(Nuevo León, 1979) El HORRIBLE SECRETO que nadie quiso contar sobre el sacerdote del pueblo 

El polvo rojo de San Miguel de Las Palmas se aferraba a la piel, una mortaja invisible que cubría cada rincón del pueblo en el corazón de Nuevo León en el año de 1979. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse estancado bajo un sol implacable, donde las tradiciones eran tan férreas como las raíces de los viejos mezquites y donde los secretos, como la maleza venenosa, crecían en silencio, asfixiando la verdad bajo su sombra espesa.

Pero hubo un secreto, uno tan oscuro y desgarrador, que ni la tierra árida quiso tragarlo por completo. Un secreto que todos conocían, pero del que nadie jamás se atrevió a pronunciar una sola palabra. Verónica bajó del autobús con el corazón encogido. El bao del escape la envolvía en una despedida agridulce.

30 años, un mundo de distancia y una promesa rota la habían traído de vuelta a la casa de su abuela, Simena, quien había fallecido hacía apenas una semana. El aroma a incienso rancio y acera de vela, una mezcla que siempre asociaría con la muerte y el luto, impregnaba el aire.

 La casa, antes un santuario de risas y reproches cariñosos, ahora era un sepulcro silencioso, vigilada por las miradas esquivas de los vecinos. Mientras recorría los pasillos polvorientos, cada objeto parecía susurrar una historia. El crucifijo de madera oscura sobre la chimenea, el rosario desgastado sobre la cómoda y la figura de la Virgen de Guadalupe con los ojos llorosos.

 Todos eran mudos testigos de una vida de devoción. Pero había algo más, una tensión apenas perceptible en el ambiente, como si las paredes mismas contuvieran el aliento, esperando que Verónica descubriera lo que yacía oculto. Los primeros días fueron un torbellino de trámites y pésames, de manos que se apretaban con demasiada fuerza y miradas que se desviaban.

La gente del pueblo, aunque amable en la superficie, siempre guardaba una distancia cautelosa. Había una reverencia casi supersticiosa por la figura del sacerdote, el padre Isaías, un hombre de 70 años con una mirada penetrante y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Todos lo veneraban, lo idolatraban como si su presencia mantuviera a raya alguna fuerza maligna.

Pero Verónica, con su sensibilidad de forastera, sentía que en esa devoción había algo forzado, un miedo subyacente que nadie quería nombrar. Una tarde, mientras revisaba los viejos baúles de su abuela en el desván, un rincón olvidado y cubierto por una capa de polvo de décadas, Verónica encontró una pequeña caja de madera de ébano oculta bajo una pila de manteles bordados.

Al abrirla, el tiempo pareció detenerse. Dentro, entre mechones de cabello trenzado y flores secas, halló una carta amarillenta, sin fecha ni firma, y un medallón plateado con una inscripción descolorida, Yolanda. Su corazón dio un vuelco. Nadie en su familia, que ella recordara se llamaba Yolanda. ¿Quién era esa mujer y por qué su existencia había sido borrada de la memoria de su abuela? La primera pieza de un rompecabezas olvidado había emergido de las sombras.

La carta, escrita en una caligrafía elegante, pero apresurada hablaba de un amor prohibido, de encuentros clandestinos bajo la luna y de un miedo constante a ser descubiertos. Las palabras se desvanecían en algunos puntos, pero la pasión y la desesperación de quien la había escrito eran palpables. Se mencionaba un nombre apenas legible.

padre y podría ser el padre Isaías. La idea era una blasfemia, un pensamiento que la sociedad conservadora del pueblo consideraría un sacrilegio imperdonable. Sin embargo, la persistente sensación de incomodidad que el sacerdote le producía a Verónica, una sensación de algo que no encajaba con su fachada de hombre santo, no le permitía descartar la posibilidad.

Decidida a desentrañar el misterio, Verónica comenzó a investigar sutilmente al principio, luego con una determinación que rayaba en la obsesión. Visitó a los viejos del pueblo bajo la excusa de preguntar por la historia familiar por anécdotas de su abuela. Sus preguntas sobre la juventud de Simena a menudo se topan con un muro de silencio cuando el nombre de Yolanda o cualquier cosa que rozara el pasado distante surgía.

