La Horrible Historia de las Gemelas Armoa— Su Padre las Preparaba Para Reemplazar a su Esposa Muerta

En las áridas tierras de San Miguel de Allende, donde el polvo del camino se mezclaba con las leyendas olvidadas, se alzaba la hacienda de Los Armoa. Corría el año 1952 y México transitaba entre la tradición y la modernidad con pasos inseguros. La Hacienda, una construcción colonial de paredes gruesas y ventanas estrechas, permanecía aislada del progreso que comenzaba a respirarse en las ciudades grandes.

 Don Ernesto Armoa, un hacendado de origen español, había perdido a su esposa Magdalena durante el parto de sus hijas gemelas, Isabel y Amelia. Ese día, mientras la partera local intentaba detener la hemorragia que se llevaba la vida de Magdalena, el cielo se oscureció repentinamente y una tormenta azotó la región con una furia nunca antes vista.

Los pobladores interpretaron aquello como un mal presagio. Las niñas nacieron marcadas, murmuraban las viejas del pueblo, persignándose al pasar frente a los portones de hierro forjado que custodiaban la entrada a la hacienda. Nacieron con la muerte de su madre en la sangre. Las gemelas crecieron aisladas del mundo exterior.

 Don Ernesto contrató a una institutri, doña Dolores, una mujer severa, de rostro afilado y manos huesudas, quien se encargaba de la educación de las niñas con métodos anticuados y disciplina férrea. “La belleza de una mujer está en su obediencia”, repetía doña Dolores mientras cepillaba con fuerza el cabello negro de Isabel hasta hacerla llorar.

 Tu madre era hermosa porque obedecía a tu padre en todo. Las niñas, que acababan de cumplir 12 años, no conocían más mundo que los muros de la hacienda y los relatos distorsionados sobre su madre. En su habitación compartida, un retrato de Magdalena Armoa presidía sobre sus camas gemelas. El óleo pintado poco antes de su muerte mostraba a una mujer joven de ojos grandes y tristes, con una expresión de resignación que parecía seguir los movimientos de las gemelas por toda la habitación.

 Por las noches, cuando el viento soplaba entre los pasillos de la hacienda, produciendo sonidos similares a lamentos, Isabel despertaba sobresaltada, convencida de haber escuchado la voz de su madre, llamándola desde el fondo de un pozo que había en el patio trasero, sellado con una pesada tapa de madera y cadenas oxidadas.

 “Amelia, escuchas eso”, susurraba Isabel sacudiendo a su hermana. No debes hablar de esas cosas”, respondía Amelia, quien había adoptado la severidad de doña Dolores. “Papá dice que son ideas del demonio, pero aquella noche, la primera de muchas noches terribles, algo cambió en la rutina de la hacienda. Don Ernesto, quien generalmente cenaba solo en su despacho, convocó a las gemelas para compartir la mesa.

 Las niñas, vestidas con idénticos vestidos blancos que les llegaban hasta los tobillos, entraron al comedor principal por primera vez en años. La larga mesa de roble estaba dispuesta con la vajilla fina que había pertenecido a su madre. Tres lugares. Don Ernesto en la cabecera las observó con una intensidad perturbadora mientras tomaba su copa de vino tinto, tan oscuro que parecía sangre coagulada bajo la luz temblorosa de los candelabros.

 “Isabel, siéntate a mi derecha, Amelia, a mi izquierda”, ordenó con voz grave. Las niñas obedecieron, intercambiando miradas nerviosas. Sobre la mesa, junto al plato de Isabel había un pequeño paquete envuelto en papel de seda. “Ábrelo”, indicó don Ernesto. Con dedos temblorosos, Isabel desenvolvió el regalo.

 Era un anillo de oro con un pequeño rubí incrustado, idéntico al que lucía su madre en el retrato. Es hora de que aprendan lo que significa ser una verdadera mujer armoa”, dijo don Ernesto mientras su mirada se perdía en el rostro de Isabel. “Tu madre estaría orgullosa de verte usar su anillo.” Un escalofrío recorrió la columna de Isabel cuando su padre tomó su mano y deslizó el anillo en su dedo anular.

 En ese preciso momento, el viento arreció afuera y las puertas del comedor se cerraron de golpe, sumiendo la habitación en una oscuridad momentánea. Cuando las velas volvieron a iluminar la estancia, Isabel podría jurar que por un instante vio el reflejo de su madre en los ojos de su padre, mirándola con una mezcla de advertencia y desesperación.

La hacienda Armoa escondía secretos entre sus paredes centenarias, pasillos que terminaban abruptamente, puertas que se abrían a habitaciones nunca antes vistas y susurros que viajaban a través de los conductos de ventilación. Desde aquella cena con su padre, Isabel comenzó a notar cambios inquietantes en la rutina diaria.

 Doña Dolores ahora separaba a las gemelas durante las lecciones. Mientras Amelia continuaba con la educación convencional, bordado, piano y catecismo, Isabel recibía instrucciones diferentes. “Tu padre ha solicitado que aprendas las costumbres específicas de la señora de la casa”, explicó doña Dolores con un tono que denotaba cierta inquietud.

 “Comenzarás por aprender a preparar el té exactamente como lo hacíatu madre. La institutriz condujo a Isabel hasta un pequeño gabinete en la cocina, donde se guardaba un juego de té de porcelana fina con bordes dorados. Con movimientos precisos, doña Dolores le mostró cómo colocar exactamente tres hojas de té negro, una pizca de canela y dos gotas de un líquido ambarino que guardaba en un frasco sin etiqueta.

 Este era el secreto de tu madre para mantener joven la piel”, explicó la mujer evitando mirar directamente a los ojos de Isabel. “Lo preparaba cada tarde para tu padre.” Durante las semanas siguientes, Isabel aprendió a caminar como su madre, a sentarse como ella, a inclinar la cabeza del mismo modo cuando escuchaba a un hombre hablar.

 Cada noche, don Ernesto la examinaba durante la cena, corrigiendo su postura o la forma en que sostenía los cubiertos. No, no, tu madre jamás cortaría la carne de esa manera. Observa. Y con manos grandes y ásperas tomaba las pequeñas manos de Isabel para mostrarle el movimiento correcto, dejándolas ir con una lentitud perturbadora.

Mientras tanto, Amelia observaba estos cambios con una mezcla de resentimiento y temor. Las gemelas, que antes eran inseparables, ahora apenas se veían durante el día. Por las noches, en su habitación compartida, la tensión crecía entre ellas. ¿Qué te enseña, doña Dolores?, preguntó Amelia una noche mientras se cepillaba el cabello frente al espejo.

 “Cosas de la casa”, respondió Isabel vagamente, tocando el anillo que ahora llevaba constantemente. “Papá dice que debo aprender a ser la mujer de la hacienda, pero ambas somos sus hijas”, protestó Amelia, dejando el cepillo con un golpe seco sobre el tocador. “¿Por qué solo tú, Isabel? No tenía respuesta. ¿no? En las últimas semanas había comenzado a usar algunas prendas del armario de su madre, ajustadas por la costurera del pueblo para que le quedaran a su menudo cuerpo de niña.

 El perfume de jazmín que su madre solía usar ahora impregnaba su piel y su cabello estaba peinado exactamente como en el retrato. Una tarde, mientras practicaba la escritura de su madre copiando antiguas cartas de amor que Magdalena había escrito a don Ernesto, Isabel escuchó un llanto apagado proveniente del fondo del pasillo.

Siguiendo el sonido, llegó hasta una habitación que siempre había permanecido cerrada, el antiguo dormitorio de sus padres. La puerta estaba entreabierta. En el interior vio a su padre arrodillado frente a un altar improvisado. El retrato de su madre presidía el santuario rodeado de velas negras y flores marchitas.

 Don Ernesto sostenía entre sus manos un mechón de cabello negro y murmuraba palabras en un idioma que Isabel no reconocía. Retrocedió lentamente, pero su pie hizo crujir una tabla del suelo. Don Ernesto se giró. violentamente. Sus ojos, usualmente fríos y distantes, ahora brillaban con una intensidad febril. “Isabel”, dijo con voz ronca, “Entra.

” Temblando, la niña obedeció. La habitación olía a incienso y a algo más dulzón y putrefacto que no pudo identificar. “Tu madre nos dejó demasiado pronto”, continuó don Ernesto acariciando el rostro de Isabel. “pero encontré un camino para traerla de vuelta. Tú me ayudarás. Esa noche Isabel no pudo dormir.

 Desde la ventana de su habitación observó como su padre y doña Dolores sacaban algo pesado envuelto en sábanas desde el cobertizo hacia el pozo del patio trasero. La tapa de madera fue retirada y el bulto descendió lentamente hasta desaparecer en la oscuridad. Cuando volvió a su cama, notó que Amelia la observaba en silencio desde su lado de la habitación.

 “Vi lo que hizo, papá”, susurró Amelia. “No es la primera vez.” Isabel sintió que el anillo en su dedo se volvía inexplicablemente pesado, como si quisiera arrastrarla hacia las profundidades de aquel pozo. “Amelia, tengo miedo”, confesó. “Creo que papá quiere convertirme en mamá. No lo permitiré”, respondió Amelia tomando su mano.

 “Encontré algo en el despacho de papá. Un libro viejo con símbolos extraños. Creo que está practicando brujería.” En ese momento, ambas escucharon pasos acercándose a su habitación. La puerta se abrió lentamente, revelando la silueta de don Ernesto recortada contra la penumbra del pasillo. “Isabel, necesito que vengas conmigo”, dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

 “Es hora de tu verdadera iniciación.” La luna se alzaba sobre la hacienda Armoa, como un ojo sangriento que todo lo observaba. Era la primera luna roja del año, un fenómeno que los antiguos nauas consideraban propicio para comunicarse con los muertos. Don Ernesto condujo a Isabel por un pasillo oculto tras la biblioteca, descendiendo por escalones de piedra gastados hasta llegar a una cámara subterránea que la niña jamás había visto. El ambiente era sofocante.

Velas de cebo negro iluminaban tenuemente el espacio circular. En el centro un círculo había sido dibujado con lo que parecía ser tierra rojiza. Isabel reconoció con horror que era elmismo tipo de tierra arcillosa que se encontraba cerca del pozo. “Tu madre amaba las noches como esta”, comentó don Ernesto mientras encendía más velas alrededor del círculo.

 Decía que podía sentir como las almas vagaban libres entre los dos mundos. Isabel permaneció inmóvil, aferrándose al anillo que ahora parecía quemar en su dedo. Don Ernesto se acercó a una antigua cómoda de madera tallada y extrajo un vestido blanco de encaje amarillento. Este fue su vestido de novia, explicó con voz quebrada por la emoción.

 Lo he guardado todos estos años para este momento. Con gestos ceremoniales, don Ernesto extendió el vestido frente a Isabel. A pesar de los años transcurridos, la prenda desprendía un intenso aroma a ja mezclado con un olor más profundo y terroso, como de tumba recién abierta. “Póntelo”, ordenó papá. “No puedo”, susurró Isabel retrocediendo.

 “Es de mamá y está muerta.” El rostro de don Ernesto se transformó. La aparente calma dio paso a una furia contenida que distorsionó sus facciones. “Precisamente porque está muerta, debes hacerlo”, exclamó agarrando a Isabel por los hombros. “He encontrado el camino para traerla de vuelta, pero necesito un recipiente. Necesito tu cuerpo, Isabel.

