres esposas. Entonces iré a la capital, traeré a las autoridades. No llegarás a tiempo. La tormenta ha inundado el camino principal y aunque lo lograras, nadie vendría bajo este diluvio. Esperanza golpeó el banco con frustración. No podía simplemente quedarse de brazos cruzados mientras nueve niñas inocentes eran sacrificadas por la locura de un hombre.

 ¿Hay otra manera? dijo finalmente el padre Octavio con una resolución inesperada en su voz, una forma de entrar a la hacienda sin ser vistos los túneles. El sacerdote le explicó que durante la revolución la familia Sepúlveda había construido una red de túneles subterráneos que conectaban la hacienda con la iglesia y otras propiedades del pueblo.

 La mayoría se habían derrumbado con el tiempo, pero uno seguía siendo utilizado por don Leandro, el que conectaba el sótano de la hacienda con la cripta familiar en el cementerio. “Puedo llevarte”, ofreció el sacerdote. “Conozco el camino, pero no puedo prometerte que saldremos con vida. Lo que don Leandro ha invocado durante años no es solo superstición.

 He visto cosas en esa hacienda que desafían toda explicación natural. Esperanza guardó el diario en su bolso y se ajustó el chal empapado. No me importa el riesgo. Esas niñas me necesitan. Si usted quiere redimirse, padre, este es el momento. El padre Octavio asintió tomando un crucifijo de plata de su escritorio.

 Que Dios nos proteja, porque estamos a punto de descender al infierno de los sepúlvedas. Mientras salían de la iglesia hacia el cementerio bajo la lluvia torrencial, ninguno de los dos notó la figura que los observaba desde el campanario. Doña Clemencia, con una sonrisa siniestra dibujada en su rostro arrugado.

 “Vienen, don Santiago”, susurró al viento los sacrificios adicionales que usted pidió. El cementerio de San Miguel Atlautla parecía un pantano bajo la lluvia implacable. Las lápidas emergían de la tierra anegada como islas de piedra en un mar de lodo, mientras Esperanza y el Padre Octavio avanzaban entre las tumbas, protegiendo las lámparas de aceite con sus cuerpos.

 La cripta de los sepúlveda se alzaba en el centro del campo santo, una estructura imponente de mármol gris con la figura de un ángel de alas extendidas custodiando la entrada. En su base, talladas en piedra, nueve rosas formaban un círculo perfecto. Nueve rosas, nueve almas, murmuró el padre Octavio mientras extraía una llave oxidada de entre sus ropas.

 Don Santiago diseñó este mausoleo como parte del ritual. Cada generación ha añadido sus propios elementos. La puerta de hierro forjado se abrió con un chirrido que pareció despertar a los muertos. El interior de la cripta era sorprendentemente seco, como si la lluvia respetara aquel recinto de muerte. Tres sarcófagos ocupaban el espacio principal, cada uno con el nombre de una de las esposas de don Leandro.

 “Son xenotafios”, explicó el sacerdote ante la mirada interrogante de esperanza. “Tumbas vacías, los verdaderos restos están en el sótano de la hacienda, parte del círculo ritual que Leandro ha estado preparando durante años.” El padre Octavio se acercó al sarcófago central y presionó una secuencia de símbolos tallados en el borde.

 Con unmecanismo silencioso, la losa de mármol se deslizó, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad. El túnel fue construido originalmente por los zapatistas”, dijo mientras comenzaban el descenso. “Cuando los federales recuperaron el control del pueblo, la familia Sepúlveda lo adaptó para sus propios fines. Don Santiago era astuto.

 Convirtió la amenaza revolucionaria en una herramienta para sus rituales. A medida que bajaban, el aire se tornaba más denso, con un olor a humedad y algo más, algo metálico y dulzón que Esperanza reconoció con horror, sangre. El túnel era bajo y estrecho, obligándolos a avanzar agachados. Las paredes estaban decoradas con símbolos que mezclaban iconografía católica con figuras que parecían pertenecer a cultos prehispánicos, serpientes emplumadas entrelazadas con cruces invertidas, ángeles con rostros de calavera, vírgenes con garras en

lugar de manos. Don Santiago creía en un sincretismo perverso”, comentó el sacerdote. Tomó elementos de la fe católica y los retorció con creencias antiguas, buscando abrir puertas que deberían permanecer cerradas. Después de caminar unos 200 m, llegaron a una bifurcación. Un camino seguía recto, el otro descendía aún más profundamente.

“El camino recto lleva al sótano,” indicó el padre Octavio. El otro, “Nunca he tenido el valor de explorarlo completamente. Don Leandro dice que conduce a un cenote subterráneo donde los antiguos pobladores realizaban sacrificios humanos. Optaron por el camino recto. A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar un sonido rítmico, tambores.

 El ritmo pulsaba a través de las paredes de piedra, reverberando en sus pechos como un segundo corazón. “La ceremonia ya ha comenzado”, dijo el padre Octavio con voz tensa. “Debemos apresurarnos.” El túnel desembocaba en una pequeña antecámara bloqueada por una puerta de madera. A través de las rendijas podían ver destellos de luz roja y escuchar con mayor claridad los tambores y cánticos.

 Esperanza se asomó por una de las grietas. Lo que vio la dejó helada. Un espacio circular excavado en la roca viva, iluminado por docenas de velas negras. En el centro había una estrella de nueve puntas dibujada con lo que parecía ser sangre fresca. En cada punta de la estrella, una de las hijas de don Leandro permanecía de pie, vestida de blanco, con la mirada perdida, como si estuvieran en trance, todas, excepto Sofía.