Las miradas se volvían opacas, las sonrisas se borraban y las conversaciones se desviaban abruptamente. La abuela Aida, una mujer anciana con ojos que habían visto demasiado, solo murmuró una vez, casi inaudiblemente, “Cuando la devoción se confunde con el pecado, el pueblo prefiere el silencio a la verdad.” Verónica recordó entonces las historias que su abuela Simena contaba en su lecho de muerte, delirios febriles que ella había desestimado como meras fantasías.

Había hablado de una sombra, de un pacto, de un sacrificio. En su momento no tuvieron sentido, pero ahora, bajo la luz de sus descubrimientos, adquirían un matiz siniestro. Una noche, incapaz de dormir, Verónica decidió explorar la casa con una linterna. Guiada por una intuición, se dirigió ala habitación de su abuela, la misma que había permanecido cerrada desde la muerte de Simena.

El aire allí era pesado, cargado de memorias. Detrás de un cuadro de la última cena encontró un compartimento secreto, una pequeña cavidad en la pared que apenas se distinguía. Dentro había un diario encuadernado en cuero, las páginas crujiendo con la edad y una fotografía en blanco y negro. La foto mostraba a una joven de belleza etérea, con cabellos oscuros y ojos profundos que reflejaban una melancolía trágica.

En la parte posterior, con la misma caligrafía de la carta estaba escrito Yolanda. Su rostro era inquietantemente familiar, como un eco lejano de su propio reflejo. Pero lo más impactante no era Yolanda, sino el hombre a su lado, borroso por el tiempo, pero inconfundible. Un joven padre Isaías, con una sonrisa aún más enigmática que la de ahora, su brazo apenas tocando la cintura de Yolanda, un gesto demasiado íntimo para un hombre de Dios.

El infierno dulce de su prohibición se materializaba en esa imagen. El diario de su abuela Simena era una crónica de dolor y de un amor secreto. Contaba la historia de Yolanda, su mejor amiga, una mujer joven y vibrante que había sucumbido a los encantos del padre Isaías, el joven y carismático sacerdote recién llegado al pueblo en los años 50.

Era un romance clandestino, apasionado y peligroso, que se desarrollaba bajo la nariz de una comunidad que idolatraba a su párroco. Simena, dividida entre su lealtad a su amiga y su fe, había sido la confidente silenciosa, la portadora de mensajes, la guardiana de un amor que desafiaba todas las reglas divinas y humanas.

Pero había más. El diario se tornaba oscuro, mencionando un embarazo, una desesperación y luego una desaparición. Yolanda había desvanecido de la faz de la tierra sin dejar rastro, como si la tierra misma la hubiera reclamado. El diario terminaba abruptamente en una fecha de 1952 con una última entrada apenas legible, el niño lo llevaron.

Él sabe la blasfemia de la situación, el engaño, la traición, todo se desplegó ante los ojos de Verónica. La historia no era solo de un romance prohibido, sino de una vida truncada y de un destino robado. El secreto que el pueblo había sepultado durante décadas no era solo un amor pecaminoso, sino algo mucho más horrendo, algo que implicaba un nacimiento y una desaparición forzada.

Verónica sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fresca brisa nocturna. El padre Isaías no era un hombre santo, era un novo vestido de cordero. Y su abuela Simena había sido testigo de todo y cómplice de su silencio. La verdad era mucho más perturbadora de lo que jamás hubiera imaginado. Verónica sentía el peso del diario como una losa.

 Las palabras de Simena eran un grito ahogado desde el pasado. El niño lo llevaron. Él sabe. Esta frase resonaba en su mente con una intensidad perturbadora. ¿A quién se refería su abuela con él? La respuesta, aunque aterradora, era evidente. El padre Isaías. La sospecha de un hijo oculto, un descendiente del sacerdote y de Yolanda, cambió la naturaleza de su búsqueda.