” Tienes su rostro, sus ojos. Con el ritual adecuado, su alma encontrará el camino de regreso a través de ti. El terror paralizó a la niña mientras su padre la obligaba a quitarse el camisón y la vestía con la prenda nupsal. El vestido, diseñado para una mujer adulta colgaba grotescamente del pequeño cuerpo de Isabel.

 Don Ernesto comenzó a recitar palabras en una lengua antigua mientras trazaba símbolos en la frente de su hija con un líquido espeso y oscuro. La sangre llama a la sangre, murmuraba. El amor trasciende la muerte. Isabel sentía que su mente comenzaba a nublarse. El anillo en su dedo palpitaba con cada latido de su corazón y las velas parecían proyectar sombras que danzaban con voluntad propia.

 En uno de los rincones de la cámara creyó ver una figura femenina observándola con ojos vacíos y boca abierta en un grito silencioso. “Mamá!”, susurró extendiendo su mano hacia la aparición. La temperatura de la habitación descendió bruscamente. Don Ernesto, sumido en su trance ritual, no pareció notarlo mientras continuaba dibujando símbolos en el suelo alrededor de Isabel.

 Sacó un pequeño cuchillo ceremonial con empuñadura de hueso y tomó la mano de Isabel. “Solo necesito unas gotas de tu sangre para completar el círculo”, explicó con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora. pero que solo conseguía parecer la mueca de un demente en ese preciso instante, un estruendo sacudió la hacienda entera.

 Polvo y pequeñas piedras cayeron del techo de la cámara. Don Ernesto se detuvo desconcertado. ¿Qué demonios? Pasos apresurados se escucharon en la escalera. La puerta de la cámara se abrió violentamente, revelando a Amelia con el rostro desencajado por el miedo y la determinación. “Suéltala!”, gritó sosteniendo en alto el libro que había mencionado antes, ahora abierto en una página específica.

 “Sé lo que estás haciendo, papá. ¿Quieres sacrificarla para traer de vuelta a mamá?” Don Ernesto se volvió hacia su otra hija con el cuchillo aún en la mano. No entiendes, Amelia. Es por el bien de todos. Tu madre merece vivir la vida que le fue arrebatada. Mamá está muerta, respondió Amelia con firmeza impropia de sus 12 años.

 Y lo que hay en el pozo no es mamá, es algo que has creado con tus rituales, algo maligno. Isabel aprovechó la distracción para soltarse del agarre de su padre. Al hacerlo, el anillo se deslizó de su dedo cayendo dentro del círculo de tierra rojiza. Inmediatamente el suelo comenzó a temblar. Una grieta se abrió en el centro del círculo, emanando un vapor pútrido que ascendía en espirales verdosas.

 “El anillo!”, gritó don Ernesto lanzándose hacia la abertura. Era la última conexión con su esencia, pero antes de que pudiera recuperarlo, una mano pálida y putrefacta emergió de la grieta, aferrándose a su muñeca con fuerza sobrenatural. Don Ernesto ahulló de dolor y terror mientras era arrastrado hacia la abertura.

 Magdalena gritó con una mezcla de anhelo y horror. Esposa mía. Las gemelas retrocedieron hasta la puerta, abrazándose mutuamente mientras presenciaban como su padre luchaba infructuosamente contra aquella fuerza que lo arrastraba hacia las profundidades. Sus gritos se volvieron más agudos, más desesperados, hasta convertirse en un gorjeo ahogado cuando su cuerpo quedó parcialmente sumergido en aquella oscuridad burbujeante.

Vámonos”, susurró Amelia tirando del brazo de Isabel. “Rápido, Isabel, aún aturdida, miró por última vez hacia el círculo. La grieta se había ensanchado y junto a la mano que arrastraba a su padre pudo distinguir un rostro emergiendo de las tinieblas. Era y no era su madre.” Los rasgos eran similares a los del retrato, pero distorsionadospor la descomposición y algo más, algo que no pertenecía a este mundo.

 Los ojos de aquella criatura se encontraron con los de Isabel y por un instante la niña creyó ver un destello de reconocimiento, de advertencia. Luego la aparición emitió un chillido sobrenatural y se sumergió nuevamente en las profundidades, arrastrando consigo a don Ernesto, cuya última mirada de terror quedaría grabada para siempre en la memoria de Isabel.

 Las gemelas huyeron por las escaleras mientras la hacienda entera se estremecía como si estuviera a punto de colapsar. La tormenta que se había formado sobre la hacienda Armoa parecía provenir de otro mundo. Relámpagos de un púrpura antinatural iluminaban el cielo ennegrecido mientras las gemelas corrían por los pasillos hacia la salida.

 La casa misma parecía haberse vuelto hostil. Puertas que se cerraban violentamente, objetos que caían sin explicación y lo más perturbador, susurros que brotaban de las paredes llamando el nombre de Isabel. “No te detengas”, urgió Amelia arrastrando a su hermana. “No escuches las voces.

” Pero Isabel, aún vistiendo el macabro vestido de novia, se sentía cada vez más débil, como si algo dentro de ella estuviera siendo succionado por una fuerza invisible. El ritual había sido interrumpido, pero no antes de que algún tipo de conexión se hubiera establecido entre ella y lo que fuera que acechaba en las profundidades de la hacienda.

 Al doblar una esquina se encontraron cara a cara con doña Dolores. La institutriz tenía el rostro crispado por el terror y sus manos, usualmente firmes, temblaban incontrolablemente. “Niñas, ¿qué han hecho?”, preguntó con voz trémula. El pozo. Algo está saliendo del pozo. “Papá quería sacrificarme”, explicó Isabel entre jadeos.

 “Quería que yo fuera mamá.” Doña Dolores palideció aún más si eso era posible. “Llevo años temiendo este momento”, confesó. Su padre, después de la muerte de doña Magdalena, cambió. Encontró esos libros antiguos. Comenzó a hablar con curanderos y brujos de los pueblos remotos. Juró que encontraría una manera de traerla de vuelta.

 “¿Y usted lo permitió?”, acusó Amelia con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Al principio pensé que era solo su forma de lidiar con el dolor, se defendió la mujer. Luego, cuando comenzó con los rituales, intenté disuadirlo, pero me amenazó. Dijo que si no le ayudaba, ustedes. No pudo continuar. Un estruendo sacudió la casa.

 Fragmentos del techo comenzaron a desprenderse y el suelo bajo sus pies se estremeció. Tenemos que salir de aquí”, declaró doña Dolores recuperando algo de su autoridad habitual. “La hacienda está colapsando.” Las condujo hacia la puerta principal, pero al llegar descubrieron que estaba bloqueada por escombros caídos. Las ventanas cercanas estaban selladas con tablas, parte de las extrañas precauciones que don Ernesto había implementado en los últimos años.

 Por la cocina, indicó la institutriz, hay una puerta trasera que da al huerto. Mientras avanzaban por el pasillo que conducía a la cocina, las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo todo en una oscuridad penetrante. Solo los relámpagos ocasionales que se filtraban por las grietas de las paredes proporcionaban alguna iluminación.

Manténganse juntas”, ordenó doña Dolores tanteando las paredes para orientarse. Entonces un sonido les seló la sangre, pasos lentos y arrastrados que venían del pasillo por el que acababan de pasar, pasos que dejaban tras de sí un rastro húmedo, como si quien caminara estuviera empapado. “No miren atrás”, susurró la institutriz.

 Pero Isabel, impulsada por una fuerza más allá de su control, giró lentamente la cabeza. En la penumbra, iluminada brevemente por un relámpago, vio una figura femenina avanzando hacia ellas. Era una mujer vestida con un camisón blanco, completamente empapado y manchado de lodo rojizo. Su cabello negro, largo hasta la cintura, cubría parcialmente su rostro, pero Isabel pudo distinguir unos ojos vacíos y una boca abierta en un grito eterno y silencioso.

“Mamá”, murmuró sintiendo que sus piernas se paralizaban. La aparición se detuvo ladeando la cabeza como un animal curioso. Luego, con un movimiento antinatural, se lanzó hacia adelante a una velocidad imposible, como una araña reptando por el suelo y las paredes. “¡Corran!”, gritó doña Dolores, empujando a las niñas hacia delante.

Entraron a la cocina, cerrando la puerta tras ellas y atrancándola con una mesa. Inmediatamente algo golpeó desde el otro lado con fuerza suficiente para hacer crujir la madera. “La puerta trasera”, indicó doña Dolores señalando hacia el extremo opuesto de la cocina. Cuando llegaron allí, descubrieron con horror que también estaba bloqueada, no por escombros, sino por raíces negras y retorcidas que habían crecido desde el exterior, entrelazándose como dedos esqueléticos para sellar la salida.

“Estamos atrapadas”, soyó Isabel. “No”,respondió Amelia con determinación. “Hay otra salida. El pasadizo del sótano que lleva hacia los establos. Doña Dolores la miró sorprendida. “¿Cómo sabes eso? He explorado la casa durante años”, explicó Amelia. Conozco todos sus secretos.

 La puerta de la cocina comenzó a astillarse bajo los embates de aquella cosa que las perseguía. Sin tiempo que perder, Amelia levantó una trampilla oculta bajo una alfombra desgastada, revelando unos estrechos escalones de piedra que descendían hacia la oscuridad. Rápido”, urgió tomando una lámpara de aceite de la mesa. Descendieron justo cuando la puerta de la cocina cedía, revelando a la criatura que antes había sido Magdalena Armoa.

 En la luz de la lámpara pudieron ver que su cuerpo estaba en un avanzado estado de descomposición, con partes del rostro desprendidas revelando el cráneo debajo. Sus movimientos eran espasmódicos, como si estuviera siendo manipulada por hilos invisibles. El pasadizo era estrecho y húmedo, con el techo tan bajo que doña Dolores tenía que avanzar en corvada.

 El aire estaba cargado de un olor a mo y a algo más profundo y desagradable. Este túnel lleva directamente a los establos, explicó Amelia mientras guiaba el camino. Desde allí podemos tomar dos caballos y huir hacia el pueblo. ¿Cómo es posible que conocieras este lugar? Preguntó Isabel aún temblando. Cuando papá comenzó a actuar de manera extraña, decidí descubrir qué ocultaba”, respondió Amelia. Lo seguí muchas noches.

 Lo vi descender al pozo, realizar rituales. Vi cómo cómo desenterraba a mamá y la sumergía en el agua del pozo mientras recitaba de ese libro maldito. Isabel sintió náuseas al imaginar la escena. Detrás de ellas podían escuchar el eco distante de algo arrastrándose por el pasadizo, siguiéndolas con una determinación implacable.

 Sea lo que sea, esa cosa, no es nuestra madre”, afirmó Amelia. Es algo que papá creó con su obsesión y su dolor. Finalmente llegaron al final del túnel. Una escalera de piedra conducía hacia arriba, terminando en otra trampilla. Amelia subió primero, empujando con fuerza hasta que la trampilla cedió. El aire fresco de la noche inundó el pasadizo, trayendo consigo el aroma a pasto mojado y a caballos.

 Una vez en los establos, doña Dolores se apresuró a preparar dos caballos. “Yo montaré con Isabel”, indicó Amelia. “Tú llevarás el otro.” “No, protestó Isabel débilmente. Amelia y yo iremos juntas. Siempre hemos estado juntas.” La institutriz iba a objetar, pero algo en la mirada de las gemelas la detuvo.