 La mayor de las hermanas ycía en el centro de la estrella, atada sobre un altar de piedra consciente y luchando contra sus ataduras. Don Leandro, vestido con una túnica roja bordeada con símbolos dorados, se encontraba a su lado sosteniendo un cuchillo de obsidiana. Doña Clemencia rodeaba el círculo agitando un incensario del que emanaba un humo espeso y verdoso.

 Su voz, sorprendentemente potente para su edad, dirigía los cánticos en una lengua que parecía ser una mezcla de latín y nawatl. Oh, Señor de los nueve infiernos, acepta nuestra ofrenda recitaba don Leandro. Nueve doncellas de mi sangre, nueve vasos para tus hijas, como juró mi abuelo, como prometió mi padre, yo, Leandro Sepúlveda, completo el pacto.

 Esperanza intentó abrir la puerta, pero estaba atrancada desde el otro lado. “Hay otra entrada”, susurró el padre Octavio señalando hacia una pequeña abertura en la pared opuesta de la antecámara. conduce a un pasadizo que usaban los sirvientes durante los rituales de don Santiago. Podemos tomarlos por sorpresa. Esperanza asintió y siguió al sacerdote a través de la estrecha abertura.

 El pasadizo era apenas lo suficientemente ancho para que pasara una persona y tan bajo que debían arrastrarse en algunos tramos. El sonido de los tambores era ensordecedor ahora vibrando a través de la roca. como si la tierra misma palpitara. Finalmente llegaron a una cortina. Al otro lado estaba la cámara ritual, pero desde un nivel superior, una especie de balcón oculto desde donde los antiguos sirvientes podían observar sin ser vistos.

 Desde allí, Esperanza pudo ver todo el horror de la ceremonia con mayor claridad. Las niñas menores temblaban visiblemente, algunas lloraban en silencio. Las mayores parecían completamente ausentes, como si sus mentes hubieran huido de la realidad que estaban viviendo. Don Leandro había comenzado a recitar una letanía de nombres mientras trazaba símbolos en la frente de Sofía con una sustancia roja.

“¿Qué hacemos ahora?”, susurró Esperanza. El padre Octavio extrajo de entre sus ropas una pequeña botella de agua bendita y su crucifijo de plata. Voy a interrumpir el ritual. Cuando lo haga, debes correr hacia las niñas y sacarlas de aquí. Hay una escalera en el lado norte que conduce directamente al patio de la hacienda.

 Y Sofía, yo me ocuparé de ella, aseguró el sacerdote con una determinación que Esperanza nunca había visto en él. Es hora de que enfrente mis pecados. Antes de que Esperanza pudiera detenerlo, el PadreOctavio saltó desde el balcón al centro de la ceremonia, aterrizando pesadamente a pocos metros del altar. Con voz potente comenzó a recitar el exorcismo de San Miguel Arcángel, rociando agua bendita en todas direcciones.

 El efecto fue inmediato. Doña Clemencia chilló como si el agua la quemara, retrocediendo hacia las sombras. Los tambores se detuvieron abruptamente. Las niñas en trán se parpadearon como despertando de un sueño profundo. Don Leandro, sin embargo, no se inmutó. Miró al sacerdote con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

 “Has llegado justo a tiempo, Octavio”, dijo con voz serena, “El ritual requiere un sacrificio adicional. Un hombre de fe que ha traicionado sus votos es especialmente valioso. El sacerdote continuó avanzando, sosteniendo el crucifijo frente a él. En nombre de Cristo, te ordeno que liberes a estas niñas. Don Leandro Río un sonido desprovisto de toda humanidad.

 Cristo no tiene poder aquí. Este lugar pertenece a dioses más antiguos, más hambrientos. Mientras los dos hombres se enfrentaban, Esperanza aprovechó la distracción para deslizarse hasta donde estaban las niñas. Las pequeñas la reconocieron de inmediato, aferrándose a ella con desesperación. “Vengan conmigo”, susurró, guiándolas hacia la escalera que el padre Octavio había mencionado.

 Carmela, la segunda mayor, la ayudó a organizar a sus hermanas. Conocemos el camino”, dijo con una madurez impropia de sus 16 años. “Hemos soñado con escapar desde siempre.” Y Sofía preguntó Esperanza. Yo la ayudaré”, respondió Carmela, sacando una pequeña navaja de entre los pliegues de su vestido. “No es la primera vez que padre intenta esto.

” Mientras las niñas menores subían por la escalera bajo la guía de Mercedes y Dolores, Esperanza y Carmela se acercaron al altar donde Sofía seguía atada. El padre Octavio y don Leandro estaban ensarzados en una lucha que parecía tanto física como espiritual, gritándose acusaciones y maldiciones. Traidor, vociferaba don Leandro, te di la oportunidad de redimirte, de ser parte de algo más grande que tu miserable existencia.

 Lo único que me ofreciste fue complicidad en el horror, respondió el sacerdote. Que Dios me perdone por haber aceptado tanto tiempo. Aprovechando la distracción, Carmela cortó las ataduras de su hermana. Sofía estaba débil, pero consciente. Sus ojos se abrieron con terror al ver a su hermana y a la maestra.