Ya no era solo una historia de un amor trágico, sino de un posible infante desaparecido, de una vida borrada para proteger la reputación de un hombre y la supuesta moralidad de un pueblo. El infierno dulce se había convertido en una pesadilla amarga. Decidida a encontrar respuestas más allá de las páginas amarillentas, Verónica intensificó sus preguntas.

Se acercó a la señora Soraida, la sacristana de la Iglesia, una mujer de 80 y tantos años que había servido al padre Isaías desde que era joven. Su lealtad era inquebrantable, pero Verónica detectó en sus ojos un atisbo de tristeza, una sombra de algo no resuelto. Verónica le mostró la fotografía de Yolanda. Los ojos de Soraida se abrieron ligeramente, una ráfaga de sorpresa antes de cerrarse casi de inmediato, como si quisiera borrar la imagen de su mente.

“No sé quién es”, dijo con voz temblorosa, apartando la mirada. Pero el temblor en sus manos, la forma en que su voz se quebró al final de la frase, delató su mentira. El silencio de Soraida era más elocuente que cualquier confesión. Por las noches, los sueños de Verónica se poblaban de imágenes difusas, un bebé llorando, una mujer gritando en la oscuridad, la silueta imponente de un sacerdote.

Las calles del pueblo, iluminadas por la luna, parecían susurrar los nombres de Yolanda e Isaías. Sentía la presencia de Yolanda en cada rincón, una presencia fantasmal que clamaba justicia. Un día, mientras revisaba la biblioteca de la parroquia en busca de registros históricos, una excusa para estar cerca del sacerdote, Verónica notó que el padre Isaías la observaba con una fijeza inusual.

Su mirada no era de un pastor preocupado por una oveja descarriada, sino la de un depredador que vigila a su presa. La sonrisa de él, antes solo enigmática, ahora le parecía una mueca gélida.entendió que él sabía que ella sabía. La confrontación era inevitable. Verónica no podía seguir viviendo con la carga de esa verdad a medias.

Necesitaba que alguien más, aparte del diario, confirmara lo que su corazón ya sabía. recordó las palabras de su abuela Aida sobre la devoción y el pecado. Se dirigió a su casa al día siguiente con la foto de Yolanda y el medallón en la mano. Abuela Aida la recibió con la misma mirada, sabia y cansada. Verónica fue directa, sin rodeos.

¿Qué le pasó a Yolanda, abuela a dónde está su hijo? Le entregó la foto y el medallón. Los ojos de Aida se llenaron de lágrimas que no derramó. Un profundo suspiro escapó de sus labios agrietados. El silencio en la pequeña sala era ensordecedor, roto solo por el tac de un viejo reloj de pared.

 Aía tomó la foto con manos temblorosas. Yolanda, pobre Yolanda. Fue el pecado más grande de este pueblo, Mija, un pecado cubierto por la fe. Comenzó a hablar su voz un murmullo frágil que, sin embargo, resonaba con la autoridad de quien ha cargado un secreto por una vida entera. Contó como Yolanda e Isaías se enamoraron locamente, un amor prohibido, pero tan puro en su inicio como cualquier otro.

Como los encuentros secretos se volvieron más atrevidos, como Yolanda quedó embarazada, como la noticia de su estado corrió como pólvora en el pueblo, no solo como chisme, sino como una amenaza para la reputación intachable del joven sacerdote. La presión sobre Isaías fue inmensa. Su carrera, su vocación, su vida en el sacerdocio pendían de un hilo.

 El arzobispado amenazó con su expulsión. Y el pueblo, ciego en su devoción se negó a creer la verdad. Preferían creer que Yolanda, una joven huérfana y de cuna humilde, era una seductora, una que intentaba manchar el buen nombre del hombre de Dios. Lo que Aida reveló a continuación fue un golpe al alma de Verónica.

Después de que Yolanda diera a luz en secreto, con la ayuda de unas cuantas mujeres del pueblo que fueron forzadas a guardar silencio, el bebé fue arrebatado de sus brazos. El padre Isaías, con la conhiencia de los líderes del pueblo y bajo la justificación de salvar la moral y el alma de la joven, decidió el destino del niño.

