La niña Jacki llevaba corriendo por el desierto tres días cuando Pancho Villa

la encontró. Sus manitas sangraban, los pies descalzos eran pura herida. Pero

los ojos, los ojos aún brillaban con esa llama de resistencia que Villa reconocía

en sus propios hombres. Era mediodía de septiembre de 1913.

El sol castigaba sin piedad el desierto de Sonora y esa criatura no debería

estar viva. Pero ahí estaba. Villa tiró de las riendas y se bajó del caballo

despacio como quien se acerca a un animal herido. La niña retrocedió,

tropezó con sus propias piernas temblorosas, pero no gritó, no lloró,

solo lo miró con una mezcla de desafío y desesperación que partió el corazón del

revolucionario. “Tranquila, chamaquita”, murmuró Villa quitándose la cantimplora

del cinto. “Aquí nadie te va a lastimar.” La niña no entendía español,

solo hablaba Jacki, pero entendía la sed que la mataba desde hacía horas. Y

cuando Villa le extendió el agua, sus pequeñas manos se aferraron a la cantimplora como si fuera la vida misma.

“Mi general”, gritó Rodolfo Fierro desde atrás. “¿Qué hacemos con la chamaca?”

Villa se volteó con esos ojos que habían visto demasiadas guerras, demasiada

sangre, demasiada injusticia, pero nunca había visto algo como esto. Una niña que

no llegaba a los 10 años huyendo por el desierto como si el mismísimo [ __ ] la

persiguiera. “La cuidamos”, respondió Villa con esa voz que no admitía réplica. “Y averiguamos quién la puso

así, porque algo le decía que esta historia apenas comenzaba. Villa había

salido esa mañana con 20 hombres en patrullaje de rutina por la frontera de Sonora. Los federales de Huerta andaban

moviéndose por la zona y los rumores hablaban de tropas gringas cruzando

desde Arizona. Era territorio peligroso, tierra de nadie donde cualquier cosa

podía pasar. Pero esto, esto no estaba en sus planes. La niña se llamaba Itsel.

Villa lo supo cuando llegaron al campamento y uno de sus hombres, que había vivido entre los jaquis tradujo

sus palabras entrecortadas. Entre soyosos y temblores. La pequeña contaba

una historia que helaba la sangre. Laice que se la llevaron de su ranchería hace

dos semanas, explicaba el traductor. Un viejo llamado Sebastián que tenía

cicatrices en los brazos. A ella y a otros niños. Los metieron en carretas y

los trajeron a un lugar con muchas casas. Villa se sentó en cuclillas frente a la niña, sus ojos café claro

fijos en los de ella. Había algo en esa mirada infantil que lo tranquilizaba y

lo enfurecía al mismo tiempo. ¿Quién se la llevó?, preguntó Villa. Sebastián

tradujo. La respuesta llegó en un susurro quebrado. Soldados federales con

un coronel que tenía bigotes blancos y una cicatriz en la cara. Villa sintió

que la sangre se le helaba. Conocía a ese hombre. Miguel Santa Cruz, coronel

federal destacado en Hermosillo, conocido por su crueldad y su ambición

desmedida, pero qué hacía robando niños. Pregúntale qué pasó después”, ordenó

Villa. La historia que siguió era peor de lo que imaginaba. Los niños habían

sido llevados a una hacienda abandonada cerca de Magdalena, donde los bañaron,

los vistieron con ropa limpia y los alimentaron bien por varios días, como

si los estuvieran preparando para algo. “¿Para qué?”, insistió Villa. “Para

venderlos.”, tradujo Sebastián, su voz quebrada. Dice que escuchó a los soldados hablar. Vendían a los niños a

asendados ricos como sirvientes. Los que estaban enfermos o se portaban mal,

Sebastián se detuvo. Tragó saliva. ¿Qué? Exigió Villa. Los echaban al desierto,

mi general, para que se murieran. Villa se puso de pie tan rápido que la niña se

echó para atrás asustada. El revolucionario caminó en círculos. Sus botas levantando polvareda, sus manos

apretadas en puños que temblaban de rabia contenida. Había visto muchas

cosas en esta revolución. Había matado hombres a sangre fría cuando era necesario. Había quemado haciendas y

ejecutado traidores. Pero esto, esto era diferente. Esto era vender la inocencia,

comerciar con el futuro mismo de México. ¿Cómo escapó?, preguntó cuando logró

controlarse. La respuesta fue simple y desgarradora. Había visto su oportunidad

cuando los guardias estaban borrachos y había corrido tres días y tres noches

por el desierto, bebiendo de charcos sucios, comiendo raíces, siguiendo las

estrellas como le había enseñado su abuelo. Una niña de 9 años, sola en el

infierno de Sonora, con más valor que la mitad de los hombres que Villa conocía.

Esa noche, mientras la niña dormía arropada con el sarape de villa, el

revolucionario no pudo cerrar los ojos. Se quedó mirando las estrellas, fumando

un cigarro tras otro, pensando en las palabras de Itsell. Al amanecer, tomó

una decisión que cambiaría todo. Cierro llamó a su lugar teniente. Busca a todos

los hombres que conocen la zona de Magdalena. Necesito mapas, contactos, todo lo que tengamos. Vamos tras Santa

Cruz, mi general. Vamos tras algo más grande”, respondió Villa, tirando la

colilla al suelo y aplastándola con el tacón. Vamos a desbaratar toda su

[ __ ] operación. Porque durante la madrugada, mientras velaba el sueño de

Itzel, Villa había entendido algo terrible. Si había una niña Jacki perdida en el desierto, había docenas

más en las manos de Santa Cruz. Y si no hacía algo pronto, todas terminarían

muertas o vendidas como animales. La investigación comenzó esa misma mañana.

Villa mandó exploradores a los pueblos cercanos. Sobornó informantes en las cantinas de Magdalena, habló con arrias

del desierto. Lo que encontró fue peor de lo que imaginaba. La operación de