 “No deberían estar aquí”, susurró. “Él lo sabrá. Siempre lo sabe. Esta vez no. dijo Esperanza con firmeza, ayudándola a incorporarse. Esta noche termina la pesadilla. Mientras ayudaban a Sofía a ponerse de pie, un grito desgarrador llenó la cámara. El padre Octavio había caído de rodillas con el cuchillo de obsidiana enterrado en su pecho.

 Don Leandro se alzaba sobre él victorioso, sus manos manchadas de sangre. “Demasiado tarde, Octavio”, exclamó. “La sangre ha sido derramada. El portal está abierto y entonces algo cambió en la cámara. El aire se volvió denso, casi sólido. Las llamas de las velas se tornaron azules y desde las sombras nueve figuras femeninas comenzaron a materializarse.

Formas etéreas que parecían estar hechas de niebla y oscuridad. Mis señoras”, murmuró don Leandro inclinándose reverentemente. “Las hijas del abismo, como prometió mi abuelo, los vasos están preparados.” Las figuras avanzaron lentamente hacia ellos. Esperanza sintió un frío que le calaba los huesos.

 Sofía y Carmela temblaban, no de miedo, sino como si estuvieran siendo atraídas por una fuerza invisible. “¡Corran!”, susurró Esperanza, empujándolas hacia la escalera. Ahora, mientras las sacando una pequeña bolsa de cuero de su sotana, la arrojó al centro del pentagrama. Sal consagrada en tierra profana, murmuró con su último aliento.

 Cierra lo que nunca debió abrirse. La bolsa se rompió al impactar contra el suelo, esparciendo sal bendecida sobre los símbolos sangrientos. Un chillido sobrenatural llenó la cámara mientras las figuras espectrales se contorsionaban como llamas bajo el viento. Don Leandro rugió de furia y se lanzó hacia Esperanza. Ella esquivó su ataque y corrió hacia la escalera donde Sofía y Carmela la esperaban.

 Las tres comenzaron a subir mientras la cámara ritual se llenaba de una luz cegadora. Vuelvan”, gritaba don Leandro desde abajo. “Mis hijas, mis preciosas niñas.” Pero ya era demasiado tarde. Habían alcanzado el patio de la hacienda, donde las otras hermanas esperaban bajo la lluvia torrencial. Doña Clemencia yacía inconsciente junto a la fuente central, como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.

 “¿Y ahora qué?”, preguntó Isabel, la quinta hermana, abrazando protectoramente a la pequeña soledad. Esperanza miró hacia el camino que conducía al pueblo. La tormenta había amainado ligeramente. “Ahora somos libres”, dijo Sofía tomando la mano de esperanza. “Por primera vez en nuestras vidas, un rugido subterráneo sacudió la tierra bajo sus pies.

 Lahacienda entera pareció estremecerse como si una bestia gigantesca despertara de su letargo. Las ventanas estallaron, los muros comenzaron a agrietarse. “¡Corran!”, gritó Esperanza. “La casa se derrumba!” Las 10 mujeres corrieron bajo la lluvia hacia la entrada principal, mientras las rosas negras comenzaba a colapsar sobre sí misma, tragándose décadas de horror y secretos en sus entrañas.

 El amanecer encontró a Esperanza y a las nueve hermanas Sepúlveda en la pequeña escuela del pueblo. La tormenta había cesado, dejando un cielo limpio y un aire purificado. Las niñas dormían acurrucadas unas contra otras en colchones improvisados, excepto Sofía, quien permanecía sentada junto a la ventana, observando el camino que conducía a los restos de la hacienda.

 No puedo creer que realmente se haya terminado, murmuró cuando Esperanza se sentó a su lado ofreciéndole una taza de té caliente. La pesadilla ha terminado confirmó Esperanza, aunque una sombra de duda cruzó su rostro. Pero tenemos que estar preparadas para lo que viene. El pueblo querrá explicaciones. Como respondiendo a sus palabras, un grupo de hombres apareció en el camino principal.

 A la cabeza iba el comisario Rodrigo Mendoza, un hombre corpulento de bigote espeso que siempre había mostrado una deferencia incómoda hacia don Leandro. “Vienen por nosotras”, dijo Sofía con resignación. Esperanza apretó su mano. No permitiré que la separen. Tengo pruebas de lo que ocurrió en esa casa.

 Cuando el comisario y sus hombres entraron en la escuela, se encontraron con esperanza de pie frente a las nueve hermanas, como una leona protegiendo a sus cachorros. “Maestra Domínguez”, comenzó el comisario quitándose el sombrero con incomodidad. “Ha habido un incidente en la hacienda Las Rosas Negras, un derrumbe”, dijo uno de los hombres.

 “La casa entera se hundió como si la tierra se la tragara. No queda nada, salvo escombros. Uh, ¿y don Leandro? Preguntó Esperanza, aunque ya imaginaba la respuesta. No hay rastro de él ni de doña Clemencia”, respondió el comisario. “Pero encontramos algo perturbador en lo que parece haber sido un sótano secreto. El comisario le entregó a esperanza un pequeño libro de cuero.

 Era un diario más antiguo que los que había encontrado en la cámara subterránea. La inscripción en la primera página decía diario de Santiago Sepúlveda, 1880 1912. Hay cosas ahí que, bueno, son difíciles de creer, continuó el comisario. Cosas sobre un pacto con seres que no deberían ser nombrados, sobre sacrificios y promesas que pasan de generación en generación.