 Asintió y comenzó a preparar un solo caballo. Los relinchos nerviosos de los animales indicaban que sentían la presencia maligna aproximándose. Desde la casa principal, distante unos 100 m, podían verse llamaradas emergiendo de varias ventanas. La hacienda armoa estaba ardiendo. Montén. ordenó doña Dolores, ayudando a las niñas a subir al caballo.

 Yo las seguiré en un momento. ¿Qué va a hacer?, preguntó Amelia, sosteniendo las riendas. Hay algo que debo recuperar primero, respondió la institutriz, dirigiéndose hacia un pequeño cobertizo anexo a los establos. El diario de su madre contiene la verdad sobre todo lo que ha ocurrido. Necesitarán saberlo cuando sean mayores.

 No hay tiempo, insistió Amelia viendo como la figura espectral de su madre emergía lentamente de la trampilla del túnel. Vayan”, ordenó doña Dolores. “yo las alcanzaré en el camino al pueblo.” Con un último vistazo hacia atrás, Amelia espoleó al caballo. El animal salió disparado hacia la noche tormentosa, llevando a las gemelas lejos de la hacienda de su padre demente y del espectro retorcido que alguna vez fue su madre.

Isabel, aferrada a la cintura de su hermana, sentía como el vestido de novia se deshacía con la lluvia, liberándola de la última conexión física con aquella pesadilla. Detrás de ellas, un grito sobrenatural rasgó la noche. No miraron atrás. El amanecer encontró a las gemelas Armoa, exhaustas y desorientadas, cabalgando por un camino rural a kilómetros de la hacienda.

 La tormenta había amainado, dejando tras de sí un cielo lavado de un azul pálido y un ambiente cargado de humedad. El caballo, agotado tras la frenética cabalgata nocturna, avanzaba ahora a paso lento con la cabeza gacha. Isabel, aún abrazada a la cintura de su hermana, había caído en un estado de duermevela febril.

 El vestido de novia se había desintegrado casi por completo, quedando reducido a girones. de tela sucia que colgaban de su cuerpo como telarañas. En sus delirios seguía escuchando la voz de su padre, llamándola desde las profundidades de aquel pozo maldito. “Tenemos que detenernos”, dijo finalmente Amelia, sintiendo como su hermana temblaba contra su espalda.

“Isabel está ardiendo en fiebre.” Condujo al caballo fuera del camino hacia un pequeño arroyo que discurría entre alizos y sauces. Con cuidado ayudó a Isabel a desmontar y la recostó sobre la hierba húmeda. Surostro, idéntico al de Amelia, estaba ahora marcado por ojeras profundas y una palidez enfermiza.

 “Agua,”, murmuró Isabel con los labios agrietados. Tengo mucha sed. Amelia llenó sus manos en el arroyo y las acercó a los labios de su hermana, quien bebió ávidamente. Luego, usando su propio vestido, comenzó a limpiar el rostro de Isabel, retirando la tierra y los restos del maquillaje que Doña Dolores le había aplicado para hacerla parecer más como su madre.

 Doña Dolores no nos ha alcanzado”, observó Isabel mirando hacia el camino vacío. Amelia guardó silencio. Ambas sabían lo que eso significaba. “¿Crees que la criatura?” Isabel no pudo terminar la frase. “No pienses en eso ahora”, respondió Amelia, arrancando los últimos restos del vestido de novia para sustituirlos por su propia chaqueta.

Necesitamos llegar al pueblo más cercano. Allí buscaremos ayuda. Pero en su interior, Amelia sentía un miedo profundo que iba más allá del horror vivido la noche anterior. Durante toda su vida, ella había sido la sombra de Isabel. Siempre Isabel, la favorita de su padre, la elegida para los regalos y las atenciones.

 Incluso cuando esa atención se había tornado en algo siniestro y retorcido, seguía siendo Isabel el centro de todo. Y ahora, ¿qué sería de ellas? Dos niñas huérfanas sin más posesión que el caballo que las transportaba. No debería haberlo hecho musitó Isabel interrumpiendo los pensamientos de su hermana. No debería haber tocado el libro.

 Amelia la miró confundida. ¿De qué hablas? Yo fui quien encontró el libro. No, tú. Isabel negó débilmente con la cabeza. No libro. El otro, el que papá guardaba bajo el altar. Lo encontré hace semanas. Lo abrí solo un poco. Solo quería entender por qué papá estaba tan obsesionado con mamá.

 Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia. Su hermana continuó. Había un ritual. Decía que para traer de vuelta a un ser querido, primero debías preparar un recipiente adecuado. Alguien con la misma sangre, alguien joven. Tú, completó Amelia, pero no salió como papá esperaba, ¿verdad? Isabel sonríó amargamente.

 Lo que regresó no era mamá, era algo más, algo hambriento. Amelia recordó la figura espectral con su cuerpo putrefacto y sus movimientos imposibles. Aquello no había sido humano, ni siquiera un cadáver reanimado. Era algo que nunca debió cruzar la barrera entre los mundos. Papá llevaba años alimentando al pozo. Continuó Isabel.

 Doña Dolores me lo contó. animales al principio, luego otras cosas, personas que desaparecían en los alrededores. Amelia sintió náuseas tantos años viviendo en aquella casa, ignorando las señales, los olores, los sonidos nocturnos. ¿Por qué nunca nos fuimos?, preguntó. Más para sí misma que para Isabel. Porque éramos niñas, respondió su hermana, y porque papá nos amaba a su manera retorcida.

 El sol ascendía lentamente en el cielo, bañando el paisaje con una luz dorada que contradecía la oscuridad de sus pensamientos. A lo lejos podían distinguir las casas dispersas que marcaban el inicio de un pequeño pueblo. San Jerónimo, identificó Amelia. He visto mapas en el despacho de papá. Estamos a unos 30 km de la hacienda.

¿Qué diremos cuando lleguemos allí? preguntó Isabel incorporándose con esfuerzo. Era una buena pregunta. Dos niñas solas, una de ellas vestida con harapos, sin documentos ni dinero. ¿Quién las creería si contaban la verdad? Diremos que nuestros padres murieron en un incendio, decidió Amelia, que somos huérfanas en busca de parientes en la Ciudad de México.

 Isabel asintió lentamente. Era una mentira creíble, especialmente considerando los frecuentes incendios en las haciendas durante la temporada seca. Cuando estaban preparándose para continuar su camino, un sonido las paralizó. Era el crujido de ramas secas bajo pasos lentos y pesados. Amelia se volvió bruscamente escudando a su hermana con su cuerpo.

 De entre los arbustos emergió una figura encorbada, avanzando con paso incierto. Por un instante terrible, Amelia temió que fuera la criatura que habían dejado atrás. Pero cuando la figura se acercó más, vieron que se trataba de un anciano campesino con el rostro curtido por años de trabajar bajo el sol.

 “¿Qué hacen dos señoritas como ustedes solas en el camino?”, preguntó el hombre, observándolas con curiosidad. Vamos a San Jerónimo”, respondió Amelia, manteniendo la voz firme. “Nuestros padres murieron en un incendio. Buscamos a nuestros parientes.” El anciano las estudió con ojos entrecerrados, evaluando la veracidad de su historia.

“¿Son ustedes las hijas de don Ernesto Armoa?”, preguntó finalmente. Las gemelas intercambiaron miradas de alarma. “¿Cómo podía conocerlas este extraño? No teman. Continuó el anciano al ver su reacción. Soy Tomás Vega. Trabajé en la hacienda Armoa durante años, hasta que su padre despidió a todos los trabajadores.

 Hace tiempo que no se ve a nadie entrar osalir de allí. Hubo un incendio, insistió Amelia aferrándose a su mentira. La hacienda se quemó. Nuestro padre no sobrevivió. El anciano asintió lentamente, como si aquella noticia no le sorprendiera en absoluto. “Han pasado cosas extrañas en esa hacienda desde la muerte de su madre”, comentó.

 Los lugareños evitan pasar cerca. Dicen que por las noches se escuchan lamentos, que hay luces que no deberían estar allí. Isabel se estremeció visiblemente. El anciano la miró con preocupación. “La pequeña está enferma”, observó. necesita atención. Vengan conmigo. Mi casa no está lejos.

 Mi esposa podrá ayudarla mientras decidimos qué hacer con ustedes. Amelia dudó. Confiar en extraños era peligroso, pero Isabel necesitaba descanso y cuidados que ella no podía proporcionarle en medio del campo. Gracias, aceptó finalmente. Le estaremos muy agradecidas. El anciano las guió a través de un sendero lateral que serpenteaba entre maizales hasta llegar a una modesta casa de adobe con techo de tejas rojas.

 Una mujer de edad similar salió a recibirlos abriendo mucho los ojos al ver el estado de las niñas. “Santo cielo, ¿qué les ha sucedido?”, exclamó apresurándose a ayudar a Isabel. “Son las hijas de don Ernesto”, explicó Tomás. Parece que ha habido un incendio en la hacienda. La mujer se persignó rápidamente.

 Dios misericordioso, siempre supe que algo terrible ocurriría en ese lugar. Pasen, niñas, pasen. Les prepararé algo caliente y un lugar donde descansar. Mientras la mujer conducía a Isabel al interior de la casa, Tomás retuvo a Amelia por un momento. “Hay algo que no me están contando”, dijo en voz baja.

 “Y está bien, algunos secretos deben permanecer enterrados, pero deben saber que lo que sea que haya sucedido en esa hacienda puede que no haya terminado.” Amelia lo miró sin comprender. ¿A qué se refiere? Las leyendas locales hablan de antiguos rituales nahwa que se practicaban en estas tierras, explicó el anciano. Rituales para comunicarse con los muertos para traerlos de vuelta.

 Pero lo que regresa nunca es completamente lo que se fue, ¿entiende? Y lo que es peor, nunca viene solo. Un escalofrío recorrió la columna de Amelia al recordar la criatura que había sido su madre. Aquellos movimientos imposibles, aquella boca abierta en un grito eterno. ¿Cree usted que nos ha seguido?, preguntó con un hilo de voz.

 Tomás miró hacia el horizonte, donde una columna de humo negro ascendía desde la dirección de la hacienda Armoa. “Lo que ha sido despertado no descansará hasta completar su propósito”, respondió enigmáticamente. “Y si ese propósito tiene que ver con ustedes, las encontrará, no importa dónde se escondan.” La casa de los Vega era pequeña, pero acogedora, con paredes encaladas.

 que reflejaban la luz del sol y suelos de terracota pulida por años de uso. Doña Concepción, la esposa de Tomás, había instalado a Isabel en una habitación modesta con una única ventana que daba al huerto trasero. La anciana había preparado una infusión de hierbas que, según aseguró, reduciría la fiebre y calmaría los nervios de la niña.

 Bebe pequeña”, insistía la mujer sosteniendo la taza humeante. Es una receta de mi abuela, nunca falla. Isabel, aún temblorosa, obedecía dócilmente. La bebida tenía un sabor amargo, pero reconfortante, con notas de manzanilla, toronjil y algo más que no pudo identificar. Mientras tanto, Amelia permanecía en la cocina con Tomás, observando como el anciano preparaba café en una vieja cafetera de Peltre.

 El hombre se movía con la lentitud deliberada de quienes han vivido lo suficiente para saber que la prisa rara vez soluciona algo. Trabajé para su padre durante más de 20 años, comentó Tomás removiendo el café con una cuchara de madera. Estuve allí cuando se casó con su madre, cuando nacieron ustedes y cuando ella murió.