 Yolanda fue internada en un convento lejano, uno de esos lugares donde las mujeres caídas eran enviadas a expiar sus pecados. Nunca más se le vio en San Miguel. Algunos decían que murió de pena, otros que enloqueció, pero lo cierto era que había desaparecido por completo, borrada de la historia del pueblo. Y el niño, preguntó Verónica con la voz apenas un susurro.

Ahí es donde el secreto se torna aún más oscuro dijo Aida con los ojos fijos en la nada. El niño no fue dado en adopción. Fue entregado a una familia de la región, una familia leal al sacerdote, para que lo criara como si fuera suyo, bajo la estricta condición de que la verdad jamás saliera a la luz. La historia oficial fue que Yolanda había abandonado a su hijo y huido.

Entonces Yolanda no fue la que decían. Fue una víctima”, dijo Verónica con la ira burbujeando en su pecho. Aía asintió tristemente. Lo fue. Y yo y tu abuela Simena fuimos cómplices de su silencio. Pero el niño, él es el verdadero secreto. Él creció aquí en este mismo pueblo, sin saber la verdad de su origen, sin conocer a su verdadera madre.

Un hijo del sacerdote, un niño nacido de un amor prohibido, viviendo entre nosotros, su existencia una blasfemia silenciosa para el padre Isaías y para todo aquel que estuvo involucrado. La identidad del niño había sido el pacto más oscuro del pueblo, una promesa de silencio que había durado décadas. Pero, ¿quién era ese niño? Verónica sintió una opresión en el pecho, una punzada de algo que no podía nombrar.

¿Quién era ese hombre o mujer que había vivido toda su vida en la mentira? Abuela Aida la miró con una expresión de profunda pena, casi de disculpa. Las lágrimas finalmente brotaron de sus viejos ojos. Verónica, hay una razón por la que tu abuela Simena guardó el diario, por la que guardó ese medallón. Hay una razón por la que te negabas a creer la versión oficial.

 Ese niño, ese niño era el hermano de tu madre. El hijo de Yolanda y del padre Isaías, tu tío, fue criado bajo otro nombre en otra familia. Tu propia familia. El aire se volvió denso, irrespirable. La revelación fue un puñal helado que le atravesó el corazón. No solo su abuela había sido cómplice, no solo el sacerdote había cometido un pecado tan profundo, sino que ese secreto gótico y rural estaba entrelazado con su propio linaje.

El horrible secreto del sacerdote no era una historia ajena, sino una parte silenciada y dolorosa de su propia historia familiar. Las implicaciones eran abrumadoras. La persona a la que Verónica había venerado como su abuelo, el hombre bondadoso que la había cargado en sus rodillas, no era su abuelo biológico, sino el hombre que había encubierto la verdad.

Su propia madre había crecido con un hermano que no era hermano, un hijo de un sacerdote. Todo lo que creía saber sobre su familia se desmoronaba en ese instante. Pero abuela Aida no había terminado. Su voz, aunque más baja, portaba ahora una carga aún mayor. Y Yolanda, tu tía abuela, Verónica, ella no fue la única que sufrió el peso del padre Isaías.

Había más, siempre hubo más. Porque la oscuridad, una vez que raíces, nunca se conforma con una sola víctima. Este pueblo, Verónica, ha sido testigo de otros silencios, de otras verdades enterradas bajo la apariencia de santidad. El caso de Yolanda fue solo la punta de un is de horrores que solo el padre Isaías conocía en su totalidad.

Había otras familias, otros secretos, otras almas marcadas por el hombre de Dios. Y el verdadero alcance de la depravación del sacerdote y la complicidad del pueblo apenas comenzaba a revelarse ante ella. Las palabras de abuela Aí resonaban en el pecho de Verónica como un tambor de guerra. Había más. Siempre hubo más.