 Esperanza ojeó el diario deteniéndose en un pasaje que describía el pacto de las nueve rosas, un acuerdo entre don Santiago y entidades que él llamaba las hijas del abismo. A cambio de poder y longevidad, don Santiago había prometido proporcionarles nueve vasos de carne y sangre de su propia estirpe, nueve doncellas que servirían como recipientes para que estas entidades entraran en el mundo mortal.

“También encontramos esto”, dijo otro de los hombres entregándole un paquete envuelto en tela. Al desenvolverlo, Esperanza descubrió nueve rosas negras de porcelana. Cada una con un nombre grabado en el tallo. Los nombres de las nueve hermanas Sepúlveda. Según el diario, explicó el comisario, cada rosa representa a una de las niñas.

 Son algún tipo de ancla, supongo. Una forma de mantener la conexión entre las niñas y esas cosas que don Santiago invocó. Sofía se acercó y tomó la rosa que llevaba su nombre. sin decir palabra, la arrojó al suelo donde se hizo añicos una por una. Las hermanas hicieron lo mismo con sus respectivas rosas.

 Con cada flor que se rompía, parecía que un peso invisible se levantaba de sus hombros. Cuando la pequeña soledad de solo 5 años quebró la última rosa, una brisa fresca entró por la ventana, llevándose el último vestigio de ledor a sangre y rosas. que parecía haber impregnado a las niñas durante toda su vida. ¿Qué pasará con ellas ahora?, preguntó el comisario, mirando a las hermanas con una mezcla de compasión y recelo.

 Se quedarán conmigo, respondió Esperanza sin dudarlo, “al menos hasta que encontremos a familiares que puedan cuidarlas adecuadamente. Técnicamente, la propiedad de don Leandro pasará a ellas”, comentó uno de los hombres. La hacienda está destruida, pero las tierras y las cuentas bancarias es una fortuna considerable, una fortuna manchada de sangre”, murmuró Sofía.

 “No queremos nada de eso. Podríamos usar parte del dinero para construir un verdadero hogar para niñas huérfanas”, sugirió Carmela, “y financiar la escuela.” Esperanza sonrió orgullosa de la fuerza y la generosidad de estas jóvenes que, a pesar de haber vivido un infierno, ya pensaban en cómo ayudar a otros.

 Esa tarde, mientras el comisario y sus hombres organizaban una búsqueda más exhaustiva de los restos de la hacienda, Esperanza llevó a las niñas al pequeño jardín trasero de la escuela.Allí, bajo un naranjo, enterraron los fragmentos de las rosas negras y el diario de don Santiago. “La tierra se llevó a nuestro Padre y a sus demonios”, dijo Sofía mientras cubría el agujero con tierra.

 “Que se lleve también sus secretos y su maldad. ¿Creen que realmente está muerto?”, preguntó Mercedes con voz temblorosa. “Padre siempre decía que encontraría la forma de estar con nosotras para siempre. Esperanza colocó sus manos sobre los hombros de la niña. Lo que queda de él está enterrado bajo toneladas de piedra. Y lo que intentó traer a este mundo fue detenido por el sacrificio del Padre Octavio. Están a salvo ahora.

 Todas lo están. Mientras regresaban a la escuela bajo el cálido sol, ninguna de ellas notó la pequeña planta que comenzó a brotar donde habían enterrado los fragmentos, un diminuto tallo verde del que pronto florecería una rosa de un rojo imposiblemente intenso. En la plaza del pueblo, el reloj de la iglesia marcó las 6 de la tarde con un sonido que pareció más claro y limpio que nunca, como si el propio tiempo hubiera sido liberado de una maldición.

 Y en algún lugar, muy lejos o quizás demasiado cerca, nueve entidades milenarias volvían a su letargo esperando otra oportunidad, otra familia, otro pacto. Pero esa es otra historia que tal vez nunca deba ser contada. Tres meses después de la destrucción de las rosas negras, la vida en San Miguel Atlautla había adoptado una nueva normalidad.

 La escuela, ahora ampliada gracias al fondo establecido con parte de la herencia de los sepúlveda, acogía no solo a los niños del pueblo, sino también a pequeños de comunidades cercanas. Las nueve hermanas, por su parte, se habían integrado gradualmente a esta nueva vida. Sofía enseñaba música y canto, talentos que había cultivado en secreto durante sus años de cautiverio.

 Carmela y Dolores ayudaban con los más pequeños, mientras las demás asistían como alumnas regulares. La pequeña soledad, que nunca había conocido otra vida que la de la hacienda, florecía especialmente, descubriendo el placer de jugar y reír sin restricciones. Esperanza observaba estos cambios con una mezcla de orgullo y cautela.

 Si bien las hermanas parecían adaptarse bien a su nueva libertad, a veces notaba comportamientos que la inquietaban, miradas perdidas en la distancia, susurros entre ellas en lo que parecía ser un lenguaje inventado. Despertares sobresaltados en mitad de la noche. Son solo secuelas, le había dicho el Dr. Valenzuela, el médico que ahora visitaba regularmente a las niñas.

 Han vivido experiencias traumáticas. Llevará tiempo que sanen completamente. Pero Esperanza no estaba tan segura, especialmente después de lo que había ocurrido la noche anterior. Había sido despertada por un ruido en el patio trasero de la casa que compartía ahora con las hermanas. Al asomarse por la ventana, vio a Sofía y Carmela arrodilladas junto al lugar donde habían enterrado los fragmentos de las rosas.