 Amelia levantó la mirada súbitamente interesada. Usted estaba allí cuando mamá murió. Tomás asintió gravemente. Fue una noche extraña. La partera había salido corriendo histérica, diciendo que el parto estaba maldito. Don Ernesto nos ordenó a todos que nos mantéramos alejados de la habitación. Pero yo era el capataz entonces y sentí que debía estar cerca por si necesitaba algo.

 El anciano sirvió dos tazas de café, ofreciéndole una a Amelia, quien la tomó entre sus manos frías, agradeciendo el calor. Lo que escuché esa noche. Tomás hizo una pausa como decidiendo si debía continuar. No eran los sonidos normales de un parto, ni siquiera de uno difícil. eran palabras, un cántico en una lengua que no era español ni ningún dialecto indígena que yo conociera.

 Y luego un grito que no parecía humano. Amelia sintió que se le erizaba la piel. Cuando finalmente pude entrar a la habitación, su madre yacía en la cama, pálida como un fantasma, pero con una expresión de terror que nunca olvidaré. Y su padre sostenía a dos bebés recién nacidas.

 una en cadabrazo, mirándolas como si no fueran sus hijas, sino otra cosa. ¿Qué quiere decir?, preguntó Amelia con un nudo en la garganta. Tomás bebió un sorbo de café antes de responder. Su padre siempre fue un hombre obsesionado con el conocimiento prohibido. Tenía libros en su biblioteca que ningún cristiano debería poseer. Cuando conoció a su madre, ella era apenas una jovencita de un pueblo cercano, hermosa, pero sin educación formal.

 La transformó, la moldeó a su imagen y cuando murió no pudo aceptarlo. Completó Amelia. No, no pudo. Y creo que hizo algo esa noche, algo que involucró a ustedes dos y a su madre moribunda. Un pacto tal vez, un silencio pesado se instaló entre ellos. Desde la habitación contigua podían escuchar a doña Concepción tarareando una antigua canción de cuna mientras atendía a Isabel.

 ¿Por qué nos ayuda?, preguntó finalmente Amelia. Si sospecha que hay algo extraño en nosotras. El anciano sonrió con tristeza. Porque son niñas inocentes atrapadas en algo que no eligieron. Y porque llevo años esperando una oportunidad para enmendar mi error. ¿Qué error? No haber actuado cuando aún podía.

 No haber sacado a su madre de esa casa cuando vi las primeras señales, no haber impedido que don Ernesto siguiera ese camino oscuro. Tomás dejó su taza sobre la mesa con un golpe seco. Pero ahora puedo ayudarlas a ustedes si me lo permiten. Amelia contempló al anciano evaluando su sinceridad. Había algo en sus ojos cansados que inspiraba confianza, una bondad genuina que contrastaba con los recuerdos de su padre.

 ¿Qué sugiere que hagamos? Tienen una tía en la ciudad de México, reveló Tomás. Una hermana menor de su madre, Carmela Suárez. Nunca la conocieron porque don Ernesto cortó toda relación con la familia de su esposa después del matrimonio. Pero ella existe y podría acogerlas. ¿Cómo contactaremos con ella? Mañana iré al pueblo a enviar un telegrama, explicó Tomás.

 Mientras tanto, pueden quedarse aquí. estarán seguras. Amelia no estaba tan convencida de esa última afirmación, pero asintió agradecida. “Hay algo más que deben saber”, continuó Tomás inclinándose hacia adelante con expresión grave. El ritual que su padre intentaba completar con Isabel requiere más que un simple recipiente físico, requiere un vínculo espiritual, una conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

 Y ese vínculo ahora existe incompleto pero real. ¿Qué significa eso? Significa que lo que sea que haya despertado en el pozo, lo que sea que ahora habite en los restos de su madre, sigue conectado a Isabel y mientras esa conexión exista, la buscará. Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia.

 Recordó la expresión de la criatura cuando sus ojos se encontraron con los de Isabel. ese destello de reconocimiento. ¿Cómo rompemos la conexión? No será fácil, advirtió Tomás. Los rituales de sangre solo pueden deshacerse con más sangre, generalmente la de quien los inició. “Papá está muerto”, señaló Amelia. “Sí, pero su sangre corre por las venas de ustedes.

” El anciano la miró con intensidad. Hay una mujer en San Jerónimo, una curandera. La llaman la dolorosa. Si alguien puede ayudarlas, es ella. Cuando Amelia regresó a la habitación donde descansaba su hermana, encontró a Isabel dormida con el rostro más sereno que en las últimas semanas. Doña Concepción se había retirado dejando una vela encendida sobre la mesita de noche.

 Amelia se sentó junto a la cama observando a su gemela. eran idénticas físicamente, pero siempre había existido una diferencia fundamental entre ellas. Isabel era frágil, sensible, mientras que Amelia poseía una fortaleza interior que ni siquiera ella misma comprendía completamente. “Te protegeré”, susurró acariciando el cabello de su hermana.

“Lo que sea que papá haya despertado, lo enfrentaremos juntas”. La noche avanzaba trayendo consigo una tranquilidad engañosa. Amelia, vencida por el cansancio, se quedó dormida en la silla junto a la cama de Isabel. No vio como la vela parpadeaba sin razón aparente, ni como las sombras en la habitación se alargaban de forma imposible.

 No vio como los ojos de Isabel se abrían lentamente, revelando una mirada vacía que no parecía del todo humana, ni como sus labios se movían en un susurro silencioso formando un nombre que no debía ser pronunciado, Magdalena. El amanecer trajo consigo una espesa niebla que cubría el pueblo de San Jerónimo como un sudario.

 Tomás había partido al alba hacia la oficina de telégrafos, prometiendo regresar antes del mediodía con noticias de la tía en Ciudad de México. Mientras tanto, doña Concepción preparaba el desayuno llenando la pequeña casa con el aroma a tortillas recién hechas y café de olla. Isabel se había recuperado notablemente durante la noche.

 La fiebre había desaparecido y con ella parte del terror que había marcado su rostro desde la huida de la hacienda. Sin embargo, algo en su miradainquietaba a Amelia, una distancia, como si parte de su hermana se hubiera quedado atrás, atrapada en aquel pozo maldito. “Come, niña”, insistía doña Concepción, colocando frente a Isabel un plato de huevos revueltos con frijoles.

“¿Necesitas recuperar fuerzas?” Isabel obedecía mecánicamente, llevándose pequeñas porciones a la boca sin verdadero apetito. Sus movimientos eran lentos, casi como si estuviera aprendiendo nuevamente a usar sus propias manos. ¿Cómo te sientes?, preguntó Amelia, observándola atentamente.

 Diferente, respondió Isabel con voz queda, como si hubiera dejado algo atrás. Doña Concepción, que limpiaba la mesa cercana, se detuvo brevemente al escuchar aquellas palabras. Sus ojos se encontraron con los de Amelia, transmitiendo una preocupación silenciosa. Es normal sentirse así después de lo que han vivido, intervino la anciana intentando sonar reconfortante.

 El tiempo cura todas las heridas, incluso las del alma. Pero Amelia no estaba tan segura. Recordaba las palabras de Tomás sobre el ritual incompleto, sobre la conexión que ahora existía entre Isabel y aquello que había despertado en el pozo. “¿Recuerdas lo que pasó en la hacienda?”, preguntó con cautela.

 “¿Recuerdas a papá y lo que vimos en el sótano?” Isabel dejó el tenedor sobre el plato, su mirada perdida en algún punto indefinido. “Recuerdo agua,” respondió finalmente. Agua fría y oscura. y una voz que me llamaba desde abajo, una voz que era y no era la de mamá. Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia. Su hermana hablaba como si estuviera en trance, como si sus palabras vinieran de un lugar más allá de su propia mente.

“Isabel, mírame”, pidió tomando las manos de su hermana entre las suyas. “Sea lo que sea, lo que papá despertó, no puede alcanzarnos aquí. Estamos a salvo. Una sonrisa extraña, casi dolorosa, se dibujó en los labios de Isabel. Nunca estaremos a salvo, Amelia. Ella nos encontrará. Siempre lo hace. La puerta de la cocina se abrió de golpe, sobresaltándolas.

Era Tomás, quien había regresado antes de lo previsto con el rostro pálido y la respiración agitada. “Tenemos que irnos”, anunció sin preámbulos. “Ahora mismo, ¿qué ocurre? preguntó doña Concepción, alarmada por la expresión de su esposo. “Han encontrado los restos de la hacienda Armoa”, explicó Tomás, recogiendo apresuradamente algunas provisiones.

 “¿O lo que queda de ella? La policía está haciendo preguntas y alguien del pueblo mencionó haber visto a dos niñas llegando en un caballo ayer. Y el telegrama” inquirió Amelia poniéndose de pie. Lo envié, pero no podemos esperar respuesta. Si las autoridades las encuentran, harán demasiadas preguntas. Preguntas que no conviene responder.

 Tomás se volvió hacia su esposa. Concepción, prepara algo de comida para el viaje. Debo llevarlas con la dolorosa antes de que sea demasiado tarde. La anciana asintió gravemente, moviéndose con sorprendente agilidad para reunir tortillas, queso y fruta en un pequeño atado. ¿Quién es la dolorosa?, preguntó Isabel hablando por primera vez con claridad desde su llegada.

 Una curandera, respondió Tomás evitando mirarla directamente. Conoce los antiguos ritos, los que practicaban en estas tierras mucho antes de que llegaran los españoles. Si alguien puede ayudarte con tu condición, es ella. No estoy enferma, replicó Isabel con una voz que no parecía enteramente suya. No, no lo estás, concordó Tomás finalmente enfrentando su mirada.

 Pero tampoco estás completamente aquí, ¿verdad? Un silencio tenso se instaló en la cocina. Amelia podía sentir que algo había cambiado en la atmósfera, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar. “Debemos irnos”, insistió Tomás rompiendo la tensión. He dejado el caballo preparado en el cobertizo. En menos de 10 minutos las gemelas estaban montadas en el caballo con Tomás guiando las riendas.

 Se despidieron brevemente de doña Concepción, quien las bendijo con lágrimas en los ojos. “Cuiden la una de la otra”, les aconsejó la anciana. “Y recuerden, la sangre llama a la sangre, pero el amor es más fuerte que cualquier maldición.” Tomás guió el caballo por senderos secundarios, evitando el camino principal que llevaba al pueblo.

 La niebla persistía proporcionando un manto de protección que ocultaba sus figuras de miradas curiosas. Después de aproximadamente una hora de viaje, llegaron a una zona boscosa donde los pinos crecían tan juntos que apenas dejaban pasar la luz del sol. “Estamos cerca”, anunció Tomás. La dolorosa vive aislada por una razón.

 La gente del pueblo la respeta, pero también la teme. Maquedas, ¿por qué la llaman así?, preguntó Amelia. Porque conoce el dolor como pocos, respondió el anciano. Lo ha experimentado, lo ha estudiado y ha aprendido a canalizarlo. Dicen que puede ver el sufrimiento de una persona con solo mirarla a los ojos.

 Finalmente, en un pequeño claro del bosque apareció unacabaña de piedra con techo de paja. El humo ascendía perezosamente desde una chimenea rudimentaria. Alrededor de la vivienda, docenas de pequeñas estatuillas talladas en madera formaban un círculo protector. Algunas representaban figuras humanas, otras animales y otras formas que no parecían pertenecer a este mundo.