Esa frase, simple cargada de un terror inmenso, la dejó sin aliento. El caso de Yolanda no era un incidente aislado, sino parte de un patrón, una larga sombra que el padre Isaías había proyectado sobre San Miguel de Las Palmas durante décadas. “Más que, preguntó Verónica, su voz apenas audible.

 ¿Qué otros horrores habían sido silenciados?” Aía cerró los ojos como si el esfuerzo de recordar fuera demasiado. Los hilos de este tapiz oscuro son muchos, mi hija. Jóvenes que desaparecieron sin explicación, herencias que cambiaron de manos de manera inexplicable, confesiones que se convirtieron en herramientas de control. El padre Isaías, con el poder que le otorgaba su cargo y la devoción ciega del pueblo, había tejido una red de influencias y de miedo.

 Era el confesor, el consejero, el guardián de las almas y también el guardián de los secretos ajenos que usaba a su favor. Su poder se había vuelto absoluto, implacable. Su iglesia, su confesionario, un trono de sombras donde se dictaban destinos. Verónica recordó las miradas esquivas, los murmullos acallados, la reverencia forzada de los habitantes del pueblo.

No era solo respeto, era terror. Un terror arraigado que el padre Isaías había cultivado durante años. La maleza venenosa de su influencia había cubierto cada hogar, cada familia. La noche que siguió a la conversación con abuela Aida fue de insomnio y revelaciones. Verónica repasó cada interacción que había tenido con el padre Isaías.

Su mirada penetrante, la forma en que sus ojos parecían ver a través de ella, su sonrisa que nunca llegaba a los ojos, todo encajaba. El hombre que predicaba el perdón y la redención era en realidad un titiritero de almas, un arquitecto de destinos truncados. El secreto del hijo de Yolanda era solo un eslabón en una cadena de abusos y manipulación que abarcaba la vida de incontables personas en el pueblo.

 La ira, el dolor y una sed implacable de justicia se apoderaron de Verónica. No podía permitir que la verdad siguiera sepultada. A la mañana siguiente, Verónica caminó hacia la parroquia. El sol caía a plomo sobre el pueblo, pero ella no sentía el calor. Su corazón latía con la fuerza de un río desbordado. La iglesia, con sus pesadas puertas de madera y su torre campanario apuntando al cielo, parecía más imponente que nunca un monumento a la hipocresía.

encontró al padre Isaías en su oficina, un pequeño despacho junto a la sacristía, rodeado de libros antiguos y de un aroma acera y a incienso que ahora le parecía asfixiante. El sacerdote la recibió con su habitual cortesía, su mirada vieja y sabia escrutándola. “Mi niña, ¿qué te trae por aquí tan temprano?” La voz era suave, tranquilizadora, pero Verónica percibió la serpiente silvante bajo el tono meliflo.

Verónica no perdió el tiempo en rodeos. Colocó la fotografía de Yolanda, el medallón y el diario de su abuela sobre el escritorio del sacerdote. Su voz, aunque temblorosa al principio, se fue fortaleciendo con cada palabra. Sé la verdad, padre. Sé lo de Yolanda. Celo de su hijo, celo de mi tío. Los ojos del padre Isaías se entrecerraron.

La sonrisa de su rostro se desvaneció, reemplazada por una expresión gélida. Un sudor frío perló su frente. Se recostó en su silla, observando los objetos sobre su escritorio, su rostro una máscara impenetrable. Él no negó nada. Su silencio fue una confesión más potente que cualquier palabra. Por un largo minuto solo se escuchó el chirrido de la silla y el palpitar furioso del corazón de Verónica.

Un suspiro profundo escapó de los labios del padre Isaías. Niña tonta, ¿crees saberlo todo? ¿Crees entender la complejidad de este mundo, de la fe, de los sacrificios necesarios para mantener el orden? Su voz se había vuelto baja, grave, casi un ciseo. La inocencia era un lujo que no podíamos permitirnos. La reputación del sacerdocio, la fe deeste pueblo, valían más que la vida de una muchacha perdida y un hijo de la vergüenza.