 Bajo la luz de la luna, sus rostros parecían transformados, más angulosos, casi inhumanos. Murmuraban algo mientras desenterraban lo que ahora era una rosa de un rojo antinatural que había crecido sobre la tumba improvisada. Cuando Esperanza las confrontó a la mañana siguiente, ambas jóvenes negaron recordar haber salido de sus habitaciones.

 “Quizás lo soñaste”, sugirió Sofía con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. “Todos tenemos pesadillas desde lo de la hacienda.” Esa tarde, mientras las niñas asistían a sus clases, Esperanza decidió investigar. El jardín trasero parecía normal a primera vista, pero al acercarse al naranjo notó que la tierra había sido removida recientemente.

 Cabó con una pequeña pala y para su horror descubrió que los fragmentos de las rosas ya no estaban. En su lugar había nueve semillas negras perfectamente alineadas. Buscando algo, maestra, la voz hizo que Esperanza se sobresaltara. Era doña Remedios. una anciana que vivía cerca y que a veces ayudaba con las niñas. La mujer miraba la excavación con expresión inescrutable.

“Las semillas”, murmuró Esperanza. “¿Sabe algo de ellas?” La anciana se acercó cojeando, apoyándose en su bastón. “Las hijas de don Leandro no son las primeras, ¿sabe? Cada generación de Sepúlveda ha tenido sus intentos. Mi abuela me contó sobre las hijas de don Santiago y cómo todas ellas terminaron mal.

 ¿Qué quiere decir con mal?, preguntó Esperanza sintiendo un escalofrío. Doña Remedios se sentó pesadamente en un banco cercano. Dicen que las entidades que don Santiago invocó son pacientes, muy pacientes. Si no pueden entrar por una puerta, buscarán otra. Las niñas que escapan de la ceremonia siguen estando marcadas. Está sugiriendo que las hermanas están poseídas. La anciana sonrió tristemente.

No todavía. Pero el vínculo está ahí. Las semillas que ha encontrado son una señal. Están preparando nuevos vasos. Esperanza recordó entonces las extrañasactitudes de las niñas, los susurros, las miradas vacías. ¿Qué puedo hacer? preguntó sintiendo que el peso del mundo volvía a caer sobre sus hombros.

 “Hay alguien que podría ayudar”, respondió doña Remedios. “Una curandera en las montañas. Conoce los antiguos rituales, los verdaderos, no las perversiones de los sepúlveda. Si alguien puede romper el vínculo definitivamente es ella.” Esa noche, mientras las hermanas dormían, Esperanza revisó sus habitaciones.

 Bajo la almohada de cada una encontró un pequeño saquito de tela negra. Al abrirlos, descubrió que contenían tierra mezclada con lo que parecían ser cenizas y pequeños fragmentos de porcelana negra. Más perturbador aún fue lo que encontró en el cuaderno de dibujo de Soledad, un retrato de nueve mujeres de aspecto espectral.

 con los nombres de las hermanas escritos debajo de cada figura. La caligrafía, sin embargo, no correspondía a la de una niña de 5 años, sino que era precisa y madura, casi idéntica a la del diario de don Santiago. Esperanza comprendió entonces que no había tiempo que perder. preparó un pequeño equipaje, dejó una nota para el comisario Mendoza explicando su ausencia y antes del amanecer partió con las nueve hermanas hacia las montañas en busca de la curandera.

 El viaje fue arduo. Los caminos de montaña, aún afectados por las lluvias recientes, estaban parcialmente bloqueados. Las niñas mayores ayudaban con las pequeñas, mostrando una resistencia sorprendente ante la dificultad del trayecto. ¿A dónde vamos realmente?, preguntó finalmente Sofía cuando se detuvieron a descansar cerca de un arroyo.

 A ver a alguien que puede ayudarlas, respondió Esperanza, observando cuidadosamente su reacción. Algo pasó por los ojos de Sofía, un destello de reconocimiento o quizás de alarma. ¿Crees que estamos enfermas? Preguntó con voz extrañamente monótona. No enfermas, respondió Esperanza con cautela.

 Pero creo que lo que ocurrió en la hacienda dejó algo en ustedes, algo que debemos eliminar. La joven sonrió, pero el gesto parecía mecánico, como si alguien más estuviera moviendo los músculos de su rostro. Siempre tan perspicaz, maestra, dijo, pero la voz que emergió de sus labios sonaba más grave, más antigua. Es una lástima que hayas notado los cambios tan pronto.

Habríamos preferido completar la transición en paz. Las otras hermanas se habían reunido alrededor formando un semicírculo. Sus rostros, antes inocentes, mostraban ahora la misma sonrisa vacía. No son ellas, comprendió Esperanza con horror. ¿Quiénes son ustedes? Somos las que esperan desde antes que esta tierra tuviera nombre, respondió la voz a través de Sofía.

 Las que don Santiago llamó hijas del abismo, aunque tenemos muchos nombres. Estas niñas son nuestras por derecho por el pacto de sangre que su antepasado selló. El pacto se rompió cuando el padre Octavio sacrificó su vida argumentó Esperanza, retrocediendo lentamente. La risa que emergió de la garganta de Carmela era un sonido discordante, como cristal rompiéndose.

 Los pactos de sangre no se rompen tan fácilmente, maestra. El sacerdote solo retrasó lo inevitable. Con cada luna llena, nuestra influencia sobre estas niñas crece. Pronto no quedará nada de ellas. Esperanza miró a las hermanas menores buscando algún signo de la inocencia que había conocido. Para su alivio, las más pequeñas, luz y soledad, parecían confundidas como si no entendieran lo que estaba ocurriendo.