 Antes de que pudieran acercarse más, la puerta de la cabaña se abrió, revelando a una mujer de edad indeterminada. No era vieja como doña Concepción, pero tampoco joven. Su rostro, de facciones indígenas marcadas parecía atemporal. Llevaba el cabello negro recogido en una larga trenza que le llegaba hasta la cintura y vestía una sencilla túnica blanca bordada con símbolos rojos.

 Te esperaba, Tomás Vega”, saludó la mujer con voz profunda y melodiosa. “A ti y a las hijas de Ernesto Armoa, “¿Cómo sabe quiénes somos?”, murmuró Isabel, aferrándose instintivamente a la cintura de su hermana. La mujer sonríó, pero era una sonrisa triste cargada de conocimiento doloroso. El viento trae noticias, respondió simplemente.

 Y algunas almas gritan tan fuerte que pueden escucharse a kilómetros de distancia. Se acercó al caballo estudiando a las gemelas con ojos que parecían ver más allá de su apariencia física. Tú, dijo señalando a Isabel, has estado en las aguas profundas, has tocado la frontera y has regresado cambiada.

 Luego se volvió hacia Amelia y tú cargas el peso de la protectora. Has visto la verdad y has elegido enfrentarla. La dolorosa intervino Tomás. Estas niñas necesitan tu ayuda. Su padre realizó un ritual, uno antiguo. Intentó usar a Isabel como recipiente para traer de vuelta a su esposa muerta. La mujer asintió gravemente. Lo sé. Lo he sentido en mis sueños.

 La barrera entre los mundos ha sido rasgada y lo que ha pasado no puede deshacerse fácilmente. Sus ojos se clavaron en Isabel. Ella la lleva dentro, no completamente, no como su padre pretendía, pero lo suficiente para abrir un camino. ¿Un camino para qué? Preguntó Amelia, sintiendo un nudo de temor en el estómago, para que lo que está muerto regrese al mundo de los vivos.

 respondió la dolorosa. Y lo que ha regresado no es la madre que ustedes conocieron, ni siquiera su recuerdo. Es algo más antiguo, algo que estaba allí antes esperando una oportunidad. Isabel comenzó a temblar visiblemente, como si las palabras de la curandera hubieran tocado algo profundo dentro de ella. “¿Puede ayudarlas?”, insistió Tomás.

 La dolorosa guardó silencio por un momento, como si estuviera escuchando voces que solo ella podía oír. “Puedo intentarlo”, respondió finalmente, “Pero el precio será alto y el resultado incierto. Pagaremos lo que sea necesario,”, afirmó Amelia con determinación. La curandera la miró con una mezcla de admiración y pena. “No se trata de dinero, niña.

Algunos precios se pagan con partes del alma.” desmontaron y siguieron a la dolorosa al interior de la cabaña. El espacio era sorprendentemente amplio y estaba iluminado por decenas de velas de diferentes colores. En el centro había una mesa baja rodeada de cojines y en las paredes estanterías repletas de frascos con contenidos diversos, hierbas, raíces, líquidos de tonalidades inquietantes y lo que parecían ser pequeños huesos y plumas.

Siéntense”, indicó la curandera señalando los cojines. Mientras las gemelas obedecían, la dolorosa se movió por la estancia, reuniendo diversos elementos: un cuenco de barro negro, un pequeño cuchillo de obsidiana, varias hierbas secas y un frasco con un líquido espeso y oscuro. “El ritual que su padre intentó realizar”, comenzó a explicar mientras trabajaba.

 Es uno de los más antiguos y peligrosos. No viene de las tradiciones nauas o aztecas, como algunos creen. Es más antiguo de un tiempo en que los primeros habitantes de estas tierras hablaban con los dioses subterráneos. Colocó el cuenco en el centro de la mesa y vertió en él el líquido oscuro que resultó ser espeso como la miel.

 Lo que intentó hacer fue abrir una puerta entre los mundos usando la conexión natural que existe entre gemelos. Continuó. En muchas culturas los gemelos son considerados un puente natural entre lo visible y lo invisible. ¿Por qué eligió a Isabel y no a mí? Preguntó Amelia. La dolorosa la miró con algo parecido a la compasión.

 Porque Isabel siempre fue más receptiva al otro lado. Los sensitivos lo llaman el don, pero puede ser tanto una bendición como una maldición. Añadió algunas hierbas al cuenco que comenzaron a disolverse lentamente en el líquido. Además, ella lleva el nombre de su abuela materna, creando otra conexión con el linaje femenino.

 ¿Cómo lo sabe? Se sorprendió Isabel hablando por primera vez desde que entraron en la cabaña. Como dije, el viento trae noticias. La curandera tomó el cuchillo de obsidiana. Ahora necesito sangre de ambas. Un pequeño corte en la palma será suficiente. Tomás, que había permanecido cerca de la puerta,observando en silencio, dio un paso adelante. Es necesario.

 Lo es, confirmó la dolorosa. La sangre es el vehículo del alma. La sustancia que conecta los mundos. Lo que fue unido por sangre solo puede separarse con sangre. Amelia extendió su mano sin vacilar. Hazlo. El filo de obsidiana brilló bajo la luz de las velas cuando la dolorosa lo acercó a la palma extendida de Amelia.

 Con un movimiento preciso, realizó un corte limpio, lo suficientemente profundo para que la sangre fluyera libremente, pero no tanto como para causar un daño permanente. “Cierra tu puño sobre el cuenco”, instruyó la curandera. Amelia obedeció, permitiendo que su sangre goteara sobre la mezcla oscura. Al contacto, el líquido burbujeó levemente, emitiendo un sutil siseo como de agua sobre piedras calientes.

 “Ahora tú, dijo la dolorosa volviéndose hacia Isabel. La niña vaciló, retrayendo instintivamente su mano. No quiero”, murmuró con una voz que parecía provenir de las profundidades de un pozo. “No nos separes.” Amelia observó a su hermana con creciente alarma. No era Isabel quien hablaba, o al menos no completamente.

 ¿Ves?, señaló la dolorosa dirigiéndose a Tomás. La otra ya ha echado raíces en ella, no quiere ser expulsada. El anciano asintió gravemente, acercándose para sujetar suavemente el brazo de Isabel. “Es por tu bien, pequeña”, le aseguró. “Para que vuelvas a ser tú misma”. Isabel luchó brevemente, pero finalmente cedió. Cuando el cuchillo cortó su piel, emitió un siseo de dolor que no parecía enteramente humano.

 Su sangre, al caer en el cuenco, no se mezcló inicialmente con la de su hermana, sino que formó extraños patrones sobre la superficie, como si dos fuerzas opuestas lucharan por la dominancia. Interesante”, murmuró la dolorosa observando el fenómeno. “La sangre reconoce a la sangre, pero también reconoce al intruso.

” Con movimientos fluidos, la curandera comenzó a añadir más ingredientes al cuenco. Polvo de raíces secas, pétalos de flores marchitas y, finalmente, un pequeño fragmento de lo que parecía ser hueso humano. de una madre que murió protegiendo a sus hijos, explicó al notar la mirada horrorizada de Amelia, dado voluntariamente tras su muerte.

 El sacrificio materno es una de las pocas fuerzas capaces de contrarrestar lo que acecha en tu hermana. Utilizando una rama de romero como batidor, la dolorosa mezcló todos los ingredientes mientras entonaba un cántico en una lengua desconocida para las gemelas. No era español ni ningún dialecto indígena que hubieran escuchado antes.

 Sonaba más antiguo, como si las propias palabras tuvieran peso y sustancia. El aire dentro de la cabaña se volvió denso, cargado de electricidad. Las llamas de las velas se estiraron hacia arriba, adquiriendo tonalidades verdosas y azuladas. Ahora, dijo la dolorosa, cesando su cántico, beberán ambas de la mezcla.

 Tú primero, Amelia, pues eres la ancla que mantendrá a tu hermana en este mundo. Con manos temblorosas, Amelia tomó el cuenco. El líquido había adquirido una consistencia similar a la sangre coagulada y su olor recordaba a tierra húmeda y flores podridas. Cerrando los ojos, se llevó el cuenco a los labios y bebió un pequeño sorbo. El sabor era indescriptible, amargo y dulce, simultáneamente, con un regusto metálico que le recordó a monedas viejas.

 Inmediatamente sintió un calor intenso recorriendo su garganta hasta su estómago como si hubiera tragado brasas. “Respira profundo”, aconsejó la dolorosa. El calor es la limpieza, la purificación. Cuando la sensación ardiente comenzó a disiparse, Amelia pasó el cuenco a su hermana. Isabel miró el contenido con ojos que alternaban entre el terror y algo más oscuro, más antiguo.

 “No puedes obligarme”, dijo con voz distorsionada, que parecía superponerse a la suya propia. “Ella es mía ahora, ¿no?”, respondió firmemente la dolorosa. “No lo es. Aún no completamente. Bebe, niña, si quieres seguir siendo tú misma. Tomás se acercó dispuesto a forzar a Isabel si era necesario, pero Amelia lo detuvo con un gesto. “Déjame intentarlo”, pidió.

Tomando las manos de su hermana entre las suyas, la miró directamente a los ojos. “Isabel, soy yo, Amelia, tu hermana. Hemos estado juntas desde antes de nacer. Compartimos el mismo latido, la misma sangre. Por favor, bebe, vuelve a mí. Algo en las palabras de Amelia pareció alcanzar a Isabel. Sus ojos se aclararon momentáneamente y con manos temblorosas llevó el cuenco a sus labios.

 El efecto fue instantáneo y violento. Apenas el líquido tocó su lengua, Isabel se dobló sobre sí misma convulsionando. Un grito desgarrador escapó de su garganta, pero no era su voz. Era un aullido antiguo cargado de furia y dolor, como el lamento de un ser arrancado de las profundidades a las que pertenecía. Sosténganla”, ordenó la dolorosa moviéndose rápidamente para sujetar la cabeza de Isabel.

 Entre Tomás y Amelia lograron mantener a la niña relativamente establecontinuaba sacudiéndose. Una sustancia negra comenzó a brotar de sus ojos, nariz y boca, no exactamente líquida, sino más parecida a humo condensado, que se retorcía en el aire como si tuviera voluntad propia. No la suelten”, advirtió la curandera trazando símbolos en el aire alrededor de la sustancia oscura.

 Lo que está saliendo buscará un nuevo recipiente. Efectivamente, el humo negro se arremolinaba cerca de ellos, como buscando una entrada. Por un momento terrible, pareció dirigirse hacia Amelia, atraído quizás por el lazo gemelar que compartía con Isabel, pero la dolorosa fue más rápida. Con un movimiento fluido, extrajo de su túnica un pequeño frasco de cristal azul y destapó el corcho.

 El humo pareció reconocer el objeto y trató de escapar, pero la curandera comenzó a recitar palabras en aquella lengua antigua, cada sílaba como un lazo invisible que atraía a la entidad hacia el frasco. Con un último y furioso remolino, la sustancia fue absorbida en su totalidad y la dolorosa selló el frasco con el corcho, asegurándolo además con cera roja de una vela cercana.