¿Y las demás? Padre, preguntó Verónica con una punzada de náuseas. Las otras víctimas de su orden, las otras vidas que destrozó para mantener su poder. Los ojos del padre Isaías se clavaron en ella, una mirada dura y penetrante, desprovista de cualquier atisbo de humanidad. Esas son cosas del pasado, niña. Secretos que deben permanecer enterrados.

Algunas verdades son demasiado pesadas para la luz del día. Este pueblo necesita su fe, su guía. Sin mío se desmoronaría. La tensión en la habitación era palpable, asfixiante. Verónica sintió el peso de la historia, la complicidad del pueblo, la maleza venenosa de los secretos que se había extendido por generaciones.

La confrontación con el sacerdote había confirmado sus peores temores, pero también le había revelado la magnitud de la oscuridad. La batalla no era solo contra un hombre, sino contra la ceguera de un pueblo entero, contra una cultura de silencio que había permitido que tales horrores prosperaran. El horrible secreto que nadie quiso contar no era solo el amor prohibido de Yolanda, ni el hijo robado, ni las otras víctimas.

Era el propio pueblo, su devoción a un hombre corrompido, su disposición a enterrar la verdad en el nombre de una fe malentendida. Verónica estaba sola contra un sistema, contra décadas de engaño. Su vida en San Miguel de Las Palmas y quizás su propia vida nunca volvería a ser la misma. El verdadero desafío apenas comenzaba.

Verónica salió de la parroquia tambaleándose como si el mismo edificio la hubiera escupido. El sol de mediodía de Nuevo León, antes indiferente, ahora le parecía abrasador, como el fuego purificador que el padre Isaías había invocado tantas veces desde el púlpito, pero que él mismo había evitado. La conversación había sido menos una confrontación y más una revelación del abismo sin fondo de la oscuridad humana.

El sacerdote, un novo vestido de cordero, había confirmado todo sin decir una palabra de remordimiento, justificando sus acciones con una lógica torcida de fe y orden. El silencio del pueblo ahora le parecía más ominoso que nunca. Cada mirada, cada murmullo, cada sombra le recordaba que ella era la intrusa, la que había osado perturbar la paz podrida de San Miguel.

Había desenterrado el secreto, pero al hacerlo se había convertido en una amenaza. La abuela Aida la esperaba en la puerta de su casa con el rostro surcado por la preocupación. Te vi salir de la parroquia, mija. ¿Qué pasó? Su voz era un hilo frágil. Todo, todo es verdad, abuela Aida, dijo Verónica con los ojos llenos de lágrimas de frustración y de ira.

El padre Isaías lo admitió sin arrepentimiento. Él es un monstruo y este pueblo lo ha protegido. Nos ha protegido de la verdad durante medio siglo. Aida suspiró profundamente. Lo sé, mi hija, siempre lo supimos. Pero nadie tuvo el valor. El miedo es una cadena pesada. Pero yo sí, abuela. Yo sí tengo el valor. No puedo irme de aquí dejando esta verdad enterrada de nuevo.

 No puedo dejar que Yolanda y todas las demás víctimas sigan siendo fantasmas sin justicia. Mi abuela Simena me dejó este diario, esta historia por una razón, para que yo la terminara. Aida la tomó de las manos. Sus viejos dedos temblaban. Ten cuidado, mija. La verdad es un fuego, pero también puede quemar a quien lo enciende.

El padre Isaías tiene mucho poder, más del que imaginas. Verónica pasó los siguientes días en un estado de febril actividad. No podía dormir, apenas comía. revisó cada registro en el desbán, cada documento que su abuela Simena había guardado. Buscó nombres, fechas, conexiones. El padre Isaías había manipulado matrimonios, propiedades, herencias.

Había sembrado la discordia entre familias y luego se había ofrecido como el único mediador, el único camino a la paz, consolidando su poder y su influencia. descubrió que el niño de Yolanda, su tío, había sido entregado a la familia de su bisabuelo, un hombre devoto y respetado en el pueblo, quien había accedido a la petición del sacerdote por su propia y ciega fe.