 “Todavía no las tienen a todas”, dijo con renovada determinación. y no permitiré que las tomen. Con un movimiento rápido, Esperanza agarró a las dos niñas más pequeñas y corrió hacia el arroyo. Sabía, por las historias locales, que las entidades antiguas no podían cruzar el agua corriente. Al menos eso esperaba.

 Detrás de ella escuchó gritos furiosos. Al mirar atrás, vio que Sofía y las mayores las perseguían, pero sus movimientos eran extraños, espasmódicos, como si sus cuerpos no respondieran correctamente. Esperanza cruzó el arroyo con las niñas y, efectivamente las otras se detuvieron en la orilla, incapaces o no dispuestas a seguirlas.

 “Esto no ha terminado”, gritó la voz a través de Sofía. Las encontraremos, nos pertenecen. Con las pequeñas luz y soledad llorando de miedo, Esperanza continuó adentrándose en el bosque hacia las montañas donde, según Doña Remedios, vivía la única persona que podía ayudarlas a romper definitivamente el vínculo maldito de los sepúlveda.

 Detrás de ellas, las siete hermanas poseídas permanecían inmóviles en la orilla del arroyo. Sus ojos ahora completamente negros, observando con una paciencia inhumana. Tenían todo el tiempo del mundo. Después de todo, llevaban esperando desde mucho antes que el primer sepúlveda pronunciara sus nombres prohibidos.

 El sendero que ascendía por la ladera de la montaña apenas merecía tal nombre. Era más bien un rastro tenue entre la vegetación, visible solo paraojos experimentados. Esperanza, con soledad en brazos y luz aferrada a su falda, avanzaba guiada más por instinto que por certeza. La noche se acercaba, trayendo consigo el frío de las alturas y los sonidos inquietantes del bosque.

 Las niñas, agotadas por la caminata y traumatizadas por lo ocurrido apenas hablaban. “Mis hermanas están enfermas”, preguntó finalmente Soledad con voz pequeña. Esperanza se detuvo buscando las palabras adecuadas. ¿Cómo explicarle a una niña de 5 años que sus hermanas estaban siendo poseídas por entidades ancestrales invocadas por la locura de su familia? Tus hermanas necesitan ayuda, respondió finalmente.

Por eso vamos a ver a alguien especial, la señora de los huesos murmuró luz inesperadamente. Esperanza la miró sorprendida. ¿Qué has dicho, la señora de los huesos? repitió la niña. Ella habla con los muertos. Sofía y Carmela la mencionaban a veces cuando creían que nadie escuchaba. Decían que era la única que podía detener a Padre.

 Un escalofrío recorrió la espalda de esperanza. Sería posible que las hermanas mayores hubieran estado luchando contra la influencia maligna todo este tiempo habían conocido el peligro y buscado una salida solo para sucumbir finalmente. Cuando el crepúsculo daba paso a la noche cerrada, divisaron finalmente una luz entre los árboles.

 Una pequeña cabaña se alzaba en un claro con humo emergiendo de su chimenea. A diferencia de las construcciones típicas de la región, esta parecía una amalgama de estilos, paredes de adobe, techo de paja y elementos decorativos que recordaban tanto a los antiguos templos prehispánicos como a las iglesias coloniales. Antes de que pudieran acercarse más, la puerta de la cabaña se abrió.

 Una mujer de edad indefinible apareció en el umbral. No era anciana, pero tampoco joven. Su cabello negro estaba beteado de blanco y su rostro, aunque surcado por arrugas, mostraba una vitalidad sorprendente. Las esperaba, dijo simplemente, haciéndose a un lado para que entraran las hijas de Sepúlveda y la maestra valiente, aunque veo que solo traes a dos de las nueve.

 El interior de la cabaña era más amplio de lo que su exterior sugería. Estaba iluminado por docenas de velas de diferentes colores y tamaños. Hierbas secas colgaban del techo y las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de frascos, libros antiguos y objetos extraños que Esperanza no podía identificar. “Soy Shochitle”, se presentó la mujer mientras las invitaba a sentarse junto al fuego.

 Algunos me llaman curandera, otros bruja, otros más. Guardiana. Los nombres importan poco cuando el propósito es claro. Shochitle preparó una infusión de hierbas para las pequeñas, cuyo aroma dulce y reconfortante pronto la sumió en un sueño tranquilo. Solo entonces, con las niñas durmiendo sobre un jergón de paja en un rincón, la curandera se dirigió a Esperanza.

 Las entidades que don Santiago invocó son antiguas y poderosas”, explicó Shitl avivando el fuego. “Existían mucho antes de que los españoles llegaran, mucho antes incluso de los aztecas. Los antiguos las conocían como las devoradoras de almas, seres que necesitan cuerpos mortales para manifestarse en nuestro mundo.” “¿Por qué niñas?”, preguntó Esperanza.

¿Por qué las hijas de los sepúlveda? La sangre es poder respondió Sochitl. La sangre del invocador ofrecida voluntariamente en la forma de sus descendientes directos crea un vínculo imposible de romper por medios ordinarios. Don Santiago ofreció a nueve de sus descendientes femeninas, porque las entidades son nueve hermanas, reflejo oscuro de las musas de la antigua Grecia.