 Isabel dejó de convulsionar, colapsando exhausta en los brazos de su hermana. “Está está bien”, preguntó Amelia, sosteniendo el cuerpo inerte de Isabel. La dolorosa colocó una mano sobre la frente de la niña, cerrando los ojos para concentrarse. “La mayor parte de la entidad ha sido extraída”, confirmó, “pero temo que algo permanece demasiado entrelazado con su propia esencia para ser removido sin dañarla permanentemente.

” “¿Qué significa eso?”, inquirió Tomás secándose el sudor de la frente. Significa que siempre tendrá una conexión con lo que su padre despertó”, explicó la curandera. No será poseída ni controlada, pero tendrá percepciones. Verá cosas que otros no pueden ver. Sentirá presencias que otros no pueden sentir. Como una maldición.

 La voz de Amelia temblaba, como un don. Si aprende a controlarlo, corrigió la dolorosa, o como una maldición si permite que el miedo la domine. Isabel comenzó a despertar lentamente, sus párpados agitándose antes de abrirse por completo. Sus ojos, aunque cansados, parecían más claros, más presentes que en días anteriores.

 Amelia, murmuró confundida. ¿Qué pasó? ¿Estás a salvo? respondió su hermana estrechándola en un abrazo. Has vuelto. La dolorosa observaba la escena con expresión grave. El peligro no ha pasado completamente, advirtió. Lo que he capturado es solo una manifestación, una extensión de algo mayor. La fuente sigue activa. ¿Te refieres a nuestra madre? Preguntó Amelia o lo que sea que esté en su lugar.

 Me refiero al pozo, aclaró la dolorosa. Tu padre no entendía realmente con qué estaba tratando. Creía que podía controlar fuerzas antiguas para sus propios fines, pero fue él quien acabó siendo una herramienta. Una herramienta para que Tomás parecía genuinamente aterrorizado. Para permitir el retorno de algo que fue desterrado hace siglos, explicó la curandera.

 Los antiguos pobladores de estas tierras conocían su existencia. Construyeron templos y realizaron sacrificios para mantenerlo contenido. Cuando los españoles llegaron, destruyeron estos templos sin comprender su propósito, pensando que eran simples lugares de adoración pagana. Y ahora está libre. La voz de Isabel sonaba pequeña, frágil, no completamente, respondió la dolorosa.

Pero la barrera está debilitada y mientras el pozo exista seguirá siendo un portal. Un silencio pesado cayó sobre la habitación mientras todos asimilaban la gravedad de la situación. “Entonces hay que destruir el pozo”, concluyó Amelia con sorprendente determinación. La dolorosa asintió lentamente. Eso ayudaría a sellar la brecha, sí, pero no será fácil.

 Lo que habita allí defenderá su entrada al mundo de los vivos. No importa, afirmó Amelia, encontraremos la manera. Primero debemos asegurarnos de que Isabel esté completamente recuperada, intervino Tomás. y tenemos que esperar noticias de su tía en la ciudad de México. La curandera se levantó dirigiéndose a un baúl antiguo en un rincón de la cabaña.

 De él extrajo dos pequeños amuletos tallados en hueso, cada uno con símbolos diferentes grabados en su superficie. Lleven estos con ustedes, dijo entregando uno a cada gemela, les proporcionarán cierta protección contra lo que acecha en el pozo. No es mucho, pero puede darles el tiempo necesario para actuar si se encuentran nuevamente con ello.

 Amelia observó el amuleto en su palma. Representaba lo que parecía ser una figura humana con dos cabezas unidas por el torso. “Gemelos”, explicó la dolorosa. En muchas culturas antiguas, los gemelos eran considerados seres con un pie en este mundo y otro en el más allá. Es por eso que vuestro padre os eligió para su ritual.

 Pero lo que él vio como una debilidad a explotar puede ser vuestra mayor fortaleza. Isabel miró su propio amuleto, que representaba un círculo atravesado por una líneavertical, el umbral. Continuó la curandera. Para ti, que has cruzado la frontera y has regresado, te recordará los límites que no deben traspasarse nuevamente.

 Un súbito viento sacudió la cabaña haciendo parpadear las velas. La dolorosa se tensó volviéndose hacia la puerta. Alguien se acerca, anunció, váyanse ahora por la puerta trasera. No es seguro que os encuentren aquí. ¿Quién viene?, preguntó Tomás, ayudando a Isabel a incorporarse. Hombres del pueblo buscando respuestas sobre el incendio en la hacienda, respondió la dolorosa.

 Y algo más, algo que los sigue sin que ellos lo sepan. Tomás palideció comprendiendo la implicación. Vamos, niñas, urgió. Debemos llegar al pueblo por otro camino. Mientras se apresuraban hacia la salida trasera, la dolorosa retuvo brevemente a Amelia. Recuerda, susurró, lo que fue despertado no descansará hasta reclamar lo que considera suyo.

 Protege a tu hermana, pero también protégete a ti misma. Hay más de tu madre en ambas de lo que imagináis, y esa es vuestra verdadera fuerza. Confundida, pero sin tiempo para preguntas, Amelia asintió antes de seguir a los demás. El frasco que contenía la esencia oscura permanecía en manos de la dolorosa, quien lo guardó cuidadosamente entre los pliegues de su túnica.

 Afuera, la niebla había comenzado a disiparse, revelando un día gris y frío. Tomás les indicó un sendero apenas visible que serpenteaba entre los árboles, alejándose de la dirección por donde habían venido. Este camino nos llevará a la parte trasera del pueblo explicó. Conozco una posada donde podremos esperar noticias sin llamar demasiado la atención.

 Mientras se alejaban, Isabel se volvió una última vez hacia la cabaña de la Dolorosa. Por un instante, creyó ver una figura femenina observándolos desde una ventana, pero no era la curandera, era una silueta más alta, más esbelta, con un largo cabello negro que parecía moverse como si estuviera sumergido en agua.

 La figura levantó una mano pálida en un gesto que podría interpretarse tanto como una despedida o como una promesa de reencuentro. “¿Lo has visto?”, susurró Isabel a su hermana. Amelia siguió su mirada, pero la figura ya había desaparecido. Ver qué. Isabel tocó el amuleto que colgaba ahora de su cuello, sintiendo un leve calor emanar de él.

 “Nada”, respondió, “Solo sombras.” La posada El descanso del viajero era un establecimiento modesto en las afueras de San Jerónimo, frecuentado principalmente por comerciantes de paso y ocasionales turistas extranjeros atraídos por la arquitectura colonial del pueblo. La dueña, doña Mercedes, era una viuda entrada en años que manejaba el negocio con mano firme pero justa.

Cuando Tomás llegó con las gemelas, ya caía la tarde. El cielo se teñía de tonos rojizos que recordaban demasiado a la sangre para el gusto de Amelia. Son mis sobrinas, explicó Tomás a doña Mercedes, quien los observaba con evidente curiosidad. Han venido desde Puebla para conocer la región. Necesitamos una habitación para esta noche, posiblemente más.

 La mujer asintió sin hacer preguntas. En pequeños pueblos como San Jerónimo, la discreción era una virtud apreciada. La número siete está disponible, informó entregando una llave de hierro pesado a Tomás. Tiene dos camas. La cena se sirve en una hora. La habitación era sencilla, pero limpia, con paredes encaladas y un crucifijo de madera oscura presidiendo sobre las camas gemelas.

Una pequeña ventana daba a un patio interior donde crecía un limonero. El aroma cítrico que entraba con la brisa del atardecer resultaba reconfortante después de los olores perturbadores de la cabaña de la dolorosa. Descansen indicó Tomás. Iré al telégrafo a ver si hay respuesta de su tía. Con suerte mañana podremos organizar su viaje a la ciudad de México.

 ¿Y el pozo? Preguntó Amelia. La dolorosa dijo que debíamos destruirlo. El anciano suspiró pasándose una mano por el rostro cansado. Una cosa a la vez, niña. Primero debemos asegurarnos de que estén a salvo. Luego pensaremos en cómo ocuparnos del pozo. Después de que Tomás se marchara, las gemelas se sentaron en silencio sobre sus respectivas camas, cada una sumida en sus propios pensamientos.

 ¿Cómo te sientes realmente? Preguntó finalmente Amelia, estudiando el rostro de su hermana. Isabel tocó el amuleto de hueso que colgaba de su cuello, un gesto que ya se estaba convirtiendo en hábito, como si hubiera despertado de un sueño muy largo, respondió, pero partes del sueño siguen aquí conmigo. Veo cosas, sombras en los rincones.

 Escucho susurros cuando no hay nadie hablando. La dolorosa dijo que quedó algo en ti, recordó Amelia, una conexión que no pudo ser completamente cortada. Lo sé, lo siento. Isabel levantó la mirada, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y resignación. Creo que siempre será así ahora. Parte de mí pertenece al otro lado. No, protestó Amelia, sentándosejunto a su hermana y tomando sus manos.

Tú perteneces aquí conmigo. Lo que sea que papá despertó no tiene derecho sobre ti. Isabel sonrió débilmente. Quisiera creerlo. Pero hay algo más, Amelia, algo que no le he contado a nadie. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro. A veces cuando cierro los ojos, puedo ver a través de los suyos, de quién, de mamá o de lo que ahora habita en su cuerpo.

Veo el pozo desde dentro, la oscuridad, el agua negra y veo cosas moviéndose allí abajo, cosas que no deberían existir. Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia. ¿Puede ella verte a ti también? Creo que sí, confesó Isabel. A veces siento su presencia como si estuviera justo detrás de mí observando a través de mis ojos.

 Es por eso que tenemos que destruir el pozo. Amelia es la única manera de cortar la conexión definitivamente. Lo haremos, prometió Amelia. Pero primero debemos llegar a Ciudad de México. Allí estaremos seguras. Podremos planear nuestro siguiente paso. La conversación fue interrumpida por unos suaves golpes en la puerta.

 Era una joven sirvienta que venía a informarles que la cena estaba servida. El comedor de la posada era una habitación amplia con varias mesas de madera dispuestas bajo vigas expuestas del techo. Algunas lámparas de aceite proporcionaban una iluminación tenue y cálida. Además de las gemelas, había otros cuatro huéspedes.

 Una pareja de americanos de mediana edad que parecían turistas y dos hombres vestidos con trajes de ciudad que conversaban en voz baja. Las niñas tomaron asiento en una mesa alejada, esperando el regreso de Tomás. Doña Mercedes personalmente le sirvió un guiso de pollo con verduras y tortillas recién hechas. “Su tío tardará mucho”, preguntó la mujer con genuina preocupación maternal.

 Dijo que iría al telégrafo, respondió Amelia. No debería demorarse. La posadera asintió, pero antes de retirarse se inclinó ligeramente hacia ellas. “Tengan cuidado”, susurró. Hay extraños en el pueblo haciendo preguntas sobre el incendio en la hacienda Armoa y sobre dos niñas que fueron vistas llegando aquí ayer.

 Amelia sintió que se le helaba la sangre. ¿Qué clase de extraños? Hombres de ciudad como esos. Doña Mercedes indicó discretamente a los dos hombres de traje. Dicen ser de la policía de Ciudad de México, pero algo en ellos no me inspira confianza. Con esas palabras, la mujer se retiró dejando a las gemelas en un estado de alerta.

 Isabel había palidecido visiblemente. “Nos están buscando”, murmuró. “Tenemos que irnos.” “Espera, la detuvo Amelia. No sabemos si realmente nos buscan a nosotras. Además, ¿a dónde iríamos? Debemos esperar a Tomás.” Trataron de comer con normalidad, pero el apetito las había abandonado. Los hombres de traje parecían absortos en su conversación, sin prestarles atención, pero Amelia no podía evitar sentir que estaban siendo observadas.