El niño, un varón, había crecido como un hijo más de la familia, pero siempre con una sombra de melancolía y una sensación de no pertenencia. Él había muerto en un accidente inexplicable hacía tan solo 5 años. llevándose consigo la duda de su verdadero origen, pero nunca la certeza. Su existencia era la prueba más dolorosa de la crueldad del padre Isaías.

Verónica también encontró indicios de otros casos. Una joven que había desaparecido en los años 60 después de confesar un embarazo fuera del matrimonio, un hombre que había perdido todas sus tierras después de oponerse a una de las decisiones del padre Isaías. La repentina riqueza de ciertos feligres que siempre le fueron leales en contraste con la pobreza de otros.

La maleza venenosa del sacerdote se había extendido por todo el entramadosocial de San Miguel de Las Palmas. La noche antes de tomar una decisión trascendental, Verónica se sentó en el jardín trasero de su abuela. Las estrellas brillaban con una intensidad deslumbrante en el cielo de Nuevo León, indiferentes a los dramas humanos.

Sentía la presencia de su abuela Simena, de Yolanda, de todas las almas silenciadas por la implacable mano del sacerdote. Sabía que no podía quedarse en San Miguel de Las Palmas y luchar sola contra el padre Isaías y contra un pueblo entero que había elegido la comodidad de la mentira. Necesitaba pruebas irrefutables y necesitaba sacarlas del pueblo.

Necesitaba voces valientes que hablaran. Decidió que se iría de San Miguel de Las Palmas, pero no para huir, sino para buscar justicia. llevaría consigo el diario de su abuela, las cartas de Yolanda, la fotografía, el medallón y todas las notas que había recopilado. Buscaría periodistas, abogados, autoridades eclesiásticas, cualquier persona dispuesta a escuchar una historia tan monstruosa, tan arraigada en el corazón de un pueblo supuestamente piadoso.

Pero antes de irse había una última cosa que debía hacer, una cosa que la abuela Aida le había dicho que sería la única forma de que la verdad empezara a respirar. Al amanecer, Verónica se dirigió al cementerio del pueblo. Buscó entre las viejas lápidas hasta encontrar una que apenas se distinguía, cubierta por la maleza y el olvido.

La lápida de su tía abuela Yolanda, la cual había sido colocada en secreto muchos años después de su supuesta muerte, como un gesto de contrición por parte de su abuela Simena. Con sus propias manos, Verónica comenzó a limpiar la maleza que cubría la tumba. Desenterró el nombre, las fechas, Yolanda Rodríguez, 1935-1953.

Una vida truncada, apenas 20 años. Colocó el medallón plateado sobre la lápida, un tributo silencioso, una promesa de que su nombre no sería olvidado. Mientras se ponía de pie, sintió un viento helado. A pesar del calor del desierto. Se giró y vio al padre Isaías de pie a la distancia, observándola desde la entrada del cementerio.

Su silueta era alta y sombría contra el sol naciente, una figura gótica que parecía encarnar el mal. Su rostro era ilegible, pero la fijeza de su mirada, la intensidad de su presencia le envió un escalofrío por la espalda. Era una advertencia silenciosa, una amenaza velada. Verónica le devolvió la mirada sin miedo.

 Esta vez había una convicción inquebrantable en sus ojos. Ya no era la forastera que había llegado, sino la portadora de una verdad implacable. El horrible secreto de San Miguel de Las Palmas, el infierno dulce que había consumido a tantas almas, finalmente saldría a la luz. La lucha sería larga y ardua, pero Verónica sabía que no estaba sola.

 Las voces de Yolanda, de su abuela Simena, de su tío y de todas las otras víctimas resonaban en su corazón. Y ella, Verónica, estaba lista para hacer su voz, para hacer la tempestad que desenterraría la maleza venenosa que había corroído el alma de un pueblo. El padre Isaías había subestimado el poder de una mujer armada con la verdad y el amanecer de una nueva era de justicia se cernía sobre San Miguel de Las Palmas.

El destino del pueblo y del sacerdote estaba sellado.