 ¿Cómo podemos salvarlas? Preguntó Esperanza, mirando a las pequeñas que dormían. Las siete mayores ya parecen poseídas. Shochit la sintió gravemente. No están completamente perdidas, pero el tiempo es escaso. Con cada luna llena, la posesión se hace más fuerte. Si pasa un ciclo completo de nueve lunas, la transformación será irreversible.

 La próxima luna llena es en tres días, calculó Esperanza. Precisamente, confirmó Shitle. Y será cuando debamos actuar. Necesitaremos realizar un ritual de purificación en el mismo lugar donde el pacto original fue sellado. El sótano de la hacienda quedó sepultado. Recordó esperanza con desesperación. Shochitl sonrió enigmáticamente.

No, el sótano, el cenote subterráneo al que conducía el segundo túnel. Es ahí donde don Santiago realizó su pacto original y es ahí donde debemos romperlo. El amanecer trajo consigo una llovizna fina que envolvía la montaña en un manto de niebla. Esperanza observaba a las pequeñas luz y soledad, mientras Shochitel preparaba amuletos protectores para las tres.

 Estos las protegerán temporalmente de la influencia de las entidades, explicó la curandera, colocando pequeños saquitos de hierbas y piedras alrededor del cuello de cada una. Pero recuerda, no son infalibles. Eviten el contacto directo con lashermanas poseídas. El descenso de la montaña fue más rápido que el ascenso, pero no menos peligroso.

 La lluvia había convertido el terreno en un lodasal resbaladizo y en varias ocasiones Esperanza tuvo que cargar a ambas niñas para cruzar zonas particularmente difíciles. Cerca del mediodía llegaron al arroyo donde habían dejado a las siete hermanas mayores. Para sorpresa de esperanza, no había rastro de ellas. Han regresado al pueblo, adivinó Shchitl.

Están preparándose para el ritual. Necesitan reunir ciertos elementos. ¿Qué clase de elementos?, preguntó Esperanza con temor. La mirada de Shitle se oscureció. Sacrificios. Las entidades necesitan sangre para completar su manifestación. Tradicionalmente la sangre de nueve inocentes. Esperanza sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Debemos apresurarnos.

El camino de regreso a San Miguel Atlautla les tomó el resto del día. Cuando finalmente divisaron las luces del pueblo en la distancia, ya había anochecido. “Algo anda mal”, murmuró Shchitle, deteniéndose de repente. “El aire huele a muerte.” San Miguel Atlautla estaba sumido en un silencio antinatural cuando llegaron a sus primeras calles.

 No se veía un alma, pero las puertas abiertas de par en par y los objetos desperdigados por las calles sugerían que los habitantes habían huído precipitadamente. En la plaza principal encontraron el primer indicio de lo ocurrido, manchas de sangre que formaban un camino hacia la iglesia. Se han refugiado en terreno sagrado”, dedujo Shchitl.

 Es lo más sensato. Con extrema cautela se acercaron a la iglesia. El interior estaba iluminado por cientos de velas y los bancos habían sido apartados para dar cabida a decenas de personas que se apiñaban en el centro de la nave. El comisario Mendoza, escopeta en mano, montaba guardia en la entrada. Maestra Domínguez”, exclamó al verlas.

 “Gracias a Dios que está viva. Las hermanas se han vuelto locas. Han atacado a varias personas. Dos hombres han muerto ya. ¿Dónde están ahora?”, preguntó Esperanza temiendo la respuesta. “En las ruinas de la hacienda”, respondió el comisario. “fueron allí después del ataque inicial. Llevaban algo con ellas, sacos, como si transportaran algo pesado.

 Shitle intercambió una mirada significativa con esperanza. Los sacrificios para el ritual. Debemos darnos prisa, dejando a las pequeñas al cuidado de las mujeres del pueblo. Esperanza y Shachitl, acompañadas por el comisario y tres hombres armados, se dirigieron hacia las ruinas de las rosas negras. La luna llena iluminaba el paisaje con una claridad fantasmal.

 Desde la distancia podían ver que parte de los escombros de la hacienda habían sido removidos, revelando la entrada a los túneles subterráneos. El pasaje al cenote, murmuró Schitl. Lo han despejado. A medida que se acercaban, pudieron escuchar un cántico rítmico emergiendo de las profundidades. La voz era una mezcla perturbadora de las siete hermanas hablando al unísono.

Comisario, dijo Esperanza, usted y sus hombres quédense aquí. Lo que hay allá abajo no puede enfrentarse con armas. El hombre asintió claramente aliviado de no tener que descender. Esperanza y Shochitle. intercambiaron una última mirada antes de adentrarse en el pasaje recién descubierto.

 El túnel descendía en espiral cada vez más profundo. Las paredes estaban decoradas con símbolos antiguos que parecían brillar con luz propia. El cántico se hacía más fuerte a medida que avanzaban. Finalmente, el pasaje se abrió a una enorme cámara natural. El cenote subterráneo. Era una caverna circular. con un lago en su centro, cuyas aguas negras reflejaban la luz de cientos de velas dispuestas en círculo.

 En el centro del lago, sobre una pequeña isla de piedra, estaban las siete hermanas formando un círculo alrededor de lo que parecían ser siete cuerpos inmóviles. “Los sacrificios,” susurró Shochitl, “aún podemos detenerlas.” La curandera extrajo de su bolsa diversos elementos, hierbas, sal, pequeñas estatuillas de barro. Con movimientos precisos, comenzó a disponerlos en patrones específicos mientras murmuraba en una lengua antigua.