 Cuando uno de ellos finalmente dirigió su mirada hacia su mesa, Amelia sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era una mirada común. Había algo depredador, algo hambriento en aquellos ojos. No lo mires directamente, advirtió en voz baja a Isabel. Pero creo que no son policías. Isabel, sin embargo, ya había establecido contacto visual con el hombre.

 Su rostro adquirió una expresión de horror absoluto. Sus ojos, susurró, “no son humanos.” Amelia estaba a punto de responder cuando la puerta de la posada se abrió de golpe, revelando a Tomás. El anciano parecía agitado, con el rostro perlado de sudor, a pesar del frío de la noche. Al ver a las gemelas, se dirigió directamente a su mesa, ignorando las miradas curiosas de los demás comensales.

 “Tenemos que irnos”, anunció sin preámbulos. “Ahora mismo, ¿qué ocurre?”, preguntó Amelia, aunque ya intuía la respuesta. Hay hombres en el pueblo buscándolas, explicó Tomás en voz baja. Dicen ser de la policía. Pero cuando pregunté en el telégrafo, el operador me confirmó que no han llegado comunicaciones oficiales sobre ninguna investigación.

 Y la tía inquirió Isabel, recibí respuesta. Las está esperando en Ciudad de México, pero tendremos que encontrar otra manera de llegar allí. No podemos tomar el tren desde aquí. Estarán vigilando la estación. Mientras hablaban, Amelia notó que los hombres de traje habían dejado de conversar y ahora los observaban abiertamente.

 Uno de ellos se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, un gesto que resultaba vagamente amenazador. “Creo que ya nos encontraron”, murmuró indicando discretamente con la cabeza hacia los hombres. Tomás miró de reojo y asintió imperceptiblemente. “Salgan por la cocina”, se ordenó. “He dejado el caballo preparado detrás.

 Yo los distraeré. No puedes enfrentarte a ellos solo”, protestó Amelia. “No son hombres”, añadió Isabel con voz temblorosa. “Son otra cosa. Lo sé”, respondió Tomás con resignación. Los reconocí en cuanto entraron al pueblo, la misma mirada vacía, el mismo olor atierra húmeda y putrefacción que desprendía tu padre en sus últimos días.

Se llevó la mano al bolsillo, extrayendo un pequeño objeto envuelto en tela. Tomen, esto. Es un mapa hacia un lugar seguro, a unos 20 km de aquí. Un viejo amigo mío, el padre Domingo, tiene una iglesia allí. Él sabrá cómo ayudarlas a llegar a Ciudad de México. “Ven con nosotras”, suplicó Isabel. El anciano sonrió con tristeza.

 “Ya he vivido mi vida, niña, y tengo mucho que enmendar por mi silencio durante todos estos años. Ahora vayan rápido. Con un último apretón a sus manos, Tomás se incorporó y se dirigió directamente hacia la mesa de los hombres de traje, interponiéndose entre ellos y el camino hacia la cocina. Buenas noches, caballeros.

 Lo escucharon saludar con falsa jovialidad. ¿Puedo invitarles a un trago? Tengo entendido que vienen de la capital. Aprovechando la distracción, las gemelas se deslizaron discretamente hacia la puerta de la cocina. Doña Mercedes, quien parecía haber estado observando la situación, les abrió silenciosamente el paso.

 “Que Dios las proteja”, susurró persignándose. La cocina estaba desierta a esa hora con solo las brasas moribundas del fogón proporcionando algo de luz. Avanzaron rápidamente hacia la puerta trasera que daba a un pequeño patio. Tal como Tomás había prometido, un caballo las esperaba ya encillado y con una pequeña bolsa de provisiones atada a la montura.

 ¿Sabes montar?, preguntó Isabel. He observado a los mozos de cuadra en la hacienda, respondió Amelia, ayudando a su hermana a subir antes de montar ella misma. No puede ser tan difícil. Justo cuando estaban a punto de partir, un estruendo proveniente del interior de la posada la sobresaltó. Sonó como muebles rompiéndose, seguido por un grito que reconocieron como la voz de Tomás.

“Tenemos que ayudarlo”, exclamó Isabel haciendo Ademán de desmontar. “No podemos”, la detuvo Amelia con lágrimas en los ojos, pero determinación en la voz. Nos sacrificaríamos por nada. La única forma de honrar su valor es sobrevivir y detener lo que papá desató. Con el corazón encogido por la culpa y el miedo, Amelia espoleó al caballo que salió al galope por un camino lateral que bordeaba el pueblo, internándose en la oscuridad de la noche.

 Detrás de ellas, en la distancia, les pareció escuchar un aullido que no era humano ni animal, un sonido que parecía provenir de las profundidades de la tierra misma. La cacería había comenzado. La noche envolvía el paisaje mexicano como un manto a terciopelado, salpicado por la plata de estrellas innumerables. El camino que seguían las gemelas Armoa serpenteaba entre colinas bajas cubiertas de vegetación espinosa, visible apenas bajo la luz de una luna menguante.

 Habían cabalgado durante horas, deteniéndose solo para permitir que el animal descansara brevemente. Amelia, quien llevaba las riendas, sentía los brazos entumecidos por el esfuerzo, pero no se atrevía a reducir el paso. Cada crujido en la maleza, cada sombra alargada por la luz lunar, podría ser uno de aquellos seres que las perseguían.

 Isabel, sentada detrás de su hermana, se había sumido en un inquietante silencio. De vez en cuando, Amelia sentía como su cuerpo se tensaba súbitamente, como si percibiera algo invisible para ojos normales. ¿Qué ves?, preguntó finalmente Amelia, incapaz de soportar la tensión. Sombras, respondió Isabel con voz hueca. Nos siguen, pero no son los hombres de la posada.

 Es algo más difuso, como si la propia oscuridad estuviera consciente observándonos. Amilia apretó con más fuerza las riendas, esforzándose por mantener la calma. El amuleto de la dolorosa no te protege. Lo hace, confirmó Isabel tocando la pequeña pieza de hueso que colgaba de su cuello. Sin él probablemente ya estaría perdida nuevamente, pero su poder límites.

Siguieron avanzando en silencio, guiándose por el mapa que Tomás les había entregado. Según sus indicaciones, la iglesia del padre Domingo debería estar a pocos kilómetros ya en un pequeño valle entre dos colinas. ¿Crees que Tomás? Isabel dejó la pregunta en el aire, incapaz de completarla. No lo sé, respondió honestamente Amelia.

 Pero era un hombre valiente. Si alguien podía enfrentarse a esas cosas y sobrevivir, era él. Sin embargo, ambas sabían que las probabilidades eran escasas. Lo que fuera que habitaba ahora en aquellos cuerpos que simulaban ser humanos era implacable y poderoso. Finalmente, pasada la medianoche, divisaron un pequeño campanario que se recortaba contra el cielo estrellado.

 La iglesia del padre Domingo era una construcción modesta de piedra gris con un cementerio anexo protegido por una verja de hierro oxidado. Al acercarse notaron que no había luces en las ventanas. Lo cual era comprensible dada la hora. Desmontaron con piernas temblorosas y condujeron al exhausto caballo hacia un abrevadero cercano.

 “Deberíamos llamar”, susurró Isabel mirando con aprensión lapesada puerta de madera de la iglesia. Antes de que Amelia pudiera responder, la puerta se abrió lentamente, revelando la silueta de un hombre de edad avanzada, vestido con una sotana negra y sosteniendo un farol de aceite que iluminaba parcialmente su rostro arrugado, pero amable.

 “Las esperaba”, dijo con voz suave. “Tomás me avisó que podrían venir.” “¿Me cómo?” Se sorprendió Amelia. “No hay teléfono aquí y salimos hace apenas unas horas. El sacerdote sonrió enigmáticamente. Hay formas de comunicarse más rápidas que las inventadas por el hombre, respondió, “Pasen rápido. No es seguro permanecer afuera después del ocaso.

” Las condujo al interior de la iglesia, que resultó ser más amplia de lo que parecía desde fuera. Las bancas de madera oscura se alineaban frente a un altar sencillo, pero hermoso, iluminado por velas botivas. A un costado, una puerta conducía a lo que parecía ser la sacristía. Por aquí, indicó el padre Domingo, he preparado un lugar donde podrán descansar esta noche.

 La sacristía conectaba con una pequeña habitación que, evidentemente servía como vivienda del sacerdote. Había una cama estrecha, una mesa con dos sillas y un armario desgastado. El padre señaló una puerta adicional. Ahí hay un cuarto para huéspedes. No es mucho, pero estarán seguras. Gracias, padre, dijo Amelia, sintiendo por primera vez en muchas horas que podían permitirse bajar la guardia.

 ¿Sabe algo de Tomás?, preguntó Isabel. Los hombres que nos perseguían, el rostro del sacerdote se ensombreció. Me temo que no tengo buenas noticias”, respondió gravemente. “En mi comunicación con Tomás sentí que se despedía. Creo que sabía que no sobreviviría a este encuentro.” Las gemelas intercambiaron miradas de dolor. Aunque lo habían sospechado, la confirmación era devastadora.

Siéntense, invitó el Padre señalando la mesa. Deben tener hambre y mientras comen me contarán exactamente qué está ocurriendo. Mientras compartían un sencillo pero reconfortante guiso que el sacerdote calentó sobre un pequeño brasero, las gemelas relataron toda su historia. la obsesión de su padre, el ritual interrumpido, la criatura que ahora habitaba en el cuerpo de su difunta madre y la advertencia de la dolorosa sobre la necesidad de destruir el pozo.

 El padre Domingo escuchó en silencio su rostro volviéndose cada vez más grave conforme avanzaba el relato. Lo que describen, dijo finalmente, coincide con antiguas leyendas de esta región. Mucho antes de la llegada de los españoles, los naguas hablaban de entidades que habitaban en las aguas subterráneas, seres que no eran ni dioses ni demonios, sino algo más primordial.

 ¿Qué eran entonces?, preguntó Amelia. Los textos los describen como los que esperan entre los mundos, explicó el sacerdote. Seres que existían antes que la humanidad y que fueron confinados bajo tierra cuando los dioses crearon nuestro mundo. Se decía que podían comunicarse con los humanos a través de los sueños y las visiones, prometiendo conocimiento y poder a cambio de ser liberados.

Como lo que le ocurrió a nuestro padre, observó Isabel. Comenzó con sueños sobre mamá, hablándole desde el otro lado. El padre Domingo asintió gravemente. Los nahuas construyeron templos y realizaban rituales para mantener sellados los portales por donde estas entidades podrían regresar.

 Cuando llegaron los misioneros, destruyeron estos templos, considerándolos obras paganas, sin entender su verdadero propósito. “Y ahora uno de esos portales es el pozo en nuestra hacienda”, preguntó Amelia. Es probable, muchas haciendas coloniales se construyeron sobre antiguos sitios rituales, aprovechando los cimientos ya existentes.

 El pozo que mencionan podría haber sido originalmente parte de un templo de contención. La dolorosa dijo que debíamos destruirlo, recordó Isabel. Pero, ¿cómo? La última vez que lo vimos estaba protegido por por lo que sea que ahora habita en el cuerpo de nuestra madre. El sacerdote se levantó dirigiéndose a un pequeño baúl en un rincón de la habitación.

