Jane Salazar siempre había vivido en silencio. No porque no tuviera voz, sino porque aprendió demasiado pronto que en el palacio de Arintia, las voces como la suya no eran escuchadas… solo utilizadas.

Cada día era igual.
Pasillos interminables. Suelos fríos. Miradas que la atravesaban como si no existiera.
Hasta que una noche… dejó de ser invisible.
El llamado llegó sin explicación.
Los aposentos del rey.
Jane sintió el estómago encogerse. Nadie era llamado ahí sin pagar un precio.
Cuando empujó la puerta, el aire cambió.
Pesado.
Cálido.
Peligroso.
Oscar Fitzgerald estaba de pie junto a la cama, como si hubiera estado esperándola desde siempre. Alto, inmóvil, con esa mirada que no observaba… devoraba.
—Llegas tarde —dijo, sin levantar la voz.
Jane bajó la mirada de inmediato.
—Lo siento, mi rey…
—No me gustan las disculpas —respondió él, avanzando lentamente—. Prefiero las decisiones.
El corazón de Jane empezó a latir con fuerza. Quiso retroceder… pero no pudo.
Había algo en él.
Algo que no era solo poder.
Era… atracción.
Peligrosa.
Inexplicable.
Cuando él se detuvo frente a ella, el mundo pareció encogerse.
—Quédate esta noche —susurró cerca de su oído.
No fue una orden.
Fue peor.
Fue una invitación imposible de rechazar.
Jane sabía lo que se decía.
Las mujeres que entraban ahí… no salían iguales.
Algunas no salían nunca.
—No soy como las demás… —logró decir, con la voz apenas firme.
Una sonrisa leve cruzó los labios de Oscar.
—Lo sé… por eso estás aquí.
El silencio cayó entre ellos.
Denso.
Vivo.
Y sin saber exactamente cuándo ni cómo… Jane dejó de resistirse.
La noche pasó lenta, cargada de tensión, de miradas que decían más que cualquier palabra. Él no la tocó como esperaba. No la rompió.
Solo… la observó.
Como si estuviera esperando algo.
Y en algún momento, agotada por sus propios pensamientos, Jane se quedó dormida… apoyada sobre el pecho de él.
Escuchando su corazón.
Fuerte.
Constante.
Real.
A la mañana siguiente, despertó sola.
Pero algo había cambiado.
Dentro de ella.
Y dentro de él.
Porque cuando volvió a verlo… ya no era solo el rey.
Era un hombre que la miraba como si ella significara algo.
Días después, durante el gran banquete del reino, todo terminó de romperse.
La sala estaba llena.
Risas.
Copas.
Mentiras.
Jane intentaba desaparecer entre la multitud… hasta que sintió su mirada.
Oscar.
Desde el trono.
Fijo en ella.
Como si nada más existiera.
Y entonces, sin apartar los ojos, habló:
—Jane… ven.
Toda la corte se quedó en silencio.
El aire se volvió pesado.
Ella sabía que ese momento lo cambiaría todo.
Pero aun así… caminó hacia él.
Paso a paso.
Sin darse cuenta de que estaba entrando directamente al centro de algo mucho más grande que deseo… mucho más peligroso que el poder.
Y justo cuando llegó a su lado…
las puertas del salón se abrieron con violencia.
Y la mujer que apareció…
hizo que el rostro del rey Alfa cambiara por primera vez.
—Cecilia… —dijo él, con una voz que ya no sonaba invencible.
Y Jane entendió en ese instante…
que no era el deseo lo que la había atrapado.
Era una guerra.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Cecilia avanzó sin prisa, como si cada paso le perteneciera. Su presencia no pedía permiso… lo imponía.
Sus ojos se clavaron primero en Oscar.
Después… en Jane.
Y en esa mirada, Jane sintió algo helado recorrerle la espalda.
No era odio.
Era conocimiento.
—Así que esta es ella… —murmuró Cecilia, con una leve sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Oscar dio un paso al frente.
—No la menciones.
Pero ya era tarde.
Cecilia ladeó la cabeza, observando a Jane como si la desarmara pieza por pieza.
—¿Sabes en qué te estás metiendo?
Jane no respondió.
No podía.
Porque en el fondo… no lo sabía.
Oscar tomó su mano.
No con fuerza.
Sino con firmeza.
—Quédate —dijo en voz baja.
Y esa vez… no fue una orden.
Fue una súplica.
Cecilia soltó una risa suave.
—Siempre haces lo mismo, hermano… eliges lo que no puedes proteger.
El aire cambió.
Algo invisible… pero real.
Jane lo sintió en la piel.
En la sangre.
—Dile la verdad —continuó Cecilia—. Dile qué pasa con las mujeres que “eliges”.
El corazón de Jane se detuvo.
Lentamente giró hacia Oscar.
—¿Qué quiere decir?
Por primera vez…
el rey Alfa dudó.
Y ese pequeño instante fue suficiente para romper la imagen que todos tenían de él.
—Yo… —empezó, pero no terminó.
Cecilia lo hizo por él.
—Su poder no es solo deseo —dijo—. Es vínculo. Es dominio. Cada mujer que toca… queda atada a él. Su voluntad… su esencia… todo.
Jane sintió que el suelo desaparecía.
—¿Y después?
Silencio.
Oscar cerró los ojos un segundo.
—Después… no sobreviven siendo las mismas.
No era muerte.
Era algo peor.
Pérdida.
De sí mismas.
Jane retrocedió.
—Entonces… ¿yo también…?
—No —respondió él con fuerza—. Contigo es diferente.
—Eso también lo dijiste antes —intervino Cecilia con frialdad.
Jane sintió el miedo subir por su garganta.
Pero también… otra cosa.
Algo que no podía ignorar.
—¿Por qué yo? —preguntó, casi en un susurro.
Oscar la miró como si esa fuera la única pregunta que importaba.
—Porque eres la única que no quiso nada de mí.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez…
no era vacío.
Era decisión.
Jane respiró profundo.
Su corazón seguía latiendo con fuerza.
Pero ya no por miedo.
—Entonces escúchame —dijo, dando un paso hacia él—. No voy a ser tuya… si eso significa perderme.
Oscar no se movió.
—Pero tampoco voy a huir —continuó ella—. Si hay algo entre nosotros… será porque yo lo elijo. No porque me reclames.
Cecilia observó en silencio.
Y por primera vez…
sonrió de verdad.
—Tal vez… —murmuró— esta sí es diferente.
Oscar soltó lentamente el aire.
Y en su mirada…
ya no había hambre.
Había respeto.
—Entonces quédate… —dijo— pero como igual.
Jane sostuvo su mirada.
Y asintió.
Porque entendió algo que nadie más había visto:
el verdadero peligro no era el poder del rey.
Era lo que despertaba dentro de ella.
Y esa noche…
no fue reclamada.
Fue elegida.
Por él.
Y por sí misma.
Y ahí… comenzó la verdadera historia.
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