 Las hermanas, absortas en su ritual, no habían notado su presencia. Sus voces se elevaban cada vez más y el agua del cenote comenzaba a agitarse como si algo se moviera bajo su superficie. Ahora, maestra”, indicó Shitle entregándole una pequeña daga de obsidiana. “Necesitamos sangre voluntaria para contrarrestar el pacto. Sangre ofrecida por amor, no por poder.

” Esperanza tomó la daga y sin dudar hizo un corte en su palma. La sangre goteó sobre los símbolos que Sochit le había dispuesto, que comenzaron a brillar con intensidad. Por estas niñas inocentes, por su futuro declaró esperanza con voz firme. Ofrezco mi sangre libremente para romper las cadenas que las atan.

 Un estallido de luz surgió de los símbolos, iluminando toda la caverna. Las hermanas interrumpieron su cántico, volviéndosehacia ellas, con rostros contraídos por la ira sobrenatural. Intrusas, gritaron al unísono, pero ya no eran sus voces. El pacto no puede romperse. El pacto fue corrompido, respondió Shochitl, avanzando hacia ellas sin temor.

 Santiago Sepúlveda ofreció lo que no le pertenecía. Estas niñas no son suyas para entregar. Las hermanas se movieron hacia ellas con gestos antinaturales, como marionetas con los hilos enredados. Sus ojos, completamente negros ahora reflejaban un odio ancestral. La sangre de Sepúlveda es nuestra, gritaron. Nueve generaciones lo prometieron.

La promesa de un loco no ata a las inocentes declaró Shchitlle, completando un círculo de salas. Por la sangre libremente dada, por el amor que supera al miedo, las liberamos. Un viento surgido de ninguna parte apagó todas las velas. Por un instante, la oscuridad fue absoluta. Luego, un resplandor emergió del agua del cenote, iluminando la caverna con una luz azulada.

 Las hermanas gritaron al unísono un sonido desgarrador que no parecía humano. Sus cuerpos se convulsionaron mientras algo parecía ser arrancado de ellos. Sombras que se retorcían en el aire antes de ser arrastradas hacia las profundidades del agua. Uno a uno, los cuerpos de las hermanas cayeron inconscientes. El último en caer fue el de Sofía, quien antes de desplomarse miró directamente a Esperanza con ojos nuevamente humanos.

“Gracias”, susurró antes de que la oscuridad la reclamara. El agua del cenote hirvió violentamente durante unos segundos, como si una batalla se librara en sus profundidades. Luego, gradualmente volvió a la calma. El aire, antes denso y opresivo, se tornó ligero, irrespirable. Se ha terminado”, declaró Sochilidl arrodillándose junto a las hermanas inconscientes.

 “Las entidades han sido devueltas a su prisión y el pacto de los sepúlveda ha sido roto definitivamente. Los sacrificios resultaron ser sacos rellenos de ropa y paja, un engaño de las entidades que no habían tenido tiempo de procurarse víctimas reales. Las hermanas, aunque débiles, estaban vivas y libres de la influencia maligna. Mientras el comisario y sus hombres ayudaban a transportar a las jóvenes de regreso al pueblo, Esperanza se quedó un momento a solas con Shochitl junto al cenote.

 ¿Realmente ha terminado?, preguntó observando las aguas nuevamente tranquilas. Esta batalla sí, respondió la curandera, pero las entidades son pacientes. Esperarán siglos, si es necesario, buscando otra puerta, otra familia ambiciosa. Y las niñas estarán bien. Shochitl sonríó, su rostro suavizándose. El tiempo sana muchas heridas, maestra.

 Con amor y cuidado florecerán como deben. Ya no son las hijas malditas de don Leandro, sino simplemente nueve niñas con toda una vida por delante. Cuando emergieron de los túneles, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de rosa y oro. Las nueve hermanas sepúlveda, reunidas nuevamente, miraban el nuevo día con ojos limpios de sombras.

 La maldición de las hijas de don Leandro había terminado. Y aunque los habitantes de San Miguel Atlautla hablarían durante generaciones sobre los extraños eventos de aquellos días, con el tiempo la historia se convertiría en leyenda y la leyenda en un cuento para asustar a los niños en las noches oscuras. Pero Esperanza Domínguez, la maestra que se atrevió a desafiar a un demonio por nueve almas inocentes, sabría siempre la verdad.

 Y cada vez que viera a las hermanas reír, estudiar, crecer y eventualmente formar sus propias familias, recordaría que algunas batallas, por terribles que sean, merecen ser libradas hasta el final. Y hasta aquí llegamos con esta historia de terror psicológico que nos transporta al México de los años 50, donde las tradiciones, la superstición y los pactos demoníacos se entrelazan en una narrativa perturbadora.

 ¿Qué les pareció el destino de las nueve hermanas? ¿Stieron angustia, alivio? O quizás un escalofrío al pensar en qué otras familias podrían estar ocultando horrores similares. Me encantaría que compartieran sus impresiones en los comentarios. Si conocen a alguien que disfruta de las historias de terror psicológico con tintes culturales latinoamericanos, no duden en compartir este video con ellos.

 Seguro apreciarán esta historia de maldiciones familiares y valentía femenina. Y por supuesto, si quieren seguir escuchando más relatos como este, no olviden suscribirse y dejar su like para que podamos seguir trayéndoles historias que les pongan los pelos de punta. M.