 De él extrajo un libro antiguo encuadernado en cuero oscuro y con símbolos grabados que recordaban vagamente a los que habían visto en el libro de su padre. Este texto, explicó, es una traducción de escritos na realizada por frailes dominicos en el siglo 16. Contiene información sobre los rituales de sellado que usaban los antiguos sacerdotes.

 Abrió el libro en una página marcada, revelando ilustraciones de pozos similares al de la hacienda Armoa, rodeados por figuras humanas que realizaban algún tipo de ceremonia. Según esto, para sellar un portal se necesitan tres elementos. Sangre de un inocente dada voluntariamente, fuego purificador y palabras de poder pronunciadas en el momento exacto del amanecer o del ocaso.

 Sangre de un inocente, repitió Amelia con aprensión. No es tan siniestro como suena, aclaró el padre. En la cosmología Nahua, uninocente podía ser cualquier persona que no hubiera sido corrompida por el contacto con las entidades. Unas gotas serían suficientes. Isabel tocó nuevamente su amuleto pensativa. Nosotras somos de la misma sangre que papá, que fue quien abrió el portal.

Observó. ¿Funcionaría con nuestra sangre? Creo que sí”, respondió el sacerdote, especialmente considerando que son gemelas, lo cual tiene un significado especial en muchas tradiciones espirituales. Y las palabras de poder inquirió Amelia. El padre Domingo señaló unos símbolos en el libro. Están aquí.

 Aunque la pronunciación exacta se ha perdido con el tiempo, pero creo que la intención es tan importante como las palabras mismas. Mientras discutían los detalles del ritual, un ruido súbito en el exterior de la iglesia lo sobresaltó. Era un sonido metálico, como si algo hubiera golpeado la verja del cementerio. El padre Domingo se puso de pie inmediatamente, su rostro tensándose.

“Quédense aquí”, ordenó tomando el farol. “No hagan ruido y no salgan bajo ninguna circunstancia.” Salió de la habitación cerrando la puerta tras sí. Las gemelas se quedaron inmóviles escuchando atentamente. Podían oír los pasos del sacerdote alejándose, el crujir de la puerta principal de la iglesia al abrirse y luego silencio.

 Un silencio demasiado absoluto, como si de repente todo ser viviente en los alrededores hubiera dejado de respirar. “Algo está mal”, susurró Isabel, aferrándose al brazo de su hermana. “Lo siento, está aquí. Antes de que Amelia pudiera preguntar a qué se refería, un grito desgarrador rasgó el silencio nocturno.

 Era la voz del padre Domingo, distorsionada por un terror y un dolor que ningún ser humano debería experimentar. Instintivamente, Amelia se lanzó hacia la puerta, pero Isabel la detuvo. No salgas, suplicó. Ya es demasiado tarde para él. ¿Cómo lo sabes? Porque lo veo, respondió Isabel con los ojos fijos en un punto vacío de la habitación, como si pudiera percibir algo invisible para su hermana.

 Veo a través de sus ojos los de ella. Está aquí, Amelia. Nos ha encontrado. Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia al comprender que se refería a la criatura que habitaba en el cuerpo de su madre. ¿Estás sola, no? Respondió Isabel. Su voz apenas audible. Tiene a otros con ella, como los hombres de la posada, pero hay más ahora y tienen al Padre Domingo.

 Amelia miró frenéticamente a su alrededor buscando una vía de escape. La habitación tenía una pequeña ventana demasiado estrecha para que pudieran pasar a través de ella y la única salida era la puerta que daba a la sacristía. El libro decidió tomando el antiguo texto que el padre había dejado sobre la mesa.

 Tenemos que llevánoslo. Contiene las instrucciones para sellar el pozo. Mientras guardaba el libro en su bolsa, un nuevo sonido las paralizó. Pasos lentos y arrastrados acercándose por el pasillo, acompañados de un goteo rítmico como de agua cayendo sobre el suelo de piedra. Está viniendo”, susurró Isabel retrocediendo hasta la pared más alejada de la puerta.

Y no está sola. La puerta comenzó a temblar, no por golpes desde el exterior, sino como si el propio aire alrededor vibrara con una energía antinatural. Las velas parpadearon violentamente, proyectando sombras danzantes que parecían cobrar vida propia. Isabel llamó una voz desde el otro lado de la puerta.

 Era una voz femenina, pero distorsionada, como si hablara a través de agua. Mi pequeña Isabel, he venido a llevarte a casa. Isabel se cubrió los oídos, temblando incontrolablemente. No es mamá, repetía como un mantra. No es mamá. La puerta se estremeció con más fuerza, comenzando a astillarse desde dentro hacia fuera, como si una fuerza invisible la estuviera desgarrando.

 “El baño”, susurró Amelia, señalando una pequeña puerta lateral que no habían notado antes. Rápido, arrastrando a su hermana paralizada por el terror, Amelia se precipitó hacia la puerta del baño, justo cuando la puerta principal de la habitación se hacía pedazos, revelando una figura empapada que permanecía en el umbral.

 Lo que una vez había sido Magdalena Armoa era ahora una visión de pesadilla. Su cuerpo, en avanzado estado de descomposición estaba cubierto por algas negruzcas y lodo. El largo cabello negro, ahora mezclado con sustancias acuosas, se movía como si estuviera sumergido. Pero lo más aterrador eran sus ojos, completamente negros, sin ir pupila, reflejando un vacío que parecía extenderse hasta el infinito.

 “Mis niñas”, habló la criatura con una sonrisa que revelaba dientes ennegrecidos. “Por fin las encuentro. Es hora de volver a casa todas juntas, como una familia.” Detrás de ella, en el pasillo, se distinguían otras figuras, hombres y mujeres con la misma mirada vacía, todos empapados como si acabaran de emerger del agua.

 Entre ellos reconocieron con horror al Padre Domingo, su rostro ahora inexpresivo, y sus ojos tan negros como los de lacriatura que una vez fue su madre. Amelia cerró de golpe la puerta del baño, atrancándola con una pequeña banca que encontró allí. Era una barrera insignificante que no resistiría mucho, pero quizás les daría unos segundos.

 El baño tenía una ventana alta y estrecha que daba al cementerio. Sin pensarlo dos veces, Amelia levantó a Isabel para que alcanzara la abertura. Tienes que salir primero urgió. Yo te seguiré. Con esfuerzo, Isabel logró deslizarse a través de la ventana, cayendo con un golpe sordo sobre la hierba húmeda del cementerio.

 Mientras tanto, la puerta del baño comenzaba a ceder bajo los embates de la criatura. “Date prisa”, llamó Isabel desde fuera. Amelia se encaramó al lavabo, estirándose para alcanzar la ventana. Era más difícil sin ayuda, pero el terror le proporcionaba una fuerza que no sabía que poseía. Justo cuando sus manos aferraban el alfizar, la puerta se hizo astillas.

 “No puedes escapar de mí”, siseó la criatura extendiendo una mano pálida y viscosa hacia el tobillo de Amelia. “Soy tu madre. Te di la vida y puedo quitártela. Tú no eres nuestra madre”, gritó Amelia. pateando desesperadamente para liberarse. Con un último esfuerzo logró deslizarse por la ventana, cayendo pesadamente sobre la hierba junto a Isabel.

 Sin tiempo que perder, las gemelas corrieron entre las lápidas del cementerio, dirigiéndose hacia donde habían dejado el caballo. La luna, ahora más alta en el cielo, proyectaba suficiente luz para guiar sus pasos, pero también para revelar las siluetas oscuras que emergían de todas partes, convergiendo hacia ellas. “Están por todas partes!”, exclamó Isabel frenando en seco al ver que su camino estaba bloqueado por tres figuras empapadas.

“Por aquí”, indicó Amelia, tirando de su hermana hacia una cripta antigua que se alzaba en el centro del cementerio. La pesada puerta de hierro de la cripta estaba entreabierta. Sin otra opción, se deslizaron en su interior, cerrando la puerta tras ellas. La oscuridad era casi total, apenas aliviada por los rayos de luna que se filtraban a través de una pequeña abertura en el techo.

 “¿Qué hacemos ahora?”, susurró Isabel temblando. “Nos tienen rodeadas.” Amelia intentaba pensar con claridad, a pesar del pánico que amenazaba con paralizarla. estaban atrapadas en una cripta, perseguidas por seres que desafiaban toda comprensión, sin más arma que un libro antiguo y los amuletos de hueso que les había dado la dolorosa.

Entonces recordó algo que había leído en el libro del padre Domingo mientras lo ojeaba brevemente. Los amuletos dijo tocando el suyo. La dolorosa dijo que nos darían protección y el libro mencionaba que estas entidades no pueden cruzar ciertos umbrales consagrados sin ser invitadas. Una cripta cuenta como umbral consagrado.

 No lo sé, pero es nuestra única esperanza por ahora. Afuera podían escuchar los pasos lentos y arrastrados de sus perseguidores rodeando la cripta. Ocasionalmente algo golpeaba la puerta de hierro, pero sin la violencia suficiente para forzarla. “Está jugando con nosotras”, susurró Isabel. “Sabe que eventualmente tendremos que salir, entonces no le daremos esa satisfacción”, decidió Amelia.

 Usaremos el tiempo aquí para estudiar el libro para entender completamente cómo sellar el pozo. Sacó el libro de su bolsa y, acercándose a un rayo de luz lunar, comenzó a examinar las páginas que el padre Domingo había marcado. Según esto, murmuró, el ritual debe realizarse al amanecer o al ocaso cuando el velo entre los mundos es más delgado.

 Necesitamos sangre de ambas, fuego purificador y estas palabras, señaló una serie de símbolos naguas seguidos por su traducción fonética. Y luego, ¿qué? Simplemente sellaríamos el pozo y todo terminaría. No exactamente, continuó Amelia leyendo más adelante, el texto dice que lo que ha cruzado debe ser devuelto antes de que el sello pueda ser efectivo.

 De lo contrario, la entidad quedará atrapada en este lado, libre para continuar su obra. Eso significa que tenemos que enfrentarnos a ella, confirmó Amelia, a lo que ahora ocupa el cuerpo de nuestra madre. Un silencio pesado cayó sobre las hermanas mientras asimilaban la magnitud de lo que debían hacer. No sé si tengo la fuerza, confesó Isabel con lágrimas en los ojos.

 Cada vez que la veo, una parte de mí quiere ir con ella, unirme a ella. Es como si me estuviera llamando desde lo más profundo. Amelia tomó las manos de su hermana entre las suyas. Escúchame, Isabel. Tú eres más fuerte de lo que crees. Esa cosa puede tener la apariencia de mamá, pero no es ella. Nuestra verdadera madre nos amaba, nos protegía.

 Esta entidad solo quiere usarnos, consumirnos. Lo sé, respondió Isabel secándose las lágrimas. Pero tengo miedo de que cuando llegue el momento no pueda resistir su llamado. Por eso estaré contigo, prometió Amelia. Somos gemelas. ¿Recuerdas? Lo que una no puede hacer sola lo haremos juntas. Un ruidometálico interrumpió su conversación.

 La puerta de la cripta comenzaba a abrirse lentamente. Las gemelas retrocedieron hasta el fondo de la pequeña cámara, aferrándose la una a la otra, mientras la luz de la luna revelaba una silueta recortada contra la abertura. Niñas,” llamó la voz distorsionada de la criatura, “es hora de volver a casa.